Roso | Primavera cruel | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 189, 456 Seiten

Reihe: Narrativa

Roso Primavera cruel


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19615-35-0
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 189, 456 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-19615-35-0
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En la primavera de 1956, el inspector Trevejo recibe el encargo de enfrentarse a un caso muy delicado: un hombre armado aparece muerto de un disparo en las inmediaciones del palacio de El Pardo, donde reside Francisco Franco, y el inspector debe esclarecer cuanto antes si tras el suceso hay algún tipo de trama terrorista para atentar contra el dictador. Tras esa muerte vendrán otras, y todo parece apuntar a las redes y células secretas de opositores al gobierno. El inspector Trevejo deberá afrontar una compleja investigación en los aparatos internos del Estado y los bajos fondos de Madrid y Barcelona, en la que quedará retratado el funcionamiento policial de la Dictadura, y en la que se pondrá a prueba no solo su olfato de detective, sino también su valor al enfrentarse a un enemigo temible, astuto y sin piedad.

Luis Roso (Moraleja, Cáceres, 1988) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Barcelona, así como comisario del festival de novela Gata Negra, que se celebra cada verano en la Sierra de Gata (Extremadura). En su palmarés se cuentan el Premio de Narrativa Ciutat de Vila-real por Durante la nevada (Alrevés, 2020), y el Premio Tuber Melanosporum a la mejor novela negra novel de 2016, otorgado por el festival Morella Negra, que ganó justamente con su primera novela, Aguacero, también publicada en la editorial Alrevés (2023). Sus otros libros son Todos los demonios (Alrevés, 2021) y El crimen de Malladas: Por vuestra boca muerta (Alrevés, 2022), nominado al Premio Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción de género negro por la Semana Negra de Gijón, y seleccionado entre las mejores novelas negras de 2022 para El País. Primavera cruel se publicó por primera vez en 2018.
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1


—Sí que has tardado, Ernesto.

—Tampoco tanto.

—Se me ha enfriado el té por esperarte.

—Pues no haberme esperado.

—No me hacía beber solo. Para una vez que nos vemos.

Conrado se dobló por la cintura para sorber el té, elevando apenas la taza del mostrador de estaño en un gesto que no tenía nada de casual, sino que respondía inequívocamente a su temor a mancharse la corbata. Era una corbata de seda color verde claro que relucía en contraste con la camisa amarillenta y el traje de paño negro desgastado en las mangas y el cuello.

—¿Corbata nueva?

—¿Te gusta? —preguntó Conrado, devolviendo la taza al platillo y desabrochándose los botones de la americana para mostrármela completa.

—Divina —dije, palpándola sin interés.

Yo sabía que Conrado no podía permitirse una prenda como aquella, y menos aún el pasador de oro que la acompañaba, pero, aunque seguramente él hubiera estado encantado de explicarme de dónde había sacado ambos complementos, yo prefería no saberlo. Le había advertido en varias ocasiones que, cuanto menos me dijera de sus conquistas, mejor para los dos.

—Combina con mis ojos —dijo, parpadeando. Sus ojos eran castaño tierra, tirando a vulgares.

—Por supuesto —convine, y acabé de un trago el café solo que había pedido antes de ir al baño, y que también se había enfriado en mi ausencia—. ¿Para qué me has traído a esta cueva?

—¿No te gusta? Pues es el sitio de moda.

—De moda entre los de la serie B, querrás decir.

—Los de la «b» de «viciosos», ¿no?

—El baño huele raro, como a césped.

—Es sándalo, creo. O alguna otra esencia natural. ¿Te has fijado en la disposición de las baldosas azules en el suelo del baño?

—No. ¿Qué había, un corazón o algo por el estilo?

—Un cisne. Los ojos son dos trocitos de baldosa color púrpura, brillantes como rubíes.

—¿Y en el baño de mujeres qué tienen, un pollo?

