Riviére | El gran libro de las civilizaciones antiguas | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 151 Seiten

Riviére El gran libro de las civilizaciones antiguas

Historia y legado de los grandes imperios
1. Auflage 2016
ISBN: 978-1-68325-077-7
Verlag: De Vecchi Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Historia y legado de los grandes imperios

E-Book, Spanisch, 151 Seiten

ISBN: 978-1-68325-077-7
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* Patrick Rivière nos dibuja una historia viva de la Antigüedad: desde Sumeria, cuna de la civilización en la que nacerá la escritura, al Egipto faraónico, auténtico «don del Nilo» en el que los fastos religiosos alcanzaron un refinamiento máximo, para desembocar en la sabiduría de la Grecia antigua, madre del pensamiento filosófico, y en la influencia helenística que tuvo su proyección intelectual en la civilización occidental. * Mediante la descripción de los grandes mitos y las antiguas creencias, Rivière conduce al lector hasta el interior de los santuarios en los que tuvieron lugar los fabulosos misterios antiguos con la autenticidad de su pasado esplendor. Esta esmerada recuperación nos trasporta hasta el corazón de las preocupaciones de los cenáculos sagrados, permitiéndonos revivir el ambiente de los auténticos hogares de «iniciación», que tanto influirían luego en los artistas europeos de todas las épocas.

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La civilización mesopotámica


(en el comienzo de la historia propiamente dicha)

Situada entre los dos ríos procedentes de Armenia, el Tigris y el Eufrates, que permiten la irrigación de esta extensa llanura, Mesopotamia fue calificada justamente como «medialuna fértil».[2]

Y es esta región del mundo, «bendecida por los dioses», la que se considera cuna de todas las civilizaciones. Efectivamente, según la mayoría de especialistas, como recogió el orientalista Samuel Noah Kramer en su famosa obra [3] —al menos la de los sistemas religiosos elaborados—, numerosas tablillas de arcilla escritas con signos cuneiformes atestiguan la existencia de la primera escritura conocida,[4] manifestación de una forma civilizadora avanzada.

Cabe distinguir, además, tres grandes civilizaciones implantadas entre estos dos ríos: la civilización babilónica, que se vincula notablemente al curso del Eufrates; la civilización asiria, que se asocia sobre todo al Tigris, y la civilización de Sumer, que guardaba relación particularmente con el sur de esta privilegiada región arrancada al desierto.[5]

Así pues, los mesopotámicos, maestros antiguos en el arte de levantar diques para contener las inundaciones, como también de crear numerosos canales para dirigir el agua hacia el interior de las tierras, podían disponer de cultivos importantes (trigo, sésamo, mijo...).[6] Los acadios, de origen semítico, se establecerían en el lugar más tarde, hacia el iii milenio a. de C.

La civilización calificada de sumeria —en la acepción más amplia del término— fue probablemente introducida por la civilización neolítica, llamada de Obeid, que, tras la desaparición de la cultura halafiana (hacia el 4400 a. de C.), se divulgó por toda Mesopotamia. Constituye una prueba de la existencia de esta civilización tan antigua Warka, en sumerio, —de ahí el término genérico de , que designa a Mesopotamia—, situada cerca del golfo Pérsico, en las proximidades de la ciudad de Ur, en la otra orilla del Eufrates.

Sin embargo, como se pregunta André Parrot, miembro del Institut de France:

[7]

La teogonía sumeria

Mircea Eliade nos relata en los siguientes términos esta concepción genesiaca, donde se percibe con facilidad el mito de la «nostalgia de los orígenes», es decir, del «Paraíso perdido»:

[8]

Los textos que plantean la génesis del mundo describen así el «caos primordial»:

El nacimiento del mundo

Dos principios líquidos que constituyen las aguas primordiales se hallan en los orígenes del mundo, uno macho, Apsu, y el otro hembra, Tiamat. Una primera divinidad surgirá de ellos, Nammu o Moummou, que se convertirá por partenogénesis[9] en la madre de todos los demás dioses.[10]

La primera pareja, el Cielo (An) y la Tierra (Ki), encarnará de nuevo los dos principios: masculino y femenino. Sin embargo, cabe destacar que esta noción de pareja apenas es perceptible en el [11] antes de que su separación total haya tenido lugar bajo el impulso de su hijo Enlil (dios de la atmósfera).

