Pérez Galdós | Episodios nacionales V. La Primera República | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 213, 176 Seiten

Reihe: Narrativa

Pérez Galdós Episodios nacionales V. La Primera República


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9007-236-3
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9007-236-3
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La Primera República es la cuarta novela de la quinta y última serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. La novela comienza con la abdicación del rey Amadeo I y la proclamación de la Primera República Española, que fue muy breve: del 11 de febrero de 1873 hasta el 29 de diciembre de 1874. Ya desde el inicio, la república entra en una crisis ministerial que ya no abandonará, con una sucesión de presidentes que da idea de su fracaso. El ambiente político es de máxima confusión, con un alto fraccionamiento de los partidos en grupúsculos que pugnan entre sí. Las facciones de republicanos federales, radicales, alfonsinos y carlistas se enfrentan en el Parlamento. A ello se suman insurrecciones armadas de carlistas y cantonalistas. Así que a finales el año 1874 el sueño republicano se termina. Galdós construye el relato a base de multitud de escenas, sin un hilo novelesco concreto. El protagonista, de nuevo Proteo Liviano, Tito, claramente republicano y alter ego del escritor, ve con dolor los fallos de su amada república, sus contradicciones y sus excesos, que la llevarán desgraciadamente al hundimiento y a la vuelta al absolutismo de la Restauración. Todo ello nos lo contará el protagonista desde su puesto en el Ministerio de Gobernación y como testigo de las sesiones de las Cortes. En este caso, su acompañante amorosa será Floriana, una mujer misteriosa y profunda con la que hace un extraño viaje hasta Cartagena, donde asistirán a la sublevación cantonal.

Benito Pérez Gáldos (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920). España. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, el 10 de mayo de 1843, Bénito Pérez Gáldos era el menor de los diez hijos de Sebastián Pérez Macías, teniente coronel del Ejército, y María Dolores Galdós Medina, hija de un antiguo secretario de la Inquisición. Como estudiante de bachiller, en el colegio de San Agustín, Galdós evidenció afición por la música y la pintura. En 1861 escribió sus primeros textos, y un año después inició colaboraciones literarias con el bisemanario El Ómnibus, de Canarias. Al año siguiente se trasladó a la capital española para estudiar derecho en la Universidad de Madrid. Allí realizó colaboraciones con el semanario La Nación y la Revista del Movimiento Intelectual de Europa, y conoció a Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, el cual le alentó en sus propósitos literarios. Tras sus viajes a París, en 1867 y 1868 (como corresponsal de la Exposición Universal), Galdós profundizó en la obra de Balzac, tradujo a Dickens (Papeles póstumos del club Pickwick); en Madrid, pudo presenciar la abdicación de Isabel II (1868) y el ascenso del progresista general Prim. En 1870, tras conocer a Clarín, Galdós escribió sus primeras novelas de influencia romántica y siguió publicando artículos en La Revista de España, en la cual fueron apareciendo después, por entregas, su segunda y tercera novelas. Posteriormente, también publicaría sus relatos en La Ilustración de Madrid. Siendo ya director de La Revista de España, desde 1872, Galdós pasará los veranos en Santander, donde, ese mismo año, conocerá a Mesonero Romanos, de cuyo contacto obtendrá mucha información para sus Episodios nacionales. La escena política española era convulsa: asesinado Prim, Amadeo de Saboya subió al poder durante tres años escasos, siendo obligado a abdicar ante la venida de la I República. La situación era propicia para que Galdós se entregara a la escritura de Los Episodios nacionales, que ocupó casi todo su tiempo entre 1873 y 1876, año en que comenzó a escribir sus primeras novelas de trasfondo social. Tras el golpe de Estado de 1875, el resto de su vida transcurrirá ya bajo la reinstaurada monarquía borbónica de Alfonso XII y, tras su muerte (1885), con la regencia de María Cristina de Habsburgo. Después de 1876, Galdós iría escribiendo su ingente producción simultaneando los Episodios, las novelas, los relatos, el teatro y las crónicas. Galdós trabó estrecha amistad con Emilia Pardo Bazán en 1883, el mismo año en que vio rechazada su candidatura a la Academia Española, tras lo cual inició un viaje, con su amigo José Alcalá Galiano, por Inglaterra y otros países de Europa, al que seguirán otros más por España, Portugal y, de nuevo, Europa, hasta 1887.
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II


—En Madrid se afirmó que los cuarenta y dos guardias civiles que guarnecían la ciudad se habían rendido, tras reñida lucha, a una docena de paisanos.

