E-Book, Spanisch, 134 Seiten
Reihe: ECR
Quintero Martins / Solano Rivera La parte carnosa de la luciérnaga
Premio Joven Creación 2022
ISBN: 978-9968-05-013-5
Verlag: Editorial Costa Rica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 134 Seiten
Reihe: ECR
ISBN: 978-9968-05-013-5
Verlag: Editorial Costa Rica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Diego Quintero (Uzbekistán, 1990) es autor de poesía y cuento. Ha publicado poemarios en Costa Rica y España. La parte más carnosa de una luciérnaga -Premio Joven Creación 2022- es su primer libro con la Editorial Costa Rica.
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Una historia personal
Esta historia me pertenece. Cada nódulo enlazado es una forma de representarme en el texto; una muestra de ciertos hechos en un momento específico de mi vida. En aquel entonces, surcaba la primera mitad de mis veinte y hacía poco. En todo caso, me involucré con Fiorella. No podría explicar la razón por la cual nos vimos atraídos el uno por el otro, pero fue.
La relación, desde un inicio, era una hecatombe. Aunque una hecatombe por definición tenga consecuencias dramáticas, en nuestro caso no hubo tales. Soy perezoso y procrastino hasta en los asuntos más personales. Para mí, los días pasan sin mayor sorpresa. Es un defecto nacido de una infancia somnífera llena de televisión por cable. Tal vez nunca amé a nadie como amé a Cartoon Network.
Ella estudiaba Literatura y yo fingía hacerlo. Lo fingía casi todo (insertar referencia a Pessoa). Fingía, por ejemplo, tener interés por historias ajenas a las mías. Me introdujo a Panero; dijo: “¿Qué clase de tontico no conoce a Panero? ”.
Me vale madres Panero, me valen madres todos los poetas españoles, mi literatura es la portuguesa, mi tradición versa de barcos, colonias africanas y saudade. Esto puede parecer una nimiedad, pero, cuando uno se aburre de casi todo, importa.
Debo aclarar: no todos los poetas españoles me valen madres. Por ejemplo, hago excepción de Félix Francisco Casanova, quien ejemplifica un sueño muerto hace más de una década. El tipo era una aspiración de mi tardía adolescencia, cuando quería ser excepcional: un savant en cualquier área, preferiblemente en la literaria. Uno crea héroes para envidiarlos.
*
Miraba Samurai Jack tirado en la cama y ella le cortaba las uñas a Dixy, la chihuahua de cuatro años era el eje de su existencia. Juntaba los sobros en un papel higiénico. Dijo necesitar discutir algo serio y le respondí “dispare”. Comenzó a reclamarme una brecha, una falta de interés por su situación. Le respondí con la verdad: mi falta de interés se debía a que no me importaba. Es decir, ella me equivalía a un poeta español. Hizo gesto de pensar lo dicho para luego seguir acicalando a la perra.
Caracterización de los personajes
Diego: mestizo de ascendencia portuguesa/caboverdiana por el lado materno e indígena por el paterno. Es de clase media alta; por lo tanto, solo acepta la raíz europea. Nunca lo obligaron a asumir ninguna responsabilidad. A grandes rasgos, es un niño mimado de metro ochenta y cinco. Es alcohólico, aunque nunca lo admita, sufre una ligera sociopatía o se justifica diciendo sufrirla.
Fiorella: físicamente, parece una maja o doncella medieval de algún reino ibérico. Es proclive a relaciones de dependencia. Toma antidepresivos desde los doce años, lo cual le adormeció las conexiones neurológicas. Muchas veces promete cambiar o morir, sin comprometerse con ninguna.
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Ella quería tener hijos a pesar de odiarme (siendo justo, fui yo quien comenzó el asunto del odio. Solo con el tiempo se volvió recíproco). Le era imperante poner sobre la tierra otro ser humano a partir de mi ADN. Intentaba redimir algo de lo perdido en las turbulencias, en lo calcinado, en el fondo era una idea terrible, pero llegué a entender su línea de pensamiento.
En todo caso soy infértil, lo cual denota una evolución lúcida a pesar de accidental. Esto puede sonar como un argumento pobre, pero siento mi problema reproductivo justificado. Una especie solo sobrevive si una generación se interesa por la siguiente. En caso de no haber tal interés, el cuerpo activa mecanismos para invalidar la capacidad de crear descendencia, asignándonos funciones metafísicas, literarias o astrológicas. Otras veces, se limita a dejarnos morir.
Al final, todo lo nuestro remitía a una inclinación necrófila. Es como si los instintos, el pulso vital, se extendiera al otro lado en un último venirse; una idea que llevo años de carrera literaria intentando explicar, a pesar de verse dificultada por la tensión histórica entre lo exotérico y lo biológico. Ella siempre consideró estas tesis abiertamente estúpidas: los delirios de un vago.
