Perry | La mirada del artista | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 153, 264 Seiten

Reihe: El Ojo del Tiempo

Perry La mirada del artista

Una nueva aproximación al arte
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10183-66-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Una nueva aproximación al arte

E-Book, Spanisch, Band 153, 264 Seiten

Reihe: El Ojo del Tiempo

ISBN: 978-84-10183-66-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



«Lincoln Perry ha escrito unas memorias de artista irresistiblemente cercanas y amenas, donde abundan frases para el recuerdo. Nada puede reemplazar al arte visto in situ, como Perry nos dice, pero pasear de la mano de este observador ideal -un artista en ejercicio dotado de una mirada aguda y empática- es una experiencia verdaderamente emocionante». JOYCE CAROL OATES Una visita al museo puede resultar abrumadora, extenuante y poco gratificante. Sin embargo, mirar las obras de arte de la mano de un artista se convierte en una experiencia enriquecedora y memorable. Desde la amplitud de su experiencia visual, que abarca la antigua Grecia, el Renacimiento, el arte africano y el asiático, o el modernismo, Lincoln Perry nos acerca a nuevas maneras de ver y de apreciar el arte. A lo largo de quince ensayos, consigue que las obras más diversas nos resulten cercanas y accesibles, y enriquece el relato con historias personales de su formación como pintor y escultor, o de aquellos días en los que todavía se podía pasar la noche en el aparcamiento del Museo del Louvre dentro de una furgoneta destartalada. A partir de varios ejemplos de arte europeo, el autor le da la vuelta a algunos conceptos establecidos y nos anima a evitar los prejuicios en nuestros gustos artísticos. Aborda también la manera en que leen las obras de arte creadores tan diferentes como Rodin, Picasso, Brueghel, Bernini, Courbet, Rubens, Pollock o Rothko. Y habla sobre la percepción del espectador: cómo influyen en ella la escala y el formato, y cómo se pueden entender esculturas y murales de una forma más personal. La mirada del artista es, en definitiva, un libro esclarecedor y lleno de revelaciones tanto para expertos como para aficionados. «Pasear de la mano de este observador ideal -un artista en ejercicio dotado de una mirada aguda y empática- es una experiencia verdaderamente emocionante».JOYCE CAROL OATES «El viaje que propone Lincoln Perry es un muestrario de lo que él ve y cómo lo ve, y es maravilloso. Cada página supone una revelación».JAMES GLEICK, autor de Caos: La creación de una ciencia«La mirada del artista revela hasta el mínimo detalle las interacciones de la luz, el color y los planos espaciales que se ocultan bajo la suntuosidad de las pinturas más importantes. Las lecciones de Perry son enormemente esclarecedoras».Kirkus Reviews

Lincoln Perry (Nueva York, 1949) es un reconocido artista cuyos personalísimos paisajes, cuadros figurativos y esculturas han sido el centro de numerosas exposiciones en Norteamérica. Sus murales a gran escala forman parte de edificios históricos como el Met Life (San Luis) y el Old Cabell Hall (Charlottesville). Sus ensayos sobre arte se publican en prestigiosos diarios y revistas, como The American Scholar, Arion, Salmagundi y The Yale Review, entre otros.
Perry La mirada del artista jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


El artista acude a un museo
Una introducción


Los artistas visitamos los museos tal y como los osos acuden a las colmenas: no lo hacemos con delicadeza, sino con la necesidad, hambrienta y perentoria, de meterle mano a las dulzuras que guardan en su interior. Rondamos la colmena para reconocer el terreno, olfateando y sustrayendo lo que nos llama la atención; entonces, una vez que nuestro apetito se ha visto saciado (de momento), regresamos a nuestro estudio y nos ponemos una vez más a trabajar.

