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E-Book, Spanisch, Band 22, 214 Seiten
Reihe: 100XUNO
Ratzinger Ser cristiano en la era neopagana
3. Auflage 2017
ISBN: 978-84-9055-840-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 22, 214 Seiten
Reihe: 100XUNO
ISBN: 978-84-9055-840-9
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Joseph Ratzinger nació en Marktl am Inn (Alemania) en 1927, y fue ordenado sacerdote en 1951. Es Doctor en Teología desde 1953, y ha sido catedrático, entre los años 1959 y 1969, en las Facultades de Teología de Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona. En 1972 fundó, junto con Urs von Balthasar y Henri de Lubac entre otros, la revista sobre teología Communio. Posteriormente, en 1977, fue nombrado arzobispo de Munich y cardenal. Desde 1981 fue Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y Presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional, hasta que el 19 de abril de 2005 fue elegido Papa y tomó el nombre de Benedicto XVI. Tras ocho años de pontificado, renunció al ministerio papal el 28 de febrero de 2013.
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2. CONCIENCIA Y VERDAD
En la siguiente conferencia, publicada por 30D en 1991, Ratzinger afronta la relación entre conciencia y verdad a la luz de la enseñanza del gran cardenal inglés John Henry Newman.
El problema de la «conciencia» se encuentra situado en el centro del debate actual sobre la vida moral. Ratzinger reconoce que la adhesión a la conciencia es la forma necesaria de la vida moral, pero rechaza tajantemente la reducción de la «conciencia» a la certidumbre subjetiva, que en muchos casos es un mero reflejo de las opiniones difundidas en el ambiente social.
Para Ratzinger, como para Newman, la primacía de la conciencia no significa que el sujeto es el criterio decisivo frente a las pretensiones de la autoridad, sino la presencia perceptible e imperiosa de la voz de la verdad dentro del sujeto mismo.
* * *
En el actual debate sobre la naturaleza propia de la moralidad y sobre las modalidades de su conocimiento, la cuestión de la conciencia se ha convertido en el punto crucial de la discusión, sobre todo en el ámbito de la teología moral católica. El debate gira en torno a los conceptos de libertad y de norma, de autonomía y de heteronomía, de autodeterminación y de determinación desde el exterior mediante la autoridad. En él a la conciencia se la presenta como el baluarte de la libertad frente a las limitaciones de la existencia impuestas por la autoridad. En dicho contexto están contrapuestas de este modo dos concepciones del catolicismo: por una parte, la comprensión renovada de su esencia, que explica la fe cristiana partiendo de la libertad y como principio de la libertad, y, por otra, un modelo superado, «preconciliar», que somete la existencia cristiana a la autoridad, la cual mediante normas regula la vida hasta en sus aspectos más íntimos y trata de esta manera de mantener un poder de control sobre los hombres. Así pues, «moral de la conciencia» y «moral de la autoridad» parecen contraponerse entre sí como dos modelos incompatibles; la libertad de los cristianos se pondría a salvo apelándose al principio clásico de la tradición moral, según el cual la conciencia es la norma suprema que siempre se debe seguir, incluso frente a la autoridad. Y si la autoridad —en este caso el Magisterio eclesiástico— quiere tratar de la moral, desde luego que puede hacerlo, pero solamente proponiendo elementos para que la conciencia se forme un juicio autónomo, si bien aquella ha de tener siempre la última palabra. Algunos autores conectan este carácter de última instancia, propio de la conciencia, a la fórmula según la cual la conciencia es infalible.
Llegados aquí se puede presentar una contradicción. Ni que decir tiene que siempre se ha de seguir un dictamen claro de la conciencia, o que por lo menos, nunca se puede ir contra él. Pero otra cuestión es si el juicio de conciencia, o lo que se toma como tal, tiene también siempre razón, es decir, si es infalible. Si así fuera, querría decir que no existe ninguna verdad —por lo menos en materia de moral y religión; es decir, en el ámbito de los fundamentos de nuestra existencia—. Desde el momento en que los juicios de conciencia se contradicen, se tendría solo una verdad del sujeto, que se reduciría a su sinceridad. No habría ni puerta ni ventana que pudiera llevarnos del sujeto al mundo circunstante y a la comunión de los hombres. Aquel que tenga el valor de llevar esta concepción hasta sus últimas consecuencias llegará a la conclusión de que no existe ninguna verdadera libertad y que lo que suponemos que son dictámenes de la conciencia no son en realidad más que reflejos de las condiciones sociales. Esto tendría que llevar al convencimiento de que la contraposición entre libertad y autoridad deja algo de lado; que tiene que haber algo aún más profundo, si se quiere que libertad y, por consiguiente, humanidad, tengan un sentido.
