E-Book, Spanisch, Band 212, 192 Seiten
Reihe: Narrativa
Pérez Galdós Episodios nacionales V. España trágica
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9007-235-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 212, 192 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-9007-235-6
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Benito Pérez Gáldos (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920). España. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, el 10 de mayo de 1843, Bénito Pérez Gáldos era el menor de los diez hijos de Sebastián Pérez Macías, teniente coronel del Ejército, y María Dolores Galdós Medina, hija de un antiguo secretario de la Inquisición. Como estudiante de bachiller, en el colegio de San Agustín, Galdós evidenció afición por la música y la pintura. En 1861 escribió sus primeros textos, y un año después inició colaboraciones literarias con el bisemanario El Ómnibus, de Canarias. Al año siguiente se trasladó a la capital española para estudiar derecho en la Universidad de Madrid. Allí realizó colaboraciones con el semanario La Nación y la Revista del Movimiento Intelectual de Europa, y conoció a Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, el cual le alentó en sus propósitos literarios. Tras sus viajes a París, en 1867 y 1868 (como corresponsal de la Exposición Universal), Galdós profundizó en la obra de Balzac, tradujo a Dickens (Papeles póstumos del club Pickwick); en Madrid, pudo presenciar la abdicación de Isabel II (1868) y el ascenso del progresista general Prim. En 1870, tras conocer a Clarín, Galdós escribió sus primeras novelas de influencia romántica y siguió publicando artículos en La Revista de España, en la cual fueron apareciendo después, por entregas, su segunda y tercera novelas. Posteriormente, también publicaría sus relatos en La Ilustración de Madrid. Siendo ya director de La Revista de España, desde 1872, Galdós pasará los veranos en Santander, donde, ese mismo año, conocerá a Mesonero Romanos, de cuyo contacto obtendrá mucha información para sus Episodios nacionales. La escena política española era convulsa: asesinado Prim, Amadeo de Saboya subió al poder durante tres años escasos, siendo obligado a abdicar ante la venida de la I República. La situación era propicia para que Galdós se entregara a la escritura de Los Episodios nacionales, que ocupó casi todo su tiempo entre 1873 y 1876, año en que comenzó a escribir sus primeras novelas de trasfondo social. Tras el golpe de Estado de 1875, el resto de su vida transcurrirá ya bajo la reinstaurada monarquía borbónica de Alfonso XII y, tras su muerte (1885), con la regencia de María Cristina de Habsburgo. Después de 1876, Galdós iría escribiendo su ingente producción simultaneando los Episodios, las novelas, los relatos, el teatro y las crónicas. Galdós trabó estrecha amistad con Emilia Pardo Bazán en 1883, el mismo año en que vio rechazada su candidatura a la Academia Española, tras lo cual inició un viaje, con su amigo José Alcalá Galiano, por Inglaterra y otros países de Europa, al que seguirán otros más por España, Portugal y, de nuevo, Europa, hasta 1887.
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II
Sin ningún accidente extraño, antes bien, con fácil sucesión de los hechos más vulgares, se fue aclarando día por día el enigma obscuro. En la parroquia, por mediación de la Oliván, hizo amistad Lucila con la madre de Fernanda. Simpatizaron apenas cambiados los primeros cumplidos; charlaron familiarmente al volver a casa, y se despidieron con la mutua invitación a entablar amistades... En su primera visita, poco ceremoniosa en verdad, a los señores de Ibero, se enteró Lucila de que estos habían abandonado su país, la Rioja alavesa con la esperanza de que el cambio de aires fuese favorable a su querida hija. Del carácter y origen de la dolencia de esta no dio la madre explicaciones. De Madrid habían venido a Carabanchel huyendo del bullicio cortesano, que destemplaba furiosamente los nervios de la señorita. ¡Ah, los pícaros, los traidores nervios!... Algo debió de acontecer que moviera la insurrección espasmódica, porque la compleja máquina de nuestro sistema nervioso no suele descomponerse sin graves turbaciones del orden afectivo y moral. ¿Qué sería? ¿Pasiones contrariadas, desengaño amoroso precedido de extravío y deshonra?
