E-Book, Spanisch, 200 Seiten
Reale Raíces espirituales y culturales de Europa
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-254-3867-7
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 200 Seiten
ISBN: 978-84-254-3867-7
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Giovanni Reale (Pavia,1931 - Varese, 2014). Se doctoró en la Universidad Católica de Milán y siguió cursos de especialización en Marburgo y en Munich. Ha enseñado historia general de la filosofía y filosofía moral en la Universidad de Parma y fue catedrático de historia de la filosofía antigua en la Universidad Católica de Milán, donde fundó el Centro de Investigación en Metafísica (Centro di Ricerche di Metafisica). Dictó clases en la facultad de Filosofía de la Universidad Vita-Salute San Raffaele de Milán, donde además, funda otro Centro de investigación sobre Platón y el platonismo. Entre las numerosas condecoraciones recibidas podemos mencionar la láurea honoris causa de la Academía Internacional de filosofía del Liechtenstein, de la Universidad Católica de Lublino, de la Universidad del Estado de Moscu y el Premio 'Roncesvalle' de la Universidad de Navarra. Reale es considerado uno de los mayores intérpretes de Platón. Sus estudios abarcan desde el pensamiento antiguo pagano hasta el cristiano y tiene grandes aportaciones en estudios sobre Aristóteles, Platón, Plotino, Socrátes y Agustín.
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ADVERTENCIA
En el momento en que entregaba este volumen, listo ya para la imprenta, se dio a conocer el borrador de la Constitución europea, con el «preámbulo» del que todos los periódicos del 29 de mayo de 2003 dieron amplia información, acompañado de vivas discusiones que se prolongaron durante varios días.
Mientras estaba redactando este libro tuve conocimiento previo de la totalidad del material contenido en los distintos títulos del borrador, pero no del preámbulo que, en su redacción actual, constituye una novedad. Y precisamente sobre el contenido de dicho preámbulo creo necesario hacer algunas breves consideraciones en esta «Advertencia», puesto que sorprendentemente ese preámbulo contiene notables lagunas, y revela además una inspiración puramente «burocrática» y «aséptica», con un fondo estructuralmente «relativista» y, por tanto, esencialmente «nihilista», oculta por una engañosa máscara, dorada en apariencia, pero en realidad de baja ley.
Ese preámbulo confirma, a mi entender, la necesidad de llamar la atención de los lectores acerca de los puntos clave a los que el presente volumen está dedicado, ya que parece que son ampliamente desconocidos, o poco entendidos desde el punto de vista históricohermenéutico: 1) para entender qué es Europa hay que comprender a fondo cuáles han sido sus raíces culturales y espirituales; 2) además de la necesidad de crear una «Constitución europea», se impone la necesidad de re-crear un nuevo «hombre europeo», con las consecuencias que todo esto implica; 3) una Constitución se puede y se debe renovar y reconstruir, pero sólo podrá hacerse de forma provechosa si se prepara espiritualmente al «constructor»; 4) no es la Constitución la que crea al ciudadano sino al revés, es el espíritu del ciudadano (y el espíritu de sus representantes) el que crea la Constitución y la hace eficiente; la recuperación del valor del hombre como «persona» es imposible si se separa al hombre de un Valor supremo del que depende.
No pretendo entrar aquí en cuestiones de carácter político o técnico, sino que prefiero concentrarme en los conceptos expresados en el «preámbulo», a fin de poner de relieve los considerables «agujeros negros» que presentan.
Al comienzo se cita el siguiente texto de Tucídides: «Nuestra constitución es llamada democracia porque está en manos no de una minoría sino de todo el pueblo». Si se considera aisladamente, suena bien; pero en el contexto originario no tiene el mismo significado universal y fuerte («democracia», en la acepción que tiene en el libro II de las Historias de Tucídides, no equivale a «libertad»), y por tanto habría sido mejor elegir otra frase epigráfica (como ha destacado Luciano Canfora en una nota publicada en el Corriere della Sera del 29 de mayo de 2003).
También resulta desconcertante lo que se dice acerca de los valores de referencia, cuya enumeración parece seguir un procedimiento «fragmentario»: «Europa es un continente de civilización; sus habitantes han desarrollado en él los valores del Humanismo: la igualdad, la libertad, el respeto de la razón, inspirándose en la herencia cultural, religiosa y humanística de Europa, alimentada ante todo por la civilización grecorromana y más tarde por la filosofía de la Ilustración, que fijaron en la sociedad la percepción del papel central de la persona humana y del respeto al derecho».
Como muchos han destacado inmediatamente, no hay ninguna referencia al cristianismo, que –como veremos a lo largo de la presente obra basándonos en una documentación precisa– ha sido el eje de sostén espiritual del que nació y a partir del cual se desarrolló Europa.
Se alude a una «herencia religiosa», aunque se inserta entre la apelación a la herencia «cultural» y «humanística», por un lado, y la afirmación de que ha sido alimentada por la civilización grecorromana y por la «filosofía de las luces», por el otro. Mediante este procedimiento «fragmentario» se efectúa una «fusión» de elementos muy diferentes entre sí y se crea, por consiguiente, una notable «con-fusión».
