Ravelo | Si no hubiera mañana | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Ravelo Si no hubiera mañana


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-17847-95-1
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

ISBN: 978-84-17847-95-1
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



La sexta de Eladio Monroy Sonsoles Nieves le pide a Eladio Monroy que la ayude en una cosa de amores: comprender por qué su pareja, el administrativo Diego Miranda, la ha dejado de pronto, de un día para otro y sin ninguna explicación. Monroy, para combatir el aburrimiento, acepta hacer algunas averiguaciones. No tardará en comprender que lo sentimental tiene que ver muy poco en el asunto y que, a una larga lista de gente relacionada con él, le ha dado por morirse de mala manera. Además, anda de por medio un viejo amigo suyo, Falo el Moldura, un escayolista metido a traficante de drogas a tiempo parcial. Será tarde cuando descubra que habría sido mejor para él que continuara aburriéndose. La serie Eladio Monroy Eladio Monroy no es policía ni detective. Ni siquiera un periodista. Pensionista de la marina, complementa su mísero sueldo con encargos bajo cuerda. Tan sarcástico como sentimental, tan culto como maleducado, se enfrenta a cada problema con astucia, perplejidad y grandes dosis de mala baba. No es que le apetezca andar por ahí investigando a la gente y haciendo justicia. Lo único que quiere es ir echando días para atrás en la ciudad que lo vio nacer. Pero, irremediablemente, siempre acaba viéndose obligado a hacer cosas que nadie hará si no las hace él. Las novelas de la serie Eladio Monroy se inscriben en el hard boiled más clásico y, al mismo tiempo, resultan absolutamente singulares. Ambientadas en Las Palmas de Gran Canaria, bucean en las contradicciones de la sociedad española y las ponen de relieve en argumentos autoconclusivos plagados de giros, humor y violencia.

Alexis Ravelo (1971) es un escritor calvo que nació y aún sobrevive a régimen de cervezas y bocadillos dechopped en Las Palmas de Gran Canaria. Contra todo pronóstico, ocupa un lugar relevante en la narrativaespañola actual. Además de novelas, ha escrito libros infantiles, volúmenes de relatos para adultos, guiones,obras teatrales y hasta el libreto de una ópera.Su primera novela fue Tres funerales para Eladio Monroy, que abre una serie de novelas protagonizadas por elmismo personaje: Solo los muertos, Los tipos duros no leen poesía y Morir despacio. También publicó el díptico'La iniquidad', formado por La noche de piedra y Los días de mercurio.La estrategia del pequinés supuso su descubrimiento por parte de la crítica y los medios nacionales. Constantementereeditada y a punto de ser adaptada al cine, obtuvo el Premio Dashiell Hammett 2014, así comootros galardones entre los que figuran el Premio Tormo 2014 o el Premio Novelpol 2014 (ex aequo con Donde lenguas, escrito por Rosa Ribas y Sabine Hofmann). Tras esta novela, vinieron otras, también de semen ysangre: La última tumba (XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe), Las flores no sangran (PremioValencia Negra 2014 y también traducida al francés) o El viento y la sangre, escrita con seudónimo comoM. A. West. Ahora, tras explorar otros caminos literarios con sus novelas más recientes (La otra vida de NedBlackbird y Los milagros prohibidos), Ravelo retoma su saga más golfa, irreverente y crítica. Y, como siempre,sospecha que Dios está de vacaciones.
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UNA COSA DE MUERTOS


A Sonsoles la había llamado Manolo, el marido de Rosi, una hermana de Diego, que era quien se lo había encontrado. Eso fue lo que le contó a Monroy con la voz quebrada en primer plano sobre un fondo difuso de ruidos de cucharillas de café, conversaciones a medias entre las que podían distinguirse los estoy-que-no-me-lo-creo que suelen seguir a sucesos así.

Él no quiso preguntarle en ese momento dónde estaba. Luego sabría que se encontraba en Carretería, en casa de Isabel y Víctor, adonde había ido con otros amigos después de hacer guardia ante la de Diego hasta que el forense y el juez permitieron levantar el cadáver.

Rosi, que se había citado con Diego a las ocho para ir de caminata, se había hartado de que no contestara a las llamadas (el teléfono, el timbre, los mensajes) y, al final, había abierto con su propia llave, pensando que se había quedado dormido. Otros amigos los esperaban en Fontanales, al parecer. Al entrar, no tardó en descubrir que su hermano se había suicidado.

