Perry | La serpiente de Essex | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 382, 408 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Perry La serpiente de Essex


1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-17151-68-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 382, 408 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-17151-68-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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GANADORA DEL BRITISH BOOK AWARD 2016 Señalada como libro del año por la cadena de librerías Waterstones y número uno en la lista de libros más vendidos del Sunday Times, La serpiente de Essex también fue finalista del Costa Award 2016 y seleccionada para los premios Wellcome Book y el Baileys 2017. Una fantástica muestra de literatura gótica contemporánea: en la época de los grandes descubrimientos científicos, un leviatán alado aterroriza a un pequeño pueblo inglés. Ambientada en Londres y en un pueblo de Essex en la década de 1890 e inspirada por los debates de los descubrimientos médicos y científicos de la época, La serpiente de Essex es en esencia la historia de dos personas extraordinarias que se enamoran de una forma poco corriente. Cuando el marido de Cora Seaborne fallece, esta comienza su nueva vida con tanta tristeza como alivio: su matrimonio no era feliz y nunca encajó en el papel de esposa perfecta. Acompañada por su hijo Francis, deja Londres y se traslada a Essex, donde espera que los espacios abiertos les proporcionen el refugio que necesitan. Allí escuchan rumores de más allá del estuario que aseguran que la mítica serpiente de Essex, que según dicen vagaba en el pasado por los pantanos reclamando vidas humanas, ha vuelto a la parroquia costera de Aldwinter. Cora, una naturalista aficionada, está segura de que la bestia puede ser una especie desconocida. En sus pesquisas se topa con William Ransome, el vicario local. Will contempla la inquietud de sus parroquianos desde un punto de vista moral, como una desviación de la fe verdadera. Y aunque Cora y Will no están de acuerdo en nada, según pasa el tiempo ambos se ven inexorablemente empujados el uno hacia el otro. «Si Dickens y el autor de Drácula se hubieran unido para escribir la gran novela victoriana, me pregunto si hubieran superado La serpiente de Essex».JOHN BURNSIDE «Una novela deliciosa, cautivadora y muy inteligente, escrita por una autora de enorme talento». SARAH WATERS «A la vez íntima e intrigante, una maravillosa historia de secretos, misterios y de los complejos e inesperados giros del corazón humano». HELEN MACDONALD

Sarah Perry (Essex, 1979) es doctora en Escritura Creativa por la Royal Holloway de la Universidad de Londres, y ha sido escritora residente de la Gladstone's Library y de la Ciudad de la Literatura en Praga. Su primera novela, After me comes the flood (2014), recibió numerosos premios, pero ha sido La serpiente de Essex, ganadora del British Book Award 2016 y que se traducirá a más de quince idiomas, la que la ha situado como una de las jóvenes autoras británicas más destacadas de la actualidad.
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1

—Porque fíjate en el jazmín, sin ir más lejos. —El doctor Luke Garrett apartó con una mano los papeles que tenía encima de la mesa, como si brotaran debajo los capullos blancos florecidos y, al dar por fin con la petaca, se puso a liar un cigarrillo—. Es tan dulce el olor que resulta grato y repugna a la vez; la gente se aparta al olerlo y luego se acerca, se aparta y se acerca, y no saben si poner cara de asco o dejarse seducir por ese aroma. Tan solo con que reconociéramos que el dolor y el placer no ocupan polos opuestos, que son dos caras de una misma moneda, ya estaríamos en condiciones de entender un poquito mejor... —Perdió el hilo de sus argumentos, y se puso a buscarlo mentalmente dando muestras de impaciencia.

Su acompañante, sentado junto a la ventana, estaba acostumbrado a oírlo pontificar así. Le dio un sorbo al vaso de cerveza que tenía en la mano y se atrevió a decir:

—Pero si la semana pasada proclamabas que toda forma de dolor era mala por naturaleza, y que la bondad era algo inherente a los estados placenteros. Recuerdo las palabras exactas, porque las repetiste unas cuantas veces, y hasta me las escribiste para que no las olvidara; puede que incluso las lleve encima. —Se dio unos golpecitos en los bolsillos, haciendo gala de una ironía que no dominaba del todo y lo llevó a ponerse rojo.

