E-Book, Spanisch, 328 Seiten
Pym Un poco menos que ángeles
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17109-34-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 328 Seiten
ISBN: 978-84-17109-34-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
(1913-1980) nació en Oswestry, Shropshire. Se licenció en literatura inglesa en St. Hilda's College,en Oxford. En la Segunda Guerra Mundial prestó servicio en el Cuerpo Auxiliar Femenino de la Armada británica. Posteriormente trabajó en el Instituto Internacional Africano de Londres. A lo largo de su vida escribió varias novelas, de las que Gatopardo ediciones ha publicado Mujeres excelentes (2016), Amor no correspondido (2017), Un poco menos que ángeles (2018), Extranjeros, bienvenidos (2019), Cuarteto de otoño (2021) y Jane y Prudence (2022). Tras su muerte, en 1980, se publicó su diario, A Very Private Eye (1985). Junto con Elizabeth Taylor está considerada una de las escritoras inglesas más importantes de la segunda mitad del siglo xx.
Weitere Infos & Material
Capítulo 2
Catherine siguió reflexionando acerca del profesor Fairfax y el doctor Vere por el camino de vuelta a casa. Residía en la zona de Regent’s Park venida a menos, en un piso, que había conseguido barato al final de la guerra, encima de una papelería. A veces, al subir las desgastadas escaleras revestidas de linóleo, pensaba que se merecía un entorno más elegante, pero, de hecho, casi todos en alguna que otra ocasión nos otorgamos a nosotros mismos un valor mayor del que el destino nos ha deparado. En general era bastante feliz, ya que por naturaleza gozaba de un temperamento optimista, y el piso, con sus tres habitaciones y cocina y cuarto de baño propios, resultaba tan, tan «atractivo» en aquella época que se consideraba afortunada por tenerlo. Estaba amueblado en ese estilo que a veces se describe como «bohemio», pero que esas mismas veces suele ser el resultado de no poder permitirse comprar los suficientes muebles y alfombras. Aun así, en conjunto ofrecía un aspecto confortable, pues a su modo informal Catherine era una mujer de su casa y una buena cocinera. Sus pequeñas manos a menudo estaban ásperas por las tareas domésticas y a veces olían a ajo. Tom solía meterse con ella diciéndole que tenía suerte de que en Inglaterra no se practicase demasiado la costumbre de besar la mano.
Catherine y Tom se habían conocido en un ferry cruzando el canal de la Mancha, durante una mala travesía entre Dieppe y Newhaven. Cuando llegaron a Londres, Tom parecía no tener dónde quedarse aquella noche, así que Catherine se ofreció a alojarlo en su cuarto de invitados. Después de pasar allí una o dos noches, él consideró que no tenía sentido buscarse una habitación alquilada si al cabo de pocos días iba a visitar a sus padres en Shropshire, y cuando regresó a Londres volvió al piso de Catherine con la misma naturalidad con la que habría vuelto a su propia casa. Se habían encariñado el uno con el otro, o quizá se habían acostumbrado el uno al otro; era casi como estar casados, salvo que no había niños, algo que Catherine creía que le habría gustado. Que tuviese cierta tendencia a considerar a los hombres en general, y a Tom en particular, como niños no era exactamente lo mismo. Catherine siempre había imaginado que su marido sería un hombre de carácter fuerte que controlaría su vida, pero Tom, a sus veintinueve años, tenía dos años menos que ella, y siempre era ella quien tomaba las decisiones e incluso arreglaba los fusibles. A Tom ni siquiera parecía pasársele por la cabeza que pudieran casarse. Catherine se preguntaba con frecuencia si los antropólogos se concentraban tanto en estudiar las costumbres de sociedades ajenas que se olvidaban de qué era lo habitual en la suya propia. No obstante, había reparado en que algunos de ellos eran tan, tan respetables y convencionales, que también parecía suceder lo contrario, como si comprendiesen la importancia de ajustarse a la «norma», o comoquiera que lo llamasen en su jerga especializada.
Entró en su sala de estar y se percató de que los tulipanes de la ventana estaban a punto de echar los primeros brotes. Estarían en todo su esplendor para cuando Tom llegase. Ahora no eran más que unos capullos similares a huevos duros, pero con más yema que clara. Echó mano de su cuaderno y anotó el pequeño símil; aquellos extraños detalles solían resultar útiles. Había un folio en su máquina de escribir, a medio mecanografiar, y se sentó con la esperanza de acabar el relato que estaba escribiendo. Pero la inspiración se le había ido y el falso final feliz que tenía planeado le resultó insoportablemente manido y alejado de la realidad. Se imaginó a las mujeres bajo el secador de la peluquería, pasando las hojas con desgana y llegando a «El jardín de las rosas», de Catherine Oliphant. Leerían la primera página, en la que se veía el dibujo de una muchacha de pie, con una rosa en la mano, y un hombre, más apuesto de lo que cualquier hombre real podría llegar a ser, también de pie detrás de ella, con una expresión de angustia en el rostro; pero ¿pasarían todas las páginas hasta llegar al final de la revista, donde encontrarían la continuación y el desenlace de la historia?, se preguntó Catherine con aire taciturno. «Amados como los besos recordados tras la muerte», tecleó con indolencia, pero ¿era verosímil que su héroe hubiese leído a Tennyson o citase el verso así, en voz alta? No mucho, pensó, y se levantó y se puso a caminar de un lado a otro de la habitación.
