Rivas | Sublevación de Nápoles capitaneada por Masanielo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 348, 250 Seiten

Reihe: Historia

Rivas Sublevación de Nápoles capitaneada por Masanielo


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-457-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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ISBN: 978-84-9953-457-2
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Sublevación de Nápoles capitaneada por Masanielo es un tratado de Ángel Saavedra, escrito a la manera de El Príncipe de Maquiavelo, sobre una devastadora sublevación que marcó la historia de Italia. Rivas fue embajador en Nápoles y Francia; conoció de primera mano la historia que cuenta en su libro.

Ángel Saavedra. Duque de Rivas (Córdoba, 1791-Madrid, 1865). España. Luchó contra los franceses en la guerra de independencia y más tarde contra el absolutismo de Fernando VII, por lo que tuvo que exiliarse a Malta en 1823. Durante su exilio leyó obras de William Shakespeare, Walter Scott y Lord Byron y se adscribió a la corriente romántica con los poemas El desterrado y El sueño del proscrito (1824), y El faro de Malta (1828). Regresó a España tras la muerte de Fernando VII heredando títulos y fortuna. Fue, además, embajador en Nápoles y Francia.
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Libro II


Toraldo. Annese. El duque de Guisa

Capítulo I


Muerto el hombre prodigioso, que de una manera tan extraordinaria había dado cuerpo y forma a la sublevación; conseguido el objeto de ella con la abolición de los impuestos y gabelas y con el restablecimiento de privilegios, que imposibilitaban toda exacción arbitraria; cansada la plebe de tantos días de fatiga y de movimiento, deseosa la ciudad de Nápoles de quietud y de reposo, horrorizada además de las sangrientas escenas de que había sido teatro y restablecida de hecho la autoridad real, con fuerzas disciplinadas a sus órdenes, con la nobleza a su devoción, ganados los más influyentes jefes populares, y con gran parte del pueblo sumiso y obediente de buena fe, parecía que iban ya a amanecer para aquel desventurado reino días bonancibles de orden y de reposo y de tranquilidad. Pero la mala estrella del duque de Arcos amontonaba nuevas borrascas sobre su frente, y preparaba otras escenas de sangre y de escándalo, y más serios y graves peligros para la dominación española.

Si las exequias del dictador popular manifestaron un síntoma no dudoso de que la sublevación no había muerto con su caudillo, los días siguientes patentizaron claramente su existencia, y que no era el perplejo virrey capaz de sujetarla y de destruirla. Ya un grupo del pueblo asaltaba impunemente una panadería, so pretexto de que había vendido el pan falto; ya otro repetía los asaltos sin estorbo alguno a las casas de los matadores de Masanielo, refugiados en Castelnovo, y las saqueaban y las incendiaban; ya en el Mercado o en algún otro sitio de concurrencia se armaba una disputa, que nadie trataba de calmar ni de impedir, y que concluía a puñaladas, llamándose unos a otros forajidos y partidarios de Maddalone; ya la plaza de palacio se llenaba de gente desharrapada, que con «mueras» y «vivas» presentaban mal fundadas quejas, que eran siempre acogidas con indigna debilidad; ya los soldados tudescos y españoles, que discurrían solos y desarmados por las calles, tenían que refugiarse a sus cuarteles o a los cuerpos de guardia más inmediatos, siempre apedreados, y a menudo heridos. Y no aparecía una medida vigorosa que asegurase a unos y que contuviese a otros; no se publicaba un bando con disposiciones tales que imposibilitaran aquellos desórdenes; no se hacía un escarmiento que arredrase a los díscolos, que amedrentase a los facinerosos; en fin, no había gobierno.

Si era tan triste el estado de la capital, no era más lisonjero el de las provincias del reino. Por todo él había cundido de un modo o de otro la sublevación, y en todas estaba roto el freno de la obediencia al poder legítimo. En las grandes ciudades se desarrolló el elemento popular; fueron arrojadas o asesinadas las autoridades, alzados todos los impuestos; repartiéronse armas al paisanaje, y se ejecutaron las más violentas rapiñas y las más atroces venganzas. En las villas y aldeas, en unas los barones, señores de la tierra, se fortificaron en sus palacios y castillos, para libertarse del furor de sus colonos, y ejercían sobre ellos la más dura tiranía, ayudados de bandidos que llamaron a sueldo; en otras, los colonos tomaron la delantera, incendiaron las casas fuertes y señoriales y se declararon de realengo. Sólo donde las guarniciones españolas y tudescas eran bastante numerosas para tener en brida a los habitantes se conservaba una aparente tranquilidad, o, por mejor decir, una mal comprimida sublevación.

Los altos señores feudales hacían, por su parte, esfuerzos para contener el desorden, demostrar fidelidad al rey y ayudar a la autoridad legítima; conociendo harto que, no siéndoles posible amalgamarse con el pueblo, no les quedaba otra tabla de salvación en tan deshecha borrasca. Pero la autoridad legítima, o porque aún desconfiaba de la ayuda de los potentados, o porque no quería combatir, les mandó derramar y despedir las fuerzas que a su costa levantaban y mantenían, perdiendo así un elemento de represión muy ejecutivo, y un medio seguro de mantener en el dominio de España aquel importantísimo Estado.

