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E-Book, Spanisch, 859 Seiten

Renault Teseo

El rey debe morir - El toro del mar
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-350-4901-6
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

El rey debe morir - El toro del mar

E-Book, Spanisch, 859 Seiten

ISBN: 978-84-350-4901-6
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Fundador de la dinastía ateniense, rey de Atenas, reformador religioso, gran navegante y hasta pirata, a Teseo también se le atribuye, tras haber conquistado una buena parte del Ática, el sinecismo ateniense: la reunión de varios pueblos en una ciudad, con igualdad de derechos entre todos los habitantes e instituciones políticas y religiosas. Es sin duda un personaje mítico cuya leyenda traspasa los tiempos antiguos para llegar al día de hoy. Pero Mary Renault va más allá, y nos muestra al héroe no sólo venciendo al minotauro de Creta o encabezando victoriosas expediciFundador de la dinastía ateniense, rey de Atenas, reformador religioso, gran navegante y hasta pirata, a Teseo también se le atribuye, tras haber conquistado una buena parte del Ática, el sinecismo ateniense: la reunión de varios pueblos en una ciudad, con igualdad de derechos entre todos los habitantes e instituciones políticas y religiosas. Es sin duda un personaje mítico cuya leyenda traspasa los tiempos antiguos para llegar al día de hoy. Pero Mary Renault va más allá, y nos muestra al héroe no sólo venciendo al minotauro de Creta o encabezando victoriosas expediciones guerreras, sino también en sus relaciones personales, sus amorías con Adriana, Hipólita (la reina de las amazonas), Freda y Helena y todo su mundo interior. Publicada anteriormente en dos volúmenes independientes (El rey debe morir y El toro del mar), en esta potente reintrepretación del mito, Mary Renault convierte en una magnífica novela una de las historias más emocionantes, maravillosas y sorprendentes de la Antigüedad clásica: El mito de Teseo. Sin duda, el más completo y rotundo retrato de un personaje inolvidable y novelesco por antonomasia. Mary Renault pertenece al selecto y restringido grupo de cultivadores de novela histórica que han alcanzado un estatus de clásicos de la literatura y sólo ella puede acometer un tema como éste y salir airosa en su empresa.

Mary Renault (Mary Challans, 1905-1983) es una de las helenistas y escritoas más importantes de todos los tiempos. Formada en Orxford en literatura clásica, descubrió su vocación como escritora mientras ejercía de enfermera, y ya en 1939, con su primera novela, obtuvo un importante respaldo de crítica y lectores. Scosada por el moralismo de la época que le tocó vivir, después de servir en la segunda guerra mundial como mefermera, se estableció en Ciudad del Cabo en compañía de Julie Maillard y juntas recorrieron buena parte del continente africano y casi toda Grecia. En su amplia obra, comparada a menudo con la de Marguerite Yourcenar y Robert Graves, destacan las novelas históricas El rey debe morir, Teseo rey de Atenas (también publicado como El toro del mar), La máscara de Apolo, Alexias de Atenas, la biografía Alejandro Magno y el tríptico sobre el mismo personaje que froman Fuego del Paraíso, El muchacho persa y Juegos funerarios.
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LIBRO SEGUNDO

ELEUSIS

CAPÍTULO 1

Me levanté al amanecer, cuando me despertaron los balidos de la majada, y me lavé en el arroyo, algo que mis anfitriones contemplaron con asombro, pues su último baño había sido en manos de la comadrona. A partir de allí, el camino se hacía más fácil y bajaba hacia el mar. Pronto, al otro lado de una angosta franja de agua, vi la isla de Salamina y, a mi alrededor, una fértil llanura, con frutas y campos de cereal. La carretera descendía a una ciudad de la ribera, un puerto de mar atestado de barcos. Varios mercaderes con los que me crucé me dijeron que era Eleusis.

Resultaba agradable ver de nuevo una ciudad y estar en un país con leyes; y más agradable aún saber que era la última parada antes de Atenas. Decidí que ordenaría que dieran pienso a los caballos y los almohazaran, mientras yo comía y visitaba las cosas dignas de verse en Eleusis. Luego, cuando llegué al linde de la ciudad, vi la carretera flanqueada de gente atenta y los tejados atestados de curiosos.

