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Ihr Team von Sack Fachmedien
E-Book, Spanisch, 296 Seiten
Reihe: Sauce
Quinzà Lleó El misterio en lo cotidiano
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-288-3390-5
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 296 Seiten
Reihe: Sauce
ISBN: 978-84-288-3390-5
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Xavier Quinzá Lleó (Valencia, 1946) es jesuita y profesor en excedencia de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Actualmente trabaja en el Centro Pignatelli de Zaragoza. Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad Complutense y doctor en Teología por Comillas, ha sido profesor de Teología Contextual, especializado en temas de evangelización y culturas, cuestiones de semiótica, lenguaje religioso... También ha sido profesor invitado en la Universidad Pontificia de Salamanca y en el Instituto Latinoamericano de Estudios Sociales (ILADES) de Santiago de Chile, y ha impartido numerosos cursos y conferencias sobre temas espirituales y pastorales. Voluntario de Cáritas durante muchos años, se ha ocupado en ayudar a rehacer itinerarios vitales en contextos de marginación y ha realizado y publicado estudios sobre historias de vida.
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INICIARNOS EN EL MISTERIO DE LO COTIDIANO
Hay una gramática del amor en medio de los saberes de la vida cotidiana. Y esta gramática nos enseña una manera de despertar los sentidos interiores, de acceder al misterio de la vida con respeto desde el misterio mismo que somos. Y a vivir la relación con los demás abriendo espacios de intimidad, de ternura, de compasión. Aprender del amor cómo vivir y cómo cuidar a los que amamos, cómo escuchar y acoger sus gemidos o secundar los cantos de su corazón, cómo nutrirnos de su cercanía y de su confianza a prueba de cualquier adversidad, cómo compadecer los sufrimientos y sanar las heridas de su corazón.
Por consiguiente, nos abrimos a un aprendizaje del gusto por las cosas de Dios y por los misterios del Reino. Ante los retos del mal y la injusticia podemos hacer la increíble experiencia de la comunión en la herida, del reconocimiento humilde de que todos estamos implicados en ello, y de que para participar en el gozo de la comunión hay que saber ahondar en el conflicto y permanecer en la brecha abierta en el corazón del mundo.
Solo llegamos a saborear la dulzura de la divinidad si despertamos los sentidos interiores y accedemos a un cierto grado de intimidad con ella. El escenario de la intimidad es la confidencia, el intercambio de amor, el coloquio de corazón a corazón. Porque nos cuesta mucho comprender sin resquemor ni tristeza que la comunicación íntima siempre es asimétrica. Y experimentar el gozo de «ser recibido», sin ningún mérito, es fruto de esta aceptación humilde de lo desconcertante de ese desnivel amoroso.
La iniciativa siempre es del Amante, y responder y acogerla con cuidado es la ocasión de oro del amado o la amada. La acción amorosa recae como una invitación sobre el amor receptivo y le mueve a amar, a reaccionar amorosamente a la iniciativa. Él es el que conduce la relación, como quien conduce un coche: nosotros estamos sentados en el asiento a su lado. Amo porque soy amado y amo con el amor con que él me ama.
Los signos del amor están dispersos en toda la creación y en toda la historia, y precisan de una mirada enamorada para saber apreciar las huellas, orientarse por rastros muy sutiles, que no todos saben captar. Hace falta una mirada de lince y un olfato de sabueso para explorar los signos de humanidad de un Dios encarnado que se nos muestra en la carne y en la debilidad, y desaparece de nuestra vista cuando le escrutamos en los signos del poder y del prestigio.
Precisamos atender más al yo profundo, ese que no reclama nada para sí, pero que es el corazón de lo que somos... Estamos más reclamados por el yo superficial, el interesado, el protagonista, el ambicioso, y a ellos los escuchamos más, porque se nos imponen a cada momento. Pero el yo profundo es más discreto, no reclama nada, a pesar de ser el arraigo de nuestra vida, la fuente de donde brota la vida verdadera (¡la Vida verdadera!): «Por encima de todo guarda, hijo mío, tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida» (Prov 4,23).
Hay una experiencia del amor ferviente que, cuando se ha aprendido con horas de silencio y paciencia, nos aporta un clima de serenidad benigna, en la que se nos convierte el corazón, se nos transfigura de dentro a fuera, se nos refresca la mirada y nos altera, en el buen sentido de la palabra, nuestra vida tan ajetreada.
«¡Si supiéramos adorar...!». Es un reto: realizar el lento aprendizaje de ir ensanchando el interior, de ir despejando un espacio mayor en ese recóndito lugar en donde se entrecruzan tantas voces, en donde se anudan tantos pensamientos y deseos. Hacer espacio interior como práctica espiritual no es nada nuevo.
Todos hemos experimentado la atracción –y también las resistencias– hacia ese centro activo y viviente en el que habitamos sin percibirlo a veces. Pero vincular la adoración a una experiencia oracional de dejarnos trabajar en una actitud de pasividad receptiva, de dejarnos hacer por Dios desde el corazón, me parece digno de retener y, sobre todo, de practicar.
