E-Book, Spanisch, 310 Seiten
Ravelo Morir despacio
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17847-56-2
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 310 Seiten
ISBN: 978-84-17847-56-2
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
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Alexis Ravelo (1971) es un escritor calvo que nació y aún sobrevive a régimen de cervezas y bocadillos dec hopped en Las Palmas de Gran Canaria. Contra todo pronóstico, ocupa un lugar relevante en la narrativa española actual. Además de novelas, ha escrito libros infantiles, volúmenes de relatos para adultos, guiones, obras teatrales y hasta el libreto de una ópera.Su primera novela fue Tres funerales para Eladio Monroy, que abre una serie de novelas protagonizadas por el mismo personaje: Solo los muertos, Los tipos duros no leen poesía y Morir despacio. También publicó el díptico 'La iniquidad', formado por La noche de piedra y Los días de mercurio.La estrategia del pequinés supuso su descubrimiento por parte de la crítica y los medios nacionales. Constantemente reeditada y a punto de ser adaptada al cine, obtuvo el Premio Dashiell Hammett 2014, así como otros galardones entre los que figuran el Premio Tormo 2014 o el Premio Novelpol 2014 (ex aequo con Donde lenguas, escrito por Rosa Ribas y Sabine Hofmann). Tras esta novela, vinieron otras, también de semen y sangre: La última tumba (XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe), Las flores no sangran (PremioValencia Negra 2014 y también traducida al francés) o El viento y la sangre, escrita con seudónimo comoM. A. West. Ahora, tras explorar otros caminos literarios con sus novelas más recientes (La otra vida de Ned Blackbird y Los milagros prohibidos), Ravelo retoma su saga más golfa, irreverente y crítica. Y, como siempre, sospecha que Dios está de vacaciones.
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EL HOMBRE DE TOMÁS MORALES
Ernesto Barroso no vivía lejos. Monroy subió la calle Aguadulce y, al llegar al paseo de Tomás Morales, giró a la derecha. No tuvo que andar demasiado para dar con la dirección. Consultó el directorio del portero automático. El nombre figuraba en el botón correspondiente al 4.º A. Nada más pulsarlo le respondió una voz de mujer. Temió haberse equivocado, pero, en cuanto dio su nombre, un chisporroteo eléctrico liberó la cerradura del portal. Atravesó un zaguán angosto, un túnel de espejos que multiplicaban la sensación de amplitud y, tras cruzar un burocrático saludo con un conserje que ordenaba correspondencia en el mostrador adyacente, subió en un ascensor de última generación cuyo hilo musical le escupió en las meninges algo de Kenny G.
Al llegar ante la puerta de Ernesto Barroso, se encontró con que esta ya estaba abierta. En el umbral lo esperaba una mujer de unos cincuenta años, rellenita y de piel aceitunada, vestida con un sencillo traje estampado protegido por un mandil de hule. La mujer sonreía con amabilidad.
—¿Don Eladio? Pase, por favor —invitó con un deje cantarín que podía ser de Ecuador o de Colombia, mostrándole el camino con un gesto de la mano—. Don Ernesto lo está esperando.
Orientado por la mujer, Monroy recorrió un pasillo de paredes pintadas de color salmón donde se alternaban algunos cuadros que no se detuvo a contemplar. Pasó ante varias puertas cerradas y, finalmente, a indicación de la mujer, entró en una sala diáfana que daba a Tomás Morales. Allí, junto al ventanal, halló al hombre que lo había telefoneado. Ernesto Barroso era, efectivamente, un anciano de actitud afable. Delgado, de mediana estatura, iba vestido con unos sencillos pantalones de pinzas de color beis y una camisa a rayas. Al verlo entrar, se dirigió hacia él con un gesto de manos abiertas, adelantando una para ofrecérsela. Sus movimientos eran ágiles y precisos, quizá demasiado para alguien que debía de tener, con toda probabilidad, unos ochenta años. El apretón de manos fue firme, y lo primero que a Eladio le llamó la atención de su rostro fueron los ojos castaños. En ellos había dulzura, pero también cierta opacidad, como si la dulzura intentase ocultar, sin conseguirlo, algún secreto amargor. No obstante, se le ocurrió que no había que ponerse tan fino: igual era solo que el viejo tenía cataratas.
