E-Book, Spanisch, 176 Seiten
Reihe: Sauce
Quinzà Lleó Dios, ¿un extraño en nuestra casa?
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-288-2283-1
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 176 Seiten
Reihe: Sauce
ISBN: 978-84-288-2283-1
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Xavier Quinzá Lleó (Valencia, 1946) es jesuita, director del Centro Arrupe (Valencia) y profesor en excedencia de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas (Madrid). Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación (Univ. Complutense) y doctor en Teología (Univ. Pontificia de Comillas), ha sido Profesor de Teología Contextual, especializado en temas de evangelización y culturas, cuestiones de semiótica, historias de vida y lenguaje religioso. Ha sido profesor invitado en la Universidad Pontificia de Salamanca y en el Instituto Latinoamericano de Estudios Sociales (ILADES), de Santiago de Chile. Entre sus publicaciones más recientes, además de numerosos artículos de investigación y divulgación, se cuentan: 'Desde la zarza. Para una mistagogía del deseo' (Bilbao, 2002), 'Signos de Dios en lo cotidiano' (Vitoria, 2003), 'Pasión y radicalidad. Posmodernidad y vida consagrada' (Madrid, 2004) y 'Junto al pozo. Para aprender de la fragilidad del amor' (Bilbao, 2004).
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INTRODUCCIÓN
VIVIR LA FE COMO UN EXILIO
La fe no nos permite descansar en lo conocido o en lo conseguido. Más que un lugar es un camino: un éxodo del paso de Dios por nuestra vida y por la humanidad. Más que una fortaleza inexpugnable donde nos podemos refugiar de las vicisitudes del mundo es un campo abierto en donde nos encontramos en combate. En nuestros días vivimos la fe como un exilio.
Y, desde ahí, en la intemperie del mundo, la fe se pone a impregnar todos los lugares humanos; lugares de redención, pero también de destrucción; mostrando que, donde parecía estar dicho todo, aún queda por oír una palabra que ha sido dicha, pero no escuchada, una palabra venida de Dios. Y esa palabra de la fe nos impulsa a salir de lo conocido y sabido hacia una patria remota, aunque intuida, que está en el más allá, pero que se hace presente en el exilio de esta historia humana, a la vez santa y pecadora.
Es la extrañeza de una Presencia que, siendo familiar, nos parece ajena a la vida cotidiana que vivimos. Aunque siempre se hace oír, su sonido nos resulta a veces molesto por demasiado intenso. El misterio del creer es una impregnación constante, un empaparnos del Espíritu santificador y recreador.
Esa impregnación es fruto de una vivencia en la que lo humano queda asumido por lo espiritual sin perder su misterio, su densidad real, su humanidad. Es una intensificación de lo que vivimos, un renovado dinamismo vital, fruto del encuentro del corazón del ser humano y del corazón de Dios.
La fe es, de este modo, una aventura. Es la aventura del deseo entrenado por Jesús, rehabilitado por su muerte y resurrección, que nos libra del mal y nos abre una nueva brecha en la historia. Por eso la llamada es lo que pone en marcha la fe del discípulo, que descubre una invitación a adentrarse en el misterio personal de quien así nos llama.
Y con la llamada se suscita la exigencia de conversión, el cambio de valores que nos va aproximando a una visión de Dios en medio de los suyos, en su Reinado. Y, paulatinamente, creer es ir siguiendo a Jesús y adentrarse en su intimidad, y conocerle, y amarle. Y, cuando llega el día de oscuridad y la cruz se perfila en el horizonte, es estar con él a pesar de todo. Porque no se rehabilita el deseo humano sino por obra de Dios, que nos devuelve a Jesús y nos regala su Espíritu.
Todo ser humano encuentra su propia biografía en el misterio de la vida del Señor, en sus gestos y en sus palabras, en el fuego de su amor y en la humildad de su entrega. Entrar en el misterio de su vida es descubrir así la nuestra, la que cada uno vamos recorriendo a tientas, iluminados por la luz de la fe, que solo es la luz suficiente para caminar en la noche.
El misterio del amor, del que vive la pequeña luz de la fe del creyente, se nos revela en la oscuridad del mundo, en la lucha contra el desamor y la injusticia. Y, por tanto, creer es también permanecer. Es soportar la tiniebla cuando arrecia la prueba y el amor se debilita y muere. La vida de la fe es ahora renuncia, pero no ceguera. «Eloí, Eloí, ¿por qué me has abandonado?», clama el justo colgado entre el cielo y la tierra.
Pero creer es amar hasta que duela, es aceptar que «el mayor amor» es dar la vida por aquellos a quienes se ama. Y es en esa entraña del Crucificado donde se produce la purificación de la fe, en la noche oscura de los sentidos, en el clamor rendido a lo incomprensible, en la rendición silenciosa en las manos dolientes del Padre.
Una fe así es una fe que nace, en definitiva, en la entraña del Crucificado, que brota como un tesoro de su corazón abierto y entregado, y que, por tanto, no puede ser ni superflua ni privada. Es una fe con vocación de levadura, con la fuerza de la semilla, que al morir es cuando comienza a dar frutos al ciento por uno.
Una fe entrañada en el mundo, con vocación de hacer historia y de renovarla desde su raíz. La fe cristiana no se puede esconder bajo el celemín, sino colocarla en el candelero para que alumbre a todos los de la casa. La victoria que vence al mundo es nuestra fe. Y por eso es la que construye con otros una historia digna de hombres y mujeres, los que se saben hijos y constructores, discípulos y ciudadanos.
