Rizal Y Alonso | El filibusterismo | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 246, 288 Seiten

Reihe: Narrativa

Rizal Y Alonso El filibusterismo


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-092-5
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 246, 288 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9953-092-5
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El filibusterismo es la segunda novela de José Rizal y está dedicada a la memoria de los Mártires de 1872, Francisco Gómez, José Burgos y Jacinto Zamora. Es una continuación de Noli me tangere y está ambientada trece años después de los acontecimientos descritos en aquella. Rizal empezó a escribir su novela en 1887. El manuscrito se terminó el 29 de marzo de 1891, en Biarritz. Los pocos ejemplares que llegaron a Filipinas fueron interceptados por la censura. Luego, a su regreso a las islas en junio del año siguiente, a Rizal lo acusaron de promover la causa separatista. Este libro trata sobre el regreso a Filipinas del principal personaje de la novela Noli me tangere, Crisóstomo Ibarra. Regresa convertido en el rico y famoso joyero Simoun. Desilusionado por los abusos de los españoles, Ibarra convence a Basilio para que detone una bomba en una reunión social, señalando el principio de una revolución. La novela muestra un dilema, vivido por el propio Rizal. ¿La violencia puede ser la solución a la injusticia o es posible conseguir cambios sociales mediante posiciones pacifistas? La obra de Rizal inspiró la revolución filipina de 1896 y representó el primer paso hacia las reformas. Estas finalmente desembocaron en la independencia del país. Noli me tangerey El filibusterismo son obras no solo de valor literario, son cimientos de la formación del carácter nacional filipino.

José Protacio Rizal Mercado y Alonso Realonda (19 de junio de 1861, Calamba-30 de diciembre de 1896, Manila), fue patriota, médico y hombre de letras inspirador del nacionalismo de su país. Rizal era hijo de un próspero propietario de plantaciones azucareras de origen chino. Su madre, Teodora Alonso, fue una de las mujeres más cultas de su época. La formación de José Rizal transcurrió en el Ateneo de Manila, la Universidad de Santo Tomás de Manila y la de Madrid, donde estudió medicina. Más tarde estudió en París y Heidelberg. Noli me Tangere, su primera novela, fue publicada en 1886, seguida de El Filibusterismo, en 1891. Por entonces editó en Barcelona el periódico La Solidaridad en el que postuló sus tesis políticas Pese a las advertencias de sus amigos, Rizal decidió regresar a su país en 1892. Allí encabezó un movimiento de cambio no violento de la sociedad que fue llamado 'La Liga Filipina'. Deportado a una isla al sur de Filipinas, fue acusado de sedición en 1896 y ejecutado en público en Manila.
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II. Bajo-cubierta


Allá abajo pasaban otras escenas.

Sentados en bancos y en pequeños taburetes de madera, entre maletas, cajones, cestos y tampipis, a dos pasos de la máquina, al calor de las calderas, entre vaho humano y olor pestilente de aceite, se veía la inmensa mayoría de los pasajeros.

Unos contemplan silenciosos los variados paisajes de la orilla, otros juegan a las cartas o conversan en medio del estruendo de las palas, ruido de la máquina, silbidos de vapor que se escapa, mugidos de agua removida, pitadas de la bocina. En un rincón, hacinados como cadáveres, dormían o trataban de dormir algunos chinos traficantes, mareados, pálidos, babeando por los entreabiertos labios, y bañados en el espeso sudor que se escapa de todos sus poros. Solamente algunos jóvenes, estudiantes en su mayor parte, fáciles de reconocer por su traje blanquísimo y su porte aliñado, se atrevían a circular de popa a proa, saltando por encima de cestos y cajas, alegres con la perspectiva de las próximas vacaciones. Tan pronto discutían los movimientos de la máquina tratando de recordar nociones olvidadas de Física, como rondaban alrededor de la joven colegiala, de la buyera de labios rojos y collar de sampagas, susurrándoles al oído palabras que las hacían sonreír o cubrirse la cara con el pintado abanico.

