Pirandello | Mundo de papel | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 800 Seiten

Reihe: Otras Latitudes

Pirandello Mundo de papel

Cuentos para un año (II)
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16440-30-6
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Cuentos para un año (II)

E-Book, Spanisch, 800 Seiten

Reihe: Otras Latitudes

ISBN: 978-84-16440-30-6
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Publicamos por primera vez en España todos los cuentos que escribió Luigi Pirandello, Premio Nobel de Literatura 1934. Son la parte menos conocida de su producción literaria, pero es la que él más amaba y en la que trabajó desde su adolescencia hasta el final de su vida. Es en los relatos donde Pirandello se muestra más natural e imaginativo y contienen la clave de su gran capacidad para crear personajes. Por la diversidad de temas, estilos y estructuras estos cuentos suponen un fresco, lleno de humor y ternura, de la Italia de la época -especialmente de su Sicilia natal-, que nos hace entender la cultura y la sociedad de aquel país, a la vez que representa la condición humana. Pirandello escribía en una carta a su hermana: 'Yo vivo por la alegría de ver narrar la vida desde mis páginas, extrayéndola de mi cuerpo, de mi sangre, de mi carne, de mi cerebro. Es un trabajo constante de destrucción para crear'. Se había propuesto escribir 365 cuentos; fueron algunos menos porque una pulmonía se lo llevó de este mundo, como si fuese uno de los personajes de sus relatos.

Luigi Pirandello (Agrigento, Sicilia, 1867 - Roma, 1936) Novelista y dramaturgo italiano. Describe con humor las contradicciones a las que está siempre expuesto el ser humano aunque se trate siempre de un humor cómico-trágico. En los límites entre realidad y ficción, el centro de la prosa pirandelliana es siempre el individuo perdido en el mundo absurdo y gris de la existencia cotidiana. En su novela más emblemática, El difunto Matías Pascal (1904), se encuentran las claves de su obra dramática, que le llevarían años más tarde a conseguir el Premio Nobel de Literatura. Con la representación, en 1917, de la pieza teatral Así es si así os parece, se decantó claramente por el género dramático, en el cual creó escuela por su peculiar construcción de la pieza teatral, sus recursos escénicos y la complejidad de sus personajes.
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LA HEREJÍA CÁTARA

Bernardino Lamis, profesor titular de historia de las religiones, entornando los ojos doloridos y, como solía hacer en las ocasiones más graves, cogiéndose la cabeza huesuda entre las delgadas manos temblorosas que parecían tener en las puntas, en lugar de uñas, cinco rosáceas y brillantes conchas, anunció a los dos únicos estudiantes que seguían su asignatura con fidelidad tenaz:

—Señores, en la siguiente clase hablaremos de la herejía cátara.

Uno de los dos estudiantes, Ciotta —joven moreno de Guarcino, rudo, sólido— rechinó los dientes con gran alegría y se frotó violentamente las manos. El otro, el pálido Vannìcoli, con el pelo rubio, híspido como hilos de rastrojos, y el aspecto abatido, en cambio, extendió los labios, la mirada de sus ojos claros y lánguidos se volvió más dolida que nunca y se quedó con la nariz estirada, como husmeando algún olor desagradable, mostrando que entendía la pena que, ciertamente, tenía que suponerle al venerado maestro la exposición de aquel tema, después de lo que le había dicho en privado. (Porque Vannìcoli creía que el profesor Lamis, cuando él y Ciotta, después de la clase, lo acompañaban durante un largo trecho de camino hacia su casa, se dirigía únicamente a él, que era el único capaz de entenderlo).

Y de hecho Vannìcoli sabía que unos seis meses atrás había salido en Alemania (Halle a. S.)1 una mastodóntica monografía de Hans von Grobler sobre la herejía cátara, que la crítica había elevado al séptimo cielo, y que sobre el mismo argumento, tres años antes, Bernardino Lamis había escrito dos poderosos volúmenes, que von Grobler demostraba no haber tenido en cuenta, excepto una vez, de pasada, cuando los había citado en una breve nota: para hablar mal de ellos.

