Roso | Leyenda de sangre | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 194, 280 Seiten

Reihe: Narrativa

Roso Leyenda de sangre


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19615-81-7
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 194, 280 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-19615-81-7
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En junio de 1922, cuando la histórica situación de pobreza y abandono de Las Hurdes está en el centro de la opinión pública española por la inminente visita a la comarca del rey Alfonso XIII, una niña pequeña es secuestrada y asesinada en el monte de La Corderina, cerca de la aldea hurdana de Cambroncino. El estado en que se halla el cuerpo, al que le han arrancado vísceras y extraído una gran cantidad de sangre, lleva a pensar que la motivación del crimen es usar los restos de la niña en un ritual de sanación promovido por alguna bruja o santero de los que abundan en la zona.   Para evitar que el rey cancele su visita y con ello se pierdan las inversiones que seguirían a esta, tan necesarias para mejorar la vida de los hurdanos y terminar con la Leyenda Negra de la comarca, las autoridades deciden dar carpetazo a la investigación del crimen. Sin embargo, el descontento de la población y el temor a posibles alteraciones del orden público provocan que desde Madrid se envíe a un investigador externo, un antiguo sargento del ejército reconvertido en mercenario y buscavidas llamado Valerio Lubián -pero al que todos conocen como Cristo- para que trate de averiguar qué está ocurriendo realmente en Las Hurdes.     Acompañado por el refinado doctor Álamo y por el ayudante de este, Zillo, Cristo iniciará sus pesquisas sin saber que su investigación lo llevará a adentrarse a lo más profundo de la comarca y a empaparse en sus tradiciones y sus leyendas, y no tardará en verse arrastrado a una carrera contrarreloj para salvar la vida de otras niñas y para hacer justicia. 

Luis Roso (Moraleja, Cáceres, 1988) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Barcelona, así como comisario del festival de novela Gata Negra, que se celebra cada verano en la Sierra de Gata (Extremadura). En su palmarés se cuentan el Premio de Narrativa Ciutat de Vila-real por Durante la nevada (Alrevés, 2020), y el Premio Tuber Melanosporum a la mejor novela negra novel de 2016, otorgado por el festival Morella Negra, que ganó justamente con su primera novela, Aguacero, también publicada en la editorial Alrevés (2023). Sus otros libros son Todos los demonios (Alrevés, 2021) y El crimen de Malladas: Por vuestra boca muerta (Alrevés, 2022), nominado al Premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción de género negro por la Semana Negra de Gijón, y seleccionado entre las mejores novelas negras de 2022 para El País. Recientemente ha reeditado Primavera cruel, también con Alrevés.
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Capítulo uno


—Estamos buscando a Cristo.

El anuncio del guardia ni siquiera generó las burlas que este quizá se había temido. Los pocos parroquianos que le-
vantaron la mirada al escucharlo lo observaron con indiferencia. Allí abajo, en aquel sótano oscuro y cargado de humedad, probablemente nadie iba a dejarse intimidar por un par de uniformes. De hecho, fueron los guardias los que vacilaron unos instantes antes de bajar las escaleras. De poco iban a servirles las amenazas o las porras si iniciaban un altercado en aquel lugar, con aquella gente.

—Buscamos a Cristo —insistió el guardia de más edad, que, sin embargo, y pese al grueso bigote que le ocultaba el labio superior, no pasaría de los treinta años.

—¿Han mirado a ver si lo encuentran allá, en la iglesia?

La burla del tabernero, un sujeto rollizo llamado Pedro Castro, bien conocido por las autoridades de la ciudad y que lucía una repulsiva oquedad morada en el lugar de su ojo derecho, provocó algunas risas desganadas en la concurrencia. La basílica de San Francisco el Grande quedaba a apenas trescientos metros de su taberna.

—Nos han dicho que lo encontraríamos aquí —repuso el guardia, casi en tono de disculpa.

—¿Quién os ha dicho eso?

La voz vino del fondo de la sala, desde una mesa que la débil lámpara del techo apenas alcanzaba a alumbrar. El hombre estaba solo, fumando un pitillo. Los guardias se acercaron hasta él, aunque se detuvieron en seco cuando este se lo ordenó con un gesto de su mano.

