E-Book, Spanisch, Band 158, 284 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
Roques El aroma de los bosques
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10183-90-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
El hombre y el árbol, un vínculo milenario
E-Book, Spanisch, Band 158, 284 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
ISBN: 978-84-10183-90-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Dominique Roques es un experto buscador de recursos naturales para una de las mayores empresas mundiales de diseño y elaboración de fragancias y aromas.
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Introducción
El árbol, el leñador y el perfume
En poco más de un siglo, los hombres han talado la mitad de los bosques de la Tierra, acelerando de forma mortífera una tarea que se inició hace cuatro mil años. Con las primeras hachas de bronce el hombre se convierte en leñador, deja constancia de su toma de poder sobre el bosque, heredado desde tiempos inmemoriales, transformando el árbol vivo en un tronco de madera, una revolución cuyas consecuencias sigue sufriendo el planeta. La historia de los hombres en el bosque es por lo general poco conocida. Mezcla lo sublime con lo trágico a lo largo de largas epopeyas en las que, en todas las épocas, se produce el drama de la contradicción nunca resuelta entre nuestra necesidad de bosques vivos y nuestro aprovisionamiento de madera. Mi trayectoria me ha llevado a conocer el destino extraordinario de algunos bosques del mundo, que despertaron en mí el deseo de contar sus historias. Estas ilustran la dificultad de ir hacia la reconciliación de los árboles y los seres humanos, pero también dan razones para creer que es posible.
Los bosques, los árboles y la madera son el telón de fondo de mi infancia, un decorado que sigue nítido en mi memoria. En una posguerra ávida de viento de alta mar, mis padres se marcharon a Estados Unidos, donde mi padre fue leñador durante tres años, a tiempo para vivir la nueva revolución de las sierras a motor, las motosierras. A finales de los años cincuenta comenzó a hacer de ello un oficio, importaba maquinaria estadounidense y recorría los bosques de Francia para convencer a los leñadores de que abandonaran sus hachas milenarias por la novedad mecanizada. Esta infancia me reveló al mismo tiempo la belleza de los árboles, el aroma del bosque y el ruido de las motosierras. Me parecía que formaban parte de un mismo mundo, seductor y fascinante. Con el tiempo, la vida me ofreció experiencias como leñador y trabajador forestal, antes de conocer la profesión de proveedor de recursos naturales para la perfumería. El perfume nunca está lejos de los árboles, se ha convertido para mí en un hilo conductor, en el testigo de la perennidad silenciosa de los bosques. Cada nueva incursión en los bosques de la Tierra me ha hecho seguir el curso de su destino, entre su belleza absoluta inicial y lo que hacen con ella los hombres. En esta historia, donde lo mejor se codea con lo peor, he mantenido cálida la huella de mis primeros recuerdos como hijo de leñador.
Ir al encuentro de los árboles es un motivo de estupor, una felicidad duradera e incesante. Al margen de todo lo que se ha escrito, cantado y contado durante mucho tiempo sobre ellos, basta con ir a caminar por un bosque para volver a ser el primer hombre, para sentirse invadido por la emoción de lo que este ofrece, el silencio y las huellas de mil vidas secretas a su alrededor. Me gusta estar entre los árboles, espectador incansable del bosque vivo, vibrante por el viento en el follaje, las copas suavemente mecidas entre juegos de luces y sombras. El espectáculo de los bosques me emociona, todo converge para hacer de la belleza incomparable del árbol, en todas sus formas, en todos los climas, en su inverosímil diversidad, la forma de creación más lograda de la Tierra.
Todo separa al árbol y al hombre, como si la evolución hubiera intentado dos enfoques radicalmente opuestos, dando lugar a unas formas de vida tan diferentes que te llevan a pensar que son complementarias. La primera fractura es el tiempo. Mientras que los árboles y los bosques están programados para una forma de eternidad, el hombre solo lo está para un instante. Pase lo que pase, los bosques se renuevan: talados o quemados, germinan o vuelven a crecer. Cuando un bosque primario arrasado es dejado a su suerte tarda entre tres y ocho siglos en volver a su estado inicial. El hombre solo dispone de una parte de siglo para asistir y participar de este lento espectáculo. Eternidad contra fugacidad, el tiempo es el punto de partida de esta radical alteridad. Básicamente móvil, el hombre compensa la brevedad de su vida con el movimiento. No ha dejado de poner su inteligencia al servicio de una forma de voracidad, de una necesidad de dominar, de servir a sus semejantes y a la naturaleza. El árbol es inmóvil, duradero y silencioso. Ocupa el espacio verticalmente, desde las profundidades de la tierra donde hunde sus raíces hasta parecernos que toca el cielo cuando se eleva a cien metros para abrir nuevas hojas al sol y al viento. El movimiento de su vida es interior, esmerándose en empujar la savia desde sus raíces hasta el final de sus ramas. No habla, pero seguimos descubriendo sus códigos de comunicación y ayuda mutua con sus vecinos a través de sus raíces y hojas. Alberga y alimenta todo tipo de formas de vida, aves, roedores, insectos y hongos, que diseminan sus semillas y aseguran su movilidad germinando a sus descendientes. La profunda oposición de estas dos formas de vida generó una confrontación inevitable, simbolizada por un hombre: el leñador.