Ese hecho había herido el corazón de Bernardino Lamis, quien había sufrido aún más y se había indignado por la actitud de la crítica italiana que, elogiando también con los ojos cerrados el texto alemán, había ignorado absolutamente los dos volúmenes anteriores que él había escrito, y no había gastado ni una palabra en subrayar el indigno tratamiento que el escritor alemán había reservado a un escritor nacional. Había esperado durante más de dos meses que alguien, al menos entre sus antiguos alumnos, se movilizara para defenderlo; luego, aunque —según su modo de ver— no le parecía correcto, se había defendido por sí mismo, anotando en una larga y minuciosa reseña, aderezada con fina ironía, todos los errores más o menos bastos que von Grobler había cometido, todas las partes de su propia obra de las cuales el alemán se había apropiado sin citarlo; y finalmente había reafirmado sus opiniones personales con nuevos e incontestables argumentos, contra los argumentos del historiador alemán con los que estaba en desacuerdo.

Pero esta autodefensa, por ser demasiado larga y por el escaso interés que podía despertar entre la mayoría de los lectores, había sido rechazada por dos revistas; una tercera la examinaba desde hacía más de un mes y quién sabe durante cuánto tiempo aún lo haría, a juzgar por la respuesta nada cortés que Lamis, ante un apremio suyo, había recibido del director.

De modo que aquel día Bernardino Lamis tenía razones verdaderas, al salir de la universidad, para desahogarse amargamente con sus dos fieles jóvenes estudiantes que solían acompañarlo hacia casa. Y les hablaba de la descarada charlatanería que del campo de la política había pasado a patalear, primero en el de la literatura, y ahora, desgraciadamente, también en los sagrados e inviolables dominios de la ciencia; hablaba del servilismo vil profundamente radicado en la idiosincrasia del pueblo italiano, por lo cual cualquier cosa que venga de fuera es una gema preciosa, mientras que todo lo que se produce en Italia es piedra falsa y vil; finalmente concluía con los argumentos más fuertes contra su adversario, que explicaría bien durante la clase siguiente. Y Ciotta, degustando el placer que le procuraría la extravagancia irónica y biliosa del profesor, volvía a frotarse las manos, mientras Vannìcoli, afligido, suspiraba.

En cierto momento el profesor Lamis se quedó en silencio y asumió un aire abstraído: señal, para los dos estudiantes, de que quería quedarse solo.

Cada vez, después de la clase, para aliviarse paseaba por la plaza del Panteón, luego por la de la Minerva, atravesaba Via dei Cestari y salía al Corso Vittorio Emanuele. Al llegar cerca de la plaza San Pantaleo, asumía aquel aire abstraído, porque —antes de entrar en Via del Governo Vecchio, donde vivía— solía entrar (furtivamente, según su intención) en una pastelería, de donde salía poco después con un paquete en la mano.

Los dos estudiantes sabían que el profesor Lamis no tenía que comprar nada, ni para un grillo, y por eso no podían entender la compra de aquel paquete misterioso, tres veces por semana.

Empujado por la curiosidad, un día Ciotta incluso había entrado en la pastelería para preguntar qué compraba el profesor.

—Amarettos, merengues y besos de dama.

¿Y para quién los querrá?

Vannìcoli decía que eran para sus sobrinitos. Pero Ciotta hubiera puesto la mano en el fuego por que eran precisamente para él, para el profesor mismo; porque una vez lo había sorprendido por la calle metiéndose una mano en el bolsillo y sacando uno de aquellos merengues, mientras ya tenía otro en la boca —seguro—, que le había impedido contestar al saludo que le había dirigido.

—Pues bien, aunque fuera así, ¿qué hay de malo en ello? ¡Debilidades! —le había dicho, irritado, Vannìcoli, mientras seguía de lejos, con la mirada lánguida, al viejo profesor que se iba despacio, desanimado, arrastrando los pies.