O a lo mejor somos más bien las abejas que vuelan en torno, y recolectamos el néctar que encontramos en la naturaleza para restituirlo a un proyecto colectivo, a una colmena enorme e inagotable compuesta por otros artistas, tanto vivos como muertos. A fin de cuentas, día tras día he visto a muchos revoloteando por las galerías de arte y las exposiciones de museos, y nunca me he topado con tantos pintores amigos como en las exposiciones de Bonnard y Balthus que tuvieron lugar en la ciudad de Nueva York hace ya algunos años. ¿Quién acude a los recitales de poesía? Dudo que me equivoque al afirmar que allí uno se encontrará con enjambres de poetas. ¿Y a los conciertos? Los músicos. Eso no quiere decir que los amantes del arte, de la poesía y de la música precisen de una licencia artística que les sirva para frecuentar esas nutritivas colmenas, pero tampoco sería mala idea preguntar qué es lo que tales profesionales esperan encontrar en el banquete. ¿Qué buscan los artistas, y qué podríamos hacer para conseguir ese ingrediente extremadamente dulce al que se muestran tan adictos?

Quizá necesite una analogía diferente.

Mientras comíamos en un restaurante chino de Cayo Hueso, mi amigo Michael me habló de un chaleco de seda roja que su madre le había confeccionado a su padre en Hong Kong hacia 1950, cuando la familia estaba destinada en Japón. El chaleco precisaba de algún arreglo cuando Michael lo heredó, y, aunque tampoco le importaba gran cosa, él y su mujer, Helen, lo llevaron a la vecina Stock Island, donde vivían un par de coreanas con fama de hacer muy buenas reparaciones. Al extender el chaleco sobre su mesa de trabajo, la costurera comenzó a hablar deprisa y en voz baja con la otra, sin dejar de señalar y gesticular. «¿Qué sucede?», preguntó Michael inclinándose para examinar mejor la prenda. Las mujeres le dieron la vuelta al chaleco y fueron mostrando las elaboradas costuras y puntadas mientras explicaban que se trataba de una obra de arte maravillosamente concebida. Michael nunca se había percatado ni de una cosa ni de la otra, pero cuando las mujeres le hicieron ver todas las cualidades que reunía el chaleco no tardó en comprender a qué se estaban refiriendo.

Michael me confió esta anécdota porque habíamos estado comentando la lectura que mi esposa había hecho en una librería la noche anterior y sus ideas, expresadas al responder las preguntas de los asistentes, acerca del arte de la escritura y de cómo se concebía una historia, más que de su contenido. Como arquitecto, Michael advertía que la mayor parte de la gente no tenía el menor interés por conocer las sutilezas de su propio arte, y yo, como escultor y pintor, no podía por menos de coincidir en que aquello también sucedía en mi campo. De modo que la reacción de las mujeres coreanas al chaleco de mi amigo podía considerarse casi como una parábola: a fin de aprehender, y no digamos ya de apreciar, todo cuanto concierne a la creación de algo que pueda recibir el nombre de arte, se necesita una mínima instrucción.

John Hollander, un amigo poeta, solía apuntar que con el nacimiento de la clase media se había dado por sentado que hombres y mujeres de parecida sensibilidad aspirarían a participar en la cultura: aprenderían, mal que bien, a tocar el piano y a pintar acuarelas, y de vez en cuando escribirían cartas con rimas a sus amigos. Esto contribuiría a un aprovechamiento más feliz del tiempo, pues se eludiría la presión por buscar la excelencia, pero habría también una consecuencia añadida, y es que cuando alguien conociera a un pianista, un acuarelista o un poeta virtuoso, se hallaría en condiciones de apreciar los logros de un maestro de la forma. En esa época, un periódico podía hablar hasta del tiempo con una cancioncilla en verso, mientras que hoy día, advertía John, si nos topamos con algo que se parezca siquiera a un poema, retrocedemos como si hubiéramos visto una serpiente retorciéndose ante nuestros ojos.

De la misma manera en que las costureras coreanas le mostraron a Michael las cualidades de las puntadas y las costuras interiores de su chaleco rojo, me dispongo a explicar cómo fueron concebidas algunas pinturas y esculturas. Con esto no me refiero a la manera en que se mezcla la pintura o se derrama el bronce; lo que pretendo es reflexionar acerca de cómo los artistas proyectan el soporte estructural de sus obras, y qué significa eso para nosotros, los espectadores, ya seamos osos o abejas. Mi punto de vista no es el del sociólogo, ni siquiera el del historiador de arte —veremos que saldrán a relucir muy pocas fechas—; mi intención, más bien, es tomar una obra, describirla y, alguna que otra vez, reproducirla. El lector encontrará también algunas de esas imágenes en la red, así como más información sobre la obra y los artistas correspondientes.

