Rojas Contreras | La fruta del borrachero | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 416 Seiten

Reihe: Impedimenta

Rojas Contreras La fruta del borrachero


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17553-13-5
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 416 Seiten

Reihe: Impedimenta

ISBN: 978-84-17553-13-5
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Década de los 90, Colombia.En una Bogotá sumida en el caos, asolada por los secuestros y los asesinatos orquestados por los capos del narcotráfico, la familia Santiago vive tranquila. La brutal violencia que inunda las calles no parece pertenecer al mismo universo que habita Chula, de siete años. Pero cuando su madre contrata a Petrona, una sirvienta pobre procedente de un barrio invadido por la guerrilla, su burbuja perfecta se resquebraja. Chula intenta comprender a la joven criada, y entra en contacto por primera vez con la necesidad de sustento, la angustia de la responsabilidad y la impotencia ante una realidad asfixiante. Niña y criada se ven entonces arrojadas a un torbellino de emociones, miedos y secretos que amenaza con destruirlas, mientras sus familias luchan por sobrevivir.

Ingrid Rojas Contreras nació y creció en Bogotá, Colombia.Es hija de un intelectual excomunista y una clarividente, descendiente de todo un linaje de adivinos. Ella y su familia emigraron cuando era niña a Estados Unidos debido a la situación de violencia en su país natal. Estudió en el Columbia College Chicago, y sus relatos y ensayos han aparecido en revistas y plataformas de la talla de The New York Times Magazine, Los Angeles Review of Books, Guernica y Electric Literature. En 2015 ganó el Premio Mary Tanenbaum de no ficción, y en 2016 la Missouri Reviewle otorgó el Miller Audio Prize en la categoría de prosa. La publicación de La fruta del borrachero, su primera novela, no solo le ha valido un enorme reconocimiento por parte de la crítica y fama internacional, sino que la ha convertido en una de las grandes promesas de la nueva narrativa latinoamericana escrita en inglés.
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2


La niña Petrona

La niña Petrona llegó a nuestra casa cuando yo tenía siete años y mi hermana Cassandra, nueve. Petrona tenía trece años y había cursado solo hasta tercero de primaria. Apareció con su maleta estropeada a la puerta de nuestra casa de tres pisos, con un vestido amarillo que le llegaba hasta los talones. Tenía el cabello corto y andaba con la boca abierta.

El jardín se abrió entre nosotras como un abismo. Cassandra y yo miramos fijamente a la niña Petrona por detrás de las dos columnas de la izquierda de la casa que se elevaban desde la terraza y sostenían el alero del segundo piso. El segundo piso sobresalía como una parte dientona. Era una casa típica de Bogotá, construida para que se asemejara a las antiguas casas coloniales, blanca con ventanas amplias y herrería negra y un techo de adobe con tejas rojo azulado y en forma de medialuna. Formaba parte de una hilera de casas idénticas unidas una a otra por las paredes laterales. Yo no entendí entonces por qué la niña Petrona veía la casa del modo en que lo hacía, pero Cassandra y yo la miramos a ella boquiabiertas con el mismo tipo de asombro. La niña Petrona vivía en una invasión. Había invasiones en cualquier colina alta de la ciudad, tierra del Gobierno tomada por los desplazados y los pobres. Mamá también había crecido en una invasión, pero no en Bogotá.

Desde detrás de la columna Cassandra preguntó:

—¿Viste cómo está vestida, Chula? Tiene un corte de pelo de niño.

Abrió los ojos como platos detrás de sus lentes. Los lentes de Cassandra ocupaban gran parte de su cara. Tenían armazón color rosa, eran demasiado grandes y le amplificaban los poros de las mejillas. Mamá saludó a Petrona haciéndole señas con la mano desde la puerta de entrada de la casa. Avanzó hacia el jardín, taconeando en los escalones de piedra, con el cabello golpeteándole la espalda.

La niña Petrona contempló a Mamá a medida que esta se iba acercando.

