Ramos | La joya de Venecia | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Nerabea

Ramos La joya de Venecia


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-129140-7-8
Verlag: Kabo&Bero Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Nerabea

ISBN: 978-84-129140-7-8
Verlag: Kabo&Bero Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Cuando Ariadna encuentra el antiguo plano del Palazzo Goldoni, un palacio veneciano entre las ruinas de una mansión onubense, viajar a la ciudad de los canales se convierte en su objetivo primordial. Recién graduada en Arquitectura, decide embarcarse en una aventura que podría cambiarlo todo, buscando desentrañar los secretos que ese mapa parece esconder. Ya en Venecia, en un encuentro fortuito, se cruza con Ludovica, una estudiante de Lingüística con la que descubrirá un manuscrito oculto en las ruinas del palazzo, un hallazgo que las pone tras la pista de una enigmática esmeralda perdida, envuelta en mitos y traiciones renacentistas. Mientras recorren callejones, puentes y palacios, avanzando con góndolas y vaporettos, no solo enfrentan los desafíos de las incógnitas que trascienden siglos, sino también los propios de entregarse a una conexión tan inesperada como poderosa, la de sus propios corazones. Historia, arte y misterio se mezclan en La joya de Venecia de José Ramón Ramos donde el amor está en el aire.

Agente de viajes y delegado de ventas jubilado. Utiliza la info que le ha brindado su experiencia laboral en el sector turístico para recrear relatos donde las leyendas populares, los misterios sin resolver y los rincones secretos de las ciudades son protagonistas. Transportarnos a lugares diversos y adentrarnos en sus calles o parajes es el propósito de este autor vasco que comenzó su carrera literaria de manera reciente.
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CAPÍTULO 1

Gabinete de curiosidades

Encaramada en el muro, con las piernas colgando, observaba la extensa pradera onubense que se ondulaba en diferentes tonos de verde. Los pastos se sucedían hasta perderse de vista entre la línea irregular de las encinas de la dehesa a unos dos kilómetros, pero los prados continuaban entre los árboles hasta extenderse por más de doscientas hectáreas. Con sus doce años recién cumplidos le gustaba acudir a aquel lugar a atisbar a los toros bravos desde la seguridad del muro de casi dos metros de altura. Sus amigos, con quienes se juntaba algunas veces para ver a los animales, habían colocado varias piedras junto a la pared por la parte exterior para poder trepar con facilidad y sentarse juntos en lo alto.

Para Ariadna, las imágenes de aquellas temibles bestias que le imponían tanto respeto, no se borrarían nunca de su memoria. Cuando los toros se acercaban por la hierba, y alguno se paraba mirándole a los ojos, sentía ese escalofrío de saber que podría venir a por ella con el poder de quitarle la vida en un momento si por un descuido cayera del muro. Pasados unos segundos en los que no movía ni un músculo, el toro se relajaba y comenzaba a pastar indiferente a la presencia de los chavales. Podía escuchar su respiración tranquila, ver hasta el último detalle de su perfecta anatomía y oler su aroma dulzón de macho orgulloso. Entonces ella también se tranquilizaba y disfrutaba del impresionante espectáculo que ofrecían los toros bravos, acompañados de los corpulentos cabestros.

Un riachuelo atravesaba los prados. En cierto lugar los ganaderos habían anchado y profundizado el cauce para facilitar al ganado el acceso al agua. Cuando los astados salían del río chorreando agua de sus barrigas y tomaban el camino de vuelta a los campos, Ariadna se quedaba mirándolos con una sensación de satisfacción mientras se alejaban. Cuando esto sucedía, siempre se percataba después de que apenas había estado respirando superficialmente.

Recordó el día en que Gilete, a quien todos en el pueblo llamaban así para diferenciarlo de su padre que también se llamaba Gil, empujó entre risas al más rechoncho y torpe de la cuadrilla haciéndole caer cuando los toros estaban comiendo a unos cincuenta metros:

¡Venga, Josico, dales unos pases toreros de esos que tú sabes! gritaba mientras llamaba con grandes aspavientos–. ¡Toro! ¡Eh, toro!

Mientras los demás reían, Ariadna fue consciente del peligro en el que se encontraba su amigo y se le encogió el corazón. Josico quedó agachado con una rodilla en el suelo mirando petrificado a los astados. Varias cabezas se levantaron a la vez de la hierba y observaron al intruso que había invadido su territorio. Afortunadamente, ninguno se movió del lugar que ocupaba. Sin embargo, el muchacho tenía el susto en el cuerpo y era incapaz de reaccionar. Ariadna se tumbó a lo largo del muro y le tendió la mano, sin que Josito entendiera lo que hacía.

¡Vamos, Josico, agárrate a mi mano!

Al ver la expresión de desconcierto de su cara, los demás rieron aún más fuerte. Sus intentos de trepar con ayuda de aquella mano resultaron infructuosos. Ariadna vio que uno de los animales daba algunos pasos en su dirección, quizás solo movido por la curiosidad, y no estaba dispuesta a arriesgarse.

–¡Venga! –insistió–. ¡Tienes que subir! ¡Vamos!

