E-Book, Spanisch, Band 2, 136 Seiten
Reihe: Ficciones
Pérez De Villar El pulso de la desmesura
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17425-03-6
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 2, 136 Seiten
Reihe: Ficciones
ISBN: 978-84-17425-03-6
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Amelia Pérez de Villar es escritora y traductora. Traduce habitualmente del inglés y del italiano para editoriales como Fórcola, Galaxia Gutenberg, Capitán Swing, Gallo Nero, Páginas de Espuma, Ariel, La Fuga, o Impedimenta. Como escritora ha publicado prólogos, relatos y artículos en diferentes ediciones y traducciones, antologías y libros colectivos, como en Hijos de Babel (Fórcola, 2013), y colabora en revistas y suplementos culturales, como Litoral, Cuadernos Hispanoamericanos o El Cultural. Ha sido Vocal de relaciones con los medios de comunicación de ACE (Asociación Colegial de Escritores). En Fórcola ha publicado Los enemigos del traductor. Elogio y vituperio del oficio (2018), y las novelas El pulso de la desmesura (2016), y Mi vida sin microondas (2018). Su último relato, 'Gitanas' forma parte del libro colectivo Vidas imaginarias (Museo del Prado, 2019).
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No sé qué fue.
El metro, que llegó zumbando antes de que la pantalla dijera VA A EFECTUAR SU ENTRADA EN LA ESTACIÓN.
El metro los viernes.
El médico diciendo vamos a repetir la prueba porque sale una sombra que no se ve muy bien lo que es.
La sala de espera del médico.
Las vías del metro ahí abajo, metálicas, reluciendo en la oscuridad de ese pozo a donde sin embargo no llega el agobio de los cuerpos a mi alrededor.
La voz de la enfermera por megafonía, mientras todo el mundo me miraba a mí y yo marcaba tu número y la pantalla decía no se ha podido establecer la conexión.
Luego, una voz.
EL TELÉFONO MÓVIL AL QUE LLAMA ESTÁ APAGADO O FUERA DE COBERTURA.
El viernes.
Y el impulso súbito, imparable.
Ahora, claro, todo es más difícil.
No había contado con eso.
Ahora no hay vuelta atrás.
Pero lo que complica aún más las cosas, lo que las hace insoportables, es la desilusión.
Vuelvo a mirar tus fotos y aún no doy crédito.
Miro los vídeos tuyos que tengo grabados y ya no me dicen nada.
Tus ojos sin fondo.
Tu rostro triangular.
Tu nuez sobresaliendo.
Tu nuez que sube y baja cuando hablas, acomodándose en el cuello almidonado de tu camisa.
Tu camisa.
Blanca. Negra. Roja.
Como una bandera.
El gesto de tus manos huesudas al hablar, como si quisieras que ellas también hablasen.
El polo de manga corta que nunca sacabas en televisión, pero que llevabas puesto en un reportaje de alguna revista del cuore, el verano pasado.
R. D. se relaja en buena compañía en las playas de Fuerteventura.
Puñetera mierda.
Y yo, ¿qué tengo?
Una historia que escribí pensando en ti.
Una foto de estudio dedicada, Con afecto, a Lola B., firmada por vete tú a saber quién.
Y el alma hecha jirones.
Y el cuerpo, ya, qué importa.
Yo no te puedo decir esto así, a las claras, de tú a tú, pero fíjate que me da envidia esa mujer impedida que va en silla de ruedas, perfectamente arreglada y vestida, a pesar de los mitones de cuero que cubren las manos deformadas para ayudarlas a deslizarse por ese aro metálico y redondo sin desollarse.
La envidio tanto.
La envidio porque parece feliz, por encima de su incapacidad, de su deformidad, su rostro tiene una sombra de tristeza tan leve que sólo un ojo acostumbrado a la tristeza misma captaría.
Sonríe cuando su marido le acerca la copa de vino para que beba.
Sonríe cuando se retira una onda perfecta de la melena con un gesto coqueto a pesar del zafio guante de cetrero que cubre su mano, ya una garra deformada.
Y él sonríe también.
Ella no para de hablar.
No logro escuchar de qué hablan, pero adivino que no es una conversación banal.
Los contemplo a los dos, sentados a la mesa que comparten junto a la nuestra, y no puedo evitar la comparación.
Ellos parecen novios.
Nosotros, un matrimonio antiguo.
Sólo nos falta a ti el puro y a mí el pañuelo bordado.
Miro mis manos, mis piernas, mi ropa.
Recuerdo mi pasado de modelo de fotografía y me sorprendo envidiando a una mujer incompleta y deforme.
Y me odio por ello.
No por envidiarla, no, eso es lo más noble que encuentro en mi persona.
Me odio por tenerlo todo para nada: a ella, apenas nada le basta para tenerlo todo.
La atención de su hombre.
Su cariño.
Su risa.
¿Dónde estás ahora?
Sí, sentado ahí, frente a mí, pero estás en otro sitio.
Lo veo en tus ojos.
Me llamas desde el aeropuerto para decirme que sales de viaje a firmar un contrato importante.
En Barcelona.
Que estarás fuera un par de días.
El enésimo par de días este mes.
Así no lograremos quedarnos embarazados, te digo.