Dos, sin embargo, en vez de ocuparse en aquellas galanterías pasajeras, discutían en la proa con un señor de edad, pero aún arrogante y bien derecho. Ambos debían ser muy conocidos y considerados a juzgar por ciertas deferencias que les mostraban los demás. En efecto, el de más edad, el que va vestido todo de negro era el estudiante de Medicina Basilio, conocido por sus buenas curas y maravillosos tratamientos. El otro, el más grande y más robusto con ser mucho más joven, era Isagani, uno de los poetas o cuando menos versistas que salieron aquel año del Ateneo, carácter original, de ordinario poco comunicativo, y bastante taciturno. El señor que hablaba con ellos era el rico capitán Basilio que venía de hacer compras en Manila.

—Capitán Tiago va muy regular, sí señor —decía el estudiante moviendo la cabeza—; no se somete a ningún tratamiento... Aconsejado por alguno me envía a San Diego so pretexto de visitar la casa, pero es para que le deje fumar el opio con entera libertad.

El estudiante cuando decía alguno, daba a entender el padre Irene, gran amigo y gran consejero de capitán Tiago en sus últimos días.

—El opio es una de las plagas de los tiempos modernos —repuso el capitán con un desprecio e indignación de senador romano—; los antiguos lo conocieron, mas nunca abusaron de él. Mientras duró la afición a los estudios clásicos (obsérvenlo bien, jóvenes) el opio solo fue medicina, y si no, díganme quiénes lo fuman más. ¡Los chinos, los chinos que no saben una palabra de latín! ¡Ah si capitán Tiago se hubiese dedicado a Cicerón...!

Y el disgusto más clásico se pintó en su cara de epicúreo bien afeitado. Isagani le contemplaba con atención: aquel señor padecía la nostalgia de la antigüedad.

—Pero, volviendo a esa Academia de Castellano —continuó capitán Basilio—; les aseguro a ustedes que no la han de realizar...

—Sí señor, de un día a otro esperamos el permiso —contesta Isagani—; el padre Irene, que usted habrá visto arriba, y a quien regalamos una pareja de castaños, nos lo ha prometido. Va a verse con el general.

—¡No importa! ¡El padre Sibyla se opone!

—¡Que se oponga! Por eso viene para... en Los Baños, ante el general.

Y el estudiante Basilio hacía una mímica con sus dos puños haciéndolos chocar uno contra el otro.

—¡Entendido! —observó riendo capitán Basilio—. Pero aunque ustedes consigan el permiso, ¿de dónde sacarán fondos...?

—Los tenemos, señor; cada estudiante contribuye con un real.

—Pero ¿y los profesores?

—Los tenemos; la mitad filipinos y la mitad peninsulares.

—Y ¿la casa?

—Makaraig, el rico Makaraig cede una de las suyas.

Capitán Basilio tuvo que darse por vencido: aquellos jóvenes tenían todo dispuesto.

—Por lo demás —dijo encogiéndose de hombros—, no es mala del todo, no es mala la idea, y ya que no se puede poseer el latín, que al menos se posea el castellano. Ahí tiene usted, tocayo, una prueba de cómo vamos para atrás. En nuestro tiempo aprendíamos latín porque nuestros libros estaban en latín; ahora ustedes lo aprenden un poco pero no tienen libros en latín, en cambio sus libros están en castellano y no se enseña este idioma: ¡ætas parentum pejor avis tulit nos nequiores! como decía Horacio.

Y dicho esto se alejó majestuosamente como un emperador romano. Los dos jóvenes se sonrieron.

—Esos hombres del pasado —observó Isagani—, para todo encuentran dificultades; se les propone una cosa y en vez de ver las ventajas solo se fijan en los inconvenientes. Quieren que todo venga liso y redondo como una bola de billar.

—Con tu tío está a su gusto —observó Basilio—; hablan de sus antiguos tiempos... Oye, a propósito ¿qué dice tu tío de Paulita?

Isagani se ruborizó.

—Me echó un sermón sobre la elección de esposa... Le contesté que en Manila no había otra como ella, hermosa, bien educada, huérfana...

—Riquísima, elegante, graciosa, sin más defectos que una tía ridícula —añadió Basilio riendo.

Isagani se rió a su vez.

—A propósito de la tía, ¿sabes que me ha encargado busque a su marido?