Adorar es abordar una cierta práctica de la intimidad, es asistir al ensanchamiento de nuestra tienda interior, en la que él habita. Y, por tanto, es intensificar la relación, abrigar el deseo y alertarlo a la vez, para que nos ilumine una presencia poco reconocida. Es ir sacando a la luz la presencia oculta del Amor, que siempre nos descoloca, nos descentra, dando entrada al Otro y a los otros en nuestro propio y personal espacio. Y entonces el ensanchamiento se produce porque se nos cuelan los demás dentro, sus vidas, sus sufrimientos, sus amores, y les dejamos pasar en el encuentro misterioso con el Señor de la vida.
Este ensanchamiento del corazón que adora se experimenta como un don, en la medida en que no se produzca un repliegue cicatero en nuestros pequeños mundos de deseo, en nuestro cerrado jardín del corazón. Si aprendemos a adorar, aprendemos también a no excluir a nadie de ese espacio sagrado en el que nos encontramos, cuerpo y palabra compartidos con aquel que casi sin darnos cuenta se ha hecho el Guardián de nuestra intimidad.
LA SOLEDAD, ESPACIO SANADOR
La soledad ofrece un espacio de reposo sanador. Tras pasarnos el día rodeados de gente, atentos al móvil, hiperactivos..., necesitamos volver a descubrir la soledad. Queremos estar solos, pero no aislados. La soledad resulta básica para el equilibrio interior. Se ha comprobado que los adolescentes que no sortean la soledad son incapaces de desarrollar el talento suficiente para crear, para crecer, para relacionarse...
Tenemos la creencia de que toda la creatividad proviene de lugares extrañamente sociables, pero no es así: la soledad es el ingrediente social de nuestra vida. Antonio Machado nos recuerda: «Converso con el hombre que siempre va conmigo». La soledad importa. Para algunas personas incluso es el aire que respiramos. No descubrimos un pensamiento propio cuando estamos rodeados de gente, sino en la contemplación de lo que brota en nuestro interior.
Es cierto que, por inercia, cuanto menos solo estás, más te cuesta estarlo. No obstante, en una sociedad que te obliga a estar enormemente pendiente del afuera, los espacios de soledad representan la única posibilidad de contactar otra vez con uno mismo. Solo cuando estamos solos nos sentimos completamente libres, nos encontramos con nosotros mismos, lo que resulta enormemente reparador.
Solo tolerando el vacío y el aburrimiento seremos capaces de generar algo nuevo y de desintoxicarnos de un mundo lleno de estímulos y carga implosiva. Nos olvidamos de que nadie está más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo. La soledad es el espacio necesario para hacer una auditoría existencial, para indagar qué es lo importante y qué no lo es, pues lo importante en la vida es saber qué es lo importante.
En soledad dejamos ese espacio en blanco para escuchar, sin interferencias, lo que sentimos y necesitamos; no podemos seguir cada día más pendientes de cuidar y satisfacer a los demás que de escucharnos a nosotros mismos. Debemos introducirnos en el aprendizaje de la gramática del amor de Dios. Dejarnos fascinar por Dios, dejarnos afectar por sus invitaciones, mover el corazón, dejarnos seducir por sus palabras, sentir su invitación a entrar en el secreto del corazón. En ese lugar seguro e impenetrable de lo íntimo: ámbito privilegiado de la confidencia y del recreo amoroso. Lugar del silencio y la soledad más profunda y habitada.
Aprendemos a buscarle y encontrarle no en la clausura, sino en la vida; no en la soledad, sino en la solicitud, en el cuidado de cada día, en los diversos modos en que se halla presente y activo en todas las cosas. Y ello exige un aprendizaje cuidadoso y atento, porque solo podemos reconocerle desde una mirada atenta y escrutadora. A lo que somos invitados es a una ciencia de desciframiento, a una mántica, porque se trata de saber leer el amor en sus señales.
La soledad nos da miedo, porque en ella caen todas las máscaras. Despierta temor, porque solemos asociarla al vacío y la tristeza... Pero debemos aprender a transitar la soledad. El temor representa simplemente el aflojarse de la tensión después de haber aguantado la presión enorme del ruido de los que nos rodean. Transitar la soledad es un aprendizaje para descubrir el interior habitado y fecundo desde el que somos y vivimos.
El amor no es lo contrario de la soledad, sino una soledad sonora, es decir: una soledad compartida. Nos sentimos asustados por los espacios vacíos de nuestro interior. Y la propia soledad no tiene nada que ver con la presencia o ausencia de las otras personas. En nuestra sociedad, el no hacer nada se teme y despierta la culpa.
¡Nos han preparado para hacer cosas, y muchas cosas al mismo tiempo, a ser posible! Pero para vencer la culpa deberemos hacer las paces con nuestra soledad y aceptarla como amiga, sin asustarnos de sus espacios vacíos, que son las estancias solícitas del amor y la amistad.
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Los textos que componen este libro son fruto de la soledad. Unos vinieron a mis manos, otros resonaron pausadamente en el silencio, otros brotaron al filo de la desesperanza de unos acontecimientos...