Su mirada fue a posarse sobre la mesita donde guardaba las bebidas, cuando las tenía. Quedaba un dedo de jerez en la licorera, nada de ginebra y una botella pringosa de naranjada, medio llena. La mesa también tenía polvo. Se sintió más animada y fue hasta la cocina a buscar un trapo y una mopa. Le encantaban las tareas domésticas cuando le apetecía hacerlas, y sacudir la mopa por la ventana o sacarle brillo a una mesa solía inspirarle ideas para relatos románticos.
La ventana de la sala de estar daba a una hilera de tiendecitas con pisos encima. Casi enfrente había un restaurante regentado por chipriotas al que Catherine solía ir a comer o a comprar vino barato. Justo en ese momento se preguntaba si podría permitirse cenar fuera esa noche, cuando se percató de que Digby y Mark se acercaban. Los saludó con la mopa y corrió a abrirles la puerta. Tendría que averiguar si tenía algo que darles de comer, pues acudían como animales confiados, esperando que los alimentase, y no podía defraudarlos.
—¿Se pone a limpiar la casa por la noche? —comentó Mark mientras se acercaban al edificio—. Me ha dado la impresión de que tenía una mopa en la mano.
—Sí, es raro. La gente suele hacer esas cosas por la mañana —respondió Digby con tono casi de reproche—. No sé qué diría mi madre.
—¿De verdad te preocupa?
—Bueno, no me gustaría que mi mujer limpiase la casa por las noches, ¿a ti sí?
—No, supongo que no, pero las mujeres normalmente hacen las cosas a su manera.
A estas alturas Catherine ya había abierto la puerta y les daba la bienvenida.
—Traemos cerveza —dijo Digby—. Han dado una fiesta en el Capricho de Felix y hemos pensado que era una lástima no continuar bebiendo.
En cierto modo, aquellas últimas palabras no eran propias de él, pensó Catherine. Digby y Mark eran unos jóvenes de lo más sobrios y responsables, aunque a veces Mark fuese algo malicioso en su conversación.
—Ah, ¿entonces era a eso a lo que iban los dos antropólogos? —dijo Catherine—. Los vi desde una ventana mientras tomaba el té. Qué detalle que también os invitasen a vosotros.
—No nos invitaron exactamente —puntualizó Digby—. Dio la casualidad de que estábamos trabajando allí y la señorita Clovis tampoco lo tenía fácil para echarnos. La fiesta habría continuado con nosotros en el medio, por así decirlo.
Estaban hablando en la cocina, donde Catherine había empezado a preparar un risotto con todas las sobras que había encontrado. Estaba triturando fiambre con la picadora, que se llamaba Beatrice, un nombre extrañamente refinado y elegante para aquel pequeño y temible artilugio de hierro cuyos fuertes dientes molían sin piedad la carne y el cartílago. A Catherine siempre le hacía pensar en un dios africano, con su cabeza cuadrada y sus bracitos cortos, y no era tan distinta de las rudimentarias figuras talladas de expresión malvada y pechos agresivamente puntiagudos que Tom se había traído de África. Cuando él se marchó, Catherine las encerró todas en un armario, pero ahora suponía que tendría que sacarlas otra vez, o, de lo contrario, podría herir sus sentimientos.
Digby estaba poniendo la mesa en la sala de estar cuando se detuvo para leer la hoja inserta en la máquina de escribir de Catherine.
—Ay, cariño mío —suspiró ella, apoyando la cabeza en el hombro de él—, ha pasado mucho tiempo.
—Lo sé... «Amados como los besos recordados tras la muerte» —dijo él con delicadeza.
¿Las personas de verdad se decían cosas así?, se preguntó Digby. Su vida no parecía haberle concedido demasiado tiempo hasta ahora para lo que él denominaba «escarceos amorosos». Ellas, o bien no decían nada —«rendidas ante sus abrazos», suponía que podría escribir Catherine—, o lo apartaban, indignadas, de un empujón.
Catherine llegó corriendo a la habitación y sacó la hoja de la máquina de escribir.
—No lo leas —gritó—. No es tu tipo de historia.
—¿Le dirás eso a Tom cuando vuelva? Al fin y al cabo, tampoco ha pasado tantísimo tiempo, menos de dos años. ¿Cuándo llega?
—La semana que viene... Bueno, ésa es la fecha en que atraca el barco. Puede que vaya primero a ver a su madre, le pillaría de camino.
—Nosotros hemos decidido viajar en avión cuando vayamos a hacer trabajo de campo —anunció Mark—, así no nos arriesgamos a que se espere de nosotros que nos cambiemos de ropa para cenar con el capitán. Nos parece una costumbre pasada de moda, aunque supongo que a Tom lo educaron así y le resultaría difícil desprenderse de ella.
—¿No irás a decirme que se lleva el esmoquin para hacer trabajo de campo? —preguntó Digby sorprendido.
—No, claro que no. Tom ha roto los lazos con su educación y es algo más que superado. Es incluso más desaliñado que vosotros —añadió Catherine, sin ninguna maldad.
—Supongo que podríamos describirlo como un joven de buena familia venido a menos, ¿no os parece? —dijo Mark—. He oído que los Mallow poseen una gran...