El mundo celestial —«totalidad de los mundos superiores»— llevará el nombre de Anshar, y el mundo terrestre —«totalidad de los mundos inferiores»—, el de Kishar.

Así, de las dos serpientes enlazadas, manifestación simbólica de «los dos principios» (como atestiguan, entre otras representaciones, la decoración del famoso vaso de Gudea), nacerán las divinidades principales, la tríada de los grandes dioses —An, Enlil y Ea (o Enki)—, a la cual sucederá la tríada de las divinidades astrales —Shamash (el Sol), Sin[12] (la Luna) e Ishtar (Venus)—, de la que hablaremos más adelante.

En el contexto de la cultura acadia, asistiremos a una nueva interpretación de los textos antiguos en la que se observan las transformaciones siguientes, transcritas más tarde en el poema cosmogónico . En esta nueva versión, Tiamat se supone que prefigura al mar, y Apsu representa el agua dulce sobre la cual flota la Tierra. De la mezcla de estos dos principios emanarán parejas divinas: Lakhmur y Lakhamu,[13] Anshar y Kishar, y de estas dos últimas divinidades nacería An, que engendraría a su vez a Ea (o Enki). Sin embargo, según los textos, los jóvenes dioses habrían alterado el descanso de Apsu, que se habría sentido molesto y se habría quejado de su conducta ante Tiamat. Apsu se disgusta con esta situación, pero Ea lo sume entonces en un profundo torpor para hacerse con su poder y acabar matándolo. Así es como se convierte en el dios de las aguas —que desde entonces llevan el nombre de Apsu— y como en la «cámara de los destinos» su esposa Damkina engendra a Marduk.

Por su parte, An se volvió contra sus antepasados y creó cuatro vientos «para molestar a Tiamat». Los dioses, molestos por esta falta de armonía permanente, se quejaron y se dirigieron a Tiamat, su madre. Y esta vez fue demasiado: Tiamat reaccionó con violencia, creando monstruos y demonios sin nombre.

«Entre los dioses que nacieron primero […] ella exaltó a Kingu». Le colgó del pecho la tablilla de los Destinos, otorgándole así el poder supremo.

An, como Ea, no se atrevió a enfrentarse a Kingu. Sólo Marduk aceptó combatir, pero únicamente tras ser reconocido como Dios supremo por sus iguales. Entonces se inició una terrible batalla entre la tropa de Tiamat y la de Marduk, quien, tras varios lances, salió finalmente vencedor y encadenó a los dioses.

Después de machacar el cráneo de Tiamat, cortó el cuerpo de su madre en dos trozos: una mitad se identifica con la bóveda celeste y la otra, con la Tierra. Se dice que entonces erigió en el cielo una réplica del palacio del Apsu y que dirigió también el camino de las estrellas.

Luego, Marduk decidió crear al ser humano, para que «en él recayera el servicio a los dioses, para relajación de estos», mientras los dioses esperaban pacientemente su castigo. Ea expresó el deseo de que uno de ellos fuera sacrificado en nombre de todos, y se designó a Kingu sin vacilación. De su sangre, Ea iba a crear a la humanidad.[14]

Marduk (Bêl-Marduk), al organizar el universo y presidir la creación de los humanos, prefigura la noción de «demiurgo»: intermediario entre la divinidad suprema original y la humanidad constituida.

Además, Marduk desempeñó la función de dirigir la marcha de los astros convertidos en «moradas de los dioses». Esto último nos lleva a considerar de nuevo el problema de las divinidades astrales y, más concretamente, de la tríada formada por: el Sol (Shamash o Itu), la Luna (Sin o Nama-Suen) y Venus (Ishtar o Inanna).

Las estrellas, y su extraña luminosidad resplandeciente, eran veneradas, como sabemos, por los caldeos, que por un sabeísmo instituido consideraban la astrología como la ciencia adivinatoria por...



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