—¿Me buscan para llevarme preso? —preguntó.

—No —respondió el guardia, en un susurro.

—Entonces, ¿qué queréis de mí?

—Nos mandan para acompañarlo al Gobierno Civil.

—¿El gobernador les ha mandado a buscarme?

—No. Ha sido el jefe.

—¿Su jefe? ¿Ramón?

—Don Ramón, sí.

—Ramón es un viejo amigo, pero hace algún tiempo que no trato con él. ¿Cómo sabía que yo estaba aquí? ¿Es que me tiene vigilado?

—No sabría decirle.

—Bueno, es normal. Un jefe de policía tiene que saber lo que se cuece en su ciudad. ¿Y les ha dicho Ramón para qué me buscan en el Gobierno Civil a estas horas?

—No. Solo nos ha dicho que vengamos a buscar a un hombre llamado Cristo y lo llevemos para allá.

—Un hombre llamado Cristo… Pero yo no me llamo Cristo, aunque a nadie le importe un rábano.

Cristo apuró el pitillo y arrojó la colilla dentro de la jarra de vino vacía que había en la mesa. Al ponerse en pie, los guardias comprobaron que, tal y como habrían supuesto por su vozarrón, era un tipo alto y corpulento: superaba en más de una cabeza de altura y dos arro-
bas de peso a cualquiera de los presentes. Tendría alrededor de cincuenta años, pero conservaba el cabello moreno, sin apenas canas, salvo en la barba, esta sí salpicada de mechones blancos, y que no llevaba recortada ni perfilada, sino sencillamente dejada crecer a su aire por espacio de varios días. Vestía un gabán oscuro, de paño quizá demasiado fuerte para la época del año, y bajo este una camisa blanca, desabotonada en la parte superior.

—Venga, vámonos —ordenó Cristo, colocándose su sombrero negro de ala corta e invirtiendo los papeles respecto a los guardias, como si fuera él quien los llevara detenidos.

Los guardias lo precedieron hasta la salida, y lo precedieron también durante los diez minutos de trayecto a pie hasta la plaza de la Villa. Las calles estaban empapadas por la lluvia que había caído de manera constante todo el día, y que solo había amainado hacia el atardecer; a pesar de eso, había bastante animación, como si todo el mundo hubiera estado esperando a que escampara para salir.

En el centro mismo de la plaza de la Villa, ataviado con un uniforme azul idéntico al de sus subordinados, salvo por la ausencia de correajes, les aguardaba el jefe de la Policía de Madrid, Ramón Fernández-Luna.

—¿Cómo te va la vida, Cristo? —preguntó, tendiéndole una mano.

—No tan bien como a ti, Ramón, eso seguro —respondió Cristo, estrechándosela.

El jefe de la Policía de Madrid rondaría los sesenta años, era más bien bajo y lucía una barba negra y densa que a esas alturas podía considerarse una seña de identidad. Ramón era, con bastante diferencia, el detective más conocido y aclamado del país: había resuelto —mediante la aplicación de técnicas y protocolos de investigación novedosos, muchos de uso común en el extranjero— algunos de los crímenes más complejos y pintorescos ocurridos en España en las últimas décadas.

—Yo te veo bien —dijo Ramón—. Más viejo, pero eso no tiene remedio.

—Sí lo tiene —repuso Cristo—. Solo que el remedio para la vejez es la muerte.

—Entonces tú y yo andamos cerca de curarnos.

—Habla por ti, a mí aún me queda correa para rato.

Ramón despidió a los guardias con un gesto de su mano y conminó a Cristo a seguirlo.

—¿A santo de qué me sacáis de la tasca a media borrachera? —preguntó este.

—Enseguida lo sabrás.

El palacio de Cañete, sede del Gobierno Civil, era un edificio anexo al ayuntamiento y de estilo renacentista, como tantos otros del centro de Madrid. También como tantos otros, tenía una fachada sobria, de ladrillo visto, que apenas llamaba la atención del transeúnte que pasaba por delante. La entrada principal estaba en la calle Mayor, a pocos metros de la plaza de la Villa. El jefe de policía abrió la puerta con una llave que sacó de un bolsillo del uniforme.

