E-Book, Spanisch, 304 Seiten
Reihe: Ensayo
Petersen No puedo más
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123903-8-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Cómo se convirtieron los Millenials en la generación quemada
E-Book, Spanisch, 304 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-123903-8-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Anne H. Petersen Lewiston (EE.UU.), 1982. Escritora y periodista estadounidense, trabajó para Buzzfeed como escritora sénior de cultura hasta 2020, cuando comenzó a escribir un boletín para los suscriptores de Substack. Petersen también ha publicado en la sección de opinión de The New York Times. Comenzó un blog personal en la escuela de posgrado llamado Celebrity Gossip Academic Style, que desde entonces se ha transformado en un grupo privado de Facebook con más de 8.700 miembros. Mientras trabajaba como profesora visitante en el Whitman College, Petersen comenzó a escribir sobre temas variados de cultura popular para medios digitales y descubrió que disfrutaba de la escritura no académica. En mayo de 2014 se mudó a Nueva York para escribir para Buzzfeed News y su primera pieza, «Jennifer Lawrence and the History of Cool Girls», se volvió viral. También es autora del ensayo Scandals of Classic Hollywood. Pero su trabajo en Buzzfeed no solo se limitó a las celebridades, también ha escrito sobre asuntos como la pandemia, los préstamos estudiantiles, la política de los nativos americanos, la expansión de Medicaid, el reasentamiento de refugiados, la religión o el movimiento #metoo. Petersen es capaz de aportar una perspectiva desde lo rural y desde la óptica de vivir en un pequeño pueblo sobre temas como el movimiento Antifa, las armas o la política. Actualmente vive en Montana y tiene dos perros, Steve y Peggy.
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Introducción
-Creo que estás un poco quemada —me sugirió con mucho tacto mi editor de BuzzFeed durante una conversación por Skype—. Te vendría bien tomarte un par de días libres.
Era noviembre de 2018 y, sinceramente, me sentó fatal.
—No estoy quemada —repuse—. Tan solo trato de averiguar sobre qué quiero escribir ahora.
Desde que tengo recuerdo, no he dejado de trabajar en ningún momento: primero como estudiante de posgrado, luego como profesora y ahora como periodista. Me pasé todo 2016 y todo 2017 pisándoles los talones a candidatos políticos por todo el país, persiguiendo historias, a menudo escribiendo miles de palabras al día. Una semana de noviembre, tras entrevistar a los supervivientes de un tiroteo en Texas, fui directamente a una pequeña ciudad de Utah, donde pasé una semana escuchando las historias de decenas de mujeres que habían huido de una secta polígama. Era un trabajo importante y estimulante, y precisamente por eso resultaba tan difícil detenerse. Además, había descansado después de las elecciones. Se suponía que debería haber recargado las pilas. El hecho de que cada vez que hablaba con mis editores tuviera que contener las lágrimas era algo que en principio no tenía nada que ver con el agotamiento.
Aun así, decidí tomarme un par de días libres justo antes de Acción de Gracias. ¿Y sabéis qué hice? Intenté escribir una propuesta para un libro. No para este, sino para uno peor, más forzado. Eso no me hizo sentir mejor, evidentemente, porque era más trabajo. Pero, en realidad, a esas alturas ya no sentía nada. Dormir no ayudaba; ni hacer ejercicio. Fui a darme un masaje y un tratamiento facial, y me sentaron bien, pero tuvieron un efecto increíblemente momentáneo. Leer me ayudaba, en cierto modo, pero las lecturas que más me interesaban estaban relacionadas con la política, lo que me devolvía a aquello que me había dejado exhausta.
Tampoco puede decirse que lo que sentía aquel noviembre fuese nada nuevo. Durante meses, siempre que pensaba en acostarme, me abrumaban los pasos que tendría que dar para llegar a la cama por mi propio pie. Las vacaciones, lejos de entusiasmarme, parecían una cosa más a tachar de mi lista de tareas. Pasar tiempo con los amigos era algo que, si bien deseaba, me hacía sentir mal, y después de mudarme de Nueva York a Montana me negué a invertir tiempo en hacer nuevas amistades. Me sentía paralizada, insensible, completamente... plana.
A toro pasado, es evidente que estaba absoluta y ridículamente quemada, pero no me daba cuenta porque aquella sensación no se correspondía con la forma en que se me había representado o descrito el desgaste. No se había producido ningún dramático apagón, ni un derrumbe, ni había ido a recuperarme a la playa o a una cabaña aislada. Pensaba que estar quemada era como pillar un resfriado del que una se recupera, y por eso había pasado totalmente por alto el diagnóstico. Desde hacía meses me había convertido en un montón de ascuas ardiendo.
Cuando mi editor me sugirió que me estaba quemando, me opuse a la idea. Como es habitual en una adicta al trabajo de primer nivel, no me daba de bruces contra las paredes, sino que las rodeaba. Quemarse iba en contra de todo lo que hasta ese momento había comprendido acerca de mi capacidad de trabajo y mi identidad como periodista. Sin embargo, a pesar de que me negaba a llamarlo desgaste, era evidente que algo dentro de mí estaba roto. Mi lista de tareas, en concreto la mitad inferior, no hacía más que reciclarse una semana tras otra como una pequeña y ordenada acumulación de vergüenza.