El procedimiento que parecía haber elegido era de los más desagradables, no tenía nada de muerte dulce, de muerte blanda, de muerte lenta que llega de a poco e inconscientemente. Había elegido uno de los más crueles: el ahorcamiento. Lo había hecho en el patio interior. Fría, mecánicamente, como quien friega los platos o se corta las uñas.

De todo esto Monroy se fue enterando en las diferentes conversaciones que mantuvieron a lo largo del sábado. También hubo otros detalles sobre los que fue volviendo: Rosi, precisamente porque estaba preocupada por Diego, se había empeñado en que se viniera al pateo por el campo con los amigos, como en los viejos tiempos. Isabel y Víctor se habían despedido de él sobre las diez y lo habían acompañado casi hasta la puerta de la casa, porque tenían el coche aparcado cerca. Durante la velada, lo habían notado algo inquieto en algún momento, pero nada fuera de lo habitual en las últimas semanas, en las que había estado hecho un manojo de nervios. Sonsoles también le habló de los padres de Diego, lógicamente destrozados; de cómo había evitado contárselo a Aitor, que el chiquillo estaba en Granada empezando el curso y no era plan de agobiarlo con esto que no tenía remedio; de la culpa que se le iba mezclando a ella con la pena. Porque, sí, ahora Sonsoles se maldecía a sí misma, se torturaba por no haber entendido, por seguir sin entender, el dolor que debía de sentir Diego para acabar haciendo aquello. Evidentemente, en su conducta había algo patológico que ella no había sabido distinguir a tiempo. En esto coincidía con los amigos, con los hermanos, quienes lo habían notado raro desde hacía días, pero jamás habrían imaginado algo así.

Monroy atendió, escuchó y soportó pacientemente todas aquellas llamadas, todas las descargas de la veterinaria destrozada. No obstante, en ningún momento se vio tentado por la posibilidad de contar lo que sabía. Prefería dejar las cosas de ese tamaño: el tipo estaba asustado o estaba deprimido (que es otra forma de estar asustado) y, meditadamente o en pleno arrebato, había decidido quitarse de en medio. En ningún caso lo que ocurriese realmente (o lo que Eladio pensara que pudiese ocurrir realmente) cambiaría este hecho. Podía parecer mezquino, de hecho lo era, pero prefirió continuar callándose y no echar más leña al fuego de la confusión y la angustia y la responsabilidad que asolaban a Sonsoles como asolan siempre a las personas más cercanas a los suicidas. Se limitó a consolarla con las convenciones de rigor: qué ibas a saber tú, hiciste lo que pudiste, no habrías podido hacer más, cómo te ibas a imaginar esto tú, cómo se lo iba a imaginar nadie, a lo mejor ni él mismo se lo imaginó hasta el último momento.

Eso fue lo que le dijo durante el último telefonazo, con Sonsoles ya de regreso en su casa y Gloria en el sofá de la de Eladio, donde se habían instalado para hacer peli-manta unos minutos antes de que la mujer llamara.

—Pobre muchacha —comentó cuando Eladio al fin colgó y regresó al sofá.

Él buscó el mando a distancia. Como habían detenido la reproducción al sonar el móvil, en la pantalla Colin Firth continuaba mostrando su expresión de sorpresa al descubrir que su mujer le ponía los cuernos con su propio hermano. Esto es, mostraba la misma expresión que tenía siempre. Gloria solía decir que era uno de esos actores que interpretaban hacia dentro. Monroy opinaba que, más bien, interpretaba hacia atrás, pero se cuidaba mucho de decirlo: en aquellos años con Gloria, había descubierto que criticar a Colin Firth, Leonardo DiCaprio o Brad Pitt era la manera más barata de buscarse la ruina sin necesidad. Igual que tampoco era necesario contarle nada de lo que le extrañaba en todo aquello de Miranda. Aun así, antes de proseguir viendo la película, le preguntó:

—¿A ti no te parece raro?

—¿El qué?

—Lo de este chico. Que se haya matado así, de pronto. Sin hacer ningún aviso.

—Si hubiese avisado, igual no habría acabado matándose.

—Bien visto.

El parquecito era de los tranquilos tirando a aburridos, con buganvillas y flamboyanes aquí y allá y setos de hibiscos circundando los parterres para proporcionar cierta intimidad a los viejitos y las familias que ocupaban los bancos que el estiércol de palomas y mirlos había respetado. Allá, al fondo, el edificio principal de la residencia, un vetusto palacete de tres cuerpos, remozado y acondicionado para albergar a una clientela no menos vetusta, parecía vigilar a los usuarios y las visitas que charlaban, paseaban o merendaban para gastar la abulia vespertina del domingo.

