Riaza Molina | La historia del comienzo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 410, 136 Seiten

Reihe: Ensayo

Riaza Molina La historia del comienzo

Georges Lemaître, padre del big bang
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9920-564-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Georges Lemaître, padre del big bang

E-Book, Spanisch, Band 410, 136 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-9920-564-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



La teoría del big bang, la 'gran explosión' que habría originado nuestro mundo, pertenece a la cultura general de nuestra época; pero pocos saben que fue propuesta inicialmente por Georges Lemaître, físico y sacerdote católico. Lemaître nos ha dejado un ejemplo de honradez intelectual, nos ha abierto el camino para comprender un poco mejor el mundo en el que vivimos: un universo inmensamente grande al que accedemos por el conocimiento de lo extremadamente pequeño, que nos lleva a superar las paradojas de la existencia de un instante físico inicial, rompiendo con la visión estática del cosmos que se tenía hasta ese momento. Y esto fue posible gracias a su sano optimismo; optimismo que tenía su origen en el Dios misterioso y a la vez real en quien depositó su fe y al que tendían sus investigaciones científicas. 'El profesor Eduardo Riaza nos ofrece una breve pero intensa biografía que, escrita en primera persona, nos acerca de forma amena a la entrañable figura del sacerdote Georges Lemaître, auténtico coloso de la ciencia moderna' (Fernando Sols) Blog del libro

Eduardo Riaza Molina (Teruel, 1961) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Sociedad Española de Física. Desde 1984 trabaja en el Colegio Retamar de Madrid como profesor de Física y Química, y desde 1997 también como Jefe del Departamento de esas disciplinas. Ha acudido repetidamente a congresos científicos nacionales e internacionales como: Ciencia en Acción o Science on Stage. En la Olimpiada Nacional de Física ha participado como delegado por distintas universidades; ha coordinado Campus de Física con la Escuela Superior de Ingenieros Industriales y de Telecomunicaciones de la Universidad de Navarra, en San Sebastián, dirigido a estudiantes de Secundaria de Madrid para la preparación de la Olimpiada Internacional de Física y la olimpiada europea EUSO. Asimismo, ha presentado trabajos experimentales elaborados con alumnos en la Feria de la Ciencia de Madrid y en el concurso Jóvenes Investigadores. Interesado por la historia de la ciencia y por la promoción de vocaciones científicas, ha publicado artículos sobre Isaac Newton, Albert Einstein, Enrico Fermi, Miguel Catalán, etc. en revistas científicas y educativas. El autor mantiene un blog sobre George Lamaître, en la dirección georgeslemaitre.blogspot.com.
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Capítulo II
Un hijo del «País negro»


Cosas de familia


Según cuenta la tradición oral familiar, los recuerdos de mis antepasados se remontan al siglo XVIII, en un pueblo llamado Courcelles, en el sur de Bélgica; si bien tenemos indicios de que pudimos establecernos allí antes de que los españoles construyeran en sus proximidades una fortificación en 1666, sobre un promontorio que domina el valle del río Sambre. A esta ciudad amurallada se le dio el nombre de Charleroi, en honor al rey Carlos II de Austria. Los Lemaître hemos vivido habitualmente en esta región dedicándonos a la fabricación de tejidos de lino, pasando el oficio de padres a hijos. No obstante, algunas de estas generaciones trabajaron también en la explotación del carbón.

Siguiendo la pista a mis parientes más directos, nos «encontramos» con Édouard-Sévére Lemaître, mi abuelo paterno. Édouard se escapó siendo muy joven con su hermano pequeño de su casa de Courcelles, donde vivían con su madrastra, que era persona arisca y desabrida, para llegar a Marcinelle. Muy pronto consiguió trabajo en una mina de carbón, transportando las lámparas con que alumbrar a los mineros. Aunque el trabajo era duro y le quedaba poco tiempo para descansar, asistía a una escuela nocturna al precio de cinco céntimos la lección.

