E-Book, Spanisch, Band 139, 196 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
Pépin Encontrarse
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19553-36-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Una filosofía
E-Book, Spanisch, Band 139, 196 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
ISBN: 978-84-19553-36-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Charles Pépin (Saint-Cloud, 1973) es un filósofo, periodista y novelista francés, uno de los especialistas en Humanidades más traducidos. Sus libros han sido publicados en una treintena de países.
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1
Estoy conmocionado
Cuando se rompe mi coraza
Tener un encuentro con alguien es conmocionarse, alterarse. Se produce algo que no hemos elegido, que nos coge desprevenidos: es el impacto del encuentro. La palabra «encuentro» viene del latín vulgar in contra, «en contra», y expresa el hecho de «coincidir en un punto dos o más cosas, a veces impactando una contra otra». Remite, pues, a un choque con la alteridad: dos seres entran en contacto, chocan, y sus trayectorias se modifican. Una singularidad puede perfectamente cruzarse con otra sin quedar impactada, lo cual demuestra que en ese caso no ha habido encuentro, sino solo un cruce. No hay nada más sorprendente, en efecto, más molesto a veces y más difícil de captar que la diferencia del otro. ¿Cómo podría no estremecerme por conocerte, por encontrarte a ti, que te me escapas precisamente porque eres otro, porque tienes otra historia, otra forma de ver el mundo y de sentir las cosas? Si me quedo frío es porque apenas te he percibido, o porque en ti solo he visto un espejo en el que me reflejo.
Esa conmoción viene a menudo de un impacto visual. Cuando Ana Karenina ve al príncipe Vronsky en una estación, aún no sabe nada de él, pero su conmoción es inmediata, porque ya destaca entre la multitud. ¿Qué es lo que la emociona así? ¿La aparición del otro, cuya fuerza y singularidad intuye? ¿Sentir en ella ese movimiento, ese impulso para el que no estaba preparada en absoluto? Tal conmoción puede afectar a varios sentidos al mismo tiempo; a veces nos parece que no conocemos a un ser hasta que descubrimos, maravillados, la increíble suavidad de su piel y lo sentimos reaccionar a nuestras caricias, a nuestros besos, a nuestras palabras. En la conmoción amorosa algunas señales no engañan, indican hasta qué punto ese movimiento nos coge desprevenidos: aceleración del ritmo cardiaco, habla titubeante, boca seca, transpiración, mutismo… Ante esta fuerza acelerativa de la vida, nuestro cuerpo reacciona como si, incapaz de seguir el ritmo, necesitara un tiempo de adaptación. En ocasiones, es en primer lugar el timbre de una voz lo que nos conmueve, despierta nuestra curiosidad, reaviva en nosotros recuerdos enterrados; una voz del pasado, de nuestra infancia, nos llama. Al oír por primera vez la voz de Pierre Soulages al otro lado del teléfono sin ni siquiera haberlo visto en carne y hueso, Christian Bobin cuenta haber tenido la certeza de que se había producido un encuentro entre los dos. Recoge ese momento en Pierre, el libro dedicado a su amistad: «Un deleite […] atraviesa [su voz], un asombro que Soulages ha despertado en ti y tú en él». Esta conmoción puede ser también de un orden más intelectual. Es lo que le ocurrió a Picasso, a quien la política siempre le había dejado indiferente y conocía a Paul Éluard desde hacía años, cuando, un día de 1934, este le habló de su compromiso con la paz. Picasso accede entonces a una visión política del mundo. En ese preciso instante conoce realmente, encuentra por fin al poeta. A veces el otro nos toca en pleno corazón, a imagen de uno de los dúos más míticos del rock indie de la segunda mitad de los años setenta: el profundo encuentro de David Bowie e Iggy Pop no se produjo porque entre ellos existiera una comunión musical; Bowie fue antes que nada sensible a la angustia del yonqui, a la soledad de la Iguana.
Sea cual sea la forma que adopte esta conmoción, que va de la simple sensación al vértigo, indica hasta qué punto la vida puede sorprendernos: ahora debemos rendirnos a la evidencia, no lo dominamos todo. Dos individualidades de dos mundos muy lejanos entre sí llegan a relacionarse entre ellas. Todavía no sabemos cuál será el resultado de ello (la creatividad de Picasso recibirá un impulso, Ana Karenina acabará muriendo…), pero el hecho es que el encuentro se ha producido. En el caso de que hayamos alimentado la ilusión de ser mónadas autosuficientes, independientes, tranquilamente instaladas en nuestra identidad y nuestras costumbres, somos súbitamente despertados. Nuestro confort se ve alterado. Sentimos que aspiramos a otra cosa, lo que es a la vez emocionante e inquietante. Nuestra conmoción nos lleva a la vez hacia ese otro que nos asombra y hacia esa parte de nosotros mismos que se nos escapa. Al conocer a Éluard, Picasso se queda sorprendido tanto por el idealismo del poeta como por el eco que despierta en él. En la conmoción sensual, tumbados entre las sábanas desordenadas, nos quedamos sorprendidos por el otro, por su belleza, por su deseo, y a la vez por lo que sentimos que surge en nosotros y que a veces nos asombra. En el fondo es como si hubiera dos encuentros simultáneos: el de la alteridad del otro y el de la alteridad en nosotros. «Yo es otro», escribe Rimbaud en una carta a Paul Demeny en 1871. A veces hay que encontrar al otro para comprenderlo, para experimentarlo finalmente. Encontrar al otro en el otro para descubrir que hay un otro en uno mismo y darse cuenta de que ese otro en uno mismo quizá sea más uno mismo que el que creíamos ser. Qué lejos estamos del hipócrita «ha sido un placer conocerte» que a veces decimos para acortar una cita que nos ha resultado muy aburrida, sobre todo porque no nos ha conmocionado en absoluto.