Las ciudades, villas, aldeas y campiñas que circundan la capital obedecieron a Masanielo, cuyos tenientes, con pelotones napolitanos, las recorrían y alarmaban. En las provincias más distantes no fue nunca tan absoluto el dominio del pescadero, pero se alzaron y seguían los movimientos y progresos de la insurrección. En la de Otranto fueron muy graves los conflictos. En la de Lecce las rivalidades entre los funcionarios públicos Anolini y Boccapianola, sobre quién debía dar cumplimiento a las órdenes del virrey suprimiendo las gabelas, dio margen a asesinatos, incendios y escenas de ferocidad inaudita. La ciudad de Aquila fue teatro de horrorosos desórdenes. La de Nardo, feudo del conde de Conversano, se declaró de realengo; acudió aquél a sujetarla con fuerza considerable de bandidos, y fue rechazado; pero por interposición del obispo monseñor Pappacoda hubo advenimiento, entregándose de nuevo la ciudad, con ciertas condiciones, a su señor, quien, en cuanto entró en ella, olvidándolas todas y hallándolas sin miramiento, se entregó a las más sangrientas venganzas. En Chietti, cuidad del Abruzzo, comprada poco antes a la corona por don Ferrante Caracciolo, se levantaron los nobles para sacudir el moderno yugo feudal; asesinaron a los empleados, jueces y administradores del señor, y se declararon de nuevo vasallos del rey. En Foggia, un tiro que casualmente se escapó a un centinela fue origen de una sublevación espantosa, en que hubo gran derramamiento de sangre. La provincia de Basilicata estaba sometida a la dominación de Hipólito Postrena, que se apoderó de Salerno. Mateo Caivano, hombre oscurísimo, había levantado con buen éxito el estandarte popular en Tarento. La tierra de Bari estaba toda en fermentación. Ambos Abruzzos en el mayor desorden, presa de la más espantosa anarquía. Y las dos Calabrias, agitadas por Toraldo y Marota, comisionados del pueblo de Nápoles, eran campo miserable de los excesos revolucionarios y de las atrocidades de los bandidos, que o servían a los señores de la tierra, o se aprovechaban de la fuga de las tropas y de la ausencia de las autoridades para saquear las villas en desorden y los lugares sin defensa. Ni los respetables monasterios de la Cava y de Monte Casino se vieron libres de la invasión de los revoltosos, y corrieron gran riesgo aquellos ricos archivos, depósito y refugio en los siglos bárbaros de todo el saber humano, de ser reducidos a cenizas. Es muy curiosa la declaración que arrancó el abad del monasterio de la Cava al jefe popular que fue a atacarlo, documento que tenemos a la vista.

En fin, llegó a tal punto el vértigo de insurrección y desorden, que se difundía con la atmósfera y que se comunicaba como un contagio pestilencial, invadiendo todos los pechos, acalorando todas las cabezas, que en la aldea de Schiavoni, compuesta de unas treinta chozas, se reunieron un domingo los habitantes para hacer también su insurrección. Y como se encontrasen que eran todos parientes y amigos, que no había autoridad contra quien rebelarse, ni riquezas que saquear, ni gabelas que abolir, quedaron muy desconcertados y mohínos, cuando uno de ellos dijo, como si fuese inspirado: «Venid e incendiad mi choza, que nada me importa con tal que hagamos algo, y que no se diga que somos cobardes y malos patriotas». Y la choza de este héroe, que así se inmolaba en las aras de la reputación de su aldea, fue inmediatamente reducida a cenizas, con grandes alaridos, y procurando aquellos inocentes rústicos contrahacer, lo mejor que supieron, los furores que habían oído contar de Nápoles y de otras ciudades de importancia. En Tuturano, aldea inmediata a Brindis, por hacer algo, prendieron fuego a la taberna. Y en un casal de Calabria, las mujeres se rebelaron contra los maridos y quemaron a dos de ellos con sus hijos, incendiando un pajar en que se habían refugiado.

Sentimos no haber encontrado bastantes materiales para escribir con más detención sobre estos acontecimientos, cuyas particularidades darían una exacta idea del carácter de la época y del estado en que llegó a ponerse el reino de Nápoles. Pero no existen documentos de aquel tiempo en los archivos públicos, y los escritores de entonces, dedicando toda su atención a las ocurrencias de la capital, sólo hacen leves indicaciones de lo acaecido en las provincias, y alusiones a casos particulares ocurridos en ellas, que no han llegado hasta nosotros. Mas lo que dejamos ligeramente apuntado, siguiendo a los más graves autores contemporáneos, basta para dar a conocer que el país todo estaba hondamente conmovido, aunque, por fortuna de España, sin un pensamiento nacional unánime, sin un objeto fijo, sin una dirección determinada, sin un caudillo solo a quien todos obedecieran. En fin, andaba revuelta la tierra, estaban amotinados los pueblos, reinaba una desconcertada y feroz anarquía; pero en el reino de Nápoles no había hasta entonces «rebelión». Ésta apareció al cabo, porque hasta debía suceder, como no tardaremos en referir.

Capítulo II


En Nápoles cada instante asomaban nuevas pruebas de que continuaba, como antes, la sublevación. El día 19 de julio se alteró la ciudad, volviendo a ponerse en armas el populacho, porque se esparció la falsa nueva de haber sido asesinado por los españoles el electo del pueblo. Y el día 20 hubo un serio alboroto, porque los aduaneros empezaron a exigir, como antes, los impuestos abolidos por la capitulación. El furor popular quiso dirigirse, desde luego, contra el virrey; pero Julio Genovino, deseoso de mostrar su celo por el legítimo gobierno, para no ver retardada la posesión de la presidencia del tribunal de la...



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