En realidad, ninguna de esas tareas era esencial, tan solo suponían el tedioso mantenimiento de la vida cotidiana. Sin embargo, hiciera lo que hiciera, nunca era capaz de llevar a afilar los cuchillos, ni de dejar mis botas favoritas en el zapatero para que le cambiara las suelas, ni de llevar a cabo el papeleo y la llamada necesarios para registrar debidamente a mi perro. En un rincón de mi habitación había una caja con un regalo para un amigo que hacía meses que quería enviar, y en algún lugar de la estantería, acumulando polvo, había el reembolso de unas lentillas por una cantidad en absoluto insignificante. Todas estas tareas, que suponían un gran esfuerzo y una escasa gratificación, me resultaban imposibles de realizar.
Y sabía que no era la única persona con este tipo de resistencia a la lista de tareas: internet estaba plagado de historias de gente que no se decidía a averiguar cómo registrarse para votar, cómo presentar una reclamación al seguro o cómo devolver una compra de ropa online. Si no podía decidir sobre qué quería escribir en mi trabajo, por lo menos podía hacerlo sobre lo que en broma llamé «la parálisis de los recados». Empecé a clasificar gran cantidad de artículos, en su mayoría escritos por millennials y publicados en páginas web dirigidas a ellos, que hablaban del estrés diario de la «vida adulta» (un concepto adoptado para describir el miedo a realizar tareas asociadas con nuestros padres o con el orgullo que estos sienten al completarlas). Uno de los artículos lo expresaba así: «El millennial moderno, por lo general, ve la vida adulta como una serie de acciones, en lugar de como un estado de ánimo. De este modo, la vida adulta pasa a ser un verbo». Y ser adulto consiste, en parte, en completar las cosas que están en la parte inferior de tu lista de tareas, aunque te resulten difíciles de llevar a cabo.
A medida que iba leyendo, me fue quedando claro que las «tareas adultas» pueden ser de tres tipos: 1) las que son un fastidio porque nunca antes las has hecho (pagar impuestos, hacer amigos fuera del contexto escolar); 2) las que son un fastidio porque ponen de manifiesto que ser adulto significa gastar dinero en cosas que no son nada divertidas (aspiradoras, máquina cortacésped, maquinillas de afeitar); 3) las que van más allá de ser un mero fastidio porque consumen tu tiempo y resultan innecesariamente laberínticas (encontrar un terapeuta, presentar facturas para obtener un reembolso médico, cancelar el contrato de la televisión por cable, darse de baja en el gimnasio, unificar los préstamos estudiantiles, averiguar el modo de acceder a programas de ayuda estatal).
Ser adulto —y, por extensión, completar tu lista de tareas— es difícil porque, hasta cierto punto, nunca había sido tan fácil vivir en el mundo moderno y, a la vez, resulta incomprensiblemente complicado. En este contexto, era evidente por qué evitaba las tareas que languidecían en mi lista de tareas pendientes. Todos tenemos una lista que necesitamos completar cada día, cuestiones a las que debemos adjudicar nuestra energía mental antes que a otras. Pero la energía es finita, y cuando nos empeñamos en pretender que no lo es..., llega el desgaste.
El mío, no obstante, iba mucho más allá de la acumulación de recados por hacer. Si era sincera conmigo misma —sincera de verdad, hasta el extremo de hacerme sentir incómoda—, todos esos recados eran el indicio palpable de un sufrimiento mucho mayor. No era simplemente que algo no funcionase en mi día a día, sino que durante la mayor parte de mi vida adulta algo había ido poniéndose cada vez peor.
Lo cierto es que todas esas tareas restaban valor a la que se había convertido en mi tarea definitiva, y en la de muchos otros millennials: trabajar sin descanso. ¿Dónde había aprendido a trabajar sin descanso? En el colegio. ¿Por qué trabajaba sin descanso? Porque me aterraba no conseguir un trabajo. ¿Por qué no he parado de trabajar desde que tengo un empleo? Porque me aterra perderlo, y porque mi valor como trabajadora y mi valor como persona están inextricablemente interconectados. No podía sacarme de encima la sensación de precariedad —de que todo por lo que había trabajado podía desaparecer en cualquier momento—, ni reconciliar esa sensación con una idea que me había acompañado desde pequeña: si me esforzaba lo suficiente, todo saldría bien.
Así que hice una lista de lecturas. Leí sobre cómo la pobreza y la inestabilidad económica afectan a nuestra capacidad de tomar decisiones. Exploré las pautas específicas de la deuda estudiantil y la vivienda de propiedad. Observé la relación entre las tendencias de crianza en «cultivo concertado» en los años ochenta y noventa y el paso del juego libre y desestructurado a las actividades organizadas y las ligas deportivas. Poco a poco empezó a surgir un marco, que coloqué directamente sobre mi propia vida, obligándome a reconsiderar mi historia y la manera en que la había narrado. Salí a dar un largo paseo con mi pareja, que, a diferencia de mi «yo millennial» viejo, había crecido en el punto álgido de la generación millennial, en un entorno aún más competitivo desde el punto de vista académico y económico. Comparamos opiniones: ¿qué cambió en los pocos años que separaban mi infancia de la de él?, ¿cómo modelaron y promovieron nuestros padres la idea del trabajo como algo completamente devorador?, ¿qué fue lo que interiorizamos como el propósito del «ocio»?, ¿qué ocurrió en la escuela de posgrado para que se exacerbaran mis tendencias de adicción al trabajo?, ¿por qué me sentía fenomenal mientras escribía mi tesis en...




