Prawson | El nadador como héroe | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 417, 316 Seiten

Reihe: Libros del Tiempo

Prawson El nadador como héroe


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19744-04-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 417, 316 Seiten

Reihe: Libros del Tiempo

ISBN: 978-84-19744-04-3
Verlag: Siruela
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Convertido desde su publicación en un clásico inmediato, el nadador y buceador Charles Sprawson (1941-2020) explora en esta original y seductora obra de historia cultural el significado que las distintas sociedades han otorgado al arte de nadar: en la Grecia clásica y la Roma imperial, en la Inglaterra y la Alemania del siglo XIX o en los Estados Unidos y el Japón de los últimos cincuenta años. Sprawson nos ofrece además fascinantes destellos de la vida de los grandes héroes nadadores: Byron saltando dramáticamente entre las olas durante el funeral de Shelley; Edgar Allan Poe y sus solitarios y misteriosos baños; Rupert Brooke nadando desnudo junto a Virginia Woolf; Hart Crane zambulléndose hasta morir en la bahía de México... Celebración literaria de una pasión, brillante obra de culto repleta de sugerentes referencias -a Goethe y Coleridge, a Scott Fitzgerald y Yukio Mishima, al cine de Riefenstahl y los musicales acuáticos de Hollywood, a Johnny Weissmuller y la competición olímpica-, El nadador como héroe (1992) no es solo el mejor libro sobre natación que existe, sino quizá el mejor libro jamás escrito sobre cualquier deporte. «Este libro espléndido y totalmente original es tan estimulante como una zambullida en champán».Iris Murdoch «El nadador como héroe es el gran, maravilloso libro de culto sobre la natación literaria».Jacinto Antón, El País«Este libro fascinará tanto a los aficionados a la natación como a quienes nunca sintieron necesidad de perfeccionar su estilo de crol».Juan Claudio de Ramón, La Lectura, El Mundo

Charles Sprawson (Karachi, 1941-Londres, 2020), nadador y buceador nacido en Karachi, y licenciado en el Trinity College de Dublín, y profesor de cultura clásica en una universidad de Riad, solo publicó un libro en su vida, truncada por la demencia: El nadador como héroe, una exploración de la historia de la natación considerada como un clásico de la historia social, en general, y del deporte en particular.
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Prefacio

«Los dioses que hace cientos de años se marcharon de Nápoles aún se encuentran en la India, así que para mí es como volver a casa. En la India puedo sentir lo que hace muchos años suponía estar en Italia».

FRANCESCO CLEMENTE


Aprendí a nadar en la India, en una piscina que Ranjitsinhji, el jugador de críquet eduardiano, había donado a la escuela. Yo era el único niño inglés del colegio. Mi padre era el director, y sir K. S. Ranjitsinhji, el Jam Sahib de Nawanagar, su más eminente exalumno, aunque no era sino uno de los muchos príncipes que allí había. A veces su sucesor nos permitía bañarnos en las desbordadas criptas subterráneas de su palacio vecino, entre columnas que desaparecían misteriosamente en un agua negra. Arriba, en las paredes del palacio, aún colgaban los cuadros de muchachos bañándose pintados por Tuke, que el Jam Sahib había reunido durante los años en que jugaba al críquet en Inglaterra.

En aquel árido yermo de las llanuras occidentales a ningún otro inglés parecía que nadar le importase. Los jardines de los administradores carecían de piscinas, y tampoco las había en los acantonamientos para los soldados. Cuando estos viajaban a las montañas para huir del calor era, más que nada, para navegar o remar en el lago de Nainital. Mientras escribo tengo delante de mí una acuarela de Samuel Daniell en la que aparecen unas chicas indias bañándose y lavándose el pelo en un claro de la jungla, entre las cataratas y las charcas de un río situado en el sur de la India. En las pinturas inglesas los hindúes aparecen saltando al agua desde las terrazas de los templos o repantigados en la parte menos profunda de los lagos. Sin embargo, se diría que para los propios ingleses nadar no era algo demasiado aceptable. Tenían la sensación de que era preciso guardar las apariencias, como se ve en esos retratos que Arthur Devis pintó de los ingleses y sus esposas, todos ellos vestidos con la misma formalidad de esas exquisitas figuras que su padre llevó a los jardines británicos, sin apenas otro atisbo de exotismo que la forma de una palma combada o la hoja dentada de un bananero, o un criado hindú situado deferentemente allá en el fondo. Era como si los ingleses se hubieran tomado al pie de la letra el precepto de George Borrow de que un «caballero» debía evitar la natación, «pues para nadar se ha de estar desnudo, y qué aspecto tendría sin sus prendas más de un apuesto caballero».