A los jóvenes les gusta creer que son alguien, pero incluso a mí me resultó aquello sorprendente. Además, me extrañó que, habiendo venido tantos a verme, nadie levantara la voz ni me preguntara por nada.

Ante mí estaba el mercado. Refrené el paso de mis caballos para respetar los puestos de los mercaderes. Luego, los detuve; la gente se interponía en mi camino como un sólido muro. Nadie hablaba y las madres acallaban a sus chiquillos.

En el centro de la multitud había una mujer majestuosa; un esclavo sostenía una sombrilla sobre su cabeza. Tendría unos veintisiete años; su cabellera, coronada por una diadema de púrpura cosida con oro, era roja como cobre iluminado por el fuego. La rodeaba una veintena de mujeres, como los cortesanos a un rey; pero no había ningún hombre cerca de ella, salvo el esclavo de la sombrilla. Debía de ser, a un tiempo, sacerdotisa y reina. Y su reino era minoano, con toda seguridad. Así se llaman a sí mismos los pobladores de la ribera: minoanos. Todos saben que, entre ellos, las noticias corren con una rapidez fulminante.

Por mero respeto, bajé de mi carro y me adelanté, llevando a los caballos de la brida. Aquella mujer no sólo me miraba; comprendí que me estaba esperando. Cuando me acerqué y la saludé, entre la multitud se ahondó el silencio, como cuando se escucha a un arpista que afina su instrumento.

–Te saludo, señora –dije–, en nombre de cualquier dios o diosa que se honre aquí con preferencia a todos los demás. Porque creo que sirves a una divinidad poderosa, a quien el viajero debe rendir homenaje antes de seguir su camino. Un hombre ha de respetar a los dioses que encuentra en su ruta, si quiere que su viaje termine bien.

La desconocida me respondió, hablando despacio en griego y con el acento de los minoanos:

–Realmente, tu viaje ha sido bendecido y aquí termina.

Me quedé mirándola, sorprendido. Parecía estar diciendo palabras preparadas para ella; detrás de todo aquello, atisbaba furtivamente otra mujer. Y dije:

–Señora, soy forastero en este país y voy a Atenas. El huésped a quien esperas debe de ser alguien más importante que yo: un jefe o quizás un rey.

Al oír esto, ella sonrió. La gente se acercó más a nosotros, murmurando; no enojados, sino, como los pastores junto a la hoguera, todo oídos.

–Hay un solo viaje que hacen todos los hombres –dijo la mujer–. Vienen de la Madre y hacen lo que los hombres están predestinados a hacer, hasta que ella tiende la mano y los llama para que vuelvan.

Evidentemente, aquel país pertenecía a la religión antigua. Tocándome la frente en señal de respeto, dije:

–Todos somos sus hijos.

¿Qué querría de mí aquella mujer? Seguro que la ciudad sí sabía ya de qué se trataba.

–Pero algunos están predestinados a más altos destinos –sentenció ella–. Como tú, forastero, que vienes aquí, cumpliendo los augurios, el día en que el rey debe morir.

Entonces comprendí. Pero no quise dejarlo entrever. Estaba aturdido y necesitaba ganar tiempo.

–Gran señora –dije–, si tu señor ha recibido su llamada, ¿qué tiene eso que ver conmigo? ¿Qué dios o diosa está irritado? Nadie se halla de duelo; nadie parece tener hambre; no se ve humo en el cielo. Es a él a quien corresponde decirlo. Pero, si quiere que yo le dé muerte, es él quien debe mandar por mí.

Ella se irguió, frunciendo el entrecejo.

–¿Qué es un hombre para tener derecho a elegir? La mujer lo forma en sus entrañas; él crece y siembra su simiente como la hierba y cae en el surco. Sólo la Madre, que es quien pare a los hombres y a los dioses y vuelve a llevárselos, está sentada junto al hogar encendido del universo y vive eternamente.

La desconocida alzó la mano: las mujeres que la servían la rodearon y un hombre se adelantó para llevar de la brida a mis caballos.

–Ven –me dijo ella–. Debes prepararte para la lucha.