El palacio no era mucho más opulento en su interior. En general, y aunque había algunos cuadros, alfombras o estatuillas de diversas épocas y estilos decorando los pasillos y estancias de paso, transmitía una impresión burocrática, de impersonalidad. En ese aspecto, distaba enormemente de otros edificios históricos del centro, como la vecina Casa de la Villa —la sede del ayuntamiento— o el Congreso de los Diputados, de mayor valor artístico. El motivo de este agravio comparativo quizá fuera que el Gobierno Civil de Madrid era, hasta cierto punto, un organismo de carácter difuso, sin unas funciones claras. En el resto de provincias los gobernadores civiles ostentaban un poder que emanaba del Gobierno de la nación española; eran el brazo con el que ese Gobierno se hacía patente en los rincones más remotos. Pero en Madrid esa función se antojaba incongruente o innecesaria, toda vez que se trataba de la capital del Reino.

—Lo más bonito es el jardín —apuntó Ramón, mientras caminaban a toda prisa; nadie les salió al paso, unas pocas lámparas encendidas les iban marcando el camino—. Pero no creo que tengamos tiempo de verlo.

—¿El jardín donde se aparecen los espíritus? —preguntó Cristo.

—Se aparecen por todas partes, no solo en el jardín —repuso Ramón—. Pero no son espíritus, sino un espíritu. Uno, en singular. El de un cura al que, siendo inocente, condenaron a muerte por asesinar al dueño del palacio.

—Sí, conozco la historia. ¿Tú lo has visto alguna vez?

—Yo no creo en esas pamplinas, y los espíritus solo se aparecen a quienes tienen interés en verlos. Además, ya sería mala suerte que me fuera a dar de bruces con el cura fantasma la primera vez que vengo al Gobierno Civil de noche.

El despacho del gobernador, a donde se dirigían, estaba en la primera planta. Cristo conocía su nombre por los periódicos, pero jamás había visto una fotografía suya. Nada más entrar al despacho —el jefe de policía abrió la puerta tras llamar suavemente, sin esperar respuesta—, Cristo descubrió que, para su sorpresa, el gobernador era unos quince o veinte años más joven que Ramón y que él mismo. No era un chiquillo, ni mucho menos, pero escasamente habría cumplido los cuarenta, una edad más que adelantada para su cargo.

—Señor Cristo, un gusto conocerlo —lo saludó el gobernador, invitándolo con la mano a tomar asiento en una butaca frente a su escritorio, pero sin levantarse a recibirlo ni tenderle la mano—. Mi nombre es Eloy Bullón.

El gobernador era un hombre grueso, de cabellera abundante y bigote también abundante con las guías vueltas hacia arriba. Sobre la nariz llevaba unos quevedos redondos de alambre, y vestía un traje negro, con corbatín blanco, que le daba cierto aire clerical.

—Don Valerio Lubián, a su servicio —dijo este, sentándose y retirándose el sombrero, que a falta de percha dejó sobre su regazo.

El gobernador miró a Ramón, que se había quedado de pie junto a la puerta, como para pedirle cuentas acerca de la identidad de la persona que tenía delante.

—Valerio es el hombre al que informalmente conocemos como Cristo —explicó el jefe de policía.

—¿Se refiere a un alias, como los miembros del hampa? —preguntó el gobernador.

—No, no. Ni mucho menos, don Eloy. De ser un hampón no lo habría traído a su presencia, claro que no. Cristo es un sobrenombre que le pusieron en el Ejército, hace muchos años.

Ramón miró a Cristo, como para indicarle que interviniera. Pero no tuvo ocasión: el gobernador parecía satisfecho con la explicación, y pasó adelante.

—Bien, tanto da cómo lo llamen a usted, lo que importa es que nos sea de utilidad.

—Procuraré serlo —dijo Cristo—, aunque dependerá de lo que esperen de mí.

—Por lo pronto, esperamos que sepa ser discreto.

—Eso va por descontado. El señor jefe...



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