Mamá tenía una belleza natural. Eso decía la gente. Hombres desconocidos la detenían en la calle para halagarla por la impresionante amplitud de sus cejas o el magnetismo de sus profundos ojos café. A Mamá no le gustaba sacrificarse por su belleza, pero todas las mañanas se levantaba para aplicarse un grueso delineador negro en los ojos, y cada mes iba al salón de belleza para que le hicieran un pedicure, argumentando todo el tiempo que valía la pena, porque sus ojos eran la fuente de su poderío y sus pequeños pies la prueba de su inocencia.

La noche antes de que la niña Petrona llegara, Mamá formó tres montoncitos con sus cartas del tarot encima de la mesa del desayunador y preguntó: «¿Es confiable la niña Petrona?». Hizo la pregunta de diferentes maneras, imprimiéndole una diversidad de tonos hasta que sintió que había hecho la pregunta del modo más claro; después sacó la primera carta del montoncito de en medio, la volteó y la puso delante de ella. Era la de El Loco. Su mano se detuvo en el aire al contemplar la carta que había volteado al revés. La carta representaba a un hombre blanco sonriente y a medio paso, mirando pensativo al cielo; en una mano llevaba una rosa blanca y, encima del hombro, un hatillo dorado. Vestía mallas, botas y un aprincesado traje con holanes. A sus pies saltaba un perro blanco. El hombre no se daba cuenta, pero estaba a punto de caer por un precipicio.

Mamá recogió el montón de cartas, y barajándolas dijo:

—Bueno, ya estamos advertidas.

—¿Le decimos a Papá? —le pregunté. Papá trabajaba en un distante campo petrolero, en Sincelejo, y yo nunca sabía con certeza cuándo tenía él previsto visitarnos. Mamá decía que Papá se veía obligado a trabajar lejos porque no había empleos en Bogotá, pero todo lo que yo sabía era que a veces le decíamos las cosas a Papá y a veces no.

Mamá se rio.

—Da lo mismo. Cualquier muchacha que uno contrate en esta ciudad va a tener vínculos con ladrones. Nada más ve a Dolores, la de la cuadra de abajo, su empleada era parte de una pandilla y le robaron la casa, imagínate: ni le dejaron microondas. —Mamá vio la preocupación en mi cara. Su delineador le escurrió espesamente por el rabillo de los ojos, que se le arrugaron cuando sonrió. Me picó las costillas con un dedo—. No seas tan seria. Deja de preocuparte.

En el antejardín, Cassandra dijo desde detrás de la columna:

—Esta niña Petrona no va a durar ni un mes. Mírala, tiene el espíritu de un mosquito.

Parpadeé y vi que era cierto. La niña Petrona retrocedió cuando Mamá abrió la reja.

Mamá siempre tuvo mala suerte con las empleadas. A la última, Julieta, la despidió porque, cuando Mamá en mala hora entró a la cocina, vio que de la boca de la niña colgaba un hilillo de saliva y cuando esta levantó la vista la saliva salpicó adentro de la taza de café de Mamá. Cuando Mamá le pidió una explicación, la niña Julieta dijo: «A lo mejor la Señora está viendo visiones». Un minuto más tarde, Mamá aventaba las pertenencias de Julieta a la calle y jalando a la muchacha por el cuello de la blusa le dijo: «No vuelvas, Julieta, no te molestes en regresar», empujándola hacia fuera y cerrando la puerta de golpe.

Mamá contrataba niñas dependiendo de la urgencia de su situación. Buscaba a jóvenes empleadas de otras casas y les daba nuestro número telefónico en caso de que conocieran a alguien que necesitara trabajo. Mamá conocía historias tristes de familias abatidas por la enfermedad, el embarazo, desplazadas por la guerra, y, aunque solo podíamos ofrecerles cinco mil pesos al día, lo suficiente para unas verduras y arroz en el mercado, muchas chicas se mostraban interesadas en conseguir el trabajo. Yo creo que Mamá contrataba a muchachas que le recordaran a sí misma en su juventud, pero nunca resultaron ser como ella quería.