—No quiero engalanarme con plumas de pavo real; yo no disparé un tiro; la Benemérita salió de la ciudad al ver la exaltación unánime del vecindario... Desde Linares oficié al Directorio dándole cuenta de haberse proclamado la República. Hicimos un alistamiento voluntario y fortificamos las entradas del pueblo. Como no nos sobraba tiempo, suprimí casi en absoluto las soflamas, arengas y manifiestos. A los dos días, alarma en el pueblo, gran toqueteo de campanas; los alistados acudieron a sus puestos. No participé del desasosiego. Calculé que no seríamos atacados hasta el cuarto día, por lo que abandoné la ciudad la noche del tercero, llevándome setecientos hombres. El armamento era de una variedad pintoresca; cada cual llevaba lo que halló en su casa; en cuanto a municiones, el que más, tenía seis cartuchos.

—Según los noticieros madrileños, se fue usted a La Carolina.

—Y cerca de este pueblo nos salió al paso una corta fuerza de Caballería y unas parejas de la Guardia civil de infantería. Nos tiroteamos y mi ejército voló, quedándome solo ochenta hombres... Dos días después la Gaceta de Madrid decía: «Ha sido dispersada la partida de Estévanez; pero se ha presentado otra en El Viso». No era otra; era la misma. Habíamos atravesado la sierra en pocas horas. En El Viso se nos incorporaron algunos voluntarios de la Mancha. Necesitando municiones, traté de sorprender el destacamento del Visillo (Almuradiel), compuesto de veinticuatro cazadores del batallón de Las Navas y mandado por el subteniente O’Donnell. La sorpresa fracasó y tuve que retirarme a la venta de Malaventura. Amanecía... Perseguido por varias columnas, tuve que maniobrar algunos días por los sitios más escabrosos de la sierra. Esclavo en todo de la verdad, debo decirte, querido Tito, que aquello era una persecución de mentirijillas. Aquel extraño modo de guerrear me ha enseñado muchas cosas. Nuestras guerras civiles han durado años y años porque las tropas regulares no han sabido o no han querido ahogarlas en su origen. Creeríase que hay interés en que las facciones se organicen, y fogueándose constantemente, aprendan el arte o las astucias de la guerra. Pudieron los jefes de las columnas acabar con nosotros en menos de una semana; pero descansaban de noche en los pueblos, iban de uno a otro por las carreteras, sin fatigarse, siempre de día, y no nos buscaban con deseo de encontrarnos. Varias veces pasaron las columnas junto a mí sin sospechar mí presencia; jugábamos graciosamente al escondite».

Íbamos ya frente al Museo de Pinturas cuando empezó a contarme su encuentro con la columna del Coronel Borrero, hecho de armas que llegó a Madrid de tal manera hinchado que alguien le dio proporciones semejantes a las de la acción de las Termópilas. Acaeció el suceso el 6 de diciembre en una ermita llamada de San Andrés. Borrero llevaba veinticinco caballos y dos compañías de cazadores de Ciudad Rodrigo; Estévanez treinta y siete escopeteros. Después de un largo tiroteo, Borrero se retiró al Viso con algunas bajas. Esta batalla en miniatura tuvo una prelación cómicamente ampulosa. La militar arenga que Virgilio Llanos, subido en una roca, pronunció ante los aburridos y fatigados escopeteros. «Esforzados campeones de la Libertad —les dijo con épica exaltación, agitando los brazos, como poseído del mal de San Vito—, ha llegado el momento sublime de hacernos inmortales. Desde aquellas cumbres la España y la Historia os contemplan. ¡Corred intrépidos a cubriros de gloria! Vuestras madres os bendicen. La santa República os acogerá en sus brazos amorosa. ¡Sus, y a ellos!, etc...». El tal Virgilio era un muchachón avispado, activo, frenético sectario y un poquito socarrón. Años adelante le he conocido yo trabajando modestamente en la administración de un periódico avanzado, en la contaduría de un teatro, en las oficinas de la Resinera de Coca. Fue grande amigo de Eusebio Blasco.

La partida menguaba de día en día; algunos de los de Madrid se marcharon, no sin despedirse. Eran buenos para el fuego, pero se cansaban pronto de las jornadas largas, de las lluvias y de las privaciones. Los más duros eran los pastores y serranos. El 20 de diciembre ya no le quedaban al heroico y sufrido don Nicolás más que nueve hombres. El 21 entró solo en Bailén, dejando a su gente en un cortijo próximo. Descansó unos días en casa de un buen amigo suyo, y al volver al cortijo, los nueve guerrilleros se habían reducido a seis.

