E-Book, Englisch, Band 433, 186 Seiten
Reihe: Historia
Ramos Mejía Las multitudes argentinas
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-9007-389-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Englisch, Band 433, 186 Seiten
Reihe: Historia
ISBN: 978-84-9007-389-6
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José María Ramos Mejía
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CAPÍTULO I. BIOLOGÍA DE LA MULTITUD
El estudio de la multitud en la historia de América, y particularmente en la del Río de la Plata, está aún por realizarse, y sería curioso determinar con la exactitud posible, cuál ha sido su papel en el desarrollo de nuestro organismo político, es decir, estudiar su biología, como ahora se dice, tratándose de la vida y desenvolvimiento de lo infinitamente pequeño.
La multitud, como entidad social o política, es de antigua data, aun cuando diga Le Bon que apenas hemos entrado en la era de las turbas, ya que antes, según él, solo se constituían en las horas de crisis. Posiblemente en otros pueblos no tuvieron el influjo que parecen tener hoy, que es la época de las influencias colectivas; pero si se estudia la historia, rastreando sus pasos en los acontecimientos más culminantes, se verá que su influjo está muy lejos de ser despreciable.
Por lo que a nosotros toca, hemos vivido creyendo más en la acción personal de los grandes hombres, que en la de las multitudes, cuyo perfil, por cierto bien vago y difuso en nuestros libros y leyendas, apenas se dibuja en las raras obras de algunos historiadores; sin embargo, de que en ciertas épocas, como en los primeros días del período revolucionario, fue soberana y omnipotente. Como dice Carlyle, no siempre la relación de lo que el hombre ha verificado aquí abajo, es la historia de los grandes hombres.1
Buscando en las crónicas e historias la acción de la multitud, verémosla ejercer su influencia desde que comienza en el Río de la Plata la organización de la sociedad hasta pisar los tiempos modernos. Tres puntos hay allí que estudiar con respecto a su fisiología: 1.º la multitud en sí, su organización, composición y papel en los diversos acontecimientos; 2.º los hombres que proceden de ella, y son en toda su psicología, su expresión genuina, una proyección individual de su alma y de su genio; 3.º los dominadores de la multitud, los que, surgidos o no de ella, han tenido calidades de cierto orden que les ha permitido dominarlas, dirigirlas y, a veces, transformarlas.
En determinadas circunstancias, una reunión de hombres posee caracteres nuevos y distintos de los que individual y aisladamente tiene cada uno de ellos. Por una especie de abdicación de la personalidad consciente que desaparece, diremos así, diluida y transformada, los sentimientos y las ideas de todos tienden a ponerse a un mismo nivel y diapasón, a caminar en una misma dirección, de tal manera que su organizado conjunto llega a constituir lo que se ha llamado el alma de la multitud, el alma colectiva, que, aunque transitoria, presenta caracteres bien netos y precisos. Cuando esto sucede, la colectividad se convierte en lo que, a falta de expresión mejor, el lenguaje corriente ha clasificado de turba o muchedumbre organizada, multitud psicológica, formando un solo ser sujeto a la ya conocida ley de la unidad mental de las muchedumbres.2 Cualesquiera que sean los individuos que la componen, generalmente de una misma organización mental, parecidos o no entre sí, por el género de vida que lleven, su carácter o su inteligencia, por el hecho solo de estar transformados en multitud, adquieren esa alma colectiva que los hace pensar, sentir y obrar de una manera diferente de la que pensaría y obrarían aisladamente. Hay sentimientos e ideas que no surgen o que no se transforman en acto sino en los individuos organizados así. La multitud es un ser relativamente provisional, constituido de elementos heterogéneos en cierto sentido, que por un instante se sueldan, como las células cuando constituyen un cuerpo vivo y forman al reunirse, un ser nuevo y distinto.
Hay en realidad una verdadera acomodación psíquica, lo que explica la distinta situación moral del individuo después que ha salido del encantamiento del contagio y de la sugestión que experimentaba dentro de esa prisión moral; si bien ciertas facultades están destruidas o disminuidas, otras se hallan exaltadas en un grado que rara vez se encuentra en el individuo aislado, lo que le permite lanzarse a cualquier acto con una impetuosidad que él mismo desconoce después que torna a su modesta situación de hombre común. Impetuosidad que, como se ha dicho, es más irresistible en las muchedumbres que en el sujeto, porque siendo la sugestión igual para todos, se exagera al hacerse recíproca. Por la sola circunstancia de formar parte de aquellas, el hombre desciende, a veces, muchos grados en la escala de la civilización. En tal caso, no debéis buscar ni inteligencia, ni razón, ni nada que tenga algo que ver con el quieto y sereno raciocinio, que es el privilegio del hombre reflexivo: es puro instinto, impulso vivo y agresivo, casi animalidad; por eso es, en ocasiones, generoso y heroico, pero más a menudo brutal y sensitivo.
