E-Book, Spanisch, 431 Seiten
Reihe: La caída de los reinos
Rhodes La caída de los reinos
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-675-6166-1
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 431 Seiten
Reihe: La caída de los reinos
ISBN: 978-84-675-6166-1
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
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Morgan Rhodes vive en Ontario, Canadá. Desde que era una niña, siempre quiso ser una princesa -de las que sabe cómo manejar una espada para proteger reinos y príncipes de dragones y magos oscuros. En su lugar, se hizo escritora, una cosa igual de buena y mucho menos peligrosa. Además de la escritura, Morgan disfruta con la fotografía, los viajes y los realities en televisión, además de ser una exigente y voraz lectora de toda clase de libros. Bajo otro pseudónimo, es una autora de bestsellers a nivel nacional con diversas novelas paranormales. La Caída de los Reinos es su primer gran libro de fantasía.
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CAPÍTULO 3
Le habían hecho una pregunta, pero Magnus no estaba atento. Cada vez que asistía a uno de aquellos banquetes, los comensales le recordaban a un enjambre de moscas tan molestas como imposibles de espantar.
Curvó los labios en lo que pretendía ser una sonrisa agradable y se volvió a la izquierda para hacer frente a la mosca más ruidosa de todas. Llenó la cuchara de kaana y la engulló sin masticar, intentando no saborearla. Echó un vistazo al trozo de buey salado que había también en el plato de peltre; estaba perdiendo el apetito.
–Disculpadme, mi señora. No os he oído bien.
–Decía que vuestra hermana Lucía ha crecido mucho –repitió lady Sofía, limpiándose las comisuras con una servilleta profusamente bordada–. Se ha convertido en una jovencita encantadora.
Magnus pestañeó; detestaba aquella cháchara trivial.
–En efecto.
–Decidme, ¿cuántos años cumple hoy?
–Dieciséis.
–Es una muchacha encantadora, y tan amable...
–Está bien educada.
–Por supuesto. ¿Se ha comprometido ya con alguien?
–Todavía no.
–Ah... Mi hijo Bernardo es un chico muy esforzado y bastante atractivo; lo que le falta de altura lo compensa con la inteligencia. Creo que harían buena pareja.
–Mi señora, creo que eso deberíais discutirlo con mi padre, no conmigo.
¿Por qué le había tocado sentarse al lado de aquella mujer? Además de ser aburrida, olía a moho y, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, a algas. Tal vez hubiera salido de las aguas del mar de Plata y hubiera sobrevolado los acantilados hasta llegar al frío castillo de Limeros, en lugar de cruzar la llanura helada como todo el mundo.
Su marido, lord Lenardo, se echó hacia delante en su asiento de respaldo alto.
–Ya basta de hacer de casamentera, esposa mía. Tengo curiosidad por saber qué opina nuestro príncipe acerca de los problemas en Paelsia.
–¿Problemas? –preguntó Magnus.
–Han estallado algunos disturbios provocados por el asesinato del hijo de un vinatero... Ocurrió hace una semana en un mercado, a la vista de todo el mundo.
–El asesinato del hijo de un vinatero –Magnus acarició el borde de su copa con el índice–. Perdonad mi desinterés, pero no me parece digno de atención. Los paelsianos son gente salvaje y proclive a la violencia. He oído decir que comen sin problemas la carne cruda si el fuego tarda demasiado en encenderse.
–En efecto –lord Lenardo sonrió con malicia–. Lo singular del asunto es que el asesino es un miembro de la alta nobleza de Auranos.
Aquello era algo más interesante.
–¿Ah, sí? ¿Quién?
–No se sabe, pero hay rumores de que la propia princesa Cleiona estuvo envuelta en el altercado.
–Ya. Me temo que los rumores son como las plumas: tanto los unos como las otras carecen de peso.
A no ser, por supuesto, que fueran ciertos.
Magnus conocía a la hija menor del rey de Auranos, una muchacha de la misma edad que su hermana. La había visto en una ocasión, cuando eran niños, durante una visita de su familia al palacio real de Auranos. No tenía ningún interés en volver a visitar aquel país; su padre detestaba al rey auranio y, hasta donde él sabía, el sentimiento era mutuo.
Abarcó la sala con la mirada y sus ojos se cruzaron con los de su padre, que le observaba con fría desaprobación. Al rey le molestaba la actitud displicente de Magnus en los actos públicos como aquel; le parecía una falta de respeto. Magnus, por su parte, era incapaz de disimular, aunque tenía que admitir que tal vez no se esforzara lo suficiente.
Levantó su copa de agua y brindó por Gaius Damora, rey de Limeros: su padre.
Los labios de este se afinaron.
Irrelevante, pensó Magnus.
