Romero López | El gozo de creer en Jesús | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 240 Seiten

Reihe: Surcos

Romero López El gozo de creer en Jesús


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9945-420-7
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Reihe: Surcos

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¿Una asignatura pendiente? Los cristianos del siglo XXI estamos acostumbrados a estudiar a Jesús, trabajar por Jesús, sufrir por Jesús Pero no estamos acostumbrados a disfrutar con Jesús. Sin embargo, los evangelistas nos invitan constantemente a la alegría, al gozo, a la fiesta. A Jesús nunca se le ocurrió una parábola en estos términos: El reino de los cielos es semejante a unas plañideras que vienen de enterrar a un muerto. En cambio, en sus parábolas, resuenan constantemente palabras como boda, expectación, asombro, vino nuevo, banquete, cosecha abundanteLa Resurrección de Cristo nos ha abierto una puerta que ya nadie puede cerrar (Ap 3,8); es la puerta de la esperanza, de la alegría, del entusiasmo, de la ilusión por la vida. Así, ha llegado el momento de reivindicar el gozo de creer en Jesús, porque, parafraseando a Pascal, no debiera haber nadie tan feliz como un cristiano auténtico.

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1. Lo que no fue Jesús


Los cristianos sabemos que, en el terreno de la fe, nos jugamos todo a una sola carta, y esa carta no puede ser otra que la persona de Jesús de Nazaret. Ser cristiano es conocer a Jesús, amarle y seguirle.

Por eso, ya en los evangelios se plantea con fuerza esta pregunta: ¿quién es Jesús? Y serán los mismos evangelios los que nos vayan dando la respuesta adecuada.

Hoy, esa pregunta adquiere especial relieve; sobre todo, si tenemos en cuenta las nuevas realidades que se viven en el mundo, si prestamos atención al testimonio que el papa Francisco está dando y si nos dejamos guiar por el impulso que él desea transmitir a la Iglesia entera.

Pero, antes de ir descubriendo lo que es Jesús, debemos reflexionar sobre lo que no es, a fin de tener una idea más exacta de su persona.

En el evangelio aparecen unos grupos religiosos que querían incorporar a Jesús a sus filas. Pero él no se dejó atrapar por ninguno de ellos y marcó siempre la diferencia. Veamos.

Jesús no fue un fariseo

En tiempo de Jesús, los fariseos constituían un grupo bastante numeroso (unos 6.000) y muy influyente en el pueblo. Muchos de ellos pertenecían a la clase media y vivían formando pequeñas comunidades y evitando el trato con la gente pecadora... Se caracterizaban por su dedicación al estudio de la Torá, por su obediencia rigurosa de la ley (sobre todo, el sábado) y por la observancia de las prescripciones rituales: ayunos, purificaciones, limosnas, oraciones, etc.

Jesús adopta un estilo claramente antifarisaico. Se mueve libremente en ambientes de pecadores, dejándose rodear de publicanos, ladrones y gente de mala fama. Condena a esos hombres que se sienten seguros ante Dios y superiores a los demás (Lc 18,9-14). Critica su visión legalista de la vida y coloca al hombre no ante una ley que hay que observar literalmente, sino ante un Padre a quien debemos obedecer de corazón (Mt 5,20-48). Rechaza violentamente la hipocresía de esos hombres que reducen la religión a un conjunto de prácticas externas a las que no responde una vida de justicia y de amor (Mt 23,23).

Él nos enseñó que el Reino de Dios no se consigue a base de esfuerzos (parábola de los invitados a la viña: Mt 20,1-16). Jesús realiza una dura crítica a los fariseos (cf. Mt 23,1-36) porque la manera que ellos tienen de comportarse hace que la fraternidad sea imposible.

El cambio lo vemos en Pablo, fariseo de pura cepa que, de la noche a la mañana, sin hacer nada, por pura gracia, se convierte en apóstol de Jesucristo: “Por gracia soy lo que soy” (1 Cor 15,10). Él será el apóstol de la gracia: “Por gracia estáis salvados mediante la fe, y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios” (Ef 2,8-9).

Jesús no fue un saduceo

Jesús no pertenece a esos grupos representantes de la alta aristocracia judía que adoptaban una postura conservadora en el campo político y en el religioso. Los saduceos, por una parte, colaboraban con las autoridades romanas para mantener el orden establecido por Roma, que, de alguna manera, favorecía sus intereses. Por otra parte, rechazaban cualquier renovación en la tradición religiosa y cultual del pueblo.

Jesús es un hombre modesto que camina por Palestina sin un denario en su bolsa y que vive muy alejado de los ambientes saduceos. Su libertad frente a las autoridades romanas y su enfrentamiento cuando se oponen a su misión (Lc 13,31-33) no tienen nada que ver con la diplomacia saducea.

Jesús rechaza la teología tradicional saducea sobre la resurrección (Mt 22,23-33). Los saduceos, como carecían de una visión más alta, tenían una consideración de la vida muy recortada, muy miope, sin utopías ni esperanza. Su filosofía era más o menos esta: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”. Jesús no podía estar de acuerdo con esta visión de la vida tan reducida, tan materialista, tan conformista. Jesús fue el eterno inconformista. Vino a crear un mundo nuevo. Y este mundo debería comenzar ya aquí. Hace una dura crítica al rico Epulón (Lc 16,19-31).

