E-Book, Spanisch, 130 Seiten
Reihe: Otras Latitudes
Rolland Más allá de la contienda
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-16112-46-3
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 130 Seiten
Reihe: Otras Latitudes
ISBN: 978-84-16112-46-3
Verlag: Nórdica Libros
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Romain Rolland | Autor (Clamecy, 1866 - Vézelay, 1944) El autor francés inició su carrera literaria escribiendo para el teatro dramas históricos y filosóficos como Los lobos, El catorce de julio o Robespierre, y también realizó biografías de grandes personalidades como Beethoven, Tolstói o Gandhi. Su obra maestra es Jean-Christophe (1904-1912), novela que, a través de la atormentada vida de un músico, evoca los problemas de un hombre del s. xx. Durante la I Guerra Mundial, Rolland defendió posiciones pacifistas, expresadas en varias de sus obras. En 1922 fundó la revista Europe e inició la redacción de un ciclo novelístico: El alma encantada (1922-1934). Recibió el premio Nobel de literatura en 1915.
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II
PRO ARIS
Septiembre de 19146
Entre tantos crímenes perpetrados durante esta guerra infame, todos ellos odiosos por igual, ¿por qué hemos elegido, como objeto de protesta, los crímenes contra las cosas y no contra los hombres, la destrucción de las obras y no la de las vidas? Muchos se han asombrado por ello y han llegado a reprochárnoslo, ¡como si nosotros no sintiéramos tanta tristeza como ellos por los cuerpos y los corazones de los millares de víctimas que han sido crucificadas! Nadie duda de que sobre los ejércitos caídos planea el amor a la patria por la que se sacrifican; sin embargo, esas vidas perdidas también llevan sobre sus hombros el arca sagrada del arte y del pensamiento forjados durante siglos. Sus portadores pueden cambiar, pero lo importante es que el arca se salve, ya que su custodia atañe a la élite del mundo. Y, ahora que una amenaza pende sobre este tesoro común, es el momento de alzarse para protegerlo.
Me enorgullece pensar que para nosotros, los latinos, este deber sagrado siempre ha sido el primero de todos. De ahí que esta Francia nuestra, que sangra por tantas heridas, no haya sufrido golpe más cruel que el atentado contra su Partenón: la catedral de Reims, Notre-Dame de Francia. He recibido cartas de familias y de soldados que desde hace dos meses soportan todo tipo de tribulaciones diarias, y esas cartas me dicen (y es algo que me hace sentirme orgulloso de mi pueblo) que ningún luto ha sido tan duro para ellos como éste. Para nosotros, sin duda, el espíritu está por encima de la carne, y en eso somos muy distintos a esos intelectuales alemanes que, al escuchar mis reproches por la sacrílega devastación causada por sus ejércitos, han respondido con una sola voz: «¡Que mueran todas las obras maestras antes que un solo soldado alemán!».
Una obra como Reims es mucho más que una vida: es un pueblo, son siglos que se estremecen en la sinfonía de su órgano de piedra; son sus recuerdos de alegría, de gloria y de dolor, sus meditaciones, ironías y sueños; es el árbol de la raza cuyas raíces se hunden en lo más profundo de su tierra y que, en un impulso sublime, tiende sus brazos al cielo. Aún más: su belleza, que domina las luchas de las naciones, es la respuesta armoniosa que el género humano da al enigma del mundo; una luz espiritual que el alma necesita más que la del sol.
Quien destruye una obra como ésta asesina a más de un hombre: asesina el alma más pura de una raza. Su crimen es inexpiable, y Dante lo hubiera castigado eternamente con la agonía eterna de su raza. Nosotros, que no compartimos su espíritu vengativo, nos negamos a culpabilizar a todo un pueblo por los actos de unos pocos. Nos basta con observar el drama bélico que tiene lugar ante nuestros ojos, y cuyo desenlace casi inevitable será la quiebra de la hegemonía alemana. Lo que lo hace más desgarrador es que ni un solo miembro de la élite intelectual y moral de Alemania —ese centenar de espíritus elevados, esos miles de corazones valientes que jamás han faltado en nación alguna—, ni uno solo de ellos imagina los crímenes de su gobierno; ni uno solo sospecha las atrocidades que ha cometido en Valonia, el norte y el este de Francia durante las dos o tres primeras semanas de la guerra; ni uno solo (¡esto parece una apuesta!) sospecha la devastación deliberada de las ciudades de Bélgica, ni la ruina de Reims. Si llegaran a poner rostro a la realidad, sé que muchos de ellos llorarían de dolor y de vergüenza. Por eso, de todos los crímenes del imperialismo prusiano, el más vil es haber ocultado sus crímenes a su pueblo: porque, privándole de medios para protestar y abusando de su devoción, lo ha convertido en cómplice ante la Historia.
Desde luego, también los intelectuales tienen su parte de culpa. Una cosa es que admitamos que en Alemania, como en todos los países, haya buenas personas que se dejen embaucar y acepten las noticias que les ofrecen en bandeja sus líderes. Sin embargo, no podemos perdonárselo a aquellos hombres cuyo oficio es distinguir la verdad de la mentira y reconocer el valor relativo de los testimonios nacidos del interés o la pasión. Su deber elemental (deber de lealtad, de sentido común) era proveerse de información procedente de los dos bandos. Sin embargo, su lealtad ciega y su confianza culpable les han hecho caer en las redes del imperialismo. Han creído que su primer deber era defender con los ojos cerrados el honor de su Estado contra toda acusación. No han sabido ver que el medio más noble para defenderlo era reprocharle sus faltas y librar de ellas a su patria.
