E-Book, Spanisch, 488 Seiten
Reihe: Ensayo
Pizzigati Los ricos no siempren ganan
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123514-6-0
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 488 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-123514-6-0
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Sam Pizzigati Estados Unidos. Veterano periodista e investigador asociado del Institute for Policy Studies (Washington DC) y editor de Too Much (toomuchonline.org), una revista electrónica semanal sobre los excesos y la desigualdad en los Estados Unidos y el resto del mundo, dirigida a periodistas, investigadores y activistas de la justicia económica. Pizzigati ha escrito ampliamente sobre la desigualdad económica, tanto para lectores populares como académicos. Sus artículos de opinión sobre la renta y la riqueza han aparecido en numerosos grandes diarios estadounidenses, desde el New York Times hasta el Miami Herald, así como en una amplia variedad de revistas y periódicos. Pizzigati dirige desde hace más de veinte años la línea editorial de sindicato más grande de América, la Asociación Nacional de Educación, con más de 3,2 millones de miembros. También ha aparecido como comentarista experto en desigualdad en más de 150 programas de radio, prensa y televisión, lo que hace de él una de las referencias mundiales en la materia.
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01
La triunfante plutocracia
En la década de 1890, millones de estadounidenses se rebelaron contra la política al uso. Se levantaron contra lo que llamaban la «plutocracia», el gobierno de los señores del dinero que habían llegado a controlar a los dos principales partidos políticos del país. Estos norteamericanos crearon su propio partido político y este nuevo Partido del Pueblo —los populistas, como serían conocidos sus miembros— participó en las elecciones de todo el Sur y el Oeste del país. Los candidatos populistas no solo se presentaron como una señal de protesta, sino que se presentaron para ganar. Y de 1892 y 1894 muchos consiguieron la victoria en las elecciones. Los populistas pronto sirvieron como cargos públicos municipales, como legisladores estatales, como gobernadores, como congresistas e incluso como senadores de Estados Unidos.
En 1896, los populistas apuntarían todavía más alto. Ese año, los demócratas dieron su candidatura presidencial a un antiguo miembro del Congreso, un joven agitador de Nebraska que había ganado por primera vez la atención nacional al presentar en el Congreso una propuesta de impuesto a las rentas altas. Los populistas harían a William Jennings Bryan su candidato y esa decisión prepararía el escenario para las elecciones presidenciales más cruciales de Norteamérica desde la Guerra Civil. Por un lado, los enormemente ricos de la nación, los titanes de los mayores imperios industriales jamás vistos en todo el mundo. Por otro lado, los estadounidenses normales y corrientes, trabajadores y agricultores que habían pasado el último cuarto de siglo luchando contra esos imperios en las urnas, en los piquetes, en batallas campales contra los ejércitos de esquiroles.
Los populistas intuían que podían ganar esas elecciones históricas. Los plutócratas sabían que no podían permitirse perderlas. En octubre de 1896, apenas unas semanas antes de la votación, el futuro secretario de Estado de Estados Unidos John Hay escribió desde su casa, en Cleveland, que los propietarios locales se sentían atemorizados por creer que terminarían siendo colgados de los postes de luz al día siguiente de la celebración de las elecciones si Bryan resultaba vencedor.[35]
Para prevenir este desastre inminente, los ricos de Norteamérica abrirían sus carteras como jamás habían hecho. El gasto total en la campaña presidencial de 1896 llegaría a cuadruplicar el nivel de gasto de las carreras presidenciales que se realizarían en las siguientes once décadas. En el año 2008, poco más de una moneda de diez centavos de cada mil dólares gastados en bienes y servicios —nuestro producto interior bruto — fue destinada a la campaña presidencial. En 1896, los gastos de la campaña presidencial supusieron sesenta centavos de cada mil dólares del PIB de América.[36] Y más del 90 por ciento de ese dinero fue destinado a promover la elección del candidato al que los plutócratas veían como su salvador, el republicano William McKinley.
McKinley ganó. William Jennings Bryan se mantuvo en las encuestas lo suficiente como para lograr unas votaciones ajustadas, pero McKinley arrasó en el Norte y consiguió una cómoda mayoría electoral en los colegios. Los plutócratas de la nación, lamentaba el senador de Dakota del Sur Richard Pettigrew, «pusieron muchos millones para comprar y corromper a los votantes del país y para derrotar a Bryan, a fin de poder seguir concentrando el trabajo duro del pueblo estadounidense en las manos de unos pocos».[37]
Los ricos de Norteamérica habían aplastado a los populistas. Se gastaron cantidades millonarias. Los populistas, en su mayoría gentes procedentes del medio rural, no tenían millones que gastar. Y tras su aplastante derrota de 1896, ya no tenían futuro. El Partido del Pueblo se desmoronó. Casi desapareció. Casi de la noche a la mañana.