Me gustan los árboles, me gusta mirarlos, plantarlos, verlos crecer. Me gustan los árboles sagrados, la vieja haya de montaña, el roble sin edad, los monumentos de los trópicos que los lugareños nunca cortan. También aprendí a cortar árboles para ayudar a sus vecinos a crecer, por la promesa de su madera, porque es normal talar árboles. La cuestión del hombre en el bosque, del árbol vivo y del árbol muerto, del árbol bosque y del árbol madera, ha viajado conmigo durante décadas. ¿Podemos amar a la vez los bosques y a los leñadores? ¿Podemos limitarnos a cortar los árboles adecuados, en el lugar y en el momento justo, sin entrar en el engranaje de la deforestación y la devastación? La historia de la explotación forestal y las huellas del paso de los leñadores hacen que la respuesta sea muy incierta y siempre controvertida. Sin embargo, las figuras del leñador, el carbonero o el resinero forman parte de la fuerte unión que siento con el bosque, los árboles y la madera. Respeto las herramientas, las hachas, las sierras, las motosierras y la madera que modelan. Me gusta la historia de los leñadores.
Aunque los hombres eran capaces de derribar árboles con sus hachas de piedra talladas desde el Paleolítico, era una tarea muy ardua, por lo que solo recurrieron a ello en caso de absoluta necesidad. Tres milenios antes de nuestra era, la invención de la metalurgia lo cambiaría todo, la producción de las primeras hachas de cobre y luego de bronce es una revolución importante. Permite un punto de inflexión inédito: el árbol, que finalmente se puede cortar, cambia de naturaleza y se convierte en fuente de madera, el material que, junto con la piedra, permitirá la eclosión del sedentarismo. Es el anuncio de la ruptura con la naturaleza inviolada y sagrada, comienza el largo viaje de la caída de los bosques, el cazador-recolector se convierte en cortador de árboles. Durante mucho tiempo, en esta conquista de la naturaleza virgen, leñadores y carboneros tendrán que defenderse y luchar contra el bosque desconocido, peligroso, hostil, oscuro y poblado de animales feroces. A lo largo de los siglos, los hombres del bosque, con sus rostros ennegrecidos y su fuerza sobrehumana, se convierten en fascinantes y aterradoras figuras que median entre lo salvaje y la ciudad. Una extensa historia con cuyas huellas me he encontrado en los bosques más diversos, antiguos o actuales, del Líbano al Paraguay.
En los bosques aprendí a oler y amar su perfume. Omnipresente, destila su sutileza y su fuerza desde las montañas hasta los trópicos. Invita a dejarse flotar a merced de aromas múltiples, cambiantes, fuertes o discretos, cálidos y fríos, corrientes que van y vienen. Perfume del bosque recorrido, el humus y los musgos del suelo, el aire que barre las hojas de los eucaliptos o las agujas de los pinos, los bolsillos de resina de los troncos, la madera muerta. Fragancia del corazón de los árboles, savia, bálsamos y gomas. Fragancias ocultas y reveladas por los árboles cortados y hendidos, frescos o secos, resinosos o frondosos. Los aromas del serrín, de la madera que se seca o se quema, los olores del carbón y del humo. Hilo conductor en el bosque, el perfume que encuentran los perfumistas en él es una fuente de inspiración para ellos. Siempre renaciendo en cada nuevo brote de árbol, después de las talas o el fuego. Los bosques son reservas de silencio y vida. Más allá de su papel decisivo como sensores de carbono y proveedores de oxígeno, seguimos descubriendo la riqueza y la complejidad sin precedentes de la vida que albergan, desde la raíz de los árboles hasta la cima de las copas. Algo así como un último refugio contra el ruido y la furia de los hombres.
El comienzo de la tala de árboles se remonta a la Antigüedad, en el Monte Líbano, con La epopeya de Gilgamesh, cuya victoria sobre el monstruo guardián del bosque de cedros da la señal de la toma de poder de la civilización sobre lo salvaje. Ir a conocer los cedros supervivientes del primer bosque explotado del mundo es una peregrinación a los albores de los tiempos modernos, un gran viaje emocional.
En la Edad Media, el agotamiento de la superficie forestal estaba ya tan avanzado que los hombres comenzaron a darse cuenta de su finitud. La necesidad de metal para forjar hachas, arados y herramientas precipitará la deforestación en Occidente. Se necesita mucho carbón para producir el metal y mucho metal para hacer retroceder el bosque en beneficio de la agricultura. A lo largo de los siglos, Europa tratará de preservar por necesidad sus bosques mediante una explotación racional. Aprendí el oficio de leñador en un bosque ajardinado de montaña, fruto del trabajo y la...