—Tienen una rosa con una espina en el tallo.

—Qué poético.

—Los viernes por la tarde hacen recitales de poesía, ya que lo mencionas. Yo el otro día recité uno de Rubén Darío. Lo del «Otoño en primavera». Me aplaudieron a rabiar.

—Le echaste valor, exponerte así delante del público.

—Por el arte uno es capaz de todo.

Conrado hablaba realizando grandes aspavientos dirigidos al resto de la parroquia. Aunque tan solo había media docena de clientes además de nosotros, más de uno debía conocer mi condición de agente de la ley. Para un sujeto de costumbres licenciosas como Conrado, que lo vieran pegando la hebra amistosamente con alguien como yo equivalía a un salvoconducto para situaciones comprometidas. Tanto o más válido, por ejemplo, que un autógrafo dedicado del ministro Carrero Blanco.

—¿Para qué querías verme? —insistí.

—¿Es que dos viejos amigos no pueden quedar de vez en cuando para tomar algo juntos y charlar tranquilamente?

—Tú y yo no somos amigos —repliqué, aunque con cierta suavidad. Conrado era un alma sensible, y una respuesta demasiado agria podía resultar peligrosa para su salud. La única ocasión en que fue arrestado y conducido a los sótanos de la Dirección General de Seguridad sufrió un ataque de nervios de tal magnitud que no hubo manera de tomarle los datos, y mucho menos de proceder con el interrogatorio. No habría sobrevivido a aquel lance si su padre, un prestigioso cirujano infantil del Hospital del Niño Jesús, no hubiera intercedido por él. La escena de la liberación fue curiosa, cuanto menos. Un señor de apariencia adusta, vestido todo de negro, paradigma de rectitud y formalidad, abrazando fríamente a un muchacho vestido de fulana, en medias y falda de lunares, con un pañuelo rojo en la cabeza y el maquillaje corrido por las lágrimas. Ya habían pasado bastantes años desde entonces. Conrado había aprendido a conducirse con mayor refinamiento y sobre todo con mayor discreción. Pero el incidente le había dejado secuelas físicas imborrables: un ligero tartamudeo que intentaba disimular pronunciando siempre con lentitud, y también frecuentes espasmos en los músculos de la cara y el cuello, semejantes a escalofríos.

—Bueno, amigos, lo que se dice amigos, no, pero casi —indicó Conrado—. Somos casi amigos. Por eso nos tuteamos. Y por eso te quería pedir una cosa, Ernesto.

—Como sea dinero, vas listo.

—No, no. No es eso.

Conrado arrimó su taburete al mío. Antes de hablar miró teatralmente alrededor.

—Necesito un arma —dijo, como si invocara al diablo.

—¿Un arma?

—No levantes la voz… Sí, un arma. Un revólver, una pistola, lo que sea.

—¿Para qué narices quieres tú un arma?

—Para protegerme. No te preocupes, no pienso matar a nadie. No sería capaz, tú me conoces.

—¿De qué necesitas protegerte?

—Digamos que no estoy atravesando una buena racha. En lo económico no estoy para tirar cohetes, aunque ahí voy. Pero tengo unos asuntos personales que me traen de cabeza y prefiero estar preparado para lo que pueda suceder.

—¿Te ha amenazado alguien?

—Formalmente, no. Y eso es lo que me preocupa. Ya sabes, perro ladrador, poco mordedor. Pero cuando el perro calla es que está cavilando la mejor manera de arrear el bocado.

—¿Por qué crees que yo puedo conseguirte un arma?

—Eres policía, sabes moverte en el mundo del hampa. Yo hace años que me muevo en otro mundo más selecto. Más exclusivo.

—El puterío de alto standing.

—Llámalo como quieras. ¿Me ayudarás?

—Lo más fácil es que te saques una licencia de caza y te compres una escopeta.

—No seas ridículo. Dime, ¿piensas ayudarme o no?