George Spencer tenía todo lo que le faltaba a Garrett: estatura, riqueza, atractivo, recato, y era más un hombre de gran corazón que de mente rápida. Los que los conocían a los dos desde sus años en la universidad solían hacer la broma de que Spencer era el lado bueno de la conciencia del Diablillo, una parte de sí mismo que, de alguna extraña manera, había sido cercenada y correteaba detrás de él para intentar ponerse a su altura.

Garrett se hundió más todavía en la butaca.

—Comprendo que pueda parecer del todo contradictorio, del todo injustificable, pero es que en las mentes más preclaras caben a la vez dos ideas opuestas. —Arrugó el entrecejo, y ese gesto sumió sus ojos casi por entero en la negrura de las pestañas, y en la sombra del flequillo, más negro todavía. Se acabó lo que le quedaba de cerveza de un trago y apuntó—: A ver si me explico...

—Estaría muy bien que te explicaras, pero es que he quedado para cenar con unos amigos.

—Pero si tú amigos no tienes, Spencer. Ni siquiera a mí me caes bien. Mira, no vamos a negar ahora que causar dolor, o experimentarlo, sea lo más atroz para el ser humano. Antes de que fuera posible dejar grogui al paciente para operarlo, a los cirujanos les horrorizaba tanto lo que estaban a punto de hacer que les daban arcadas; y hombres hubo en su sano juicio, y mujeres, que prefirieron vivir veinte años menos antes que pasar por el cuchillo. Tú mismo te habrías contado entre ellos, ¡y yo también! Pero es igual, porque es imposible determinar qué cosa sea el dolor, o qué se siente en realidad, o si nos duele lo mismo y en igual medida a todos, porque es algo más de la imaginación que del propio cuerpo. ¿Ves entonces cuán valiosa sería la hipnosis? —Miró a Spencer con los ojos entrecerrados y siguió diciendo—: Si me dices que te has quemado y no te aguantas de dolor, ¿cómo puedo saber si esas sensaciones que refieres se parecerían lo más mínimo a lo que yo sentiría si sufriese esa misma herida? Lo único que cabe decir es que hemos experimentado ambos algún tipo de respuesta física al mismo estímulo. Es cierto que es posible que los dos pongamos el grito en el cielo, y que nos tiremos al agua fría y demás, pero ¿cómo sé que lo que tú sientes, si lo sintiera yo, no me haría a mí gritar más alto aún que a ti? —Enseñó los dientes como un lobo y siguió diciendo—: ¿Importa eso? ¿Variará en algo el tratamiento que el médico ha de aplicar? Si pones en tela de juicio la veracidad del dolor y, por consiguiente, el valor que tiene, ¿cómo resistirse a dosificar los cuidados, o incluso a negarlos, siempre de acuerdo con una vara de medir que, has de admitir, es completamente arbitraria?

Perdido ya el interés, Garrett se agachó para recoger los papeles que se habían caído al suelo, y se entretuvo colocándolos en fajos bien ordenados.

—No hace al caso lo más mínimo a efectos prácticos. Es solo que se me acaba de ocurrir. Porque a mí se me ocurren cosas, y me gusta hablar de ellas, y no tengo a nadie que me escuche. Quizá debería comprarme un perro.

Spencer, que veía cómo afloraba en su amigo su lado melancólico, sacó un cigarrillo, hizo caso omiso del tictac del reloj, se sentó en una silla sin respaldo y paseó la vista por todo aquel despacho. Estaba meticulosamente limpio, y el débil sol invernal no habría sacado a flote una sola mota de polvo ni aunque hubiera brillado con todo su fulgor. Había allí dos sillas y una mesa; eso, y dos cajas de embalar apoyadas de pie contra la pared, era todo el mobiliario. Un retal de tela que tapaba la ventana estaba tan lavado que había perdido la textura y el color, y la chimenea, de piedra blanca, relucía como una patena. Olía muy fuerte, a limón y a antiséptico, y en la chimenea había colgadas fotografías enmarcadas en negro de Ignaz Semmelweis y John Snow. En la pared que quedaba encima de la mesa, clavado con chinchetas, había un dibujo con el título: «Luke Garrett a la edad de trece años». Representaba una serpiente enrollada en una vara que oteaba el aire con su lengua bífida: era el símbolo de Asclepio, arrancado del vientre de su madre en la pira funeraria, el dios de la curación. Y las únicas provisiones que Spencer había conocido en aquel cuartucho izado sobre tres tramos de escaleras enjalbegadas eran cerveza de la mala y galletas saladas. Miró a su amigo con detenimiento, y fue consciente una vez más de aquella mezcla de frustración y afecto que siempre le arrancaba.