Después de unos años de lamparista, le encomendaron vigilar las calderas de la explotación. Una noche, que la familia recuerda como «la noche de la fiesta», lo sorprendieron leyendo y descuidando la atención de la caldera. El jefe de la mina montó en cólera; sin embargo, cambió de actitud cuando descubrió que el libro que su empleado tenía entre las manos era de gramática. Impresionado por el afán de superación del chico, que tenía por entonces tan solo diecisiete años, le ofreció un trabajo en las oficinas.

A partir de ese momento la carrera de Édouard se aceleró y, con veintiséis años, terminó convirtiéndose en el jefe de la explotación minera de Bonne Espérance. Pero, debido a desacuerdos con los accionistas, dimitió de su puesto y se lanzó al comercio de la madera para minas, en el que logró hacer fortuna. Diez años más tarde contrajo el tifus, circunstancia que aprovecharon sus socios para desposeerle de todos sus bienes. Cuando recuperó totalmente la salud, comenzó otra vez de la nada, sin resquemores. A su muerte, el mismo año en que nací, dejó como legado una gran familia: dos hijas y cuatro hijos, todos con estudios universitarios. El menor de ellos era Joseph, mi padre. Siempre he tenido una gran admiración por este abuelo valiente y tenaz, emprendedor y desprovisto de rencores. De él he debido de heredar ciertos rasgos de carácter.

La vida en Charleroi en 1894, año en que vine al mundo, discurría tranquila con el ir y venir de las gentes. Quedaban muy lejanos los agitados años siguientes a la caída de Napoleón Bonaparte, en los que el derrumbe del Nuevo Régimen, erigido por la Revolución francesa, no supuso el abandono de las nuevas ideas. Éstas habían calado tan hondo que, en la primera mitad del siglo XIX, se sucedieron en Europa ciclos revolucionarios en cada década.

En el Colegio del Sagrado Corazón, dirigido por los Jesuitas, había estudiado que la revolución de 1830 había tenido para Bélgica carácter independentista. Bélgica y Holanda habían quedado unidas después del Congreso de Viena de 1815, con la intención de crear un estado tapón entre Francia y Alemania. Sin embargo, las diferencias de cultura y religión entre belgas y holandeses hacían esta alianza totalmente artificial. Los unos eran mayoritariamente burgueses y católicos; los otros, por el contrario, eran campesinos y protestantes. Todo ello, unido al autoritarismo del rey holandés Guillermo I de Orange, provocó el levantamiento de los belgas, que contaban con el apoyo de Francia. Gran Bretaña, que también pretendía la independencia de Bélgica, pero sin la intromisión de Francia, consiguió una reunión internacional y evitó una guerra europea. Como consecuencia, Bélgica fue reconocida como monarquía constitucional, a cuyo frente quedó el rey Leopoldo I de Sajonia-Coburgo.

Nos explicaban en clase que, en los últimos años, nuestro país había vivido un prodigioso florecimiento económico, gracias al apoyo de Gran Bretaña, cuna de la Revolución Industrial; a la abundancia de carbón, materia prima imprescindible en la industria siderúrgica; y al ferrocarril, pieza clave en las comunicaciones.

Nuestra familia vivía al ritmo de los tiempos. Mi padre había estudiado derecho en la Universidad Católica de Lovaina y era dueño de una cantera en Namur de la que se extraía el mineral que servía para fabricar vidrio en una nave industrial, también de su propiedad, situada en un suburbio de Charleroi. Esta fábrica había sido comprada por mi abuelo Édouard y bautizada con el nombre de l’Étoile (la Estrella). ¡Vaya premonición! Mi padre, animado por el mismo espíritu de empresa que el abuelo, la modernizó y la convirtió en la más rentable de la región. Tampoco mi madre, Marguerite Lannoy, se quedaba atrás: era hija de un empresario cervecero de Marcinelle, población cercana a Charleroi, de carácter alegre y, a su vez, exigente con sus hijos. Era muy decidida; en alguna ocasión nos dijo:

«Si hubiera sido hombre, habría subido a la cordillera del Himalaya».