—No, claro que no. ¿Cómo te voy a ayudar a ti a conseguir un arma?

—No vayas a creer que no me doy cuenta de que te estoy poniendo en un compromiso. Pero no te lo pido solo como un favor. Estoy dispuesto a pagarte. ¿Cuál es tu precio?

—Cien mil pesetas.

—No te burles. Dime, ¿por cuánto lo harías? En serio.

—En serio, lo haría por cien mil pesetas. No voy a poner mi carrera en riesgo por menos de eso.

—Con cien mil pesetas tengo para pagarme una banda de pistoleros.

—Si fueras más concreto, quizá te podría ayudar de alguna otra manera.

—No puedo darte detalles. Hay algunos nombres importantes involucrados. Ya sabes. Cuellos duros y sangre azul.

—Dime al menos por dónde van los tiros.

—Me he metido en la cama de quien no debía.

—¿Un marido celoso? ¿Es eso lo que te quita el sueño?

—Ojalá. A un marido se le puede aplacar con el cuento ese de la debilidad de la mujer, que son todas unas malas pécoras, unas viciosas reprimidas, etcétera. Pero no va por ahí la cosa. Yo hace tiempo que me niego a tener tratos con mujeres. Todo lo llevan al terreno del dramatismo. Y encima a veces hasta se enamoran. También algunos hombres se enamoran, pero los amenazas con irte de la lengua y se les pasa. Las mujeres, en cambio, cuando se enamoran son capaces de enfrentarse al mundo entero. Es por todas esas novelas de amor que leen, que les tienen sorbido el seso.

—¿Entonces qué es lo que pasa?

Conrado suspiró resignado.

—Pues que le he roto el ojete a un chiquillo. Me lo prestó él gustosamente, eso sí. Ya sabes que no todo lo hago por dinero. También a veces tiene uno que darse un capricho, comerse un dulce. Pero de algún modo el padre del crío se ha enterado, y, como no puede concebir una realidad tan simple como que le ha salido un hijo bujarra, pues ha decidido culpar a quien tenía más a mano. En este caso, menda.

—Tiene mala pinta, pero no creo que vaya a llegar la sangre al río. Todo lo más que hará seguramente es intentar mover los hilos para que te encierren. Es lo que haría cualquiera. Ahí sí te podría echar una mano, a no ser que el tipo tenga pruebas de peso contra ti.

—No, no. No acudirá a la Policía. De eso estoy seguro. Es un pez demasiado gordo. Querrá desquitarse sin llamar la atención. De ahí mi miedo. No quiero que me den pasaporte de madrugada en un descampado.

—No te puedo ayudar en lo del arma. Lo único que puedo hacer es aconsejarte que te largues de Madrid una temporada. Con el tiempo el asunto se enfriará y de aquí a unos meses te vuelves y tan a gusto.

—No puedo irme de Madrid. Yo necesito estas calles para vivir. El bullicio de la gente, la luz del atardecer brillando en los escaparates…

—Tú verás lo que haces. Yo ya te he dicho lo que pienso. —Consulté mi reloj—. Me tengo que ir.

—Puede que no volvamos a vernos, dame un abrazo de despedida.

—Como me toques un pelo te mato yo mismo. Y la cuenta corre de tu flor, que para eso me has citado.

—Eres un sosainas y un mal amigo, Ernesto.

—Tú y yo no somos amigos, ya te lo he dicho. Cuídate.

Salí a la calle, encendí un pitillo y caminé hasta emerger a la Gran Vía, por entonces, en el 56, avenida de José Antonio, a la altura de los almacenes SEPU. Soplaba una brisa tórrida desde el oeste y la acera estaba desierta. Me crucé únicamente con un par de jóvenes que caminaban como obnubilados por el calor, en busca probablemente de un café donde dejarse vencer por la modorra. No circulaban coches por la calzada, aunque se oía un rumor de tráfico lejano. Daba la...



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