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E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Ravelo La estrategia del pequinés
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-15098-89-8
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 320 Seiten
ISBN: 978-84-15098-89-8
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Alexis Ravelo (1971) es un escritor calvo que nació y sobrevive a régimen de cervezas y bocadillos de chopped en Las Palmas de Gran Canaria. De procedencia humilde, su primera novela, Tres funerales para Eladio Monroy, supuso un inesperado éxito que le ha llevado a escribir otros tres libros con el mismo personaje: Solo los muertos, Los tipos duros no leen poesía y Morir despacio. Ha perpetrado, además, otras dos novelas de semen y sangre: La noche de piedra y Los días de mercurio. Tres libros de relatos (Segundas personas, Ceremonias de interior y Algunos textículos) y media docena de libros infantiles completan hasta ahora su bibliografía, si exceptuamos volúmenes colectivos y antologías, como Relato español actual, de Fondo de Cultura Económica, y Por favor, sea breve 2, de Páginas de Espuma. En el 2013 ganó el XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe con La última tumba. Con su anterior novela, La estrategia del pequinés, obtuvo el Premio Dashiell Hammett 2014 a la mejor novela negra publicada en español, y otros galardones como el Premio Novelpol (ex aequo con Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann), el Premio Tormo 2014 y el Premio LeeMisterio 2013 al Mejor Personaje Femenino. Imparte talleres de escritura en centros educativos, bibliotecas y prisiones, diseña y coordina actividades de animación a la lectura y colabora semanalmente en programas radiofónicos. Ocupa un lugar relevante en la narrativa española actual y se ha destacado, de su estilo, su eficiencia narrativa y su habilidad para combinar la amenidad y la reflexión en argumentos de claro compromiso ético. Sigue sospechando que Dios está de vacaciones.
Autoren/Hrsg.
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Confecciones Mendoza e Hijo
1
«CONFECCIONES MENDOZA E HIJO»
Los caracteres del rótulo son casi tan casposos como la denominación, pero no tanto como el propio negocio, consistente en un almacén con minúscula oficina y cuarto de aseo, dos escaparates, un mostrador, tres cubículos con cortinas que sirven de probadores y noventa metros cuadrados de exposición de prendas de vestir que ya habían pasado de moda hace veinte años. El comercio está situado en la larga cuesta de la calle Pedro Infinito, la espina dorsal de Schamann, uno de los barrios construidos sobre las deslomadas que dominan la ciudad y que el franquismo eligió hace sesenta años para desterrar a las clases populares que estorbaban en las zonas más céntricas de la ciudad, confiriéndoles la eufemística pero exacta denominación de Ciudad Alta.
Confecciones Mendoza e Hijo (como la calle Pedro Infinito en general) fue un establecimiento comercial de prestigio entre los habitantes de esa Ciudad Alta. Eso ocurrió antes de que los centros comerciales aplastaran a todos aquellos medianos y pequeños empresarios que no se dieron prisa suficiente en arrendar franquicias de empresas foráneas, ocupando locales en alguno de los monstruos de cemento y metal que rodean la ciudad como si quisieran redoblar su aislamiento.
Ahora la tienda es un vestigio del pasado. A veces entra alguna clienta fiel (solo las clientas fieles continúan ya acudiendo a Mendoza e Hijo), deja que Pilar le muestre lo que ella denomina «novedades» e incluso adquiere alguna prenda para uso personal o para hacer un detallito a nietos, sobrinos, cuñados, sobrinos nietos o cualquier otro familiar político o consanguíneo el cual acabará escupiéndole secretamente en el nombre.
Pilar, como el letrero, el mobiliario y gran parte del stock, es una herencia de los tiempos de don Fulgencio Mendoza, para quien comenzó a trabajar a los veinticinco y, como el stock, el mobiliario y el letrero, ha continuado trabajando allí, tan fiel a Mendoza e Hijo como la parca congregación de clientas.
Ahora va para los sesenta, pesa el doble que entonces, viste discretos conjuntitos de chaqueta y falda que le confieren un aire de neutra seriedad y su melena castaña se ha convertido en un casquete redondo de resecos cabellos color vino. Pilar se ha adaptado a la TDT, al euro y al ordenador, pero le cuesta llamar Júnior a su jefe, en lugar de don Fulgencio, que es como llamó siempre a su padre, quengloriaesté.
Se pregunta cómo puede seguir a flote el negocio; cómo puede ser que la empresa sobreviva a la que está cayendo sin dejar de pagar ni una factura; cómo puede ser que, con cajas que a veces no llegan ni a los cien euros, ella cobre puntualmente su mensualidad y sus pagas.
No lo dice, por supuesto, pero sospecha que Júnior (don Fulgencio Hijo) tiene otros negocios, negocios que a don Fulgencio Padre, quengloriaesté, lo volverían a llevar a la tumba si alguna vez le diera por levantar la cabeza.
Esos deben de ser los negocios que le hacen mantenerse encerrado en la oficina las pocas horas que pasa en Confecciones Mendoza e Hijo; los que hacen que responda con cordial indolencia, con diplomático desinterés a cualquier duda o petición relacionada con la empresa; los que provocan las visitas de esos amigos tan raros que de vez en cuando vienen a verlo y se reúnen con él allí, en su oficina, durante un rato, para después salir y, tal y como hicieron al llegar, saludar con una educación a la que se nota que no están acostumbrados, antes de arrojarse al tráfico de Pedro Infinito y perderse tal y como han venido.
