E-Book, Spanisch, 208 Seiten
Rahner Cambio estructural de la iglesia
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-288-2799-7
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 208 Seiten
ISBN: 978-84-288-2799-7
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
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Este libro nos ofrece el Karl Rahner auténtico y completo, con hondas preocupaciones por la Iglesia. A propósito de un Sínodo de los obispos alemanes, responde con sabiduría inigualable a estos tres interrogantes: ¿dónde nos encontramos?, ¿qué debemos hacer?, ¿cómo imaginar la Iglesia del futuro? Todo esto está visto por Rahner no de forma abstracta y con prisma teórico e idealista, sino desde el mundo concreto, desde la situación espiritual, sociológica e histórica de un hombre y una sociedad determinados. Solo así estas páginas de extraordinaria agudeza pueden seguir ayudando a esbozar el rostro de la Iglesia de hoy y de mañana.
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OBERTURA
Desde que me encargaron esta presentación pensé que su mayor utilidad podría estar en acompañar al lector en la lectura del libro. Y, para eso, que se pareciera a esas oberturas de grandes obras musicales en las que ya se insinúan todos los temas que aparecerán en la ópera.
No obstante, debo comenzar declarando que me parece muy oportuna la recuperación de este texto de K. Rahner. De forma quizá demasiado mordaz he repetido en días pasados, comentando el eco que despierta el nuevo obispo de Roma, que la institución eclesial había decidido «meter el evangelio en el congelador» y olvidarse de él «por el momento». Lo que aquí propone Rahner es una buena parte de ese evangelio que ahora nos damos cuenta de que lo teníamos allí olvidado. Por eso tiene sentido intentar recuperarlo: porque el texto que sigue apunta a un objetivo institucional: fue escrito hace más de cuarenta años como colaboración para un sínodo de los obispos alemanes. Y, al publicarse luego, el título alemán hablaba de un «cambio de estructuras en la Iglesia como tarea y como oportunidad».
La alusión a las estructuras merece una reflexión. Ya desde la reforma de Gregorio VII (como luego en Trento), la historia de la Iglesia se ha caracterizado, en mi opinión, porque se esforzaba en reformar solo a las personas, cuando la hora histórica pedía una reforma seria de las estructuras. La reforma de las personas se conseguía, pero duraba solo una o dos generaciones, porque las estructuras de la Iglesia acababan por volver a degradar a las personas. Con un ejemplo de nuestros días: hoy se han oído acusaciones contra los jóvenes aspirantes al ministerio eclesial, acusándolos de afanes «carreristas» (en esta dirección habló incluso el cardenal Martini). Si la acusación es cierta, habría que añadir como excusa para esos jóvenes (que un día seguramente aspiraron al ministerio con la mejor voluntad) que las mismas estructuras clericales y aristocráticas del ministerio facilitan esa tentación. Rahner intenta hablar aquí de cambios estructurales, no meramente de conversiones personales, que podrán ser lo más importante, pero son también radicalmente insuficientes, como muestra la historia de la Iglesia.
En segundo lugar, la fecha de redacción de estas páginas (hacia 1971) pone de relieve su vinculación al Vaticano II. Esta me parece una clave importante de lectura: la Iglesia alemana intentaba aplicar el Vaticano II a su situación, como había hecho la Iglesia latinoamericana tres años antes (en Medellín) y como intentaría hacer el sínodo de obispos de 1971, dedicado a la justicia. Esos intentos quedaron luego aparcados en aquello que ya entonces denunciaba el mismo Rahner como «invierno eclesial» o «marcha hacia el gueto». Y ahora, después de tanto tiempo, puede ser que ya ni recordemos dónde habíamos aparcado el coche ni sepamos si este se nos va a poner fácilmente en marcha. De ahí la importancia de recuperar este pequeño libro.
Y si estas reflexiones sirven para contextualizar el libro y mostrar la oportunidad de repescarlo, creo que solo me queda insinuar algunas de las melodías que entonará el coro, como sucede en el coro de los peregrinos de Tannhäuser o al comienzo del cuarto movimiento de la Novena de Beethoven. Vamos allá.
1) Dónde están el mundo y la Iglesia. «Vivimos en un mundo en que el hombre se ha convertido, en los más diversos niveles, en objeto de su propia operatividad y poder de mutación; apenas es ya capaz de concebirse como imagen acabada de Dios, sino más bien como el punto del cosmos en el que… comienza la marcha hacia lo desconocido». Esta era más o menos la pregunta fundamental de Bonhoeffer: ¿cómo hablar de Dios a hombres que ya no son religiosos y se consideran mayores de edad? Pero, como Rahner ya no escribe en situación bélica, sino en eso que nosotros llamamos paz, es suficientemente agudo para descubrir otra pregunta que no cabía en Bonhoeffer: «Vivimos en un mundo de los medios de difusión que conducen a las masas; nadie logra saber bien quién los conduce a ellos». Pregunta importantísima que seguimos teniendo sin respuesta. Y si añadimos otra similar, que ya no hace Rahner, sobre los poderes financieros, podríamos concluir para hoy: vivimos en un mundo donde los grandes poderes opresores del ser humano y de sus derechos primarios son anónimos y desconocidos. Un dato absolutamente fundamental para toda la tarea evangelizadora y liberadora de la Iglesia. Aunque el libro, por su origen europeo, dedique demasiada poca atención a la situación de una humanidad con dos tercios de la población víctimas de la pobreza.
