E-Book, Spanisch, Band 89, 224 Seiten
Reihe: Narrativas
Remaud Cuando las montañas bailan
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19168-57-3
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Relatos de la Tierra íntima
E-Book, Spanisch, Band 89, 224 Seiten
Reihe: Narrativas
ISBN: 978-84-19168-57-3
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Olivier Remaud es filósofo y supervisor de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (París). Su trabajo se centra en las fábulas sociales y las formas de vida del mundo.
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1
Un perro chamán
Lo recuerdo como se recuerda el agua clara.
Primero, una caja de cartón en la entrada de casa de mis padres. Ya la había visto antes, en el sótano, junto a más cajas, entre tarros de mermelada, conservas y las tumbonas del jardín, pero nunca en medio del recibidor. Aquel día había algo raro, un movimiento, un ligero temblor. Las solapas superiores estaban medio cerradas y los dos orificios laterales eran demasiado estrechos para atisbar el interior. Solo se oía una respiración, un aliento discreto, quizá incluso unos susurros. Un cuerpo se estremecía, confinado entre las paredes de su casa de papel.
Mi madre la abrió. Había una bola de pelo color canela acurrucada al fondo. Empezó a asomar una cara despeinada, unos ojos como platos, un cuerpo nervudo que se estiró poco a poco despidiendo reflejos rubios dignos de un sol de otoño. Estábamos los cuatro inclinados sobre la caja abierta de par en par, con la sonrisa en la boca, embelesados. Era un acontecimiento para la familia. Él debió de pensar que le había llegado la hora. Probablemente le sorprendió que su existencia terminara tan pronto. Una jauría feroz iba a devorarlo, tenía miedo.
Así que era eso lo que nadie me había contado. Hay ciertos silencios y ciertas sonrisas que los niños adivinan. Que entienden mejor que cualquier frase. Basta un gesto en la mirada. No hay vocabulario que tenga ese poder.
Salió de la caja de un brinco y enfiló el pasillo a la carrera, como un diablillo de pelaje incandescente, pero la puerta del baño bloqueaba el paso al otro extremo. Atrapado en un callejón sin salida, dobló a la izquierda derrapando sobre las baldosas y huyó al cuarto más cercano. El aroma de la moqueta debió de seducirlo, la mezcla de olores misteriosos puso en marcha el diaporama de su memoria atávica y por su cerebro empezaron a desfilar a toda velocidad imágenes de herbazales y pastos de altura. Acababa de encontrarse una guarida. Mi habitación.
Mis padres, mi hermano y yo nos miramos. Un quinto miembro de la familia, que no era ni una hermanita ni un hermanito, aparecía con sus propias historias, emociones y expectativas. Ese animal alborotado del que lo desconocía todo me atraía. Aunque estaba desconcertado, quería verlo más de cerca, quería tocarlo. Me lancé a su encuentro trotando de impaciencia.
No me llevó mucho tiempo. Estaba debajo de mi cama, como un murciélago en su cueva, al amparo de aquel trocito de penumbra. Nuestro primer cara a cara fue de naturaleza espeleológica: él agarrado a las patas de madera, arrinconado al fondo, pegado a la pared, yo sobre el armazón metálico del somier, con la nariz entre ácaros, hebras y pelusas.
Yo tendría cinco años, por lo menos, y él, como mucho, tres meses. En realidad, ambos estábamos en los comienzos. Un fugaz intercambio de miradas, unos gañidos tímidos, un latido de vida salvaje. Le tendí la mano, me la olfateó y empezó a lamerme la palma con babosa profusión. Quedaba sellada una amistad, un juramento mudo, una alianza para toda la vida.
Aquel pequeño pastor de los Pirineos no tardó en convertirse en mi mejor amigo. Jamás rehuyó un pensamiento, siempre aceptó mis palabras con una mirada dulce. Con el paso del tiempo fui confiándoselo todo: mis alegrías de niño, mis dudas de adolescente, mis anhelos de ser humano. Se llamaba Iriou du Ic, un nombre que dejaba adivinar la región de su pedigrí, pero enseguida se lo cambiamos a Youyou. Crecía a pasos agigantados. Su pelaje iba adquiriendo vigor, sus músculos ganaban fuerza y su silueta, elegancia. Era bello.
Vivíamos junto a un bosque de troncos enmarañados del que nos separaba una pista sin asfaltar. En cuanto volvía del colegio, me iba al bosque con Youyou. Conforme pasaban los días, aprendimos a orientarnos mejor en el laberinto de sus senderos tortuosos. Uno de ellos conducía a un pequeño claro bañado por una suave luz. En aquel paraíso rodeado de zarzas y arbustos, nos inventábamos vidas nuevas.
Solía jugar al juego del «barón rampante». Como el joven Cosimo de la novela epónima de Italo Calvino sobre la Ilustración, me encaramaba a los robles y construía cabañas en las alturas. Después de localizar el tronco idóneo, subía los tablones que me llevaba de casa. Los encajaba entre las ramas más grandes para tener una plataforma estable sin dañar la corteza con clavos. Luego, con un viejo cordel, ataba las ramitas que encontraba por el suelo y armaba un cuadrado que dejaba pasar la luz. Sin ventanas, sin armazón, una simple techumbre de celosía. Allí arriba, entre las copas, esperaba la caída de la noche. Las hojas susurraban y los cárabos desfilaban. Abajo, las ranas se congregaban para cantar, los carboneros husmeaban entre la hierba en busca de arañas u hormigas y los tejones excavaban los conductos de sus madrigueras sacando la tierra con las patas traseras.