—Primero que nada, le agradezco que haya tenido la amabilidad de venir. Y tan pronto —dijo Barroso, invitándolo a sentarse en el enorme sofá que formaba una herradura en torno a una mesa de centro de madera de cerezo.
Monroy tomó asiento, notando que sobre la mesa había una bandeja con un servicio de café y un plato con galletitas.
—Si tengo que ser sincero, tenía mucha curiosidad. ¿De qué conoce a Nico?
El viejo se sentó también, de forma que quedaran frente a frente.
—Soy cliente suyo. Suelo ir a Casa Lara. Una buena persona.
Monroy recordó que, en efecto, Nico había dejado el restaurante en el que trabajaba y había abierto un negocio por su cuenta. El Casa Lara estaba en la zona de Bandama, cerca del campo de golf, y, al parecer, no le iba mal. El tipo de clientela que consumía esos lujos no había dejado de salir ni de gastar dinero. Hacía tiempo que no se veían. Desde que tenía el nuevo negocio, el asturiano no paraba demasiado en la ciudad y Monroy no podía permitirse ir a sitios como ese.
—Me contó lo que hizo usted hace unos años.
—No me quedó otro remedio. Yo también estaba metido en el lío.
—Sí, pero a quien acusaban era a él. —Sin consultarle, Barroso sirvió dos tazas de café y puso una ante Monroy—. Usted se podría haber desentendido del asunto. En cambio, se jugó el tipo por Nico. Podría no haberlo hecho, pero lo hizo.
Monroy tampoco preguntó antes de servirse un poco de leche y dos cucharadas de azúcar.
—Tenía mis motivos.
—Lo supongo.
Revolvieron y probaron sus cafés en silencio. Monroy se dijo que lo único que le faltaba a aquel café era un cigarrito. Luego preguntó al viejo qué problema tenía. El hombre, de pronto, perdió la sonrisa y el secreto que se adivinaba en sus ojos le invadió por completo la mirada.
—Mi hijo Víctor murió hace tres semanas. Vivía en la zona de Las Canteras, en un ático que tiene allí la familia. Allá se lo encontró su hermano, con las venas abiertas. Según la autopsia, primero había tomado alcohol. Y diazepam. Mucho.
Barroso carraspeó un poco, tomó otro sorbo de café, acercó un cenicero y sacó un cigarrillo de un paquete que llevaba en el bolsillo de la camisa. Aprovechó esa circunstancia para recuperar la sonrisa, comentando:
—Espero que no le moleste. Me gusta con el café.
Monroy, que ya había sacado su tabaco, lo informó de que a él también.
—Víctor —dijo Barroso, retomando el hilo— era el más pequeño. Treinta años. Mi mujer, que en paz descanse, y yo lo tuvimos tarde, cuando pensábamos que ella ya no podría, y por eso, a lo mejor, lo mimamos demasiado. A lo largo de los años empezó un montón de carreras: Derecho, Empresariales, Geografía e Historia, Filosofía, Informática, Periodismo... No acabó ninguna. También intentó ser pintor, animador turístico, cantautor, escritor y no sé qué más. Para no cansarlo, Eladio, Víctor era... ¿Cómo se lo diría? Víctor era como esos jugadores de ajedrez que presumen de jugar simultáneas de diez partidas, pero no cuentan que las han perdido todas. Durante muchos años, las únicas cosas que se le dieron realmente bien fueron las drogas, las copas y las mujeres.
Ernesto Barroso hizo una pausa. Evidentemente, aquel ejercicio de sinceridad le resultaba penoso. Monroy descubrió que sentía verdadera compasión por él.