Argumento
El autor/narrador/personaje narra hitos del pasado como pretexto para analizar ciertos rasgos de su identidad. Son una excusa a fin de hacer taxonomía de patrones anclados en una violencia muy interna, muy de quien jode a cuentagotas y sin remordimientos. El otro personaje, es decir, la pareja mencionada, probablemente sea también un desdoblamiento. Este recurso remite a Soplo de vida de Clarice Lispector, quien juega de forma metaficcional con las capas narratológicas. Es un sistema que podría tildarse de coral.
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Paseábamos a la perra en el parque de Zapote, caminaba torpemente como los astronautas en los videos del alunizaje. Entretanto, su dueña intentaba enderezarla tensándole la correa de manera violenta. Habían pasado unas semanas desde su promesa de dejarme. Mi falta de reacción al comentario la tenía del nervio y eso me daba un placer de ajedrecista: metódico, bélico. Lo cual, en retrospectiva, solo demuestra mi espíritu perdedor de entonces (entonces, ahora, same old, same old). Evitaba confrontarme directamente, limitándose a expurgar su frustración en aquellos pequeños actos cotidianos. Otras veces, solo me ignoraba, desapareciendo inclusive de sus redes sociales. Ese periodo fue, de manera irónica, el más calmo en mucho tiempo.
Cruzamos la calle ladeando la iglesia y fijamos rumbo entre la turbulencia de un tráfico caníbal. Nunca entendí muy bien la razón por la cual obligaba al animal a salir en esas circunstancias, la bulla de las tiendas y los bares me parecían insalubres, más en el caso específico de esa raza.
—Diego –me dijo–, hoy es la última. Ya le expliqué, tengo a alguien más.
La miré y noté lo sincero de su afirmación. Entonces, levanté los hombros: el gesto universal de “nada que hacer”.
—¿No piensa responder, güevón? –gritó.
Lo pensé y solo me dio por repetir el gesto.
Continuamos en silencio. La hora comenzaba a activar el alumbrado público y el vaivén citadino subía los decibeles entre los callejones. Un lugar puede ser voraz: un minuto no, un minuto sí. Ese barrio tenía esa imprevisibilidad. El planeta entero la tiene. Dixy, reaccionando al ruido, se le escapó de las manos a Fiorella. Hizo diagonal sobre el asfalto en una maniobra suicida. Solo llegué a escuchar el gemido y el frenazo subsiguiente.
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Pasaron los años y la distancia me coloca en otro lugar junto a otras personas. Ahora tengo calma al tratar a mis pares, me deshice de esa presunción que afectaba mis relaciones interpersonales. En buena teoría, porque a veces me pienso mucho peor; un tirano probablemente muera tirano. Siendo un asiduo lector de los románticos, la egolatría siempre me funcionó como ese juego de espejos fundamental para justificar mi falta de habilidades pragmáticas.
Alguna vez alguien me llamó un diosecillo y eso lo refuto: nunca me creí divino, sino un dandy, un burgués por encima de lo mundano. Lo mesiánico me resulta vulgar, simplón, si se quiere.
Tal vez lo único cierto es que pasaron los años y, efectivamente, aumentaron las distancias. Es una obviedad con la suficiente ambivalencia para imprimirle interpretaciones optimistas; no dice nada de forma definitiva, pero intuye, como muchos mitos personales, una tendencia hacia la mejora. En el fondo, una manera de pensar muy occidental.
Análisis
El texto funciona en varios planos y varios registros de bitácora para una persona mediocre y autocomplaciente. En muchos casos, lo desagradable de un personaje resulta su aspecto más atrayente; es ese factor, intrínsecamente humano, con el cual nos identificamos. La historia de la ficción está plagada de ellos, es ese elemento hirviente en sustancia detrás de los arquetipos heroicos.
El aspecto coral o de rompecabezas, en la estructura, pareciera ser una forma de invitar al público a reordenar la historia con la propia; de esta manera, la narración se reconfigura con nuevos matices. Esta posibilidad deviene en las ideas de Piglia, quien siempre consideró la narrativa un juego de posiciones.
Lo temático, por otro lado, aunque elusivo, remite a la verdad con mayúsculas. Algo muy diferente a ese fetichismo moderno de repetir eslóganes por considerarse políticamente correctos o sanos. La verdad en Sobre la división está designada en muchos textos desde la invención de la literatura: es aquella difícil e inasible, esos terrores que soñamos y nos hacen despertar en medio de la noche. La misma que nos muestra como un ente capaz de vivir todos los aspectos de la psique y conducta humana, más allá de sus consideraciones morales. Lo queramos o no.
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Cuando era niño, mi programa favorito era La vaca y el pollito, lo cual, en retrospectiva, explica muchas cosas. Uno de los episodios trataba del primer ser mitológico que conocí. El personaje en cuestión era un gato corriente, sus poderes los recibió de una misteriosa neblina espacial. Minutos después es arrollado por un camión, y lo transforma en un híbrido entre héroe, leyenda urbana y pintura cubista. Su forma plana le permitía desplazarse en giros por el aire, como una suerte de Mothman para niños noventeros.
Los resultados del accidente me lo recordaron, aunque el dibujo no incluyera vísceras ni fluidos corporales. Fiorella, mientras tanto, lloraba desaforada...