Spencer se acordaba perfectamente de su primer encuentro en las aulas del Hospital Universitario de Royal Borough, donde Garrett demostró estar por encima de sus tutores en cuestiones teóricas y en inteligencia, y no llevar nada bien el tutelaje que ejercían sobre él; sobre todo en Anatomía Cardiaca y en Sistema Circulatorio, asignaturas en las que el exceso de entusiasmo lo llevaba a comportarse como un chiquillo y a hacer creer al profesor titular que se reía de él, por lo que lo expulsaban a menudo de clase. Spencer sabía que la única forma de disimular, y a la vez superar, los límites de su propia inteligencia era el estudio, y estudiaba mucho, y evitaba a Garrett, cuya compañía, pensaba, no le depararía nada bueno, aparte de que le daba un poco de miedo el brillo zaino que encerraban aquellos ojos suyos. Una noche se lo encontró, cuando ya el laboratorio hacía un buen rato que se había quedado vacío y debía de faltar poco para que cerraran las puertas, y al principio pensó que le pasaba algo al verlo allí sentado con la cabeza gacha en uno de los bancos llenos de muescas y marcas de quemadores, mirando algo que sostenía entre las manos.

—¿Eres tú, Garrett? —le preguntó—. ¿Te encuentras bien? ¿Qué haces aquí tan tarde?

Garrett no respondió, pero giró la cabeza y le pudo ver el semblante, desnudo de aquella mueca sarcástica detrás de la que se escondía siempre. En vez de eso, vio que le dedicaba una sonrisa franca, y que había en ella tanto júbilo y ternura que pensó que lo había tomado por algún amigo suyo. Pero Garrett lo llamó con un gesto de la mano y exclamó:

—¡Mira! ¡Fíjate en lo que he hecho!

Lo primero que le vino a la cabeza a Spencer fue que Garrett se había aficionado a las labores de bordado y costura; y tampoco habría sido tan raro, porque había un concurso anual para ver qué licenciado en Cirugía le daba mejor los puntos a un pañito de seda blanca, y algunos hasta decían que practicaban con una tela de araña. Pero lo que llamó la atención entre las manos de Garrett fue un precioso objeto con apariencia de abanico japonés en miniatura de cuya virola pendía una elaborada borla. No tendría más de un dedo de ancho, y estaba cosido con delicadas puntadas de rojo y bermellón sobre un lecho de color yema tan denso que no se veía la trama de la seda. Se inclinó un poco más, aguzó y ajustó la visión, y vio lo que era: un trozo cortado con esmero del interior de un estómago humano, reducido a la delgadez de un pedazo de papel al que le habían inyectado una gota de tinta para revelar el trazado de las venas, sujeto entre dos platinas de cristal. Ningún artista habría logrado dar con aquella perfección del bucle de la vena y el ramificado de la arteria, que no seguía patrón alguno, pero en el que, no obstante, Spencer creyó ver una imagen de ramas desnudas de árbol al llegar la primavera.

—¡Oh! —exclamó Spencer, y sus miradas se cruzaron en un instante compartido de deleite que devino en una puntada de unión y que ninguno de los dos cortó después de aquello—. ¿Esto lo has hecho tú?

—¡Yo mismo! Una vez, de pequeño, vi un dibujo de algo muy parecido a esto. Creo que el autor era Edward Jenner, y le dije a mi padre que un día me haría yo uno, aunque dudo que me creyera, y henos aquí con ello delante. Es que me colé en la morgue. ¿Verdad que no se lo vas a decir a nadie?

—¡No, nunca! —dijo Spencer, que estaba como en trance.

—Yo creo que la mayoría de nosotros, o yo, al menos, le damos más valor a lo que está debajo de la piel que a lo que se ve por fuera. ¡Denme la vuelta para que se me vea el forro y seré el hombre más apuesto! —Garrett metió el preciado objeto en una cajita de cartón, la ató con un cordel para que no se abriera y se la metió en el bolsillo de la...



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