A Matías, Monroy le había llevado, como siempre, y un par de novelitas, esta vez de Le Carré. Ahora se había aficionado a leer y las que más le gustaban eran las de espías. También como siempre, Matías agradeció las novelas y repasó los titulares con Eladio.

—Pues estamos bonitos —resumió el viejo, volviendo a cerrar el periódico y dejándolo en el banco, en el hueco libre que quedaba entre Eladio y él—. ¿Estos cabrones nos van a hacer seguir votando hasta que salga lo que ellos quieran?

—Capaces son —convino él, aunque no supiera quiénes eran, concretamente, los cabrones a los que se refería Matías. Conociéndolo, serían la banca, el capital, las derechas o hasta la Santa Madre Iglesia, todo aquello que él solía denominar, con su difuso argumentario pasado de fecha, los poderes fácticos.

Se le hacía raro ver a Matías con la dentadura puesta. Cuando eran vecinos, no se la ponía salvo para darle uso y para recibir a las visitas, que escaseaban. Otra novedad era su pulcritud en el atuendo. Aunque lo recibiese en la habitación, ahora Matías estaba siempre vestido como para ir a misa (cosa que no había hecho en los últimos cincuenta años), con sus cuatro pelos bien peinados y la cara afeitadita. Nada quedaba en él del viejo en albornoz que se pasaba el día encerrado viendo películas de tiros. Gloria, las primeras veces que lo visitaron, también se asombró del cambio y le preguntó a Eladio si no sería que Matías se había echado novia en la residencia. Una no; conociéndolo, seguramente andaba tirándoles los tejos a dos o tres. Pero no era eso. Era como si al final, con todo lo que tenía de imposición, de cosa obligatoria, de lugar de último reposo en los no menos últimos años, vivir en la residencia lo hubiese puesto de nuevo en contacto con el mundo. Como uno de esos seres minúsculos que pasan años, décadas, ahí, aletargados, hasta que vuelven a darse las condiciones adecuadas de temperatura y humedad que les permiten volver a la vida.

—Bueno, ¿cómo anda tu gente? —preguntó Matías.

—Bien. Gloria no vino porque hoy fue a casa de la madre.

—Claro, el domingo es buen día para ir a ver a los viejos, no sea que se te mueran el lunes y luego te quedes con la magua.

—Por eso vine yo, hijoputa. Aunque, con esa cara, parece que llevas tres días muerto.

—Cómo se nota que no tienes espejos en tu casa, bobomierda. Oye, ¿y la chiquilla?

—Ahí, trabajando con Gloria en la librería. ¿Qué te parece? Ahora, en vez de a una librera, aguanto a dos. —Matías soltó una de sus carcajaditas asmáticas—. No, en serio, la verdad es que la veo a gusto. Y, con Manolo, son tal para cual.

—Me alegro, carajo. Esa muchacha vale oro. No parece hija tuya. Oye, ¿y la casa? ¿Dan mucha lata los huéspedes?

Matías siempre le preguntaba por la casa así, como si su piso fuera un hotel de verdad y él fuese el dueño y responsable de lo que pasara allí.

—No, ningún problema. Antes vivía allí un viejo gritón y tocapelotas, pero ahora se fue a vivir a una residencia en Tafira y el bloque se ha quedado que parece el paraíso.

—Coño, pues ten cuidado, no vaya a aparecer una serpiente y se te meta por el culo.

En toda mudanza, siempre hay cosas que no cambian. Continuaban con los piques de coña, las bromas zafias, los vaciles socarrones de tíos curtidos que han envejecido juntos.

Pero Eladio no había ido a visitarlo solo para pasar la tarde del domingo, para prevenir la magua. Hoy lo había venido a ver para hacerle una pregunta, porque de los viejos amigos portuarios, era el único con el que aún tenía contacto.

—Oye una cosa, Matías.

—Dime.

—¿Tú te acuerdas, de cuando trabajabas en el muelle, de una empresa que se llama Morris y Cía?

A Matías le fallaban las piernas, la vista, el pulso de la mano izquierda y hasta, de vez en cuando, los esfínteres, pero jamás le había fallado la memoria.

—Consignataria. Matriz inglesa....



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