«No, madre, no —dijo Vicente rebelándose contra las conjeturas expresadas por la celtíbera—. ¡Deshonra no! Guárdate de usar esa palabra oprobiosa, cruel... A ti, por ser mi madre, te consiento que hables de ese modo; a otra persona no se lo consentiría... No podría consentirlo. Es mi gusto salir a la defensa de la debilidad, de la inocencia perseguida...».
Sonrió la celtíbera de este inesperado ademán caballeresco, y comprendiendo que el interés de Vicente por la vecinita no era superficial o caprichoso, en el resto del coloquio cuidó de ponerse en discreta concordancia con las ideas de él. Si esta conversación avivó el incipiente desvarío del joven romántico, más radical fue su trastorno cuando la madre, al volver de su tercera o cuarta visita, le habló así:
«Hijito mío, mañana tendrás que ir conmigo a la casa de esos buenos señores. Quieren verte, quieren que veas y trates a su hija. ¿Te parece esto muy extraño? A mí también; pero te cuento las cosas como son, y refiero puntualmente lo que don Santiago y doña Gracia me han dicho. Verás, verás qué raro es todo esto. Fernanda padece la monomanía de la soledad. No quiere ver gente; le causan horror las caras humanas, en particular las de jovencitas de su edad y las de caballeros de edad correspondiente a la suya. Se han hecho mil probaturas y ensayos para librarla de este desvarío; pero solo han conseguido excitarla más en el aborrecimiento del mundo. Su sociedad, ya lo has visto, se reduce a tres criaturas, con las cuales charla, ríe y parece dichosa... Quieren los padres romper el cascarón de hielo en que parece está encerrado el espíritu de la pobre señorita... Te han visto en la calle; han oído hablar de ti... Yo, madre amante y un poco tonta, figúrate lo que les habré dicho de Vicentillo Halconero... Y ellos, ¡ay!... Cree que me han trastornado la cabeza. ‹Tráigale usted, por Dios; tráiganos a su hijo. Ya sabemos que es un muchacho excelente, juicioso, ilustradísimo, que no hace más que leer y leer; que entiende de poesía, de literatura, de artes, y que manifiesta su saber con donaire y viveza, con un decir elegante... que cautiva›. Así me hablaban uno y otro... Y yo tan hueca. Se me caía la baba de gusto, sin comprender el motivo de que esos señores te estimen en tanto antes de conocerte y tratarte... Pero sea lo que quiera, allá nos iremos mañana, y Dios sobre todo».
Atontado como quien recibe un golpe en la cabeza, quedó el bueno de Vicente con lo dicho y propuesto por su madre. La pena y el gozo se disputaban su ánimo: la una entraba expulsando al otro, y al instante se repetía la operación contraria. La noche pasó desvelado, en lecho de espinas, sin poder aletargarse en el descanso de las sábanas, ni aquietar sus pensamientos en el apacible trato de los libros. ¿Por qué le llamaban los vecinos? ¿Qué significaba el empeño de aproximarle a la doliente señorita, como un remedio de sus graves trastornos? ¡Tremendo arcano y enredoso acertijo! No había visto nunca que los padres buscasen un galán para la damisela. Estas, comúnmente, con libre iniciativa los ojeaban y perseguían en el ancho coto social, y los hacían suyos antes que la familia se percatara de ello. En el mundo literario, no en el real, había visto Vicente algo semejante al solícito reclamo de los señores de Ibero. Recordaba la niña enferma de El médico a palos, y otras niñas neuróticas que graciosamente revestían de melindres patológicos su desolación. Si en efecto padecía Fernanda mal de amores en el grado agudísimo, ¿por qué no le llevaban el remedio propiamente suyo? ¿O había llegado el caso de aplicar el aforismo psicológico de la mancha de la mora, que con otra verde se quita?
En estas angustiosas cavilaciones llegó la hora de la visita, para la cual se vistió Vicente con elegante sencillez, por inspiración propia con el asenso de su madre, que le dijo: «Sin pretensiones ha de ir quien por ahora es más pretendido que pretendiente». No hay que decir que fueron hijo y madre amablemente recibidos por el matrimonio Ibero, y que la conversación preliminar no rompió los moldes o tópicos de la retórica de visitas. La crudeza del tiempo, los rigores de la helada, la tristeza de las dilatadas noches en un suburbio falto de todo atractivo social, consumieron no pocos instantes. Sin transición alguna pasaron del tema meteorológico al tema político, y este no podía ser otro que el sabroso asunto de la elección de Rey, comidilla de todas las bocas en aquellos días. Burla burlando dieron de lado al de Aosta, al de Génova y al Coburgo... Don Santiago se mantenía en su tozuda fidelidad a la candidatura de Espartero, y Lucila, respondiendo a las ideas burguesas y positivistas de su segundo esposo, quería salvar a España con las virtudes administrativas de Montpensier.