Escribir sobre arte de este modo ha merecido desde siempre muchas críticas: Matisse decía que «a los artistas deberían cortarles la lengua». Flaubert escribió: «Explicar una forma artística por medio de otra es una monstruosidad. Nadie encontrará en los museos del mundo un buen cuadro, uno solo, que necesite un comentario. Cuanto más texto hay en la guía de una galería, peor es el cuadro». Lucian Freud se expresó de este modo: «Cualquier palabra que salga de la boca [de un artista] relacionada con su arte es tan relevante a ese arte como el ruido que hace un jugador de tenis cuando golpea la bola».

Por ingeniosas y divertidas que nos resulten todas estas ocurrencias, solo puedo estar en desacuerdo con ellas. Si estoy sobrevalorando las ganas que tiene la gente de que se le muestren las sutilezas del tejido, las costuras y la belleza de los ojales, no me queda otra que disculparme. Pero el arte es una meditación visual de la vida, abierta a todo el mundo, y me parece una enorme pérdida colgar, sin más, el chaleco rojo en un aparador alto y oscuro para que nadie se lo ponga, y que tampoco lo podamos ver.



He pasado una parte bastante sustancial de mi vida buscando los lugares clave de los museos, y a lo largo de las décadas he llegado a construir ciertos patrones que me resultan de gran ayuda cuando acudo a visitarlos. Para empezar, tiendo a ir relativamente rápido por el museo o la exposición de turno con el fin de valorar dónde preferiría ocupar la mayor parte del tiempo. Cuando se trata de una pequeña colección suelo tardar poco, mientras que explorar de arriba abajo la ampliación del Louvre me llevó al menos veintiséis horas. Es comprensible que muchos visitantes que solo entran a los museos de manera ocasional no quieran dedicarles tantas horas, así que no está de más contar con algún consejo previo por parte de alguien de confianza para saber dónde hay que detenerse.

Incluso un adicto a los museos tiene que reconocer que también hay por ahí cosas rematadamente malas, las ramitas y la grava del arte. Las decepciones pueden llegar a ser tan frecuentes como el encanto que producen las sorpresas. Algunas exposiciones las he aguardado con verdadera impaciencia, como la retrospectiva que la National Gallery de Washington dedicó a la obra de Vuillard, uno de mis pintores favoritos, solo para sentirme enfurecido por las decisiones del comisario. En otros espacios es imposible equivocarse, como sucede en la National Gallery de Londres, en el Mauritshuis de La Haya y en el Frick de Nueva York, que desbordan de obras maestras. La mayor parte de las cosas que puedes ver en lugares semejantes son pura magia; a otras colecciones, en cambio, no les vendría mal una revisión.

En el Museo del Prado me he encontrado con salas enteras que contenían la clase de pinturas que podrían persuadir a un recién llegado de que, sencillamente, el arte antiguo no es lo suyo, al menos en lo que concierne al gusto, y que ese tipo concreto de arte, en pocas palabras, es más bien horrible. Un paseo casual por estas salas podría privar al visitante de un placer auténtico y mandarle de vuelta a las calles de Madrid del todo ajeno a los tesoros que se ha perdido por no doblar la esquina de las salas más deslavazadas. Hay artistas, como Pieter Paul Rubens, que no es nada fácil vender a los amigos, quienes despachan su obra calificándola de «mera retórica» o incluso de «cursi», lo que me lleva a sugerirles que vayan a Múnich para que puedan ver sus mejores cuadros.

Lo que yo quiero es que la gente se enamore de este arte, que no se rinda ante la frustración que puedan producirle todos esos plomizos retratos de los Habsburgo con sus mandíbulas prominentes, ni se sienta aplastada por las enormes «máquinas» del siglo XIX. Estas extravagancias, basadas, por lo general, en muertes trágicas y dramáticas, pero fabulosamente diestras, hacían las veces en su tiempo de las películas con efectos especiales de hoy: eran obras manipuladoras y repletas de trucajes, pero perfectamente disfrutables. Es posible encontrar un antídoto en la última sala del Prado, en esas Pinturas negras concebidas por Francisco de Goya que se sumergen en profundas reflexiones sobre la inhumanidad del hombre hacia el hombre. Al abandonar el Prado, uno puede sentirse revitalizado por el optimista...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.