A mí me tocó ser el primogénito. Después vinieron Jacques, Maurice y André. Este último murió siendo muy pequeño. Mis hermanos y yo disfrutábamos de una vida desahogada hasta que, en 1908, como consecuencia de la explosión de un horno en pruebas, se quemó la fábrica de vidrio de mi padre. Su inventiva y originalidad le habían llevado a experimentar un nuevo procedimiento para estirar el vidrio, pero no contaba con accidentes, y la empresa carecía de un seguro que cubriera este tipo de infortunios. Totalmente arruinado, prefirió pedir dinero prestado a sus primos para hacer frente a sus deudas y para pagar el salario de los obreros, que declararse en quiebra y quitarse de en medio, como sus amigos le aconsejaron. Esto nos obligó a vender la casa de la calle Pont-Neuf y trasladarnos a Bruselas en octubre de 1910, donde mi padre encontró trabajo en la Banca de la Société Générale como asesor jurídico, gracias a su fama de hombre honesto. El cambio de profesión de mi padre y nuestra instalación en un pequeño piso sin comodidades no consiguió ensombrecer la vida familiar: mis padres supieron afrontan los contratiempos con optimismo.

En Charleroi se desarrollaron los años de mi niñez y adolescencia: los juegos entre amigos, la Primera Comunión y las visitas a la fábrica de vidrio. ¡Ah!... Y las horas de colegio, junto a mis profesores. De algunos guardo un entrañable recuerdo. En especial, del Padre Ernest Verreux, profesor de Ciencias. Veía en él a un joven sacerdote con talento y espíritu emprendedor (había diseñado y construido una emisora de radio) que hacía compatible su fe con la ciencia que enseñaba.

Cuando llegamos a la capital, mis padres buscaron una educación semejante a la que habíamos recibido hasta ese momento y eligieron para mí el Colegio San Miguel, con vistas a preparar mi ingreso en la Escuela de Ingenieros de Lovaina. Yo era un chico alegre y comunicativo, que no mostraba ninguna inclinación especial por nada, aunque poco a poco empezaba a destacar en Matemáticas, en Física, en Química y en Historia. Sin embargo, en el nuevo colegio, fue el encuentro con el Padre Henri Bosmans, profesor de Matemáticas, lo que marcó mi orientación profesional. Bosmans transmitía el gusto por la historia de las matemáticas, nos leía en el aula los textos originales de Euclides, Laplace y Euler, método que yo emplearía luego con mis alumnos.

Doble vocación


Al término de ese curso, llegó el momento de decidir mi futuro profesional. No sé por qué razón en particular, pero a la edad de nueve años me planteé ser sacerdote y científico. Me parecía tan apasionante hacer bajar a Dios desde el cielo y dárselo a los hombres, como entender el mundo que me rodeaba. Así se lo conté a... Tengo por aquí la revista. ¡Ah... sí! ¡Aquí está!: Duncan Aikman, periodista del New York Times Magazine, en una entrevista que salió publicada... el 19 de febrero de 1933:

«Me interesaba por la verdad desde el punto de vista de la salvación tanto como por la verdad desde el punto de vista de la certeza científica. Me parecía que había dos caminos que conducían a la verdad, y decidí seguir uno y otro».

Y más adelante añadía:

«Mis padres y mis abuelos eran personas sinceramente religiosas. Lo cierto es que hasta entonces no había salido de mi familia ningún científico ni religioso, pero esperaban con ilusión la llegada de un sacerdote».

Esta doble aspiración enorgulleció a mi padre, pero no acaba de convencerlo. Así me lo explicó en uno de los habituales paseos que dábamos juntos. Por un lado, veía que podía resultar más práctico orientarse hacia unos estudios de ingeniería, dada la región en la que vivíamos (conocida como «País negro», por su abundancia en minas de carbón); por otro, pensaba que era demasiado joven para tomar la determinación de ser sacerdote, aunque no se oponía a ella; solamente me pidió aplazar la decisión hasta concluir los estudios.

Al final me incliné por seguir su consejo y en julio...



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