En las memorias de soldados y funcionarios apenas se menciona la natación. Pero en los relatos de aquellos ingleses que viajaban a la India por motivos personales, como una forma de autodescubrimiento y de realización individual, de satisfacer alguna inquietud mística de su personalidad, nadar parece ser una experiencia esencial y enriquecedora. Un amanecer, al verse despertado en mitad de un bosque por el rugido de una pantera, el aventurero Eric Muspratt, que recorrió el mundo entero tratando de escapar del veneno de la civilización, pasea hasta un «solitario templo hindú, un sencillo arco de piedra con unos peldaños que conducían hasta un pequeño lago de aguas cristalinas. Se hallaba rodeado de palmeras, y en su superficie flotaban los nenúfares. Al bañarme allí cuando despuntaba el sol me invadió un profundo sentir de agradecida veneración. Aquella quietud me envolvía como una bendición». En su ardoroso intento de ascender el K2, cargado con incontables volúmenes de poesía, Aleister Crowley se vio confrontado una mañana, al pie del Himalaya, por un brillante manto blanco que se extendía por una ladera, formado por depósitos cristalinos de una fuente termal como la de Pamukkale, en Turquía, sobre la cual los romanos habían levantado un templo y donde en una ocasión me detuve un día entero para leer las odas olímpicas de Píndaro sobre una columna sumergida. Crowley escaló la cima del manto hasta la cuenca de la que procedía; era la mayor de diversas formaciones similares, «tenía diez metros de diámetro, y constituía un círculo casi perfecto. Una pileta para la mismísima Venus. Hube de invocar al Supremo en mi consciencia antes de aventurarme a invadir el lugar. El agua fluye delicadamente con emanaciones sulfurosas, y, con todo, el olor es sutilmente delicioso. Pasé más de una hora reposando en su aterciopelada tibieza, en el aire embriagadoramente seco de la montaña. Experimenté el éxtasis total del peregrino que ha llegado al término de sus penalidades». En sus ascensiones al Everest, Mallory se bañaba en las aguas de Cachemira. Para Mallory, la natación, al igual que el montañismo, era una «necesidad emocional y espiritual». Odell lo filmaría nadando decorosamente con un traje de baño, del que después se despojaría, «y también buscando un estanque en el que zambullirse y nadar a su gusto».

En mis primeros recuerdos de la India me veo a primera hora de la mañana mirando a través de la muselina de la mosquitera a mi padre, que practicaba yoga a los pies de su cama sobre una toallita, retorciendo su cuerpo en contorsiones y posturas que tan extrañas resultaban en un director de escuela. Se había visto influido por la lectura reciente de Lives of a Bengal Lancer [Vidas de un lancero bengalí], de Yeats-Brown, que concluye con el autor meditando en el Himalaya, aguardando el alba tras una prolongada discusión nocturna acerca de los misterios de la devoción y el amor. El charas que Yeats-Brown fumaba en un narguile le indujo la visión de que se colaba por unas cerraduras, de que caminaba por encima del Himalaya. El libro se convirtió en una película de Hollywood que celebraba el glamur de la India imperial, pero en realidad se trataba de la descripción de una búsqueda espiritual, el intento, por parte de Yeats-Brown, de sumergirse en los sensuales y enigmáticos rituales del Oriente, de tan escaso atractivo para el colono medio.

