Reyes / Saborit | América | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 139 Seiten

Reyes / Saborit América


1. Auflage 2015
ISBN: 978-607-16-2618-9
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 139 Seiten

ISBN: 978-607-16-2618-9
Verlag: Fondo de Cultura Económica
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Tomo que presenta un grupo de textos relacionados con las ideas de Reyes en torno de América y los americanos. Son siete ensayos: 'Rodó', 'Góngora y América', 'Palabras sobre la nación argentina', 'En el día americano', 'Goethe y América', 'Notas sobre la inteligencia americana' y 'El Brasil en una castaña', en los que el autor reflexiona sobre el pasado, el presente y el porvenir de las naciones a las que él gustaba de llamar 'nuestra América'.

Alfonso Reyes nació en Monterrey, Nuevo León, en 1889 y murió en la ciudad de México en 1959. Abogado, diplomático, escritor, poeta, traductor, periodista, fundador de instituciones nacionales, fue encargado de negocios ad interim de México en España (1921 y 1922-1924); ministro en Francia (1924-1927); embajador en Argentina (1927-1930, 1936 y 1937) y Brasil (1930-1936); fundador y primer presidente de El Colegio de México (1940-1959); fundador de El Colegio Nacional; miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, como correspondiente desde 1918, y de número desde 1939, y Premio Nacional de Literatura (1945). Sus Obras Completas se han recogido en 26 volúmenes por el Fondo de Cultura Económica.
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PRÓLOGO


ALFONSO REYES Y AMÉRICA

EN (1935), Isaiah Berlin cita un fragmento del poeta griego Arquíloco, en el que se dice: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una gran cosa”. Berlin aplicó figurativamente estas “oscuras palabras” para dividir en dos grandes clases a una hueste de filósofos, poetas, dramaturgos y novelistas. Dante, flanqueado, entre otros, por Platón, Dostoievski y Proust, quedó al frente de los escritores a cuya obra la animaba “una sola visión central” que por sí sola daba sentido a todo lo que ellos hubieran dicho o hecho. Shakespeare, flanqueado, entre otros, por Aristóteles, Goethe y Joyce, era ejemplo de aquellos escritores cuyos pensamientos son “esparcidos o difusos, pasan de un nivel a otro y captan la esencia de una gran variedad de experiencias y de objetos para lo que son en sí mismos”, sin tratar de reducirlas a los límites de una “visión interna unitaria”.1 Los del primer grupo eran erizos, los del segundo, zorros. De aplicar la clasificación de Berlin a los escritores mexicanos, y en especial a los del círculo que fundó el Ateneo de la Juventud en 1909, de inmediato resulta evidente que José Vasconcelos (1881-1959) fue un erizo, toda vez que su vida y sus escritos estuvieron inspirados por la visión de sí mismo como un avatar cultural, a ratos rey-filósofo y a ratos profeta, elegido para redimir a su nación y a su raza. A diferencia de él, Alfonso Reyes (1889-1959), el “Benjamín” del Ateneo, fue un zorro, hizo las veces de diplomático, historiador literario, poeta, periodista y presidente de un centro de estudios superiores y sus escritos abarcaron una gran variedad de tópicos y géneros. Al mismo tiempo, el mayor de los dos influyó en el más joven y en ningún lugar fue más grande esta influencia que en la preocupación de ambos por la situación cultural de América Latina, o, como Reyes prefería decir, de “Nuestra América”.2

Para comprender el origen de esta preocupación no hace falta más que volver la vista a sus (1936), en donde Reyes lamentaba que el plan de estudios de la Escuela Nacional Preparatoria en la ciudad de México, en donde él estudiara, inculcó en todos sus alumnos un profundo pesimismo hacia la América española. Pues aquí aparecía un continente que daba la impresión de estar encerrado en una jaula de hierro de determinantes —“fatalidades” las llamó Reyes— ya fueran de la raza, la geografía o la política, que impedían su progreso y que lo mantenían dependiente de Europa occidental y de Estados Unidos. En particular, así lo señaló Reyes, la generación de su padre experimentó como una desgracia el haber nacido “en un suelo que no era el foco actual de la civilización, sino una sucursal del mundo”. Reyes citaba a la escritora argentina Victoria Ocampo, quien comentara que los miembros de la generación anterior se habían concebido a sí mismos como los “propietarios de un alma sin pasaporte”. Todavía más: se trataba de una generación que conservaba el viejo desprecio liberal hacia España y que la veía hundida en la decrepitud histórica. En cuanto a México, la sobrevivencia de las comunidades indígenas estaba condenada a representar un obstáculo histórico para su progreso social. En efecto, se pensaba que todo lo que valía la pena venía de fuera y a todo lo autóctono, fuera nativo o criollo, se le tenía por atrasado. Y todo lo anterior creaba un agudo contraste con el floreciente poder industrial y la prosperidad de Estados Unidos.

