Reid | Se busca... | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 360 Seiten

Reid Se busca...


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17683-87-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 360 Seiten

ISBN: 978-84-17683-87-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Hay tres cosas que debes saber sobre Janie Morris: 1) Es incapaz de mantener una conversación sin dar DIT (Demasiada Información Trivial) todo el tiempo, sobre todo cuando está nerviosa. 2) No hay nada que la ponga más nerviosa que Quinn Sullivan, alias 'Señor McMacizo'. 3) No sabe hacer punto, a pesar de formar parte de un grupo de costura. Después de perder a su novio, su piso y su trabajo el mismo día, Janie no puede evitar preguntarse qué nuevo tormento le depara el destino. Para su mortificación máxima, Quinn es testigo de todas sus desgracias. Y a partir de ese momento, no deja de encontrárselo a todas horas, como ese par de zapatos carísimos que deseas por encima de todo pero no puedes permitirte. Lo último que espera es que Quinn acabe haciéndole una oferta que no podrá rechazar...

Antes de convertirse en autora best seller de The New York Times, Wall Street Journal y USA Today con numerosas novelas, Penny Reid solía pasar sus días escribiendo propuestas de subvenciones federales como investigadora biomédica, pero ahora solo escribe libros. También es madre a tiempo completo de tres adultos en miniatura, esposa, hija, tejedora, crochetista, bordadora, artesana y ninja de pensamiento.
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1


Lo deduje en el cuarto de baño.

Sentada en el inodoro, a punto de tener un ataque de pánico mientras miraba el cementerio de rollos de papel higiénico acabados. Los cilindros marrones estaban colocados en posición vertical formando medio óvalo sobre la superficie superior plana y brillante del portarrollos de papel higiénico de acero inoxidable. Era como una especie de Stonehenge reciclado en miniatura en el cuarto baño de señoras, como un monumento a las deposiciones de días pasados.

A eso de las dos y media de la tarde, el día había pasado del país de las canciones malas al territorio vecino de la horrible carta anual navideña de la tía Ethel. El año anterior, la tía Ethel había escrito, con firme sinceridad, sobre la gota del tío Joe, los dos accidentes de coche, el nuevo sumidero del patio trasero, su inminente desalojo del parque de caravanas y el divorcio de la prima Serena. Aunque siendo justa, la prima Serena se divorciaba cada año, así que…, eso no contaba en el cómputo calamitoso de catástrofes anuales.

Cogí aire y metí la mano en el interior del soporte de papel higiénico; mis dedos rozaron un trozo de papel, pero solo se trataba de otro rollo acabado. Me incliné hacia abajo, en un ángulo muy incómodo, y traté de mirar en las profundidades del recipiente, esperando que hubiera otro más arriba. Para mi desesperación, el contenedor estaba vacío.

—¡Mierda! —medio susurré medio gemí, y de repente me reí del inesperado doble sentido. Qué apropiado, dada mi situación actual. Una sonrisa amarga se quedó en mis labios mientras apretaba los dientes y reaparecían en mi cabeza las mismas palabras que habían flotado en ella durante todo el día.

«Hoy no puede salirme mal nada más».

Estaba siendo, sin ánimo de hacer un juego de palabras, un día de mierda.

Como en todas las buenas canciones country, había comenzado con una tonta y un cabrón. La tonta de la canción era evidentemente yo, y el cabrón era mi ex, Jon. El descubrimiento de que era un mujeriego me llegó en forma de envoltorio de condón vacío en el bolsillo trasero de sus vaqueros cuando yo, su tonta e inocentona novia, había decidido echarle una mano lavándole la ropa sucia con la mía.

Rememoré el debate resultante; después de encontrar el envoltorio del preservativo, le había dado un buen capón en la cabeza, pero no pude evitar pensar que Jon tenía su parte de razón: ¿estaba enfadada con él por haberme engañado o me sentía decepcionada de que hubiera sido tan estúpido como para guardar el envoltorio del preservativo en el bolsillo después de usarlo? Intenté obligarme a pensar en la discusión, a concentrarme en las palabras que le había dicho esa mañana.

«En serio, ¿quién hace eso? ¿Quién es capaz de pensar que no le importa engañar a su novia, pero tiene una conciencia social que no le permite tirar el envoltorio del condón al suelo?».

Me quedé mirando la puerta de fórmica azul y blanca del cubículo mientras me mordía el labio inferior, barajando mis opciones, e intentando decidir si quedarme allí durante el resto del día era realmente factible. En ese momento, quedarme en el box durante el resto de mi vida me parecía una buena opción, sobre todo porque no tenía a dónde ir.

El apartamento que había compartido con Jon pertenecía a sus padres. Yo había insistido en pagar el alquiler, pero mi mísera contribución de quinientos dólares más la mitad de los gastos no cubría ni un dieciseisavo del costo de aquel piso de dos dormitorios y dos baños.

Creo que una parte de mí siempre había sabido que era un cabrón, demasiado bueno para ser verdad. Era todo lo que siempre había pensado que quería, lo que aún creía que quería: inteligente, divertido, dulce, tierno con su familia, guapo de una forma adorable. Compartíamos puntos de vista políticos, así como puntos de vista ideológicos, valores; incluso practicábamos la misma religión. Él soportaba mis excentricidades, hasta me decía que era «mona» cuando «rara» era la palabra que más acostumbraba a oír sobre mí misma. Tenía gestos románticos. Era un caballero en una época en la que el cortejo ya no se estilaba. En la universidad, me había escrito poesía antes de que empezáramos a salir; y era de la buena, relacionada con mis intereses y el clima político que estaba de actualidad. Se había ganado poco a poco mi corazón, pero no había hecho que mis sentimientos estallaran; aunque yo no era una chica de emociones explosivas.