Poco antes de que me enviaran a estudiar a Inglaterra, mi padre y yo hicimos un viaje de tres días en tren por la costa del sur de la India. Se nos permitió utilizar el vagón personal de un maharajá, en cuya parte posterior había un ballestón en el que nos sentábamos durante el día, anhelando nadar en aquellos verdes ríos llenos de búfalos y de alegres jóvenes cuando el tren pasaba traqueteando sobre los puentes. Llegados al sur, dedicamos las horas a bañarnos entre las corrientes y las cascadas que aparecen en los grabados de Daniell, sagradas para los hindúes y frecuentadas por incontables devotos, aunque hoy rara vez son visitadas debido a que las presas han reducido sus aguas a un pobre hilillo que apenas empapa la desnuda fachada de piedra.

Fue a esos ríos del sur a los que se vio atraído Yeats-Brown, y donde encontró «la gloria y la gracia» de ver su cuerpo abrazado por aquellas aguas sagradas, a menudo a la luz de la luna. La ventana del dormitorio de nuestro pequeño albergue en el cabo Comorín daba al mar. Mi padre me mostró las rocas en las que, antaño, Yeats-Brown y el swami hablaban y meditaban: «A poco menos de cien metros al sur del santuario de la Virgen, uno de los templos más antiguos, que se encuentra en la punta del triángulo de la India, hay otro santuario de menor tamaño en el que se adora a los ancestros. Nos desvestimos allí, y nadamos unos cuantos metros hasta las dos rocas cupuladas, contra las cuales se levantan perezosamente las olas del océano Índico, decorándolas de tarde en tarde con un adorable encaje de espuma. Fue allí, en la roca más lejana, sin tierra entre el Antártico y él, donde Vivekananda se sentó a meditar aquella tarde en la que adoptó la formidable resolución de salir a conquistar Occidente con las enseñanzas del Vedanta». Yeats-Brown añade una nota al pie: «Al leer el relato de Romain Rolland de cómo el peregrino regresó a nado a la India, como si del canal de la Mancha o el Helesponto se tratase, y no de una brecha de apenas cinco metros, nos podemos hacer una idea de cómo se exageran los mitos».

Aunque era muy joven, comencé a formarme un vago concepto del nadador como un individuo bastante alejado o totalmente aislado de la vida ordinaria, devoto de un tipo de ejercicio en el que la mayor parte del cuerpo permanece sumergida y absorta. Me parecía que aquello atraía al introvertido y al excéntrico, a los individualistas que habitan su propio universo mental. El pasado verano estaba a punto de partir de Portofino cuando recordé que allí se hallaba el antiguo hogar de Yeats-Brown. Su padre había comprado un castillo morisco en desuso situado en el promontorio, por 40 libras, en la década de 1860, y cuando regresó de la India Yeats-Brown canceló su viaje a Génova para dirigirse allí. De manera que pernocté otra noche, y a primeras horas de la mañana siguiente paseé entre los cipreses y los pinos sombrilla hasta una pequeña cala arenosa que se hallaba bajo la casa. Nadé en círculos hasta una suave roca blanca emplazada al final de un sendero que desciende abruptamente por su jardín. Desde este lugar, según un primo suyo, Yeats-Brown daba rienda suelta a su «pasión por los baños: como el maravilloso nadador que era, se precipitaba al mar y se agarraba a una roca, y desde allí abajo nos dedicaba una sonrisa a través del agua translúcida durante tantos minutos que sus primos más jóvenes no podían sino alarmarse».

Mi padre se marchó de la India para cruzar, desde Portofino, al otro lado del Mediterráneo. Durante algunos años vivimos en Bengasi, no muy lejos de la antigua ciudad griega de Cirene. Las Navidades las pasábamos entre sus ruinas, como únicos invitados de un fantasmal hotel entre higueras. El día de Navidad teníamos el ritual de bañarnos en una piscina natural de piedra, alargada y rectangular,...



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