E-Book, Spanisch, Band 3, 250 Seiten
Reihe: Serie Eladio Monroy
Ravelo Los tipos duros no leen poesía
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17847-26-5
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
La tercera de Eladio Monroy
E-Book, Spanisch, Band 3, 250 Seiten
Reihe: Serie Eladio Monroy
ISBN: 978-84-17847-26-5
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Monroy ha vuelto a meterse en un lío. Y puede que esta vez sí le cueste el pellejo, porque se desangra lentamente en un lujoso chalé del sur de Gran Canaria mientras intenta comprender cómo ha podido acabar así. En el origen del asunto están la extraña pareja formada por Melania Escudero y el abogado Alfredo Suárez Smith, una cajita de supuesto valor sentimental, la amante de un millonario difunto y un hombre peligroso que lleva siempre consigo un libro de poemas. Nuevamente, el marinero retirado de la calle Murga se ve envuelto en una oscura trama que desvela algunas de las injusticias de un sistema empeñado en ocultarlas. La serie Eladio Monroy Eladio Monroy no es policía ni detective. Ni siquiera un periodista. Pensionista de la marina, complementa su mísero sueldo con encargos bajo cuerda. Tan sarcástico como sentimental, tan culto como maleducado, se enfrenta a cada problema con astucia, perplejidad y grandes dosis de mala baba. No es que le apetezca andar por ahí investigando a la gente y haciendo justicia. Lo único que quiere es ir echando días para atrás en la ciudad que lo vio nacer. Pero, irremediablemente, siempre acaba viéndose obligado a hacer cosas que nadie hará si no las hace él. Las novelas de la serie Eladio Monroy se inscriben en el hard boiled más clásico y, al mismo tiempo, resultan absolutamente singulares. Ambientadas en Las Palmas de Gran Canaria, bucean en las contradicciones de la sociedad española y las ponen de relieve en argumentos autoconclusivos plagados de giros, humor y violencia.
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1
Quiroga dio un respingo al leer la noticia. Era una sola columna sin muchos detalles perdida en la página de sucesos, pero al leer el nombre de Weinberg sintió cómo las manos se le helaban y tuvo que dejar la taza de café sobre la mesita de la terraza en la que, en ese momento, desayunaba. Por suerte, ni su mujer (que leía, junto a él, el suplemento) ni su hijo menor (que justo en ese instante se lanzaba a la piscina) se percataron del brusco cambio en su expresión, de cómo la sangre abandonaba su rostro buscando los pies en una respuesta de huida. Los verdes ojos de Quiroga pasaron sobre Emilia y el crío, ubicándolos rápidamente, asegurándose de que estaban allí, a su alrededor, vivos y saludables. Ese acto duró un instante. Su mirada volvió luego a pasear por la página del , el mismo ejemplar que Juanito había comprado en el pueblo a primera hora de la mañana junto con el pan y los cigarrillos de Emilia. Ella, en ese momento, dejó el suplemento a un lado y se echó hacia atrás con los ojos cerrados, para que el sol de aquella mañana de agosto le bañara el semblante que afeites y buena alimentación mantenían terso y suave.
—Ojalá no se acabara agosto —dijo.
Quiroga tardó unos segundos en recordar que estaba allí, en su casa de veraneo de la zona alta de Zahara de los Atunes, que era el último domingo de sus vacaciones, que a su lado estaba Emilia, tomando el sol, deseando que agosto no se acabara. Podría haberla sacado de su rutina estival con una sola frase. Aunque, pensó, ¿qué prisa había? Dejó el periódico abierto en la mesa y enseguida dio con una respuesta.
—Para ti no tiene por qué acabarse. —Ella hizo un mohín, como si Quiroga hubiera dicho una estupidez—. Lucas no empieza a ir a clase hasta mediados de septiembre. Puedes quedarte una semana más.
—¿Nosotros solos?
—Como si fuera la primera vez.
—Antes era distinto. Con Carla fuera, la casa se me hace enorme.
