Ravelo | La ceguera del cangrejo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 431, 360 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Ravelo La ceguera del cangrejo


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17860-35-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 431, 360 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-17860-35-6
Verlag: Siruela
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«No es cierto que la novela negra española no esté abordando la corrupción y la injusticia en este país. Hay autores que nos cuentan los sufrimientos cotidianos de los de abajo y la inmensa caradura de los de arriba. Alexis Ravelo, escritor negro del linaje de Juan Madrid y Andreu Martín, es uno de ellos».JAVIER VALENZUELA, Infolibre Oficialmente, la historiadora del arte Olga Herrera falleció en un absurdo accidente en Lanzarote mientras ultimaba una biografía del más famoso artista de la isla: César Manrique. Pero para Ángel Fuentes, militar de profesión destinado en el Líbano y compañero sentimental de la víctima, la verdad de su muerte tuvo que ser otra, aunque nadie salvo a él le interese averiguarla. Recién aterrizado en suelo canario, el sargento Fuentes irá reproduciendo a través del volcánico paisaje lanzaroteño el itinerario que realizó su pareja para documentarse. Pero no tardará en sospechar que no está solo en su viaje, que hay quien sigue sus pasos como antes debió de seguir los de Olga, que ella debió descubrir algo que muchos están dispuestos a silenciar... Sobre una telúrica e incomparable geografía, a la vez física y simbólica, La ceguera del cangrejo despliega una absorbente intriga criminal en la que todos sus protagonistas se ven enfrentados a dos únicas opciones: abrir los ojos para encarar la verdad o, como los cangrejos que habitan los Jameos del Agua, vivir ciegos y ajenos a la realidad.

Alexis Ravelo (Las Palmas de Gran Canaria, 1971-2023) cursó estudios de Filosofía pura y asistió a talleres creativos impartidos por Mario Merlino, Augusto Monterroso y Alfredo Bryce Echenique. Dramaturgo, autor de tres libros de relatos y de varios libros infantiles y juveniles, logró hacerse un hueco en el panorama narrativo actual con sus novelas negras, que merecieron diversos reconocimientos, entre ellos el prestigioso Premio Hammett a la mejor novela negra y el Premio de Novela Café Gijón. Siruela ha publicado La otra vida de Ned Blackbird (2016), Los milagros prohibidos (2017), La ceguera del cangrejo (2018),  Un tío con una bolsa en la cabeza (2020) y Los nombres prestados (2022), así como su colaboración en la antología Tiempos negros (2017).
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El hotel era profuso en cartelitos que prohibían fumar y amenazaba con recargar la factura de los infractores con setenta y cinco euros en concepto de «limpieza profunda de la habitación». Ángel Fuentes se había alojado en establecimientos donde la limpieza profunda de la habitación era más cara, pero cuando estaba en su casa tampoco solía fumar en su dormitorio: era una de las pocas restricciones que Olga había impuesto en su cotidianeidad y él la había convertido en norma. Así que salió al balcón para fumar un cigarrillo y comprobar, de paso, que le habían dado justo lo que había reservado por internet: una habitación doble con vistas al mar. Y el mar era el gigantesco animal dormido que había allí, al otro lado de la carretera, tumbado sobre la costa entre el islote del Francés y la punta de La Lagarta, de un verde y un azul que, pronto lo comprobaría, nunca eran los mismos; una alfombra falsamente llana que, de haber podido atravesarla en línea recta desde donde se encontraba, lo habría llevado al Sáhara Occidental, acaso a algún punto desolado de la inmensidad que se extiende entre Akhfennir y Tarfaya. Pensó, sin poder evitarlo, en otros desiertos en los que había estado, en la inmensidad arenosa entre Irak y Arabia Saudí, en el desierto de Registán, en toda aquella belleza y todo aquel miedo, mientras miraba la estampa cercana: la chica que se bañaba con su perro lanudo en la caletilla que había entre el Puente de las Bolas y el Nuevo, los turistas que cruzaban ambos, el taxista de la parada cercana que se entretenía, como quien echa millo a las palomas, arrojando pan a las lisas que frecuentaban los bajíos.