—¿Doña Victorina? ¿Y tú se lo habrás prometido para que te conserve la novia?

—¡Naturalmente! pero es el caso que el marido se esconde precisamente... ¡en casa de mi tío!

Ambos se echaron a reír.

—Y he aquí —continuó Isagani—, el porqué mi tío que es un hombre muy concienzudo, no ha querido entrar en la cámara, temeroso de que doña Victorina le pregunte por don Tiburcio. ¡Figúrate! Doña Victorina, cuando supo que yo era pasajero de proa, me miró con cierto desprecio...

En aquel instante bajaba Simoun y al ver a los dos jóvenes.

—¡Adiós, don Basilio! —dijo saludando en tono protector—, ¿se va de vacaciones? ¿El señor es paisano de usted?

Basilio presentó a Isagani y dijo que no eran compoblanos, pero que sus pueblos no distaban mucho. Isagani vivía a orillas del mar en la contra costa.

Simoun examinaba a Isagani con tanta atención, que molestado éste se volvió y le miró cara a cara con un cierto aire provocador.

—Y ¿qué tal es la provincia? —preguntó Simoun volviéndose a Basilio.

—¿Cómo, no la conoce usted?

—¿Cómo diablos la he de conocer si no he puesto jamás los pies en ella? Me han dicho que es muy pobre y no compra alhajas.

—No compramos alhajas porque no las necesitamos —contestó secamente Isagani—, picado en su orgullo de provinciano.

Una sonrisa se dibujó en los pálidos labios de Simoun.

—No se ofenda usted joven —repuso—, yo no tenía ninguna mala intención pero como me habían asegurado que casi todos los curatos estaban en manos de clérigos indios, yo me dije: los frailes se mueren por un curato y los franciscanos se contentan con los más pobres, de modo que cuando unos y otros los ceden a los clérigos, es que allí no se conocerá jamás el perfil del rey. ¡Vaya señores, vénganse ustedes a tomar conmigo cerveza y brindaremos por la prosperidad de su provincia!

Los jóvenes dieron las gracias y se excusaron diciendo que no tomaban cerveza.

—Hacen ustedes mal —repuso Simoun visiblemente contrariado—; la cerveza, es una cosa buena, y he oído decir esta mañana al padre Camorra que la falta de energía que se nota en este país se debe a la mucha agua que beben sus habitantes.

Isagani que casi era tan alto como el joyero, ¡se irguió!

—Pues dígale usted al padre Camorra —se apresuró a decir Basilio tocando con el codo disimuladamente a Isagani—, dígale usted que si él bebiese agua en vez de vino o de cerveza, acaso ganásemos todos y no diese mucho que hablar...

—Y dígale —añadió Isagani, sin hacer caso de los codazos de su amigo—, que el agua es muy dulce y se deja beber, pero ahoga al vino y a la cerveza y mata al fuego; que calentada es vapor, que irritada es océano ¡y que una vez destruyó a la humanidad e hizo temblar al mundo en sus cimientos!

Simoun levantó la cabeza y aunque su mirada no se podía leer oculta por sus gafas azules, en el resto de su semblante se podía ver que estaba sorprendido.

—¡Bonita réplica! —dijo—; pero témome que se guasee y me pregunte cuándo se convertirá el agua en vapor y cuándo en océano. ¡El padre Camorra es algo incrédulo y muy zumbón!

—Cuando el fuego lo caliente, cuando los pequeños ríos que ahora se encuentran diseminados en sus abruptas cuencas, empujados por la fatalidad se reúnan en el abismo que los hombres van cavando —contestó Isagani.

—No, señor Simoun —añadió Basilio tomando un tono de broma—. Repítale usted más bien estos versos del mismo amigo Isagani:

Agua somos, decís, vosotros fuego;

Como lo queráis, ¡sea!

¡Vivamos en sosiego

Y el incendio jamás luchar nos vea!

Sino que unidos por la ciencia sabia

De las calderas en el seno ardiente,

Sin cóleras, sin rabia,

¡Formemos el vapor, quinto elemento,

Progreso, vida, luz y movimiento!

—¡Utopía, utopía! —contestó secamente...



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