—Tendrás que acostumbrarte —dijo Quiroga, tomando una tostada y comenzando a untarla con mantequilla mientras procuraba que las manos no le temblaran—. Ya pasó un par de semanas con nosotros. Si se va a estar todo el curso allí, tendrá que instalarse como es debido, hacerse al sitio...
Emilia se incorporó, abrió los ojos, desperezándose, y encendió un cigarrillo.
—Ya lo sé, Pepe. Pero qué quieres que le haga: esta casa, tan grande, para que la llenemos solos el niño y yo...
—También están Juanito y Norma. Te harán compañía.
—Sí, pero no es lo mismo. Aunque sean como de la familia, no la familia.
—Norma adora a Lucas. Le trata como si fuera su abuela.
—Sí, Pepe, pero no lo es —protestó Emilia—. Si tú pudieras quedarte también una semanita...
Quiroga terminó de untar la tostada y, antes de llevársela a la boca, respondió:
—Ya sabes lo que hay. Tengo que estar el martes en Madrid sí o sí. Mira: si te quieres quedar, te quedas, si no te quieres quedar, no te quedes. Pero el trabajo es sagrado.
—Está bien, hijo. Siempre igual: «El trabajo es sagrado». Pues, mira, la familia también.
—Creo que yo, a mi familia, la tengo perfectamente atendida. Por cierto, ¿te molesta que coma mientras fumas? —agregó, mirando con asco al cenicero.
Emilia se levantó con brusquedad, cogió el cenicero y se fue al otro lado de la piscina. Se despojó del pareo y se tumbó en la hamaca, siempre sin dejar de fumar. Lucas había salido de la piscina y estaba ahora sentado en el suelo, bajo el flamboyán del rincón, jugando con su consola.
Quiroga pensó que a su mujer ya se le pasaría el enfado. Y que, mientras tanto, él procuraría mantener la calma. Tenía que pensar con claridad. Leyó la noticia por tercera vez, intentando creérsela; porque seguía resultándole increíble que Weinberg hubiera muerto y, mucho menos, de aquella manera, que parecía sacada de una de aquellas noveluchas que Emilia leía por las noches.
Había visto a Weinberg por última vez a finales de julio, cuando se reunieron para hablar sobre lo que iban a hacer. Ese día decidieron negociar con Santos y pedirle algo de tiempo mientras aclaraban la situación. Le telefonearon y acordaron solucionar el asunto en un par de semanas. Pero luego Weinberg se había ido de crucero y no habían vuelto a tener más que un contacto telefónico hacía un par de semanas. En esa conversación (él estaba ya en Zahara y Weinberg acababa de volver del crucero y partía para su casa de Gran Canaria), Weinberg le había contado que había iniciado un par de gestiones y que la cosa tenía pinta de poder arreglarse pronto.
Pero Weinberg no había ido a Gran Canaria. O lo había hecho y había regresado a Madrid antes de tiempo. Ahora estaría en un depósito de cadáveres. Alguien había asaltado su casa de la Sierra y lo había torturado hasta la muerte. Al menos eso era lo que daba a entender el . Quiroga se negaba a creer que aquello fuera obra de la gente de Santos. Eso no tenía sentido. Tenía que tratarse de una casualidad. De una terrible, abominable, inoportuna casualidad. Sea como fuere, ahora le tocaría a él finalizar aquellas gestiones y pedirle a Santos que ampliara el plazo, ya sobrepasado.
En el mismo instante en que pensaba esto, apareció Norma con sus ochenta kilos de carnes colombianas cebadas con frijoles y arroz, y el inalámbrico en su mano regordeta, anunciándole que tenía una llamada.
—¿Quién es? —preguntó, procurando que no se le notase que se había sobresaltado. Desde el otro lado de la piscina, Emilia miraba también hacia Norma, extrañada.
—No lo sé, señor José Luis. Un hombre. No me quiso decir.
—Está bien —dijo Quiroga con toda la naturalidad posible, tomando el aparato de manos de la mujer—. Pero deberías haber preguntado, Norma —añadió mientras, aferrando instintivamente el periódico, se levantaba y entraba en el despacho, justo antes de cerrar tras de sí la puerta acristalada.