1. Una conversación sobre la conciencia errónea y algunas primeras conclusiones
De esta manera se ha hecho evidente que la cuestión de la conciencia nos lleva al centro del problema moral, de la misma manera que la cuestión de la existencia humana. Ahora quisiera tratar de exponer la referida cuestión, no como reflexión rigurosamente conceptual, sino más bien de forma narrativa, como hoy se dice, contando antes que nada la historia de mi acercamiento personal a este problema. La primera vez que fui consciente de la cuestión, en toda su urgencia, fue al principio de mi actividad académica. Una vez, un colega más anciano, muy interesado en la situación del ser cristiano en nuestro tiempo, opinaba en una discusión que había que dar gracias a Dios por haber concedido a tantos hombres la posibilidad de ser no creyentes en buena conciencia. Si se les hubiera abierto los ojos y se hubieran hecho creyentes, no habrían sido capaces, en un mundo como el nuestro, de llevar el peso de la fe y sus deberes morales. Sin embargo, y puesto que recorren un camino diferente en buena conciencia, pueden igualmente alcanzar la salvación. Lo que me asombró de esta afirmación no fue tanto la idea de una conciencia errónea concedida por Dios mismo para poder salvar con esta estratagema a los hombres, la idea, por así decir, de una ceguera mandada por Dios mismo para la salvación de estas personas. Lo que me turbó fue la concepción de que la fe es un peso difícil de sobrellevar y que solo pueden soportarlo naturalezas particularmente fuertes: casi una forma de castigo, y siempre un conjunto oneroso de exigencias difíciles de afrontar. Según esta concepción, la fe, en lugar de hacer más accesible la salvación, la dificulta. Así pues, tendría que ser feliz precisamente aquel a quien no se le carga con el peso de tener que creer y de tener que someterse al yugo moral que conlleva la fe de la Iglesia católica. La conciencia errónea, que permite vivir una vida más fácil e indica un camino más humano, sería por lo tanto la verdadera gracia, el camino normal hacia la salvación. La no verdad, el quedarse lejos de la verdad, sería para el hombre mejor que la verdad. No sería la verdad lo que le liberaría, sino más bien tendría que liberarse de ella. Dentro de su propia casa, el hombre estaría más en las tinieblas que en la luz; la fe no sería un don de Dios, sino más bien una maldición. Así las cosas, ¿cómo puede la fe provocar gozo? Más aún, ¿quién podría tener el valor de transmitir la fe a los demás? ¿No será mejor ahorrarles este peso o incluso mantenerlos lejos de él? En los últimos decenios, concepciones de este tipo han paralizado visiblemente el impulso de la evangelización: quien entiende la fe como una carga pesada, como una imposición de exigencias morales, no puede invitar a los otros a creer, más bien prefiere dejarles en la presunta libertad de su buena fe. Quien hablaba de esta manera era un sincero creyente, mejor dicho, un católico riguroso, que cumplía con su deber con convicción y escrupulosidad. Sin embargo, expresaba de esta manera una modalidad de experiencia de fe que puede solo inquietar y cuya difusión podría ser fatal para la fe. La aversión, que llega a ser traumática en muchos, contra lo que consideran un tipo de catolicismo «preconciliar» deriva, en mi opinión, del encuentro con una fe de este tipo, que hoy casi no es más que un peso. Aquí sí que surgen cuestiones de la máxima importancia: ¿Puede verdaderamente una fe semejante ser un encuentro con la verdad? La verdad sobre el hombre y sobre Dios, ¿es de veras tan triste y tan pesada, o en cambio la verdad no consiste, precisamente, en la superación de un legalismo similar? ¿Es que no consiste en la libertad? ¿Pero adónde conduce la libertad? ¿Qué camino nos indica? En la conclusión tendremos que volver a estos problemas fundamentales de la existencia cristiana hoy, pero antes es menester volver al núcleo central de nuestro tema, a la conciencia. Como ya he dicho, lo que me asustó del argumento antes mencionado fue sobre todo la caricatura de la fe, que yo creí entrever. Sin embargo, reflexionando desde otro ángulo, me pareció que era falso incluso el concepto de conciencia del que se partía. La conciencia errónea protege al hombre de las onerosas exigencias de la verdad y así la salva...; esta era la argumentación. Aquí la conciencia no se presenta como la ventana desde la que el hombre abarca con su vista la verdad universal, que nos funda y sostiene a todos y que una vez reconocida por todos hace posible la solidaridad del querer y la responsabilidad. En esta concepción, la conciencia no es la apertura del hombre hacia el fundamento de su ser, la posibilidad de percibir lo más elevado y esencial. Más bien parece ser el cascarón de la subjetividad, en el que el hombre se puede esconder huyendo de la realidad. Está aquí presupuesto, precisamente, el concepto de conciencia del liberalismo. La conciencia no abre las puertas al camino liberador de la verdad, la cual o no existe en absoluto o es demasiado exigente para nosotros. La conciencia es la instancia que nos exime de la verdad. Se transforma en la justificación de la subjetividad, que ya no se deja poner en discusión, y así como en la justificación del conformismo social, que como mínimo común denominador entre las diferentes subjetividades, tiene como tarea el hacer posible la vida en la sociedad. Desaparece el deber de buscar la verdad, como también las dudas sobre las tendencias generales predominantes en la sociedad y todo lo que en ella se ha vuelto costumbre. Es suficiente estar convencido de las propias opiniones, así como adaptarse a las de los demás. El hombre queda reducido a sus convicciones superficiales que, cuanto menos profundas sean, tanto mejor para él.
Lo que en un principio me había parecido solo marginalmente claro, en...