He esperado en vano un gesto de viril desaprobación que habría podido engrandecer a los espíritus más orgullosos de Alemania en lugar de humillarlos. La carta que escribí a uno de ellos al día siguiente de que la voz brutal de la Agencia Wolff proclamara pomposamente que Lovaina había sido reducida a un montón de cenizas fue interpretada por toda la élite alemana como un gesto de enemistad. No se dieron cuenta de que estaban desaprovechando una oportunidad para desligar a la nación alemana de los crímenes que el Imperio estaba cometiendo en su nombre. ¿Qué pedía yo a los artistas de Alemania? Simplemente que tuvieran el valor de condenar los excesos cometidos, y que se atrevieran a recordar a sus gobernantes desbocados que ninguna patria puede salvarse mediante el crimen, y que los derechos del espíritu humano prevalecen sobre los demás. Una voz, una sola voz libre pedía… pero ninguna habló. Y sólo escuché los aullidos de la manada, los ladridos de las jaurías de intelectuales lanzados sobre la pista que les había señalado el cazador. Dicha pista era una insolente carta en la que, sin la más mínima intención de justificar sus crímenes, declarabais al unísono que tales crímenes no habían existido en absoluto. Y vuestros teólogos, vuestros pastores, vuestros predicadores callejeros han corroborado vuestro sentido de la justicia y han declarado que bendecís a Dios por haberos hecho así… ¡Qué raza de fariseos! ¿Qué castigo azotará vuestro sacrílego orgullo desde las alturas?.. ¡Cuánto mal hacéis a vuestros compatriotas! La peligrosa megalomanía de Ostwald o de H. S. Chamberlain,7 y la criminal cabezonería de los noventa y tres intelectuales que se han negado a ver la verdad le saldrán más caras a Alemania que diez derrotas militares.
¡Qué torpes sois! Creo que, de todos vuestros defectos, la torpeza es el peor. Desde el inicio de esta guerra no habéis dicho ni una palabra que no haya sido para vosotros más funesta que todas las palabras de vuestros adversarios. Las peores acusaciones que se hayan podido verter sobre vuestra actuación se han nutrido de pruebas y argumentos proporcionados gustosamente por vosotros. Del mismo modo, son vuestras agencias oficiales las que, en la ilusión estúpida de aterrorizarnos, han difundido antes que nadie los relatos más grandilocuentes de vuestras siniestras devastaciones. Mientras los más imparciales de vuestros adversarios se esforzaban por ser justos y atribuían a vuestros líderes y ejércitos la responsabilidad de dichos desmanes, habéis reivindicado con rabia vuestro papel en ellos. Creí que, al ver Reims reducida a cenizas, los mejores de entre vosotros se sentirían consternados en el fondo de su corazón. Sin embargo, llevados por un estúpido sentido del orgullo, os pavoneasteis en lugar de pedir disculpas.8 ¡Sois vosotros, desgraciados; vosotros, representantes del espíritu, los que no habéis cesado ni un instante de celebrar la fuerza y de despreciar a los débiles, como si no supierais que la rueda de la fortuna gira y que algún día todo su peso caerá sobre vosotros! ¡Así sucedió en siglos pasados, cuando al menos vuestros grandes hombres conservaban el recurso de no haber renunciado a la soberanía del espíritu y a los derechos sagrados del Derecho!.. ¿Qué reproches, qué remordimientos habrá de depararos el porvenir, oh líderes alucinados que conducís a la fosa a esa nación que sigue vuestros pasos como los torpes ciegos de Brueghel?
¡Éstos son los tristes argumentos que habéis esgrimido contra nosotros en los últimos dos meses!
1. La guerra es la guerra, decís, lo que equivale a decir que no puede medirse con el resto de las cosas y que se halla al margen de la moral, de la razón y de todos los límites de la vida cotidiana, en una especie de trono sobrenatural ante el que uno sólo puede inclinarse sin rechistar.
2. Alemania es Alemania, es decir, sin medida común con el resto de los pueblos; las leyes que se aplican a los otros no se aplican a ella, y los derechos que se arroga para violar el Derecho no pertenecen a nadie más que a ella. De este modo Alemania puede, sin delito alguno, incumplir sus promesas, traicionar sus juramentos y violar la neutralidad de los pueblos que un día juró defender. Sin embargo, esto no le impide ver a los pueblos que ultraja como «caballerescos adversarios». Ahora bien, si dichos países osan defenderse por todos los medios y con todas las armas que les queden, ¡Alemania lo proclamará un crimen!
¡Bien reconocemos en estos principios las enseñanzas interesadas de vuestros maestros prusianos! Artistas de Alemania, no pongo en duda vuestra sinceridad, pero no sois capaces de ver la verdad; el casco puntiagudo del imperialismo prusiano os ha cegado los ojos y hasta la conciencia.
«La necesidad no entiende de ley»... ¡He aquí el undécimo mandamiento, el mensaje que lanzáis hoy al universo los hijos de Kant!... Ya lo hemos escuchado en más de un momento histórico: es la famosa doctrina del Comité de Salvación...