Santos, desde el otro lado de la línea, preguntó:
—¿Has leído la prensa?
—Sí. Acabo de verlo. Iba a llamarte ahora, porque...
—Una pena, lo de Weinberg —lo interrumpió Santos.
—Aún no puedo creer...
—La vida es así —volvió a interrumpirlo Santos, con frialdad—: un día estás dirigiendo un banco y otro día estás en el suelo, con una soga al cuello.
Santos hizo una pausa para permitir a Quiroga caer en la cuenta de que el periódico no mencionaba soga alguna. Después continuó hablando a media voz, con el tono de una serpiente con la piel recién mudada.
—Debió de sufrir mucho. He oído que le dieron una paliza de muerte. Le sacaron un ojo. Creo que utilizaron una cucharilla para hacerlo, pero de eso no ando muy seguro. Lo que sí sé es que le reventaron un huevo con un martillo. Se lo pusieron sobre la mesa de su despacho y... ¡Pum! ¿Te imaginas? Qué horror.
Quiroga volvió a disponer de unos segundos para pensar.
—Supongo que habrán pensado que los ladrones buscaban sacarle la combinación de la caja fuerte. Pero a lo mejor buscaban otra cosa. Y, dentro de lo malo, Weinberg tuvo suerte.
—No entiendo.
—Digo que tuvo suerte: era viudo y sin hijos. Imagínate que Weinberg hubiera tenido una mujer más o menos joven y guapa. O una hija adolescente. O un niño pequeño. No le habrían torturado a él. Se lo habrían hecho a ellos. Vete a saber la de atrocidades que...
Ahora fue Quiroga quien interrumpió a Santos.
—Santos, yo... Weinberg y yo les pedimos tiempo y ustedes nos lo dieron.
La voz de Santos perdió toda su suavidad al decir:
—Mi gente os dio un par de semanas. Solamente un par de semanas. Eso fue en julio. Y estamos a finales de agosto.
—Ya, pero... Yo... Yo no sé más de lo que pudiera saber Weinberg.
—Pepe, no tienes que darme explicaciones. Yo confío en ti. Pero también confiaba en Weinberg, y, fíjate... Hay muchas cosas que no dependen de mí, Pepe. Ya sabes: soy un mandado. —Santos hizo una nueva pausa—. Y, aunque no lo fuera, uno no puede controlarlo todo, Pepe. Uno no puede evitar, por ejemplo, que tres rufianes entren un día en casa de un amigo y lo desgracien. A él y a los suyos. Por cierto, ¿qué tal le va a Carla en Londres? ¿Se adapta bien?
Quiroga no respondió; la pregunta era retórica y ambos lo sabían.
—Primero tengo que hacer una gestión —se limitó a decir.
—Pues hazla.
—Intentaré hacerla lo antes posible. Pero ten en cuenta que la oficina en...
—La oficina no es mi problema, sino el tuyo. Y, piensa en una cosa: será mejor para todos, sobre todo para ti, que continúe sin serlo.
Cuando Santos cortó, Quiroga permaneció sentado en la silla giratoria, mirando a las fotos que llenaban la pared. En una de ellas, Hossman, Weinberg y él mismo posaban sonrientes y algo achispados, en mangas de camisa y con puros y copas de Hennesy en Casa Lucio. Aquella foto había sido tomada hacía años. Acababan de firmar el acuerdo mediante el cual se asociaban. Entonces no tenía aún esta casa. No hubiese podido permitírsela. Él era el más joven de los tres y el trato con los dos alemanes constituía la oportunidad de su vida. Oportunidad que supo aprovechar. Más tarde, fue Hossman quien propuso hacer negocios con Santos. Y Weinberg quien primero vio las ventajas de esa asociación. Ahora ambos estaban muertos.
Aún tenía el periódico ante sí. Dentro de poco comenzarían a llamar los de la oficina. Quizá también algún competidor. Acaso la prensa. Tenía que adelantar el viaje a Madrid y hacerse cargo de la situación. También reunirse con los abogados....