Solo una fe entrañada en el mundo es digna de Dios y del hombre. Y la entraña de la existencia cristiana solo se entiende a la luz de una entraña humana y una entraña divina. «Tocar» estas dos entrañas se convierte entonces en la máxima aspiración para la existencia cristiana. La vida del creyente, llamada a «ser en Cristo», se siente atraída hacia ese centro donde poder ver y comprender, escuchar y fundar sus esperanzas como ciertas, y gustar la fragancia de un amor que, aunque a veces decaiga, no puede morir.
Con frecuencia nos referimos a la fe como «fe ciega». Y queremos significar con ello la renuncia a querer ver, la exigencia de dejarse conducir por otro, de fiarnos de quien nos lo dice. Pero, en realidad, la fe busca la luz, quiere entender muchos porqués, en un anhelo de dejarse iluminar por el amor en quien se confía. No es ciega, sino lúcida, porque confía más en los ojos del testigo –¡el que lo ha visto!– que en los propios.
Quizá porque está convencida de que las pasiones nos ciegan, los deseos nos engañan y uno puede ver más desde la mirada del otro, porque cuatro ojos ven más que dos. Una fe ciega que ni siente ni comprende puede derivar en una fe irresponsable que no se deja ver, que no se atreve a mostrarse como es: confiada, pero libre; cierta, aunque oscura.
El pueblo de la Biblia es un pueblo ciego y sordo. Y así es denunciado por los profetas de Israel. Tiene ojos y no ve, oídos y no oye, porque ha cerrado su corazón a la Palabra liberadora, y solo escucha al ídolo egoísta en que se ha convertido su corazón.
Jesús también denuncia la incredulidad como ceguera y como sordera voluntaria de quien no quiere dar su adhesión a la Palabra de vida. Y quizá por eso nos recuerda Pablo que la fe entra por el oído, es decir, por la aceptación del kerigma, del anuncio de la predicación que nos salva. Una fe sorda es lo mismo que cerrar el oído a las invitaciones de los demás, a las exigencias del hermano.
De una fe ciega y sorda caemos en una fe muda. Como tantas veces hemos podido comprobar, lo que se admite sin reflexión o se escucha sin comprensión y sentido no nos provoca a la palabra. Solo aquello que pasa por el corazón, aquello que es meditado, ponderado, rumiado, puede ser objeto de lenguaje, puede hacerse comunicación y testimonio.
Si nuestra fe no engendra lenguaje, si no sabemos decir lo que creemos, es que estamos todavía en la ignorancia de una fe infantil, aceptada, pero no saborea da ni discernida. La Palabra escuchada, la que viene de fuera, la que se nos anuncia, se hace palabra interior a la luz del Espíritu y es proferida como confesión creyente de lo que hemos aceptado y creído.
Los sentidos de la fe están en la entraña del corazón. Con él se puede ver, oír atentamente, intuir y oler un perfume interior, saborear la dulzura de la divinidad, tocar incluso y dejarse tocar por el favor de Dios. «¡Oh!, mano blanda; ¡oh!, toque delicado (…) llama de amor viva que tiernamente hieres…». Los místicos nos enseñan a despertar el corazón que, cuando está en vela, es un órgano de sensibilidad muy aguda.
Creer nunca puede ser cerrarse en la insensibilidad, sino más bien dejarse afectar de un modo muy perceptivo por la alteridad, por lo extraño de Dios, de los otros… Pero nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido, y solo si nos dejamos tocar por la gracia nos hacemos de verdad creyentes.
Despertar los sentidos interiores para poder captar mejor el misterio, para ensayar la búsqueda ardiente de la fe creída, la que se afecta desde el corazón, la que quiere alcanzar lo inalcanzable; lo que se nos regala es como un toque delicado en el corazón, lo que se nos da se hace gusto espiritual y sabor dulce desde el centro más vivo de lo que somos.
La fe, como saber, es a la vez cierto y oscuro. Esta es una de las paradojas del creer cristiano. Creer no es un conocer aproximativo y parcial, sino definitivo y cierto. Es un lugar de convicción y de seguridad que expulsa la duda y no la deja instalarse en nuestro modo de percibir las cosas.
Hay una duda de fe que no nos permite dar el salto, que exige pruebas y se cierra a saberse confiadamente en manos de otro. Querer ver nos cierra a la comprensión del sentido; sin hacerle espacio a la confianza, el entendimiento es, sin más, oscuro. Pero hay una duda en la fe que es casi inevitable, porque creemos realidades más allá de lo que vemos con nuestros ojos.
Creer no es comprobar, no es someterse al asentimiento de lo demostrable, es dejarse atraer por Dios, fiarse de su Palabra y acceder a una salvación incoada y prometida. Abrirse al deseo, al anhelo interior que nos devela lo presentido y buscado con fuerza, pero sin poder, porque se nos conduce invitándonos, se nos atrae sin coacción, desde lo que se nos muestra, desde lo intuido como deseable, como una imantación del corazón.
La oración es la vida de la fe, porque solo el que ama comprende y se arriesga. Orar es abrirse a una palabra que es una Presencia, a un oír atento que siempre espera la palabra definitiva sobre su vida. Cuando queremos afirmarnos en confianza ante la vida, es necesario ponernos a la escucha,...