Eché a andar a su lado. La gente nos acompañaba, rodeándonos, con un rumor como el de las olas en un bajío. Investido por sus expectativas, no me sentía como era en realidad, sino tal como querían ellos que fuera. Uno no adivina la fuerza de esos misterios hasta que toma parte en ellos.

Mientras caminaba en silencio junto a la reina, recordé lo que me había contado un hombre sobre un país donde existe la misma costumbre. Me explicó que, en esas tierras, no hay en todo el año un rito que conmueva e impresione más a la gente que la muerte del rey, y agregó: «Lo ven en el apogeo de su suerte, entronizado en su esplendor, ostentando oro; y, entonces, viene hacia él, a veces desconocido y anónimo, otras veces señalado por los augurios ante todo el pueblo, el que le trae su sino. En ocasiones, la gente lo sabe antes de que el propio rey se entere. Tan solemne es el día que, si alguien de los presentes siente algún dolor, miedo o achaque propios, queda purgado de sus males por la piedad y el terror; se le calman y se duerme. Hasta los niños lo perciben. Los pastorcillos de las montañas, que no pueden abandonar a sus rebaños para ver el espectáculo, se representan unos a otros en las laderas, con canciones y pantomimas, el día de la muerte del rey».

Este pensamiento me despertó. «¿Qué estoy haciendo? –pensé–. He ofrecido mi mechón de cabellos a Apolo; he servido a Poseidón, el marido y señor de la Madre, que es inmortal. ¿Adónde me lleva esta mujer? ¿A matar al hombre que mató a alguien el año pasado, y a yacer con ella durante cuatro estaciones para bendecir el trigo, hasta que se levante de mi lecho para traerme a su vez al que me matará? ¿Será ésa mi moira? Ella tal vez tenga augurios; pero ninguno ha llegado hasta mí. No me guía ningún sueño de hijo de la tierra, como al caballo rey ebrio de amapolas. ¿Cómo me liberaré?».

No obstante, la miraba de soslayo, como mira un hombre a la mujer que sabe que está a su disposición. Tenía el rostro demasiado ancho y la boca no muy hermosa; pero la cintura era de palmera y sólo un muerto habría podido permanecer impasible ante sus pechos. La sangre de los minoanos de Eleusis se ha mezclado con la de los reinos helenos de ambos lados; el color y la forma de aquella mujer eran helenos; pero no su rostro. Ella sentía mi mirada y andaba erguida, con la cabeza bien alta. La orla de la sombrilla carmesí me cosquilleaba el pelo. Pensé: «Si me niego, el pueblo me despedazará. Soy el que siembra su cosecha. Y esta mujer, que es el campo donde germina, se enfurecerá». En el andar de una mujer se adivinan ciertas cosas, aunque ella no quiera. «Es una sacerdotisa, conoce la magia de la tierra y su maldición perdura. La Madre Día debe de haber reparado en mí. Fui engendrado para apaciguar su cólera. Y es una diosa a la que no se puede tratar a la ligera».

Habíamos llegado al camino costero. Miré al este y vi las colinas del Ática, resecadas por el estío y descoloridas por el sol del mediodía; estaban a media jornada de camino. Pensé: «¿Cómo podría acercarme a mi padre, cuya espada llevo y decirle: “Una mujer me invitó a luchar y hui”? No, el destino ha puesto en mi camino este combate de garañones, como puso al bandido Escirón. Hagamos lo que me piden y confiemos en los dioses».

–Señora –dije–, hasta ahora nunca había estado a este lado del istmo. ¿Cómo te llamas?

Sin mirarme y sin alzar la voz, ella respondió:

–Perséfone. Pero los hombres tienen prohibido pronunciar mi nombre.

Acercándome más a ella, repliqué:

–Un nombre que parece un murmullo. Un nombre para la oscuridad. –Pero ella no contestó y, a continuación, pregunté–: ¿Y cómo se llama el rey a quien he de matar?

Me miró con cara de sorpresa y contestó con indiferencia:

–Se llama Cerción –lo mismo que si le hubiese preguntado el nombre de un perro sin dueño. Por un momento, creí que me iba a decir que no tenía...



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