E-Book, Spanisch, 256 Seiten
Ravelo Solo los muertos
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17077-83-9
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 256 Seiten
ISBN: 978-84-17077-83-9
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Alexis Ravelo (1971) es un escritor calvo que nació y aún sobrevive a régimen de cervezas y bocadillos de chopped en Las Palmas de Gran Canaria. Contra todo pronóstico, ocupa un lugar relevante en la narrativaespañola actual. Además de novelas, ha escrito libros infantiles, volúmenes de relatos para adultos, guiones,obras teatrales y hasta el libreto de una ópera. Su primera novela fue Tres funerales para Eladio Monroy, que abre una serie de novelas protagonizadas por elmismo personaje: Solo los muertos, Los tipos duros no leen poesía y Morir despacio. También publicó el díptico 'La iniquidad', formado por La noche de piedra y Los días de mercurio. La estrategia del pequinés supuso su descubrimiento por parte de la crítica y los medios nacionales. Constantementereeditada y a punto de ser adaptada al cine, obtuvo el Premio Dashiell Hammett 2014, así comootros galardones entre los que figuran el Premio Tormo 2014 o el Premio Novelpol 2014 (ex aequo con Donde lenguas, escrito por Rosa Ribas y Sabine Hofmann). Tras esta novela, vinieron otras, también de semen ysangre: La última tumba (XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe), Las flores no sangran (PremioValencia Negra 2014 y también traducida al francés) o El viento y la sangre, escrita con seudónimo comoM. A. West. Ahora, tras explorar otros caminos literarios con sus novelas más recientes (La otra vida de NedBlackbird y Los milagros prohibidos), Ravelo retoma su saga más golfa, irreverente y crítica. Y, como siempre,sospecha que Dios está de vacaciones.
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1
Cuando Casimiro elevó la puerta metálica del bar Casablanca, los yonquis no estaban sentados ante ella. Se habían metido bajo el alero del edificio de enfrente para protegerse de la lluvia y el viento.
Estaba resultando un invierno duro. Al menos, para Las Palmas, donde, si llovía, la gente se asomaba a la ventana para ver el espectáculo y una temperatura de diecisiete grados era considerada suficiente motivo para sacar del ropero el pulóver, el abrigo, los guantes y el gorro de lana. Para colmo, no hacía demasiado tiempo que había pasado por el Archipiélago una tormenta tropical, amputando el Dedo de Dios, roca milenaria que, frente al puerto de Las Nieves, semejaba a un dedo señalando a las nubes, cosa que, por cierto, siempre le había dado que pensar a Eladio Monroy, pues, si, según tradición, Dios está en los cielos, cómo leches iba a brotar su puño del agua con el índice extendido hacia arriba. Aparte de aquella amputación, el temporal había provocado cortes de electricidad en Tenerife durante cinco o seis días, así que ahora, semana sí y semana no, Protección Civil y Delegación del Gobierno se curaban en salud declarando alertas por tormentas, lluvias y fuertes vientos que acababan en un nublado, cuatro gotas y dos rachas que no hubieran puesto en apuros ni a una cometa. Pero a los yonquis les daba igual. Ellos, cuando tenían frío, tenían frío.
Eladio Monroy llegó al Casablanca a eso de las once y media, con el periódico bajo el brazo y necesidad de cafeína. Se ubicó en una de las mesas y esperó a que Casimiro, Polifemo en miniatura, le llevase el café de costumbre en la taza cascada de siempre. Después, el tuerto volvió tras el mostrador y continuó zapeando compulsivamente.
La cabezota rasurada de Monroy se inclinó sobre el diario y él empezó a comprobar que el año se presentaba movidito, con radicales islámicos proyectando atentados, radicales cristianos proyectando aplastar a los radicales islámicos, la sempiterna tensión nuclear con Irán (como no se anduvieran con ojo iban a ser los siguientes) y tramas de comisiones ilegales en las Islas. Como habría dicho Unamuno, chocolate por la noticia.