No solamente este pecadito de gula, sino muchas más cosas se podían perdonar a aquel hombre que, por la ciencia, se había deteriorado, con aquellos hombros jorobados que parecían querer deslizarse, mientras el cuello largo los sostenía, como bajo un yugo. Entre el sombrero y la nuca, la calvicie del profesor Lamis se descubría como una media luna de piel; en la nuca le temblaba una rala melenita plateada, que le cabalgaba un lado y otro de las orejas y continuaba hasta la barba, delante, en las mejillas y debajo del mentón.

Ni Ciotta ni Vannìcoli hubieran supuesto nunca que Bernardino Lamis se llevaba a casa, en aquel paquete, toda su comida diaria.

Dos años atrás le había llovido, de Nápoles, la familia de un hermano suyo, que había muerto de repente: la cuñada, una furia del infierno, con siete hijos, el mayor de los cuales apenas tenía once años. Hay que notar que el profesor Lamis no había querido casarse para no ser distraído de ninguna manera de sus estudios. Cuando, sin previo aviso, se había visto ante aquel ejército de gritos, acampado en el rellano de la escalera, ante su puerta, a caballo de innumerables fardos y farditos, se había quedado pasmado. Al no poder escaparse por la escalera, por un momento había pensado en hacerlo tirándose por la ventana. Las cuatro habitaciones de su modesta morada habían sido invadidas; el descubrimiento de un pequeño jardín, única y dulce ocupación del tío, había despertado una alegría frenética en los siete huérfanos desconsolados, como los llamaba la gorda cuñada napolitana. Un mes después, en aquel jardín no quedaba ni una brizna de hierba. El profesor Lamis se había convertido en la sombra de sí mismo: se movía por el estudio como alguien que no razonara, aguantándose la cabeza con las manos casi para impedir que aquellos gritos, aquellos llantos, aquel pandemónium continuo de la mañana a la noche, se la quitaran también materialmente. Y este suplicio había durado un año, y quién sabe cuánto tiempo aún hubiera continuado si un día no se hubiera dado cuenta de que la cuñada, no contenta con el sueldo que él le entregaba —entero— cada día veintisiete del mes, desde el jardín ayudaba al mayor de sus hijos a trepar hasta la ventana del estudio, cerrado prudentemente con llave, para robar los libros:

—¡Gruesos, eh, Gennariniè, gruesos y nuevos!

La mitad de su biblioteca había acabado en los mercadillos de libros usados, vendidos por pocas monedas.

Indignado, enfurecido, aquel mismo día, Bernardino Lamis —con seis cestas de libros supervivientes y tres estanterías rústicas, un gran crucifijo de cartón, una caja de toallas y sábanas, tres sillas, un amplio sillón de cuero, el escritorio alto y un lavamanos— se había ido a vivir, solo, a aquellas dos habitaciones de Via Governo Vecchio, después de haberle impuesto a la cuñada que no quería volver a verla.

Ahora le enviaba el sueldo, del cual conservaba para sí solo lo estrictamente necesario, a través de un bedel de la universidad, puntualmente, cada mes.

No había querido contratar una sirvienta a media jornada, temiendo que se pusiera de acuerdo con la cuñada. Por otro lado, no la necesitaba. No se había llevado ni la cama: dormía con un chal en los hombros, envuelto en una manta de lana, en el sillón. No cocinaba. Seguidor a su manera de la teoría de Fletcher, se nutría con poco, masticando mucho. Vaciaba aquel famoso paquete en los dos amplios bolsillos de los pantalones, una mitad en cada lado, y mientras estudiaba o escribía, de pie como solía hacer, picaba o un amaretto o un merengue o un beso de dama. Si tenía sed, bebía agua. Después de un año en aquel infierno, ahora se sentía en el paraíso.

Pero había llegado von Grobler con aquel libro sobre la herejía cátara a aguarle la fiesta.

Aquel día,...



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