Ante ese mundo resulta que nosotros, «en el terreno espiritual, somos una Iglesia sin vida; y lo somos hasta un extremo tremendo»1. O, en todo caso, hemos fomentado un tipo de espiritualidad que produce más «hombres del sistema» que «hombres de Dios», cuando debería ser evidente que Dios es mucho más grande que todos los sistemas, por necesarios que puedan sernos a nosotros, los seres humanos. Y no nos preguntamos hasta qué punto tendrá esto algo que ver con el punto siguiente, que es un pronóstico de descenso del cristianismo en número... Pero, atención: la causa de esa disminución del cristianismo no es «la actuación de potencias tenebrosas» (como siguen creyendo muchos dirigentes cristianos perezosos), ni podemos nosotros decir que sea una mengua de la fe (cosa que solo Dios sabe), sino que el descenso del cristianismo en nuestro llamado Primer Mundo proviene de «una mengua de los presupuestos de un género especial de cristianismo, en modo alguno idéntico a la esencia de la fe y del cristianismo», pero que «venía dado con unos condicionamientos sociológicos que hoy están en decadencia y que el cristianismo no puede postular como permanentes».
Este dato fundamental es el que más cuesta aceptar, por ejemplo a la curia romana, que por eso siempre sospechó de Rahner y ha procurado nombrar obispos que no compartieran ese presupuesto. Con lo cual, sin querer, ha contribuido a agudizar la crisis del cristianismo en Europa y ha olvidado las serias palabras del Concilio de Trento, en un decreto de reforma de la sesión XXIV, donde se habla de «poner en juego la salvación eterna del alma» cuando se nombran gentes «que no son dignos de ser puestos al frente de las Iglesias». Por eso cree Rahner que no vale refugiarse en la expresión evangélica del «pequeño rebaño» para tranquilizarse ante la crisis del cristianismo y justificar «la pretensión defensiva de conservar los restos de un cristianismo tradicional», sino que la institución eclesial debe más bien «preguntarse dónde y de qué modo la Iglesia ha sido y es aún causa de un retroceso del cristianismo».
2) Qué debería hacer la Iglesia. En general, que la Iglesia universal sea menos eurocéntrica y que la Iglesia europea sea más levadura. Pero, sobre esto segundo, Rahner sabe que la culpa no está solo en el estamento jerárquico. Hay además en muchos fieles «una cortedad de miras piadosa, llena de celo y cólera contra la injusticia antieclesial»: los que el dicho castellano califica como «más papistas que el papa». Y Rahner sabe que esa mentalidad solo en el futuro llegará a evacuar algunas posiciones.
Dicho de manera global, la Iglesia oficial debería hacer espacio a esa otra Iglesia nunca reconocida (solo Dios sabe si más creyente que la anterior), en vez de «limitarse demasiado a ejecutar la parte de los conservadores».
En particular debería ser una Iglesia desclericalizada (contra la corriente clericalizadora de los últimos años) y servicial ante todo, evitando la que Rahner llama «introversión eclesiológica de los clérigos y responsables oficiales». Debería ser también «moral, pero no moralizante»: no porque se vuelva más laxa ante las exigencias del evangelio, sino porque «incluso el recurso a Dios nos empuja a una perplejidad última». Esto la convertirá en una Iglesia «de puertas abiertas».
En esos y otros rasgos similares es donde la Iglesia recuperará la espiritualidad auténtica. Y esa espiritualidad la hará más y mejor evangelizadora; porque hasta hoy «hemos aprendido demasiado poco el arte increíblemente elevado de una auténtica mistagogía para la experiencia de Dios, y por eso lo practicamos demasiado poco».
3) Finalmente, Rahner intenta esbozar algo de la meta hacia la que deberíamos movernos o de la Iglesia que podría nacer de todo lo anterior. Esta quiere ser una parte imaginativa, más que propiamente profetizadora. Pero deliberadamente elijo algunas tomas de postura sobre temas muy de hoy, para que se lea el libro buscando su fundamentación teológica: «No está claro que los divorciados vueltos a casar no puedan ser admitidos en ningún caso a los sacramentos mientras persistan en el segundo matrimonio». Además: «Las posibilidades existentes, incluso para una conciencia cristiana, con respecto a las leyes penales civiles contra la interrupción del embarazo no están tan claras como a veces se pretende» (los subrayados son siempre del original). También enfocar el tema del celibato ministerial desde aquello que, según el Código de derecho canónico constituye la ley suprema de...