Clint Eastwood escenifica el nacimiento y la fuerza de esta conmoción en su adaptación cinematográfica de la novela Los puentes de Madison, de Robert James Waller. Meryl Streep encarna en la película a un ama de casa oriunda del sur de Italia, instalada desde hace décadas en Iowa con su marido y dos hijos ya adolescentes. Sola en su granja durante cuatro días, mientras su marido y sus hijos participan en un concurso de ganado bovino, Francesca conoce a Robert, un fotógrafo del National Geographic que está de paso para hacer un reportaje sobre los puentes de Iowa —puentes «cubiertos», de madera pintada, típicos de la región—. Juntos vivirán una pasión que cambiará sus vidas. Al final de esos cuatro días —paréntesis irracional donde parece condensarse toda una vida—, y después de una vacilación desgarradora, Francesca decidirá no abandonar su hogar y dejará que Robert se marche solo. Pero lo que han compartido la acompañará siempre, la nutrirá cada día de su vida en la granja, constituida por una suma de «cosas insulsas», una vida cotidiana de ama de casa que siente hacia su marido afecto y respeto, lejos del amor intenso por Robert que conservará como un tesoro, una aventura digna de los sueños de juventud, que dejó atrás al instalarse en Iowa. En su testamento, pedirá que sus cenizas sean esparcidas, igual que las de Robert, desde el puente en el que se conocieron.
En medio de esos cuatro días pasados hablando y riendo, paseando y tomando cerveza, dándose baños y haciendo el amor, la esencia del encuentro se revela en una observación de Francesca al mencionar la conmoción que se apodera de ella: «Ya no me reconozco, tengo la sensación de que ya no soy yo… Pero, al mismo tiempo, nunca he sido tan yo como hoy…». La conmoción es aquí puro vértigo. Lo que hace no es normal en ella a priori. No desea en absoluto traicionar a un marido al que no tiene nada que reprochar, pero a cuyo lado se apaga, renunciando poco a poco a sí misma, languideciendo en la repetición de las tareas cotidianas. El encuentro con Robert es mucho más intenso; no puede resistirse al embate de la ola que la engulle de repente: su juventud italiana, su humor, su feminidad, la fuerza de la vida en ella. Todo lo que había olvidado de sí misma, que el peso de los días y de esa «vida de cosas insulsas» había ido tapando, y que de pronto vuelve más fuerte que nunca porque ha encontrado a alguien, porque los ojos de ese hombre se posan en ella y la abrazan. Ese fotógrafo perdido le pregunta por el camino, y he aquí que es ella la que vuelve a encontrar el suyo. Por supuesto, ella renuncia a dejarlo todo por él, a marcharse lejos de sus hijos, a infligir a su marido una humillación de la que no se recuperaría. Viven en una granja que pertenece a la familia de él desde hace más de cien años, en medio de una campiña donde todo se sabe, en una región de puritanos donde el menor adulterio supone décadas de rumores y de ostracismo. No la juzguemos, pues, por haber dado la espalda a un amor del que Robert le dice: «¿Crees que esto que nos está pasando a nosotros le pasa a mucha gente?». En la película se nos hace ver que ella en el fondo le sigue siendo fiel, y el encuentro prosigue a través de ese amor que perdura en ella, de esa dimensión de sí misma que ha descubierto. Un amor así le parecía imposible, y paradójicamente este le ha permitido, alimentada por su nueva vida interior, seguir siendo la esposa de ese marido honesto que carece de lo esencial. Gracias al encuentro con Robert, en medio de la conmoción del encuentro, se descubre siendo otra, y esa otra, convertida verdaderamente en ella misma, es quien la acompañará hasta el final. Se ha arriesgado a vivir ese paréntesis fuera del tiempo, a vivir esos cuatro días eternos que la han hecho volver a conectar en su interior con la enamorada italiana. Ahora sabe que el sueño puede hacerse realidad, que se encuentra en la tierra de las alegrías profundas y de las comuniones superiores, que es una sublime dictadura del corazón, y no simplemente la dictadura de las cosas que se deben hacer.
En La palabra en archipiélago, René Char escribe: «Hay que establecerse en el exterior de uno mismo, al borde de las lágrimas y en la órbita del hambre, si queremos que algo fuera de lo común suceda, algo que solo era para nosotros». Es una hermosa definición de la conmoción del encuentro. Aunque...