Comenzó Vicente a expresar su opinión recordando los tres jamases de Prim, y estando en esto, oyeron risotadas de chiquillos en la huerta cercana. La salita era baja; el gorjeo de aquellos pájaros alegró por un momento la triste solemnidad de la visita. Luego sonó la voz de Fernanda, dulce y armoniosa, sobreponiéndose a las de sus amiguitos. ¿Les reñía o les acariciaba? Con un signo afectuoso, Gracia sacó a Vicente de la sala. Seis escalones no más bajaron hasta pisar la tierra endurecida por la helada, y a los pocos pasos el caballerito y la damisela se encontraron frente a frente bajo un Sol de enero, tibio y pitarroso, pero que pintaba los objetos con vibrante color y fuerte claro-obscuro. Sintió Vicente grande emoción al ver a corta distancia el rostro descolorido de Fernanda, sus manos que parecían de cera y el general aspecto de figura mística y doliente. Con la persona desentonaba el vestido: falda de franela gris tórtola, y una capita moruna de paño escocés; en la cabeza, nada que amenguara la magnificencia de su cabellera negra como el fondo de un abismo.
Con asombro de Gracia, más encogido que la señorita y más indeciso de palabra estuvo el galán después de la presentación. Con soltura sonriente Fernanda dijo al vecino: «Ya tenía noticias de usted por mi amiguito Luis, el chico del hortelano. Me ha contado que usted se pasa la noche leyendo en ese cuarto que se ve desde aquí... Yo he mirado la luz a las nueve, a las diez... Desde esa hora no he podido mirarla, porque a las diez me recojo siempre...». Contestó Halconero balbuciente que leía de noche por no tener mejor cosa que hacer... pero que su madre le quitaba la luz a las once para obligarle a dejar los libros por el sueño. «Pues a mí —dijo Fernanda— mi madre no me quita la luz en toda la noche, porque a obscuras no puedo dormir, y aun con luz duermo poco. La noche es muy triste... Dicen que desde Reyes acortan las noches... Yo no lo he notado... Yo me paso las madrugadas esperando las primeras luces del día, y cuando entran por los resquicios de la ventana de mi cuarto, me alegro y les digo: «bien venidas seáis, lucecitas mías. Entrad, entrad».
Estas razones un tanto desconcertadas, emitidas con ingenuidad dulce y poética, fueron gratas al galán, que en la réplica pudo desembarazarse de su cortedad. «Yo celebro el día, que nos trae la madurez de lo que pensamos por la noche —dijo—; celebro la luz que separa los buenos pensamientos de los malos... De día es más hermosa la soledad y más fecunda. Yo he visto a usted en las horas de pleno Sol y de viva luz. Su bella persona me ha hecho pensar de noche y de día, acumulando tantas cavilaciones, tanto y tanto imaginar con miras a lo pasado y a lo futuro, que se maravillaría usted si pudiera yo contárselo...
¿Por qué no ha de poder? —dijo Fernanda con singular brillo en la mirada y un poquito de coloración en las mejillas—. Cuéntemelo... Si no es para contarlo, ¿a qué ha venido usted?». Contestó Halconero que no era ocasión de referir las intimidades de su pensamiento: podrían parecer extravagantes, quizás ridículas... Tiempo habría de que él abriese su alma y dejara salir las locuras y desatinos que se agitaban en abierta insurrección dentro de ella... Soltó Fernanda una franca risa oyendo estas cosas... De la risa y de las palabras que oyó, cruzadas entre el galán y la damisela, se maravilló y alegró sobremanera doña Gracia. Tal fue su gozo, que dejando solos a los jóvenes corrió a llevar las albricias a su marido y a Lucila. Jadeante entró en la sala diciendo: «En tres meses no la he visto reír como ha reído ahora... Apenas se ven ella y él, ¡pobres ángeles! simpatizan y... honestamente, discretamente, se...