El Puente de las Bolas se llamaba así por las dos esferas de piedra que coronaban las columnas de un puente levadizo que ya no volvería a elevarse, porque el Castillo de San Gabriel ya no servía para defenderse, sino como museo y zona de recreo. Ángel se acordó de la base Miguel de Cervantes, de donde había regresado hacía unas semanas, y la soñó convertida en un enorme parque público para la gente de Marjayún. Eso fue durante solo unos segundos, los que tardó en darse cuenta de que ya casi se había acabado el cigarrillo. En el balcón no había cenicero, así que, sin miramiento alguno, arrojó la colilla a la calle y entró para deshacer la maleta. Tenía ropa para una semana. Si se quedaba más tiempo, ya vería si compraba o lavaba.

Aunque estuviese algo anticuada, la habitación era amable y luminosa: la puerta se abría con una llave convencional y no con una de esas tarjetas magnéticas, el suelo estaba cubierto por una castigada moqueta gris y el ropero era un enorme armario empotrado. Junto a las puertas acristaladas del balcón, había un escritorio amplio, de los que se compran por lotes para oficinas. Sobre él había una bandeja con un calentador de agua, un par de tazas y sobrecitos de infusiones y de azúcar. Bajo la mesa descubrió una neverita. Pronosticó cervezas, un bote de nescafé, paquetes de papas o de frutos secos que le entretuvieran el hambre en los ratos muertos. Cerca de allí habría algún sitio donde comprarlos.

Dedicó un rato a organizarse un pequeño despacho en el hueco que dejaba la bandeja. Situó su portátil y, junto a él, puso un bloc escolar y un bolígrafo. Después comenzó a sacar del bolso de viaje las cosas de Olga, esparciéndolas en principio sobre la cama, para luego ir acomodándolas en la mesa: el móvil, la tarjeta de memoria de la cámara fotográfica, las subcarpetas amarillas (que contenían respectivamente, tal y como sus etiquetas anunciaban, recortes sobre César Manrique y recortes sobre Lanzarote), el disco duro externo y los tres cuadernos.

Por supuesto, cuando Alfonso le entregó todos aquellos objetos, él ya los había visto en múltiples ocasiones en las manos de ella, en sus bolsos, en sus maletas, en las mesas de noche o los escritorios de su casa o de los hoteles y apartamentos que habían compartido. Y, antes de venir, había estado leyendo los cuadernos y el borrador. No lo había hecho porque fuera a venir a Lanzarote; la cosa era al revés: había venido a Lanzarote porque los había estado leyendo.

Olga solía ser minuciosa y ordenada en su trabajo. Aquellos cuadernos Moleskine o Paperblanks se iban preñando con su caligrafía pulcra de escolar diligente distribuida en renglones rectos que formaban párrafos rigurosamente marginados. Esos primeros apuntes eran los borradores que iban creciendo y perfeccionándose cuando los pasaba al ordenador. Picar texto, lo llamaba ella. Ángel no había tenido necesidad de traerse el portátil pequeño y fiable que también viajaba siempre con ella, porque Olga almacenaba sus trabajos en el disco duro externo. Un lápiz de memoria no le habría bastado: su labor involucraba el tratamiento de innumerables series de imágenes que reproducían obras plásticas, pero también fotos de personas y entornos, catálogos expositivos, recortes de hemeroteca y hasta maquetas de instalaciones. Ángel dejó a un lado los cuadernos y las carpetas de documentación, inició su ordenador y le conectó el disco duro.