—Supongo que los defectos de los hijos son nuestros fracasos como padres, ¿no? Eso he oído decir, no sé dónde. —Barroso se rascó la oreja al decir esto y, sin esperar respuesta, continuó hablando—. En fin, que Víctor no encarrilaba su vida pero lo intentaba.
—Y, mientras tanto, ¿de qué vivía?
—De mí —respondió inmediatamente el hombre, encogiéndose de hombros—. Pero últimamente estaba más tranquilo. Hizo un par de cursos de informática y trabajaba diseñando páginas web. Era... —Se detuvo un momento, buscando la palabra—. . Eso. Trabajaba como . Por su cuenta, a su ritmo, pero trabajaba. Me llamaba cada día y venía de vez en cuando a verme. Estaba, digamos, más formal.
—¿Cuánto duró esa etapa?
—Un año. O un año y medio, quizá.
—¿Y qué fue lo que le hizo ponerse las pilas? Quiero decir, ¿por qué le dio por cambiar de vida?
—No lo sé. Supongo que se hartó de tanta juerga. A lo mejor un día se levantó, se miró al espejo y se dijo que ya no tenía veinte años y que tenía que hacer algo. No lo sé. El caso es que, de repente, se matriculó en esos cursos y se puso a trabajar. Y parece que no se le daba mal. Llevaba las páginas web de un par de empresas. También le dio por abrir una página de esas personales, en la que ponía noticias y textos suyos.
—Un blog —apuntó Eladio.
—Eso: un blog.
—¿Usted, a qué se dedica?
Barroso se rio.
—Yo ya no me dedico a nada. Soy graduado social. Tenía una asesoría. Me jubilé hace ocho años y le pasé el testigo a mi otro hijo, Pablo, que llevaba ya años trabajando conmigo.
—Muy diferente de su hermano, supongo.
—La otra cara de la moneda. Está casado, tiene dos chiquillos, y su vida es la familia y el trabajo. Se divierte, como todo el mundo, pero sus diversiones son sanas. En general, se acuesta con las gallinas y se levanta con el gallo.
Se sonrieron con complicidad. A Eladio le gustaba la forma de hablar del viejo, su lenguaje cuidado, sus expresiones, algo anticuadas, cultas pero no pedantes. No obstante, en su reloj estaban a punto de dar las once y aún no entendía bien qué se pretendía de él. Así que intentó reconducir la conversación:
—Entonces, Víctor murió hace tres semanas.
De pronto, Barroso lo miró con frialdad.
—No murió: se suicidó. O, al menos, esa es la explicación oficial.
—Y usted no se la cree... —aventuró Monroy.
—¿Cómo lo sabe?
—Hombre, si se la creyera, no sé qué iba a pintar yo aquí.
El viejo dio un suspiro, asintió e intentó explicarse lo mejor posible.
—Si le hablo de Víctor contándole sus defectos, y no sus virtudes (que también las tenía), es, precisamente, para que entienda que no me ciega la pasión de padre, que no tengo estas dudas porque esté jodido. Que lo estoy. Que un hijo se muera antes que tú es la mayor faena que te pueden hacer. Ya sabe lo que se dice: ellos deberían enterrarte a ti, no tú a ellos. Pero, aparte de todo eso, mis dudas son razonables.
Monroy lo interrogó con la mirada y el viejo comenzó a explicar esas dudas.
—La última vez que vi a Víctor fue el miércoles 15 de febrero. Ese día vino a comer. Se le veía contento, ocupado, de buen humor. Hablamos sobre cosas de la familia y también sobre su trabajo. Me contó que estaba llevando los soportes de un periódico digital y que era una cosa interesante. Por supuesto, yo no tengo ni idea de lo que es un soporte —dijo Barroso, riéndose—, pero me sonaba bien. Al día siguiente me llamó por la tarde, como era costumbre. Me llamaba siempre sobre las siete o las ocho, para ver cómo estaba. Y esa fue la última vez que hablamos. El lunes, ya harto de llamarlo por teléfono, le pedí a su hermano que fuera al ático. Se lo encontró en la bañera, con las venas...