En L’incidente del futuro, Paul Virilio llama la atención acerca de un hecho muy significativo: «Tenemos también muy presentes las maniobras del primer ministro francés, Lionel Jospin, que telefoneaba al presidente de la Convención europea, Roman Herzog, para declarar inaceptable la referencia a la herencia religiosa de Europa en la Carta de los derechos fundamentales (nota de la Agencia europea del 14 de septiembre de 2000)».
A esta noticia, suficientemente elocuente por sí misma, Virilio añade un comentario mordaz: «[…] la víspera de la celebración cristiana de Todos los Santos, en nuestras escuelas [scil. francesas] se celebra Halloween, con su cortejo de espectros, diablos y brujas… y algunos llegan al punto de proponer la supresión de la fiesta y de las celebraciones de Navidad a cambio de esta mascarada comercial de la que Satan is the only God!».
En una entrevista publicada por el Corriere della Sera el 13 de mayo de 2003, Giscard d’Estaing, para justificar la falta de referencia al cristianismo, precisa que en el preámbulo «se alude a la religión» y añade que «muchos rechazaban incluso esa alusión».
¡De modo que la referencia a la religión –por otra parte, mal ubicada– incluso había sido rechada por muchos! ¿Acaso lo que deseaban éstos era proponer un refinado ateísmo de Estado?
Ni siquiera se sostiene la posterior precisión de Giscard d’Estaing. En efecto, Giscard afirma que no podía hacerse una mención expresa del cristianismo «porque en ese caso también deberíamos mencionar las otras religiones presentes en el continente, desde el judaísmo al islam». Ahora bien –al margen de que la tradición cristiana es en muchos aspectos judeocristiana– el mensaje sobre el que se ha construido y desarrollado espiritualmente Europa es precisamente el mensaje cristiano: el papel que pueda y deba tener el islam en la futura Europa exigiría un discurso diferente y una alusión diferente.
A lo largo de la presente obra veremos en qué sentido y en qué medida se puede y hasta se debe decir que, sin el cristianismo, Europa no habría nacido y no sería ni siquiera imaginable. Veremos cómo T. S. Eliot demuestra que incluso las obras de Voltaire y de Nietzsche serían impensables e incomprensibles en el ámbito de una cultura que no fuera la cristiana.
La falta de este reconocimiento es uno de los mayores «agujeros negros» del preámbulo del borrador de la Constitución de la Unión Europea; puede decirse, por tanto, que ese silencio equivale en cierto modo a la orden: «Europa, ¡desconócete a ti misma!».
En el borrador de la Constitución tampoco aparece el nombre de Dios, aunque no cabe pensar que pudieran surgir objeciones ni oposiciones categóricas a la mención de Dios por parte judía o islámica, puesto que ambas religiones son monoteístas, al igual que la cristiana.
Gaspare Barbiellini Amidei –en un artículo de fondo publicado en el Corriere della Sera el 31 de mayo de 2003– escribe con una fina ironía de inspiración claramente socrática: «No pronunciarás el nombre de Dios en vano. Tal vez el débil ensayo de Constitución de la Unión Europea hace suyo el mandamiento de Moisés y del Nuevo Testamento y silencia las raíces judías y cristianas de nuestro continente. O al menos al final de una triste y larga polémica podrá parecer incluso que creemos que así ha sido, si finalmente el padre constituyente puede superar la frialdad de su tardía Ilustración».
Precisamente es significativa la alusión a la «Ilustración», que aparece al final del pasaje citado y en el preámbulo. En efecto, afirmar, como se hace en el borrador de la introducción de la Constitución, que «la herencia cultural, religiosa y humanística de Europa» ha sido «alimentada ante todo por la civilización grecorromana» y más tarde por la «filosofía de la Ilustración, que fijaron en la sociedad la percepción del papel central de la persona humana y del respeto al derecho…», significa caer en esa «con-fusión» de la que hablaba antes, que revela ese «relativismo» nihilista subyacente. Reunir y fundir el componente «religioso-(cristiano)» con la «filosofía de la Ilustración» significa confundir las diferencias estructurales que existen entre dichos componentes, cuyo encuentro fue en muchos aspectos positivo, pero sólo sobre la base de vínculos dinámico-relacionales, de antítesis dialécticas bastante complejas.
En efecto, la imposición de la Diosa Razón como auténtica «Divinidad del futuro» por parte de la Ilustración tuvo consecuencias engañosas de gran alcance. Todo el mundo debería haber entendido ya –y lo veremos varias veces a lo largo de la presente obra– cómo y hasta qué punto la Razón al «autodivinizarse» llega en muchas ocasiones hasta el límite de la locura. El «fundamentalismo racionalista» es tan peligroso como los «fundamentalismos fideístico-religiosos».
En concreto, cuando el redactor del prólogo del borrador de la Constitución alude al concepto de «persona» y lo presenta en esos términos, demuestra ignorar que dicho concepto es una creación del pensamiento judeocristiano, tal como podrá deducirse de la abundante documentación que presento a continuación. Para los griegos, como veremos, el hombre no era la realidad natural más importante (la concepción más común de los griegos era «cosmocéntrica» y no «antropocéntrica»; los elementos de «antropocentrismo» que aparecen en los estoicos, según Max Pohlenz, eran de inspiración judía, introducidos por el...