La posición sobreelevada tiene muchas ventajas. Satisface la necesidad de horizonte y aguza la vista: «quien quiere mirar bien la tierra debe mantenerse a la distancia necesaria», escribió Calvino. Cosimo se niega a vivir confinado entre las paredes de su bella y suntuosa morada. Encaramado a los árboles, abandona sus prejuicios de barón. Ayuda a los campesinos que abren los surcos diciéndoles si las líneas están rectas, les informa de la madurez de los tomates de los campos aledaños, hasta inventa un mecanismo de riego y evita un incendio en el bosque. Van pasando los años y Cosimo ama, reflexiona y aconseja a los más grandes de este mundo desde sauces, fresnos y encinas. Con él, la Ilustración se vuelve arbórea y aérea. Pero Cosimo no quiere bajar de los árboles nunca más. Llegado al fin de su vida, se niega a que lo entierren. Se agarra al ancla de un globo aerostático que pasa por encima y se aleja por los aires para no regresar jamás. Lo más probable es que acabara cayendo al mar. De tanto querer elevarse, acaba ahogándose.1
Para mí, trepar a las copas de los árboles era un juego, no un destino. En aquellas cabañas suspendidas, conversaba con el viento y las nubes. Escrutaba la fauna de las ramas y me divertía descifrando los sonidos que inmortalizan el crepúsculo. Me sentía liviano, tan libre de preocupaciones como una gota de rocío. Pero Youyou no podía acompañarme. A su pesar, permanecía remiso al pie de los árboles, montando guardia. Por nada del mundo lo habría dejado ahí solo demasiado tiempo. Al cabo de unas horas, me deslizaba tronco abajo para estrecharlo entre mis brazos. Ver la tierra de cerca es todavía mejor.
Aquel bosque de Touraine era mágico. Youyou y yo éramos como dos habitantes de una selva tropical que hablaban con tucanes, jaguares, pitones y nubes de mariposas azules. Remontábamos ríos de nombres inventados a bordo de largas piraguas para alcanzar una divisoria de aguas donde habían de sucedernos hazañas extraordinarias. A veces, cambiábamos de latitud y poníamos rumbo a los hielos, al Gran Norte, para deslizarnos por la banquisa en trineo soñando despiertos. Validábamos todas nuestras aventuras tomando como testigo al primer gorrión que revoloteaba ante nuestros ojos.
A nuestro alrededor, la enmarañada arboleda ocultaba misterios. Entre mis amigos y amigas, también entre la gente del pueblo, se decía que una vieja carroza con aires de galeón hundido yacía en el fondo de una laguna. El pecio ancestral acogía a los seres que llegaban a él engullidos por las arenas movedizas de la zona. La gente desaparecía, circulaban turbias historias de miedo. Pasábamos de largo en bicicleta con un escalofrío y pedaleábamos un poco más rápido, pero nunca ocurría nada.
Entre mi madre y yo nos ocupábamos del cuidado de Youyou. Cuando volvíamos de hacer la compra, nos recibía con brincos y ladridos de alegría. Una veces comía carne cruda y otras, unos patés preparados que yo probaba previamente como el catador personal de Cleopatra: con escrupulosidad. Sentado sobre los cuartos traseros, con el morro apuntando hacia arriba, Youyou esperaba el veredicto de mi boca. Yo arrugaba la nariz, consciente de que mis muecas le hacían reír, aunque tampoco era cuestión de torturarlo. En esos momentos tenía tanta hambre que ladraba meneando el rabo, en una mezcla de impaciencia y felicidad anticipadas. Me interrogaba con la mirada: ¿estará tan bueno como la última vez? Después, en cuanto la escudilla tocaba el suelo, hundía la cabeza en ella y la hacía girar como una peonza enloquecida. Devoraba sin masticar y engullía haciendo chocar los colmillos contra el comedero. El ágape era breve. Y nosotros recogíamos un cuenco vacío y relamido que casi podríamos haber guardado de nuevo en la alacena.
El cuerpo de Youyou era fino. Tenía músculos largos y un manto de pelo protector, más espeso en invierno que en verano, que lo envolvía como el mejor de los aislantes. Su abundante pelaje requería cuidados frecuentes y varias veces a la semana le pasaba un cepillo metálico para desenredárselo y otro de púas suaves para darle lustre. Una vez quise usarlos en mi cabeza y estuve a punto de desollarme el cuero cabelludo. No teníamos la misma pelambrera.
El ejercicio de cepillado requería grandes dosis de paciencia. La operación se realizaba al final del día, duraba una media hora y yo la ejecutaba con la dedicación de un profesional. Después de peinar, tocaba desparasitar. Le estiraba las extremidades en busca de las garrapatas que traía del bosque húmedo. Con una serenidad olímpica y un cuerpo completamente elástico, se entregaba y me dejaba hacer. No ignoraba que las garrapatas resistían sus lametazos y sus arañazos, ni tampoco...