Entrando ya en el palacio de Buenavista relató así el bravo campeón la última triste página de sus aventuras: «Una noche, en un cortijo, orilla del Jándula y cerca de Andújar, dormíamos sin vigilantes por la escasez de gente. El cortijero me dijo que de nada servían escuchas ni centinelas, porque los perros nos advertirían cualquiera novedad. En efecto, él interpretaba los ladridos con una exactitud maravillosa. Oyendo a los perros, me decía: “Le ladran a una lechuza”. “Pasa un lobo”. “Está saliendo la Luna”, etc. De repente se oyó un ladrido lejano, y el hombre se puso en pie, gritando con susto: “¡La Guardia civil!”... Salimos, y a los pocos minutos vimos llegar un paisano enteramente solo y sin armas a la vista; pidió un vaso de agua, y entre sorbo y sorbo nos manifestó que había servido en la Guardia civil seis años. Llevaba la licencia en el bolsillo. Sin duda conservaba el olor del Instituto, puesto que los perros avisaron su paso».

El 30 de diciembre tomó Estévanez en Vilches el tren de Madrid. Fue reconocido por más de dos viajeros que no le denunciaron. Se tiró del tren antes de llegar a la estación de Atocha, y embozándose en la capa, se dirigió a su casa con el tranquilo paso del ciudadano más inocente y descuidado.

Ya en el Ministerio, escaleras arriba, me dijo Estévanez que Figueras le incitaba vivamente a reingresar en el Ejército. Negábase a ello mi amigo, muy a gusto en el libre ambiente de la sociedad civil... En el salón del Ministerio había mucha gente, paisanos y militares, agrupados en diferentes corrillos. En uno de éstos vi a Luis Blanc y a García López; en otros, Roque Barcia y Félix la Llave charlaban con dos militares, con Ramos Calderón, riverista, y con un amigo de Martos de cuyo nombre no me acuerdo. En todos los grupos se respiraba el aire espeso y acre que arroja de sí la palabra Crisis. ¡Crisis, Dios mío, cuando aún los primeros Ministros de la República no habían calentado las poltronas! ¿Dónde estabas, Mariclío celestial; en qué pozo te habías caído que no fuiste de Ministerio en Ministerio, chinela en mano, azotando las posaderas de toda esta gente rencillosa y quimerista, sin conocimiento de la realidad ni estímulos de patriotismo? Pienso yo que aburrida de tu oficio quieres adoptar el de alguna de tus hermanas, quitándole a Euterpe la voz angélica, los pies a Terpsícore, tal vez a Melpómene el ceño iracundo y la mano armada de puñal.

En aquel maremágnum de gente ociosa y postulante se me perdió de vista Estévanez. Salí de allí con ligero paso, hastiado del pregón de crisis y de la turbulencia moral que indicaban los rostros de aquellos politicastros de baratillo. Quise ir a mi casa, y maquinalmente me fui a la de don Eleuterio Maisonnave, que me había ofrecido una colocación decorosa. No le encontré, y aturdido y desalentado vagué por las calles, cambiando a cada instante de propósito y dirección. La ausencia de mi Obdulia me llenaba el alma de tristeza, y esta se agudizaba de improviso resolviéndose en arrebatos de cólera furibunda. En la Puerta del Sol, llena de papanatas y haraganes, sentía vivos impulsos de enredarme a trastazo limpio con cuantas personas me estorbaban el paso.

Sin pensarlo, como si huyera de mí mismo, me metí en el café de las Columnas, donde tal vez encontraría a don Santos La Hoz para contarle mis penas: «Hoy estoy de malas —me dije atravesando por entre las mesas pobladas de vagos parlanchines—. Basta que hoy desee ver a don Santos para que no le encuentre». ¡Sorpresa y alegría! Desde una mesa cercana al mostrador me llamó el curita La Hoz, que tomaba café con unos cuantos amigos de esos que arreglan el mundo entre terrones de azúcar y sorbos de agua de castañas. Acudí al llamamiento y me hicieron hueco amablemente. Al sentarme, vi frente a mí una señora risueña y guapita que formaba parte de la trinca. Al instante me sentí arrastrado al vértigo de una conversación febril, de política, por supuesto... Don Santos hablaba horrores de Martos, de Becerra y de toda la chusma que llamaban cimbrios. Junto a mí había dos tipos locuaces, que despotricando me rociaban con su saliva. Sus caras no me eran desconocidas; pienso que les vi en un Templo Masónico adonde me llevaron una noche a ver una Tenida blanca, con pasteles, caramelos y baile agarrado. Si no me equivoco, aquellos dos venerables hermanos tenían en la Logia los nombres de Licurgo y Epaminondas.

La señora sentada frente a mí, pizpireta y apañadita, no me quitaba los ojos, celebraba cuanto yo decía, por lo que, holgándome mucho, le dedicaba yo todos mis chistes y agudezas, subrayándolos con pisotones. En el giro de la conversación, vine a comprender que también aquella dama había visto las Columnas Simbólicas, como aprendiza masona, en lo que denominan Rito de Adopción. Algunos la llamaban Candelaria, su nombre de pila, y otros le aplicaban el sonoro mote de Penélope. Junto a don Santos había...



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