Sin embargo, lo que hizo Josito fue soltarse de su mano y caminar unos metros junto a la pared. Había visto unos huecos en ella, dejados por algunas piedras desprendidas, que constituían unos buenos agarraderos para utilizarlos como escala. Cuando llegó arriba se dejó caer por el otro lado hasta quedar tumbado en el suelo mirando al cielo, con la boca abierta y el sudor empapándole la cara. Los demás miembros del grupo no podían parar de reír y se fueron dejando caer también entre carcajadas junto a su amigo. Las bromas en el pueblo eran así de pesadas. Seguro que en un futuro no muy lejano Josico se la devolvería a Gilete y continuarían siendo tan amigos.

Días después de aquel suceso, Ariadna se encontraba sola en lo alto del muro y disfrutaba del silencio únicamente interrumpido por el canto de los pájaros el rasgar de las cigarras y el apacible sonido lejano de los cencerros de los cabestros a los que no llegaba a ver. En aquel entorno privilegiado, se sentía como en el paraíso, aspirando el aire limpio del campo y saboreando los aromas de las hierbas silvestres, la jara y el romero. En la gran diversidad de aquel ecosistema, aprendió a diferenciar los diferentes matices de la salvia, la hierbabuena y la manzanilla. Se encontraba en la mejor época para disfrutar de todo ello: la primavera, en la que los olores de la retama negra, el orégano y el cantueso conformaban una sublime combinación digna del mejor perfumista francés.

No se veía ningún toro en los alrededores. Seguramente estarían en otra zona de la finca, quizás en el encinar. Se dejó acariciar por la suave brisa que aliviaba en parte el calor, escuchando el canto de una perdiz que llamaba a cierta distancia. A unos quinientos metros, en una suave elevación del terreno, se hallaba un edificio que siempre había llamado poderosamente la atención de la chica. Se trataba de un pequeño palacete deshabitado de no más de doscientos metros cuadrados que mostraba signos de deterioro en su fachada. Probablemente había sido una residencia de verano o un pabellón de caza de algún antepasado del actual propietario de la finca.

Miró en todas direcciones para asegurarse de la ausencia de ganado y una idea fue tomando forma en su cabeza. Nunca habían estado en el edificio, ni ella ni sus compañeros, más que nada por miedo a los toros que solían pastar por los alrededores. Cada vez tenía más tendencia a observar cómo estaban hechas las construcciones, no los nuevos bloques de apartamentos ni los impersonales chalets del pueblo, sino las casonas tradicionales, las antiguas iglesias o los puentes de piedra. Se quedaba mirando preguntándose por qué no se caían los bloques de un arco en herradura o cuánto peso podría soportar una pared. Aquellos pensamientos eran, sin todavía saberlo, el germen de la afición por la arquitectura que desarrollaría en el futuro. Aquella tarde Ariadna vio la ocasión de explorar la casa que desde la distancia siempre le había atraído y, después de escudriñar bien entre las lejanas encinas por si veía algún animal, tuvo la certeza de que esta vez podría llegar hasta allí sin peligro. En el momento en que sus pies tocaron la hierba, sintió una extraña sensación, mezcla de miedo y excitación. Convencida de que no había peligro, comenzó a caminar en línea recta hacia el edificio que, desde aquella perspectiva, parecía estar más lejos.

Sus pasos fueron acelerando el ritmo de su marcha espoleados por el temor y le fueron acercando al palacete. Le faltaban las puertas y las ventanas, incluidos los marcos, probablemente víctimas del saqueo para la construcción de otras casas. Cuando le faltaban unos metros para llegar al edificio, sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver aparecer a unos diez metros por detrás una negra cabeza astada. El toro debía haber permanecido pastando en la zona oculta a su vista tras el edificio y ahora se desplazaba hacia un lado. Se paró en seco y el animal se percató de su presencia al momento, levantando la testa y mirándola emitiendo un grave mugido. El cerebro de Ariadna funcionó a una velocidad sorprendente cuando decidió que volver atrás no era una opción. El animal, sin duda más veloz que ella, le daría alcance mucho antes de llegar al muro. Sin apenas pensarlo, corrió hacia la entrada principal del palacete irrumpiendo en él pisando las deterioradas tablas del suelo. En aquella especie de vestíbulo no había ningún mueble y una capa de polvo tapizaba el piso de madera. Repartidos irregularmente vio excrementos que le demostraron que los toros se refugiaban ocasionalmente allí, quizás huyendo del sol o la lluvia. Se internó por el hueco donde, algún día, hubo una puerta que conducía a otra habitación ahora totalmente vacía. Un nuevo mugido aceleró aún más su respiración. No supo si provenía del hueco de la puerta o del de la única ventana. Si se dirigía al sitio equivocado, el toro la pillaría. Se había metido en un callejón sin salida.

Desesperada, recorrió con la mirada toda la habitación pero allí no había ningún lugar donde esconderse: ni muebles ni objetos, solo paredes desconchadas. Agobiada por un cercano bufido, sus ojos repararon en algunas tablas del suelo que se habían combado a causa de la humedad y se habían despegado del piso junto a una pared. Sin ninguna opción de...



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