Miró hacia la calle León y Castillo y comprobó que a transeúntes y conductores todo eso les resbalaba, preocupados por llegar a lo más alto de aquella cuesta de enero que, vaya usted a saber por qué, llevaba ya cuatro o cinco años prolongándose hasta primeros de marzo.
Se preguntó qué haría hoy. Se respondió que casi nada. No tenía ningún trabajo pendiente, aparte de lo de Paco Nieves. Por un lado, su pensión de la marina había llevado la paga extra en diciembre. Y Monroy, poco amigo de fiestas navideñas, la conservaba casi intacta, salvo el monto de un reloj y un libro de arte que había regalado a Gloria en Reyes, cosas de darle un gustito, porque a ella le hacía ilusión y porque qué carajo, la mujer se lo merecía. Por otro, cierta operación con unos reproductores de emepetrés le había salido bastante redonda, precisamente gracias al consumismo navideño. Y, en general, el año no había estado mal del todo. Hoy podía dedicarse a pasear o a leer alguno de los libros que había comprado de saldo la semana anterior y que se apilaban peligrosamente como una torre de Babel sobre su mesilla de noche. Pero era viernes. También cabía la posibilidad de invitar a Gloria al cine y a cenar. Era lo propio.
Sin decidirse por ninguna de las opciones, dejó a Casimiro una moneda de un euro sobre la barra de chapa galvanizada y salió del Casablanca. En la calle se cruzó con el Chapi, grasiento y despeinado, que se dirigía a tomar el cortado de media mañana seguido por el pequinés callejero que había adoptado hacía un par de semanas.
—¡Hombre, señor Monroy! —dijo, ofreciéndole la mano tras limpiaensuciársela en el mono azul negruzco.
Monroy miró la mano con repugnancia y la estrechó ligeramente.
—¿Adónde vas con el perro?
—A echar el cortadito.
—Casimiro te va a dar una patada en el culo.
—Que se joda. Mecánico también es un cliente —repuso el Chapi, dirigiéndose al pequinés y palmeándole el lomo mugriento—. ¿Verdad que sí, coleguita?
El perro lo miró con los dos boliches negros de sus ojos y mostró una lengüilla jadeante.
—Vaya nombre le pusiste al pobre chucho.
—Es que duerme debajo de los coches y está todo el día lleno de grasa. Es un currante de los míos —dijo el Chapi bien alto y claro, para que Mecánico se diera cuenta de que se hablaba de él. El saco de pulgas continuó jadeando—. ¿Ves cómo se fija? Animalito... Si es que parece que te entiende y todo. Con mi mujer me pasa igual.
Después de decir esto, entró en el bar Casablanca. Mecánico lo siguió hacia el interior. Esperando para cruzar la calle, Monroy escuchó a su espalda los gritos de Casimiro.
—¿Otra vez con el perro de los huevos? ¿Por qué no lo dejas en el taller con Dudú? ¡Ya te dije que no quiero perros aquí, coño!
—¿Con Dudú? Estás loco. Esa gente, a los perros, se los come, que lo vi yo en un documental.
—Pues me suda la polla, pero sácalo de aquí de una puta vez.
—Tú, lo que pasa, es que no tienes corazón.
—¡No, lo que pasa es que no me sale de los huevos estar limpiando meados, joder!
—¡Vámonos, Mecánico, que aquí no nos quieren!
—¡Sí, anda, salpica de aquí y métete el puto perro por el culo, cojones!
Monroy ya había cruzado la acera cuando se volvió a ver cómo salía el Chapi seguido por el saco de pulgas.
—Vámonos, mi niño. Vamos al bar de Pepe, ¡que aquí dan garrafón!
Los yonquis de la esquina casi se murieron de risa cuando Casimiro se asomó a la puerta del bar para hacerle un corte de mangas mientras el otro caminaba calle abajo con paso resuelto. Mecánico, tras él, jadeaba.