Para los ricos de Norteamérica, las señales reflejaban el comienzo de un nuevo siglo glorioso. Las personas acomodadas se sintieron preparadas para forjar una Norteamérica de libertad para siempre… para ellas mismas. Tan solo debían rematar unas operaciones políticas de ajuste. Unas operaciones de ajuste importantes. Los plutócratas tenían un mensaje que enviar… Los guardianes del orden económico natural de Norteamérica querían que la nación supiera que ya no tolerarían ninguna conducta política desviada. Quienes fueran lo suficientemente valientes como para desobedecer sufrirían las consecuencias. Estos hombres acomodados llegarían a ellos desde sus reductos de Wall Street y tumbarían sus estúpidas ideas, en cualquier lugar que se encontrasen. Incluso en Dakota del Sur.
El senador Richard Pettigrew había vivido en Dakota del Sur desde 1869, antes de que aquel territorio se constituyera como estado. Había ayudado a explorar el territorio para el gobierno federal, después había abierto un despacho de abogados y se había convertido en el primer miembro del Senado de Estados Unidos de su estado en 1889. Hijo de abolicionistas, Pettigrew llegó a Washington como orgulloso republicano, pero rompió con su partido en 1896. No podía soportar a los hombres de negocios detrás de McKinley. Después de la elección de McKinley, Pettigrew inició una rebelión de republicanos renegados y apoyó enérgicamente la campaña a favor de Bryan.[38]
Después de la victoria de McKinley, Pettigrew siguió adelante contra los plutócratas vencedores. En el Senado, atacó los grandes «acuerdos» de las ferroviarias que «estaban robando tanto al gobierno como al pueblo de Estados Unidos». Las ferroviarias, documentaba detalladamente Pettigrew, estaban alquilando vagones de correo para el Tío Sam por 6.000 dólares al año, el doble de lo que lo que les costaba a ellos comprarlos, y ganando decenas de millones más gracias al trueque de una fortuna que poseían a cambio de unos acres públicos muy codiciados.[39] La legislación que Pettigrew introdujo para proteger las tierras federales «de caer en las garras de la minoría» no iría a ninguna parte en la sesión del Senado de 1898.[40] Aquel senador de Dakota del Sur pecaba de optimista. Sus años como senador acabaron convenciéndolo de que «el poder sobre la vida pública estadounidense, ya sea económico, social o político, estaba en manos de los ricos».[41]
A partir de entonces, los ricos silenciarían a Richard Pettigrew. Mark Hanna, el fabricante de Ohio que se consideraba la mente que había detrás de la victoria de McKinley, se encargaría de ello. Hanna había sido el presidente del Comité Nacional Republicano durante la campaña de 1896 y al año siguiente había entrado en el Senado de Estados Unidos. Desde su nuevo asiento en el Senado, Hanna utilizó a Pettigrew como ejemplo. Se encargó de borrar los irritantes restos de la resistencia de 1896. Él completaría el triunfo de la plutocracia.
En 1900, con Pettigrew como candidato para la reelección para un tercer mandato en el Senado, Hanna consiguió medio millón de dólares para derrotar a los que renegaron de los republicanos, muchísimo dinero para un estado con menos de cien mil votantes... La mayor parte del dinero de la campaña de Hanna provenía de las ferroviarias, de donde también procedían unas «cajas con billetes gratuitos» para que el Comité de Estado Republicano de Dakota del Sur viajara libremente durante la campaña. Hanna no dejó nada al azar. Se presentó en la escasamente poblada Dakota del Sur en persona, en un tren especial que las ferroviarias habían dispuesto a conciencia. La fluidez de su dinero, mientras tanto, convirtió a los banqueros de la región en una red de compra de votos. Los agricultores que iban a la ciudad a por provisiones serían guiados a las oficinas de los bancos, se les entregaría unos billetes, y se les prometía unos pocos más si Pettigrew perdía el apoyo del condado.[42]
Meses antes de las elecciones, Hanna había enviado funcionarios políticos a Dakota del Sur para medir la popularidad de Pettigrew. Sus encuestas le daban a este una cómoda ventaja. Para el día de las elecciones, Hanna había comprado la mayoría. Pettigrew perdió estrepitosamente. El senador no vio venir la derrota.
«He subestimado los recursos de los intereses empresariales —reflexionó Pettigrew años más tarde—, he sobrestimado las posibilidades de la naturaleza humana común».
Los principales políticos del Partido Republicano y del Partido Demócrata se habían pasado las décadas posteriores a la Guerra Civil doblegándose vilmente ante los «intereses empresariales». Sus campañas electorales habían relegado los asuntos reales —la explotación económica, por poner uno— y, en su lugar, habían explotado cínicamente las animadversiones raciales, religiosas y regionales del país. Los populistas se habían negado a jugar a ese juego. Concentraron su fuego en la gran brecha existente en Estados Unidos entre los que vivían «en espléndidas mansiones, en magníficos palacios» y «las grandes masas, los trabajadores de la nación».
«La rápida concentración de la riqueza en manos de unos pocos —como había...