Volvió a abrir la carpeta de las fotos. Días atrás, cuando Alfonso le entregó el bolso de viaje con las pertenencias de ella, fue lo primero que hizo: conectar el disco, explorarlo y dar enseguida con las fotos, las interminables series de fotos que Olga había hecho en sus últimos tiempos: panorámicas del Mirador del Río, el interior de los Jameos, la Casa del Palmeral, vistas de Timanfaya, de la Casa del Taro de Tahíche o los malpaíses que la rodeaban; planos detalle de tuneras, euforbias, veroles o higueras que crecían en lugares inesperados; estudios de las obras de César Manrique, tanto de los cuadros que había en los diferentes museos como de las esculturas que salpicaban las carreteras de la isla. Aparecían pocas personas en aquellas fotos: Sonia, sola o con Julia; un perro o un niño que se le habían cruzado y Olga había querido incluir en la composición; un grupo de hombres viejos en la mesa de un café que habían accedido a ser arrastrados por ella mientras jugaban al envite; un tipo alto con barba gris que debía de ser algún experto en Manrique, porque posaba señalando uno de sus murales y, por último, despertando la curiosidad de Ángel y cierta incomodidad que fue creciéndole en la boca del estómago, el treintañero insultantemente atractivo a quien bautizó al instante como Míster Sonrisas.

En una de las fotos estaba sentado al otro lado de una mesa que, evidentemente, había compartido con Olga en un restaurante playero. Ahí se le veía bien de cintura para arriba: tenía ojos negros, cabellos castaños peinados con un flequillo, una camisa blanquísima de algodón que el tipo llevaba a la ibicenca, con las mangas y el cuello mao sin abotonar. Sonreía mostrando unos dientes aún más blancos que la camisa y, en conjunto, parecía sacado de un anuncio de colonia. En otra, vestido con un polo celeste y unos bermudas que tiraban al amarillo pastel, enseñaba nuevamente aquella sonrisa destellante apoyado en el vano de la puerta de un presumible museo y Ángel comprobó que debía de ser alto y con un cuerpo fibroso pero musculado por el ejercicio y la buena dieta. La última foto de Míster Sonrisas había sido robada por Olga: aparecía de perfil, sentado en una mesa de terraza sobre la que había una taza de café, leyendo un libro de bolsillo. Ella lo había sorprendido en esa actitud y había decidido que era una estampa interesante la del guapetón leyendo sin saber que estaba siendo observado. Aquí no había blancura de dientes, pero sí la evidencia de que a Olga le gustaba verlo, de que la atraía lo suficiente para hacerle fotos furtivas, de que para ella tenía algo de animal bello que valía la pena retratar. Por eso esta fue la foto que más le jodió.

Recordó cómo se le había helado la sangre la primera vez que la vio, hacía ahora un par de semanas, en la soledad de la casa de La Minilla. Quién carajo era aquel elemento y qué cojones hacía con Olga; eso fue lo primero que se propuso averiguar. Pero luego decidió no comportarse como el energúmeno que se sabía capaz de ser, no llamar inmediatamente a Sonia para preguntarle, no conectar el móvil de Olga para buscar mensajes comprometedores ni ponerse a rebuscar como un loco entre sus cosas hasta encontrar las pruebas de una traición que, de momento, solo estaba en su cabeza. Y en este instante, al sentir de nuevo aquellos celos, volvió a dominarse: si el tipo debía aparecer, lo haría; si no, se lo tomaría como una anécdota. No había venido para reclamar unos derechos de macho lastimadito que ya no tenían sentido. Había venido para otra cosa, aunque no supiera exactamente cuál. Por eso cerró la carpeta de fotos y comprobó, como si temiese que algo los hubiese hecho desaparecer, que los demás archivos estaban allí, que la última carpeta editada continuaba siendo la que se llamaba «CMVO» y correspondía al título provisional del libro de Olga: César Manrique: una vida, una obra. La carpeta también contenía archivos de imagen, pero sobre todo de texto. Uno de ellos, «Proyecto», detallaba los objetivos del libro, la obtención de la beca, el acuerdo alcanzado con la editorial y referencias a la extensión de los plazos de entrega. El segundo era una copia del contrato. El tercer documento se titulaba «Plan General». Consistía en un sumario de las diferentes partes que tendría el libro. Ángel había curioseado durante días en los archivos. De algunos de ellos no había entendido nada, sobre todo porque estaban en alemán o en francés. Parecían artículos de revistas de arte escaneados. Pero se había centrado, sobre todo, en un doc titulado «CMVO_provisional», porque ese era el...



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