Una de las muchachas casi se roba a Cassandra cuando era bebé.

Mamá no sabía su nombre; solo que era estéril. Tal como nos lo contó Mamá, la joven era «infértil como la arena de una playa durante una sequía». Mucha de la gente a la que conocíamos había sido secuestrada de forma rutinaria: a manos de la guerrilla, siendo retenida por azar y luego devuelta o desaparecida. La forma en que casi secuestran a Cassandra tuvo un punto divertido en lo que era una historia demasiado común. En el álbum familiar había una fotografía de la chica estéril en cuestión. Veía hacia afuera desde el protector de plástico de la foto. Tenía el cabello encrespado y le faltaba un diente frontal. Mamá decía que aún tenía la foto de esa muchacha en nuestro álbum porque era parte de nuestra historia familiar. Incluso las fotos de Papá como joven comunista estaban ahí para que cualquiera las viera. En ellas Papá vestía pantalones acampanados y gafas oscuras. Salía con los dientes apretados y el puño en alto. Se veía sofisticado, pero Mamá decía que no nos engañáramos, porque en realidad Papá andaba tan perdido como Adán de la Biblia en el Día de la Madre.

El nuestro era un reino de mujeres, con Mamá a la cabeza, tratando continuamente de encontrar una cuarta mujer como nosotras, o como ella, una versión más joven de Mamá, humilde y desesperada por salir de la pobreza, para quien Mamá pudiera corregir las injusticias que ella misma había sufrido.

En la verja, Mamá extendió su mano firmemente hacia la niña Petrona. La niña Petrona era lenta así que Mamá le atenazó la mano entre las suyas y se la movió de arriba hacia abajo con rigidez. El brazo de la niña Petrona onduló en el aire, suelto y libre como una ola. «¿Cómo estás?», dijo Mamá. Petrona apenas asintió y clavó la mirada en el piso. Cassandra tenía razón. Esta niña no duraría un mes. Mamá puso su brazo alrededor de ella y la encaminó hacia el jardín, pero, en lugar de ir por los escalones de piedra hacia la puerta principal, giraron a la izquierda. Juntas caminaron hacia las flores al final del jardín. Se detuvieron frente al árbol más cercano a la verja y entonces Mamá lo señaló y susurró.

Lo llamábamos el borrachero. Papá se refería a él por su nombre científico: Brugmansia arborea alba, pero nadie entendía de qué hablaba. Era un árbol alto de ramas enrolladas, enormes flores blancas y frutos café oscuro. Todo el árbol, incluso las hojas, estaba lleno de veneno. Una de sus mitades se inclinaba sobre nuestro jardín y la otra daba hacia la acera, soltando una esencia enmelada como un perfume caro y seductor.

Mamá tocó una sedosa flor suelta mientras le susurraba a la niña Petrona, quien veía a la flor oscilar en su tallo. Supuse que Mamá la estaba advirtiendo sobre el árbol, como lo había hecho conmigo: no cortes sus flores, no te sientes debajo de su sombra, no te quedes cerca de él mucho tiempo y lo más importante: que los vecinos no se enteren de que le tenemos miedo.

El borrachero ponía nerviosos a nuestros vecinos.

Quién sabe por qué Mamá decidió sembrar ese árbol en el jardín. Quizá lo hiciera por ese rasgo áspero y antipático que tenía, o quizá porque siempre decía que no se puede confiar en nadie.

En el antejardín Mamá levantó del suelo una flor blanca, le dobló el tallo y la aventó por encima de la verja. La niña Petrona siguió el vuelo de la flor y sus ojos se quedaron suspendidos hasta que la vio caer en la acera del vecindario con su sombra de las dos de la tarde. Enseguida la niña Petrona se miró las manos de las que colgaba su maleta.

Luego de plantar el borrachero, Mamá se rio...



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