Monroy siguió recorriendo León y Castillo hacia el sur. Algunos tímidos rayos de sol juguetearon durante un rato con los cristales y embellecedores de metal de los coches, pero luego volvieron a ocultarse tras las nubes. Pensó que aquel sol tenía menos fuerza que la promesa de un ministro. Luego tomó la calle Murga y entró en su portal preguntándose qué leches era lo que se le habría olvidado comprar hoy antes de subir, porque siempre se le olvidaba algo y no lo recordaba hasta que se ponía la ropa de andar por casa. Antes de entrar en casa, tocó en la puerta de enfrente para darle el periódico a Matías. El viejo, como era habitual, tardó un poco en abrir. Monroy lo imaginó oyendo el timbre, alcanzando el mando a distancia, pausando la reproducción del deuvedé, buscando las chancletas, levantándose con esfuerzo, mirando por la mirilla, abriendo finalmente tras dudar un último instante si ponerse o no ponerse la dentadura postiza, que no necesitaría hasta que su hija llegase con el almuerzo, (¿para qué, si era Eladio?) antes de asomar la cabeza y alargar la mano.
—¿Qué pasa, Matías? Estás viejo, jodido. Seguro que te quedaste dormido, ¿no? —dijo Monroy, dándole el periódico.
—Es verdad, mi niño —repuso Matías, meneando la cabeza con gesto de anciano venerable—. Me paso el día dando cabezadas. Ya ves, me podría quedar dormido hasta entre los cuernos de tu padre.
Monroy no pudo evitar reírse por lo bajo.
—¿Qué? ¿Qué trae el periódico hoy?
—No te lo digo para no destripártelo, pero me parece que te lo vas a pasar de cojones. ¿Qué estabas viendo?
—Ah... , que me la regaló Pachi el otro día...
—Para que luego digas que tu yerno es un cabrón...
—Hombre, es un cabrón, pero me regala películas.
—No tienes arreglo, viejo —dijo Monroy, volviéndose para abrir su puerta—. Oye, por cierto, dile que pasado mañana me tenga el dinero de la cámara digital.
—¿Te va a comprar una cámara de vídeo?
—De fotos.
—De segunda mano...
—Nuevita de paquete. Pero a ti no creo que te vaya a sacar ninguna foto. Seguro que la rompes, con esa cara de tortuga —le soltó, justo antes de cerrar rápidamente la puerta para no dar a Matías opción a réplica. Mientras saboreaba las mieles del triunfo aún pudo oír la voz del viejo refiriéndose a la supuesta afición de Monroy a la sodomía, la coprofagia y la felación activa.
Una vez en casa, después de ponerse cómodo y pinchar el (en los últimos tiempos tenía cuerpo de clásico) sacó de la nevera el bol en el que había puesto a macerar el conejo. Parecía haber absorbido bien el adobo. Ahora habría que freírlo y volverlo a poner a fuego lento. Finalmente, haría una fritura de ajo, laurel y almendras y lo añadiría. Un par de papas sancochadas, y a volar. Pero era mucho conejo. ¿Solución para el problema? Gloria. O, mejor dicho, Gloria y el voraz apetito de Gloria. Por tanto, la telefoneó a la librería.
—Oye, ¿te apetece un conejo en salmorejo?
—¿Me estás invitando a almorzar?
—No. Pensaba cobrarte.
Al otro lado del hilo, Gloria se tomó unos segundos antes de ponerse coquetuela:
—Bueno, es una propuesta muy atractiva. Lo que pasa es que me acaban de invitar a comer. No sé si podré suspender ese compromiso.
Monroy se preguntó si jugaría o no y, finalmente, decidió entrar en el juego.
—¿Ah, sí? ¿Y quién te invitó?
—Ah, un chico. La verdad es que no sé qué hacer.
—Ah, pues tú verás, querida. Lo único es que me avises, así llamo yo a alguien.
—Que no, bobo, que voy. Pero, en serio, no veas qué gracia. Me han hecho proposiciones. —Por como lo decía, estaba claro que le había hecho muchísima ilusión—. Un...