No era asunto suyo que la fiesta tuviera éxito o no; al fin y al cabo, no era más que una farsa. Su padre era un tirano que obligaba al pueblo a obedecer sus órdenes usando sus armas favoritas: el miedo y la violencia. Disponía de una auténtica horda de caballeros y soldados que mantenían a sus súbditos bajo control. Aunque se esforzaba mucho por mantener las apariencias y dar imagen de hombre capaz, señor de un reino floreciente y próspero, la vida en Limeros era difícil desde hacía doce años, cuando Gaius –el Rey Sangriento, el soberano del puño de hierro– heredara el trono a la muerte de su padre, el muy querido rey Davidus. Los problemas económicos aún no afectaban visiblemente a nadie que viviera en palacio –al fin y al cabo, la religión limeriana prohibía el lujo y la ostentación–, pero las estrecheces que pasaba el pueblo eran difíciles de ignorar. A Magnus le molestaba que el rey no lo hubiera admitido nunca en público.
Sin embargo, los miembros de la corte recibían con cada comida una porción de kaana, un puré de alubias amarillentas que sabía a lodo. Se esperaba que la comieran para dar ejemplo, ya que aquel alimento era lo único que tenían muchos limerianos para llenar el estómago durante su interminable invierno. Además, el rey había mandado retirar de las salas del castillo los tapices más llamativos, dejando las paredes frías y deslucidas. En la corte estaban prohibidos la música, el canto y el baile. La biblioteca del castillo solo guardaba libros formativos; no quedaba nada que sirviera de puro y simple entretenimiento. Al rey Gaius solo le importaban los ideales limerianos de fuerza, fe y sabiduría; no le interesaban el arte, la belleza ni el placer.
Circulaban rumores de que Limeros empezaba a languidecer, como ocurría en Paelsia desde hacía varias generaciones, debido al final de la elementia. La magia esencial que daba vida al mundo se estaba secando igual que un cuenco de agua en el desierto.
Según aquellos que creían en la magia, después de que las diosas rivales Cleiona y Valoria se destruyeran entre sí cientos de años atrás, en la tierra solo habían quedado trazas de elementia que ya empezaban a desvanecerse. La tierra de Limeros se helaba todos los inviernos, y la primavera y el verano solo duraban un par de breves meses. Paelsia agonizaba, su tierra cada vez más seca, árida y fría. Solo el país de los auranios, al sur, parecía librarse de aquella decadencia.
Limeros era un país profundamente religioso, cuyos habitantes se aferraban a su fe en la diosa Valoria durante aquellos tiempos difíciles. Sin embargo, Magnus consideraba que la fe en lo sobrenatural, se manifestara como se manifestara, era indicio de debilidad de carácter... con algunas excepciones. Contempló a su hermana, sentada dócilmente a la derecha de su padre como invitada de honor en aquel banquete que celebraba su cumpleaños.
Llevaba un vestido de un tono naranja con matices rosados que recordaba a una puesta de sol. Era nuevo –Magnus jamás se lo había visto puesto– y estaba muy bien confeccionado. Mostraba la imagen de pujanza y perfección que su padre exigía a la familia real, aunque resultaba sorprendente aquel colorido, ya que el rey prefería los grises y negros.
La princesa tenía la tez pálida y una larga cabellera negra que, cuando no la recogía en un moño, le caía hasta la cintura en ondas suaves. Sus ojos eran azules, del color del cielo despejado, y sus labios carnosos tenían un color rosado natural. Lucía Eva Damora era la chica más hermosa de todo Limeros, sin excepción alguna.
De pronto, la copa que Magnus apretaba en la mano estalló y los cristales le cortaron la palma. Soltó una maldición y agarró una servilleta para restañar la sangre mientras lady Sofía y su esposo Lenardo le miraban con expresión de alarma, como si aquel repentino estallido hubiera sido provocado por su cháchara de pretendientes y asesinatos.
No era así.
Estúpido...
Ese era el pensamiento que reflejaba el rostro de su padre, a quien la escena no había pasado inadvertida. Su madre, la reina Althea, sentada a la izquierda del rey, también se había dado cuenta y lo observaba con ojos gélidos. Magnus apartó de inmediato la vista y continuó hablando con la mujer que tenía al lado.
Su padre, en cambio, no despegó la mirada de él. Parecía avergonzarse de estar en la misma sala que el torpe e insolente príncipe Magnus, heredero del trono. Heredero... de momento, pensó con amargura tras echarle un vistazo a Tobías, la mano derecha del rey. Magnus se preguntaba a menudo si su padre le mostraría su aprobación alguna vez. Habría debido mostrarse agradecido porque le hubiera invitado a aquella celebración, pero no había sido por aprecio: Gaius quería aparentar que la familia real de Limeros estaba muy unida, ahora y siempre.
Era tan gracioso...
Magnus podría haber abandonado las frías y grises tierras de Limeros para explorar los reinos exóticos que había más allá del mar de Plata. Sin embargo, había algo que le...