Veo tu sonrisa muda pasar por el auricular invisible de tu móvil, última generación, y me pregunto si la mujer inválida del restaurante tendrá hijos, si habrá sido madre antes de quedar encadenada de por vida a ese monstruo metálico, si lo habrá sido después, o si tal vez no los tiene y tampoco los necesita.
¿Por qué necesitamos tener hijos?
Para que nos hagan compañía, diría mi abuela. En la vejez.
Y entonces, abuela, ¿para qué queremos la juventud?
Ahora, por ejemplo.
Si tuviera un niño, tendría algo que hacer.
Alguien de quien cuidar.
Alguien que me necesitara, que reclamara mi atención y mi presencia.
Tú tienes llenos todos los compartimentos de tu vida.
Mejor dicho, el trabajo llena todos los compartimentos de tu vida.
Pero ¿y yo? ¿y Lola?
Lola es mejor que un hijo: gasta menos y no necesita guía.
Que te crees tú eso.
Lola es mejor que un perro.
Come y se limpia sola.
No hay que sacarla a pasear.
Va sola al médico…
No me hables del médico.
Hoy me ha vuelto a preguntar que por qué iba sola.
Ya pensaba que me iba a decir que tenía un cáncer.
Lola, según tú, se tiene sola.
A veces me duele en el alma no ser para ti ni siquiera una muñeca hinchable.
Ni hablar del reposo del guerrero.
Veinticuatro días ya, casi un mes.
Este guerrero no reposa, sólo guerrea.
Y hace señales de humo con ondas hertzianas y con antenas de GSM mientras desliza veloz su bólido, último modelo, hasta la plaza de garaje recién adquirida con los beneficios de su empresa.
Y para su dama, nada.
No te digo ya un anillo, porque me dices que tengo de todo.
No sé, cualquier chuchería… y me dices que me compre lo que quiera, que coja la tarjeta y salga a comprarlo.
Como si fuera lo mismo.
Ni flores.
Ya sé que antes no me gustaban, pero la gente cambia.
Y tú nunca me has regalado un ramo de flores.
El otro día al cruzar la calle vi salir a un hombre de la floristería con un ramo maravilloso.
Y deseé ser su mujer.
Era gordito, con gafas, un poco calvo.
La camisa no hacía juego con el traje.
Llevaba los zapatos sucios.
Y el ramo, para su mujer.
Para su novia.
Para su dama.
Y yo envidié a esa mujer.
Yo envidio a todas las mujeres que se saben amadas.
Todos los días de mi vida.
Detesto ir por la calle y verlas, junto a sus hombres.
Ver cómo ellos las besan en la mejilla.
Cómo las llevan abrazadas,
por la calle…
… un día de diario.
Con los niños caminando hacia el colegio, dos o tres pasos por delante.
La gente se las apaña para encontrar el romanticismo en medio de una escena banal.
La gente vulgar se quiere, se busca y se necesita.
Y yo me estoy consumiendo.
Esperándote cada día,
para que no vengas.
Llamándote cada día,
para encontrarte reunido,
desconectado
o fuera de cobertura.
Deseándote cada día,
para acabar dando rienda suelta a mi deseo de cualquier modo.
No vuelvas a decirme que me compre un perro.
Ni que me apunte a aeróbic.
Ni que me matricule en la universidad.
Dime, si quieres, que te deje en paz para siempre.
Dime que no me soportas,
que te asfixio,
que te agobio,
que te deje.
Y te dejaré.
Me lanzaré al vacío por encima de la barandilla de hormigón de esa terraza que hace que este chuzo de diseño cueste mil veces lo que vale.
Y no volveré a darte la lata, palabra de Lola.
Pero luego vienes, cada vez que te marchas, diciendo lo mucho que me has echado de menos.
Y yo te creo siempre.
Luego me cuentas lo cansado que estás, y yo te sigo creyendo.
Y te dejo espacio.
Me dices lolalolitalola, no sirvo para nada esta noche.
Y me das un beso en la frente, ese beso casto que deberías darme en la panadería…
… delante de todo el mundo…
… me lo das en la cama.
Y te das la vuelta porque te duele la espalda.
Después de cuatro, cinco, seis o siete noches sin ti.
O de veinticuatro días, con sus noches.
Y Lola mira a las constelaciones.
Y rezaría, si supiera rezar.
Si no lo hubiera olvidado.
Ahora dices un par de días que no sé cuánto durarán y yo volveré a acostarme sola y a levantarme sola.
Te llamaré al móvil y estará apagado.
Si contestas, dirás que no puedes hablar ahora.
Si puedes hablar, me dirás que no me queje.
Si no me quejo, me dirás que para qué te llamo.
Y te despedirás, como siempre, diciendo que enseguida estás de vuelta.
Como siempre.
No sé qué hacer.
No sé qué hacer con el tiempo, con el día, conmigo.
A veces me gustaría ser un jersey que, cuando no es temporada, se puede lavar con jabón para prendas delicadas, doblar primorosamente y poner en el estante de arriba del armario.
Que descanse.
Hasta que llegue el momento.
Porque tú no llevarías tu mejor jersey de angora en verano, ¿verdad que no?
Colgando del brazo,
soltando pelos,
rozándose contra...