Si el hombre moderno de las sociedades europeas, que aislado es culto y moderado, se muestra tan bárbaro cuando constituye muchedumbre, ya os imagináis cómo serían las multitudes americanas formadas por ese elemento más instintivo y violento, más sujeto a los entusiasmos y a los heroísmos de los seres primitivos. Si la muchedumbre europea es tan impresionable y sensorial, tan imaginativa, hasta dejarse frecuentemente arrastrar a la verificación de actos contra sus propios intereses y sus hábitos conocidos, ¡qué no serían estas nuestras informes colectividades, sin el secreto freno de la fuerza de inercia que da la civilización acumulada inconscientemente en el cerebro! Todos los que, con más o menos igual estructura, se sienten dominados por una misma idea o sentimiento, tienden a juntarse arrastrados hacia un mismo lugar, hasta a una misma calle, como si la automática orientación del impulso los gobernara; a proferir las mismas palabras, y lo que es aún más curioso, hasta afectar iguales actitudes, verificar gestos parecidos, cual si un hilo eléctrico uniera los músculos de todos los rostros. La emoción provoca el automatismo. Bajo la influencia de un estado de ánimo penoso o alegre, la actitud del cuerpo se modifica y tiende generalmente a ponerse en flexión, en el primer caso, y en extensión en el segundo. Los músculos del rostro, que son los que están más próximos a los centros nerviosos cerebrales, y que por este hecho reciben rápidamente el influjo, son los más expresivos en su automatismo.3
Basta para comprobarlo analizar las fisonomías de las personas fotografiadas instantáneamente, cuando constituyen muchedumbre, y cuando la emoción de un hecho inesperado las sorprende. Se comprueba por ese medio que los mismos músculos de la cara funcionan al propio tiempo, en el mismo décimo de segundo, en todos los espectadores de una gran multitud sujetos a análogas emociones y aun a pesar de su visible heterogeneidad.4
El automatismo provocado por las emociones vivas es más o menos acentuado, según el grado del desenvolvimiento mental, y necesariamente de su perfeccionamiento nervioso. La vida refleja es el privilegio, si así puede llamarse, de los cerebros primitivos y elementales.
Bajo la acción de un proceso psicológico cualquiera, un número dado de individuos que tengan igual predisposición, experimenta el mismo impulso; una misma idea surge, inesperada al parecer, un mismo sentimiento les conmueve la sensibilidad, llevándolos en parecidas direcciones.
Producido un hecho político o social, grande o pequeño, se sienten solicitados por una secreta tendencia a buscarse para sentir y moverse en común, como si el uno necesitara del complemento del otro; moléculas dispersas antes y que, por obra de esa muchas veces insignificante conmoción, van rápidamente a confundirse en virtud de la inexplicada y misteriosa afinidad que hace tantas cosas grandes en el orden orgánico de la vida. Consumida la fuerza acumulada en sus receptáculos motores y sensitivos, o llenado el propósito que los unía, el encanto se rompe, la separación se opera, y los que antes habían sido casi hermanos se miran con indiferencia al día siguiente, o se rechazan, como si se sorprendieran de haberse visto alguna vez unidos por cualquier lazo. No hay más vínculo entre ellos que el transitorio, aunque vigoroso, que los ha juntado en la comunidad del impulso general y que los puede llevar hasta el heroísmo o hasta el crimen, cuando conservan la cohesión y resistencia, que es la dureza en los cuerpos. Por peculiares motivos de organización mental, ese grupo de personas se siente más conmovido que otro por el prurito de la acción; posee una mayor tendencia a transformar en movimiento una idea; las cosas morales, lo encuentran más susceptible, y el menor acontecimiento, el más leve rumor, que a otros halla indiferentes, lo arroja a él en la vivísima procuración del sonámbulo motor. Constituyen los principales núcleos de la multitud: los sensitivos, los neuróticos, los individuos cuyos nervios solo necesitan que la sensación les roce apenas la superficie, para vibrar en un prolongado gemido de dolor o en la vigorosa impulsividad, que es la característica de todas las muchedumbres.
Por eso estas son impresionables y veleidosas como las mujeres apasionadas, puro inconsciente; fogosas, pero llenas de luz fugaz; amantes ante todo de la sensación violenta, del color vivo, de la música ruidosa, del hombre bello y de las grandes estaturas; porque la multitud es sensual, arrebatada y llena de lujuria para el placer de los sentidos. No raciocina, siente. Es poco inteligente, razona mal, pero imagina mucho y deforme; todo lo quiere grande, ampuloso, porque vive en un perpetuo gongorismo moral, ampliando y magnificándolo todo en...