Sin embargo, él provenía de una familia con dinero; mucho, mucho dinero. Y eso había sido una espina para nuestra relación desde el principio. Mientras yo medía cuidadosamente cada gasto y calculaba con minuciosidad mi presupuesto mensual, él compraba lo que quería cuando lo quería. Por mucho que odiara admitirlo, sospechaba que le debía mucho. Siempre había imaginado que él o su padre —que siempre me había pedido que lo llamara Jeff, aunque yo me sentía más cómoda dirigiéndome a él como señor Holesome—, habían movido los hilos que me consiguieron una entrevista para mi trabajo.

Incluso después de la pelea que habíamos tenido por la mañana, me había dicho que podía quedarme, que debía quedarme, que quería arreglar las cosas, que quería cuidarme, que lo necesitaba. Hice rechinar los dientes, apreté la mandíbula y me reafirmé en mi resolución; no existía manera en el mundo de que me quedara con él.

No me importaba lo inteligente, divertido o aceptado que fuera, y su acogedora entrega a mis rarezas no significaba que él se tratara del hombre indicado; daba igual incluso lo agradable que fuera no tener que pagar una pasta en alquiler, lo que me permitía gastar el dinero en entradas para los Cubs, cómics y zapatos de marca. No iba a volver con él.

«¡De eso nada, monada!».

El incómodo calor que había reprimido durante todo el día empezó a subirme desde el pecho y se me puso un nudo en la garganta. El rollo de papel higiénico que quedaba dentro del dispensador me miró desde el receptáculo y tuve que luchar contra el repentino impulso de arrancarlo del soporte y dar forma a mi venganza haciéndolo pedazos. Luego, concentré toda mi atención en el Stonehenge de rollos acabados.

Lo imaginé con claridad: el equipo de seguridad del edificio venía a sacarme del baño de señoras del piso 52, y me descubrían con la carne del cartón del papel higiénico diezmada a mi alrededor y las bragas todavía alrededor de los tobillos, mientras gritaba y señalaba acusadoramente a mis compañeros de trabajo: «¡Reponed los rollos usados! ¡Reponed los rollos usados!».

Cerré los ojos: «Tachad eso, excompañeros de trabajo…».

La puerta del cubículo empezó a desdibujarse cuando los ojos se me llenaron de lágrimas; al mismo tiempo, una risa estridente se me escapó de los labios y supe que me estaba aventurando en el desconocido territorio de la locura.

Como en las canciones country, la tragedia del día se había desarrollado a un ritmo cadencioso y constante:

¿No tener acondicionador y llevar el pelo despeinado, alborotado y convertido en un nido? Hecho.

¿Romper el tacón de los zapatos nuevos en la rejilla de la alcantarilla? Hecho.

¿La estación del metro cerrada por obras no programadas? Hecho.

¿Perder una lentilla después de que me golpearan en el hombro mientras la multitud salía del ascensor? Hecho.

¿Derramarme el café en mi blusa favorita? Supuse que también podía tachar eso de mi lista de tareas pendientes.

Y, finalmente, había recibido una llamada del despacho del jefe para informarme de que iba a haber recortes en la plantilla y… Hecho, hecho.

Por eso precisamente odiaba insistir en lo de los problemas personales; por eso era que lo de recrearse en los pensamientos y en los sentimientos crudos era mucho más seguro que la alternativa. No me había dejado llevar por la autocompasión, una autocompasión que no me había permitido sentir desde la muerte de mi madre, y ningún chico, ningún trabajo ni ninguna serie de eventos de mierda podían obligarme a hacerlo ahora. Después de todo podía lidiar con esto.

«O eso es lo que debo decirme a mí misma».

Al principio traté de quitarme la humedad de los ojos, pero luego los cerré y, al menos por tercera vez en el día, utilicé las estrategias para enfrentarme a los sentimientos que había aprendido durante el año obligatorio de psicoanálisis a adolescentes. Me visualicé a mí misma envolviendo la ira, el dolor y los bordes crudos y deshilachados de mi cordura en una toalla de playa grande y colorida. Luego lo metí todo en una caja. La cerré con llave. Dejé la caja en el estante superior del armario. Apagué la luz del armario y cerré la puerta.

Estaba evitando las emociones que me provocaba la situación sin enfrentarme a la realidad.

Conseguí tragar saliva con mucho esfuerzo después de múltiples intentos y, por fin, logré controlar aquel amenazante desánimo y abrí los ojos. Me miré y examiné mi apariencia: unas chancletas rosas que me habían prestado para reemplazar el par de Jimmy Choo rotos; una falda gris hasta la rodilla, salpicada de manchas de café; top rojo con escote en V prestado —que me quedaba demasiado ceñido— para reemplazar mi blusa favorita; me alisé el pelo, que había adquirido un accidental aspecto afro y luego me subí por el puente de la nariz unas viejas gafas de montura negra, que estaba usando para sustituir las lentillas. Me sentía más calmada, más controlada, a pesar de la cuestionable falta de opciones de ir a...



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