Ahora mismo, por ejemplo, mientras Pilar atiende a la señora que busca fajas, ha dado los buenos días ese hombre horrible de la cara de caballo, ese bajito y delgado que siempre lleva una riñonera y camina como si perdonara la vida a quien se cruza con él. El individuo ha dado los buenos días intentando que le saliera una sonrisa, pero le salió esa mueca siniestra que hace que las clientas se aferren a sus bolsos. Después ha preguntado por el jefe, como si él fuera un proveedor, y casi no ha esperado a que doña Pilar responda antes de caminar hasta el fondo del local y abrir esa puerta que hay junto a los probadores y lleva escrito: «Prohibido el paso a toda persona ajena al personal».
Pilar, entretanto la clienta se decide entre la faja color carne y la faja color beige, menea la cabeza y suspira, preguntándose cuáles serán esos negocios, si serán asuntos limpios. Seguro que no, teniendo en cuenta cómo fue la juventud de ese muchacho, siempre metido en problemas, siempre trayendo a su padre de cabeza entre comisarías y juzgados. Cuando se casó y tuvo la niña y empezó a trabajar en la tienda pareció enmendarse, pero luego, con la enfermedad de don Fulgencio, quengloriaesté, con el divorcio y la muerte del padre, a Pilar le da la impresión de que ha vuelto a las andadas, aunque ahora más discreto, más astuto, más peligroso. Sin embargo, es mejor callarse. Es mejor mirar para otro lado. Es mejor hacer como que no se sabe nada, que se ignora completamente de dónde viene realmente el dinero que una cobra cada mes. Eso, más o menos, es los que piensa Pilar en el momento en el que la clienta alza finalmente la vista hacia ella desde las fajas y le pregunta si las tienen en marrón.
2
El despacho de Júnior es más bien un cubículo formado por dos tabiques que hacen ángulo recto con las paredes del último rincón del almacén. Hay apenas espacio para dos archivadores, un escritorio minúsculo ocupado casi por completo por un ordenador y dos sillas, aparte de la de Júnior, para que los visitantes puedan sentarse. Sobre la mesa hay un dietario, facturas, rollos de caja registradora usados, impresos para declaraciones trimestrales. De una de las paredes pende un calendario con la reproducción de un espeluznante Sagrado Corazón de Jesús. De otra, un corcho donde chinchetas de colores fijan notas en las que hace meses Júnior se recordaba a sí mismo obligaciones que jamás cumplió.
Todo huele a polvo, a rancia humedad, a senectud demorada. Felo entra. Júnior está leyendo el periódico en Internet.
—Cierra con el fechillo.
Sin pronunciar palabra, Felo cierra la puerta, echa el pestillo y se asegura innecesariamente de que la puerta no podrá abrirse. Luego toma asiento y espera a que Júnior vuelva a hablar. Este despega los ojos de la pantalla y lo mira fijamente.
—Ya lo encontraron. Hace un par de horas —dice Júnior.
—¿Y?
—Y nada. Por ahora, en lo que se piensa es en un borracho que se cae por la mar fea.
—Pero, la paliza...
—Puede haberse hecho todo eso al desriscarse, ¿no? Hay riscos de sobra en toda la costa. Además, apareció en Tinocas, pero pudo haber caído por cualquier lado. Al fin y al cabo, era de la Isleta y lo vieron de farra por el Puerto. Seguramente piensan que se cayó por La Puntilla, tajado. Ya sabes la fama que tenía.
—Ganada a pulso.
—Sí. Y las mareas son muy malas, ¿no?
Felo ensaya una posible explicación oficial:
—Entonces, el Rata se cogió la marimorena y, de camino a la Isleta, se puso a ver el paisaje, por allá, por La Puntilla...
Júnior imita la voz en off de un documental sobre misterios sin resolver:
—O a lo mejor le dio por pasar al otro lado del muro, para echar una meada...
—Es que hay gente que no tiene prudencia maldita —dice Felo, mostrando su sonrisa escalofriante.
Se hace un silencio, que sirve para rubricar el asunto del Rata. Júnior da dos golpecitos con los dedos en el borde de la mesa.
—Bueno, al turrón...
—Al turrón —repite Felo vaciando la riñonera sobre el único espacio libre que queda sobre la tabla. Al terminar de hacerlo, quedan sobre ella tres fajos de billetes y dos bolsas de plástico similares a la que ha entregado a Yerobe—. Esto es lo que hay. Ya desconté lo mío. Todo en orden. Sin problema.
Júnior expresa su satisfacción guiñándole un ojo, mientras toma el dinero y lo cuenta. Después pone una mano sobre las bolsas.
—¿Esto es lo que queda cortado?
Felo asiente.
—Sí. Veinte y veinte. A no ser que tú tengas más.
—Poco más. —Júnior calcula en silencio unos momentos—. Tres... No, cuatro bolsas. Pero ya está preparada y no aguanta otro corte. —Sin levantarse, echa la silla hacia atrás, se quita el colgante, oculto dentro de su camisa violeta y, con la llave que pende de este, abre la puerta de metal disimulada en el suelo. Sin incorporarse, alarga una mano hacia la mesa, coge el dinero y lo introduce en la caja fuerte—. Contando con esto y con que se venda todo lo que tenemos, me siguen faltando sesenta mil para dárselos a la gente del Turco.
Felo se muerde nerviosamente el carrillo, antes de decir:
—Puede que se enrolle, ¿no? La culpa no es tuya.
Júnior hace un mohín.
—Eso cuéntaselo al Turco. Tú no sabes quién es ese tío. Y, de todos modos, el que se fio del Rata fui yo. Si no hubiéramos tenido el fallo ese el año pasado, sería otra cosa. Pero está jodido que vuelvan a tragar otra vez.
—Con intentarlo no pierdes nada.
—Tú no te preocupes de eso. Pilla esas dos bolsas, por si las moscas. Si se ven apurados, me avisas y te paso lo que sea.
Felo vuelve a guardarse la mercancía en la riñonera, se levanta y abre la puerta. Antes de...