La paradoja de tal pesimismo, ejemplificada en (1899) de Francisco Bulnes, estaba en que América Latina, hacia 1870, según observara Alfonso Reyes en su (1918), comenzó a gozar de “una nueva era de prosperidad material y de tranquilidad relativa”. En todo el hemisferio las inversiones extranjeras en los ferrocarriles, los puertos y en las minas habían producido una explosión de exportaciones, no tan sólo en minerales y petróleo, sino también en la agricultura, tanto en la tropical como en la de tierras templadas. En Argentina y en el sur de Brasil la expansión económica había provocado una inmigración masiva proveniente del sur de Europa y el surgimiento de las grandes ciudades, de modo que para 1910 la población de Buenos Aires y de São Paulo era superior a la de la ciudad de México. Lo que es más, esta novísima prosperidad enriqueció a los terratenientes del campo y a los empresarios nacionales y les permitió a las élites políticas establecer regímenes estables basados en las oligarquías parlamentarias o en las presidencias pretorianas. Si en México dio comienzo una revolución en 1910, en otros lugares de América Latina la economía de exportación y las instituciones republicanas sobrevivieron hasta 1930, cuando la Gran Depresión llevó a esta etapa a un rápido final.

El ensayista y político uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917) fue quien invocó en (1900) la figura del Próspero de Shakespeare como el autor de un discurso en el que él contrastaba la espiritualidad en la cultura y la acción desinteresada que representaba ante los sensuales impulsos egoístas de Calibán. Convocó a la juventud de la América española a comprometerse en tan alta empresa y a tratar de realizar la “plenitud de vuestro ser”. En particular, Rodó rechazó la materialista filosofía utilitaria que entonces dominaba a Estados Unidos, un país que no obstante que exhibía una “grandeza titánica” en su economía, estaba gobernado por una plutocracia vulgar y animado por una “semicultura universal”. En contraposición, Rodó urgía a la juventud de la América española a que rechazara la “nordomanía” y a que abrazara los valores clásicos y la contemplación de la belleza que floreció en la gran época de Atenas. El arte, sostenía Rodó, no sólo expresaba la mayoría de las facultades humanas, sino que también le permitía al hombre concebir la ley moral como “una estética de la conducta”. Sobre todo insistía en que todas las distintas repúblicas de la América hispana formaban una sola nación cultural y que su lengua, historia y literatura eran expresión de una sola alma o espíritu. “Tenemos, los americanos latinos,” declaró, “una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia”.3 En todo esto, además de la influencia obvia de Ernst Renan, el teórico francés del nacionalismo, quien escribiera un drama filosófico bajo el nombre de , Rodó se basó en los (1807-1808) de Johann Gottlieb Fichte y en (1840) de Thomas Carlyle, sobre todo en la medida en que este último definiera al hombre de letras en los tiempos modernos como la “luz del mundo, el Sacerdote que le sirve de guía como sagrada Columna de Fuego en su tenebrosa peregrinación a través del desierto del Tiempo”.4 José Vasconcelos siguió conscientemente las exhortaciones de Rodó y asumió la embriagadora concepción de Carlyle al sumergirse en el remolino de la Revolución mexicana y al figurar más adelante como secretario de Educación Pública.

No puede haber duda alguna en cuanto a la influencia del uruguayo en Alfonso Reyes, pues en 1908, a los diecinueve años de edad, convenció a su padre, el general Bernardo Reyes, gobernador del estado de Nuevo León y potencial candidato presidencial, de que publicara la primera edición mexicana de en Monterrey, aun cuando el filósofo literario al que él más admiraba, como lo admitió su hijo, era Theodore Roosevelt.5 La presencia de Rodó la hizo crecer aún más la presencia en México del intelectual dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), hijo de ex presidente y defensor del , el movimiento literario iniciado por el poeta nicaragüense Rubén Darío. Cinco años mayor que Reyes, mucho más viajado que él, Henríquez Ureña se convirtió en su mentor y en su amigo, unidos por el gusto mutuo de la literatura española, ya fuera medieval o barroca, y por su compromiso con los clásicos de Roma y Grecia. Asimismo compartían también el mismo desprecio por la gastada filosofía de Auguste Comte y de Herbert Spencer, lo que llevó a contar salameramente a Reyes que él había escuchado a Antonio Caso debatir en un grupo de profesionales, en el que hizo un “sabroso guiso de...



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