Jesús no fue un esenio

Jesús no pertenece a la comunidad religiosa de los esenios, que viven en el desierto, a orillas del mar Muerto, separados del resto del pueblo y esperando la llegada del Reino mesiánico con una vida de observancia rigurosa de la ley, ayunos y purificaciones rituales. Los esenios no se casaban y los hombres vivían en común, sin contaminarse con las mujeres. Se dedicaban al estudio de la Palabra de Dios y eran muy severos en la elección de candidatos. Todos los que tenían algún defecto físico o moral eran rechazados.

Jesús no vive retirado en el desierto, como Juan Bautista, y sus discípulos no ayunan (Mc 2,18). Jesús participa en banquetes con gente de mala fama (Mt 9,9-13). No ha querido organizar una comunidad de gente selecta, separada de los demás. Su mensaje está dirigido a todo al pueblo, sin distinciones. Incluso se siente llamado a buscar especialmente a los pecadores (Lc 5,32).

Aunque el hallazgo de los manuscritos de Qumrán en el año 1947 nos descubrió grandes semejanzas entre esta comunidad judía y las comunidades cristianas, debemos decir que la postura de Jesús ante la ley, la primacía que concede al amor y al perdón, su predicación del Reino de Dios y su cercanía a la mujer y a los pecadores lo distancian profundamente del ambiente en el que vivían los esenios. Ellos eran “los hijos de la luz”, y todos los demás, “los hijos de las tinieblas”. A estos dirigían esta terrible oración: “Maldito seas. Que nadie tenga misericordia de ti; tus obras son tinieblas. Que seas condenado a la oscuridad del fuego eterno. Que Dios no se digne mostrarse favorable a tus gritos. Que no se perdonen ni permita que expíen tus pecados. Que eleve sobre ti el rostro de su cólera y de su venganza. Y que no encuentres nunca la paz”.

Jesús habla de un Dios “que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt 5,45). Más aún: él no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Lc 5,32).

Jesús no fue un zelota

Los zelotas eran grupos clandestinos de resistencia armada. Parece que su fundador fue Judas el Galileo (Hch 5,37), que se opuso al pago del tributo al emperador romano. Tal vez, algún discípulo de Jesús perteneció a este grupo. La doctrina de Jesús fue revolucionaria, pero no usó ni dejó usar la violencia física (Dn 7,1-14). Ante una historia de bestialidad anunciada por Daniel en una visión de fieras feroces (Imperio de babilonia, de los medos, de los persas, de Alejandro Magno), aparece una figura de Hijo de hombre. Será Jesús quien vendrá al mundo a dar al hombre-bestia un rostro humano. Jesús reacciona ante la postura violenta de Pedro y le dice: “Envaina la espada, que todos los que empuñan la espada a espada morirán” (Mt 26,52). Jesús trajo la gran revolución del amor.

Jesús no fue un “sacerdote”

El término “sacerdote” es tardío en el Nuevo Testamento: solo aparece en la Carta a los Hebreos, que pudo escribirse hacia el año 90, no más allá del 96, fecha de la primera Carta de san Clemente, que ya cita a Hebreos. La primera comunidad cristiana da a Jesús los títulos de Maestro, Profeta, Hijo de David, Hijo de hombre, Hijo de Dios. Pero siente cierto rechazo en darle el título de “sacerdote” por las connotaciones propias del sacerdocio hebreo y por la figura del sumo sacerdote.

El sacerdote judío es solo el hombre del culto a Dios. Para ello, Dios elige una tribu, la tribu de Leví. Esta no entrará en suertes en el reparto de la Tierra Prometida, ni tendrá lote propio: “Los sacerdotes levitas, toda la tribu de Leví, no tendrán parte ni heredad con Israel; comerán de la heredad del Señor, de sus oblaciones” (Dt 18,1) (Sal 16).

La pertenencia a la tribu de Leví lleva consigo ciertos privilegios. En los sacrificios “se dará al sacerdote una espalda, las quijadas y el cuajar... Le darás las primicias de tu grano, tu mosto y tu aceite, y las primicias del esquileo de tu ganado” (Dt 18,3-4).

De esta tribu se elige una familia, la de Aarón. Como esta familia está destinada a Dios y Dios está en lo alto, hay que darle honores y elevarla a una alta dignidad (Eclo 45,6-13). De la familia de Aarón se elegía a un hombre, segregatus, a quien por medio de ritos especiales se le separaba del mundo profano y se le destinaba para el mundo sagrado. Él será el encargado del culto y de ofrecer sacrificios.

Ahora bien, Jesús no es de la tribu de Leví, sino de la tribu de Judá: “Y aquel de quien habla el texto pertenece a una tribu diferente, de la cual nadie ha oficiado en el altar. Es cosa sabida que nuestro Señor procede de Judá, una tribu de la que nunca habló Moisés tratando del sacerdocio” (Heb 7,13-14). Jesús, que no pertenece a la familia de Aarón, rompe con ese tipo de sacerdocio y se distancia de él.

Mientras que, en el Antiguo Testamento, el sacerdote era el “hombre de Dios para el culto”, la Carta a los Hebreos presenta la gran novedad de que, en el Nuevo Testamento, el sacerdote es “el servidor” de la comunidad en su caminar hacia el Reino de Dios. En realidad, el único mediador es Cristo, y los sacerdotes son servidores de la mediación de Cristo: “Todo sacerdote está tomado entre los hombres y constituido en favor de la gente en lo que se refiere a Dios” (Heb 5,1). Se exige que sea misericordioso y digno de fe en las relaciones con Dios.

¿Cómo ejerce Jesús esta mediación?...



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