Roso | Todos los demonios | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 119, 440 Seiten

Reihe: Narrativa

Roso Todos los demonios


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18584-21-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 119, 440 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-18584-21-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Verano de 1960. Un alto cargo de una institución pública alemana es salvajemente asesinado en Madrid, y el gobierno español trata de evitar un incidente diplomático asignando la investigación a uno de los detectives estrella de la policía: el inspector Ernesto Trevejo. Acompañado de una misteriosa profesora norteamericana, el inspector Trevejo rastreará el origen de un cuadro expuesto en un museo de Zúrich, que parece ser la clave del crimen, y sin pretenderlo se verá envuelto en una espiral de sangre y secretos en torno a uno de los aspectos más sombríos del régimen franquista: los fugitivos nazis refugiados en territorio español desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Con Todos los demonios, Luis Roso se consagra como uno de los más firmes valores de la novela negra nacional y teje una trama vertiginosa de venganzas personales, miseria moral, intereses económicos, antiguos odios y amores soterrados en la que vuelve a brillar su prosa incisiva, su ironía, su precisión y el exquisito cuidado en la ambientación histórica. Y también brilla Trevejo, ese policía descreído, práctico, determinado por su muy particular código ético que, en ese Madrid que pretende subirse al tren de la modernidad y en el que pululan nazis expatriados, antiguos «camisas viejas», arribistas y miembros de los servicios secretos estadounidenses, sigue sabiendo nadar y guardar la ropa.

Luis Roso (Moraleja, Cáceres, 1988) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Barcelona. Su primera novela, Aguacero, fue elogiada por la crítica y galardonada con el premio Tuber Melanosporum en el festival Morella Negra a la mejor novela negra novel del año 2016. A esta le siguió Primavera cruel, publicada en el 2018. Actualmente trabaja como profesor de secundaria.
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2


Pasé el resto de la mañana en el instituto, interrogando a los empleados y registrando yo mismo cada rincón del edificio. No vi necesario enviar a nadie a comisaría: ya habría tiempo de que les tomaran declaración en los próximos días. Las muecas y aspavientos por la muerte del profesor Jude Kochanski —hacia el final de la mañana ya había aprendido a pronunciar el nombre con cierta desenvoltura, o eso quise creer— por parte de sus subordinados, entre los que había tanto alemanes como españoles —los primeros conformaban el profesorado, los segundos, el personal de secretaría, mantenimiento y limpieza— se me antojaron suficientemente espontáneas y genuinas para no sospechar de ninguno. Eso no significaba, por supuesto, que alguno hubiera podido engañarme y estar involucrado de algún modo en los hechos, pero dado que la principal hipótesis era que el profesor había sido asesinado a última hora del viernes por un agresor al que él mismo podía haberle abierto la puerta, y que por tanto no habría sido necesaria la participación de ningún empleado, y dado también que, en principio, no parecía que ninguno albergara ninguna motivación para cometer o facilitar el crimen, lo más sencillo era dirigir la atención a otro sitio, lejos del propio instituto, al entorno personal de la víctima.

A ello me puse nada más regresar a comisaría. Con la venia del comisario, envié a varios agentes a inspeccionar la vivienda de Kochanski y a hablar con sus vecinos. Preferí no ir yo mismo porque me había pasado toda la mañana interrogando a gente y tenía la mente saturada de repetir una y otra vez las mismas preguntas, y cuando uno está saturado corre el riesgo de cometer errores u omisiones graves. Además, tenía trabajo de sobra para mantenerme ocupado. Pedí a uno de los novatos que me subiera un bocata de un restaurante cercano —el Tobogán, en la calle Mayor, uno de los más exclusivos del centro y cuyos cocineros tenían a bien atender a las demandas puntuales de los empleados de la cercana Dirección General de Seguridad— y me pasé las primeras horas de la tarde clavado en mi mesa, revisando detenidamente los documentos que Mamen fue acercándome: los historiales del personal y las listas de alumnos, actividades y colaboradores del Instituto Goethe, y el informe redactado a toda prisa en la embajada alemana acerca de la situación laboral y familiar de la víctima. Según este, el profesor Kochanski había nacido en la ciudad de Bremen en el año 1898 y tenía una esposa y una hija en Múnich a las que aún estaban tratando de localizar. Antes de ser destinado a España en el año 56, había sido profesor de Lengua y Literatura Alemana en las universidades de Bolonia, en Alemania, y Berkeley, en los Estados Unidos, en la primera con anterioridad a la instauración del Tercer Reich, entre el año 28 y el 32, y en la segunda desde el año 33 al 47, cuando regresó a Alemania. Afortunadamente —para las autoridades españolas, y por tanto para mí—, en esos casi quince años de estancia o de exilio en los Estados Unidos, Jude Kochanski no había llegado a nacionalizarse estadounidense. De haber sido así, estaríamos hablando de una investigación criminal que involucraría tres gobiernos, lo que hubiera supuesto un berenjenal diplomático todavía mayor.

—Estáis con lo del alemán ese, ¿no?

Eran algo más de las seis y Mamen parecía cansada. Se había reincorporado de sus vacaciones ese mismo lunes y debía de sentirse aún desubicada, con la mente todavía perdida en alguna playa de la Costa de la Luz, donde solía veranear con la familia. No había cumplido aún los treinta años y ya había engendrado tres hijos. Su marido acababa de ser ascendido a teniente del Ejército y cobraba lo suficiente para mantenerlos a ella y a las criaturas, pero Mamen, en contra de la voluntad de este, se resistía a abandonar el trabajo. No es que le entusiasmara andar todo el día cargando papeles de un lado a otro o transcribiendo notas para el comisario, o que tuviera la aspiración de que alguna vez la ascendieran a otro cargo de mayor responsabilidad —no había otro al que una mujer pudiera acceder en aquel edificio que al de secretaria—, sino que simplemente, decía, no se imaginaba levantarse cada mañana sin otra obligación que atender a los niños, al marido y a su casa. Al menos mientras conservara las fuerzas, se ocuparía de todo eso, pero sin dejar el trabajo, ayudándose de las chachas y niñeras que fueran necesarias. Todavía se veía a sí misma muy joven para ejercer de ama de casa las veinticuatro horas, y desde luego su aspecto, aunque distinto al de años atrás, cuando siendo poco menos que una adolescente entrara a trabajar en Jefatura, continuaba resultando más cercano al de una muchacha en edad de buscar consorte que al de una señorona de misa diaria y chocolate con churros los domingos. Lucía un llamativo mechón blanco en la frente, que destacaba sobremanera el tono negro de su cabello, pero los tres embarazos aparentemente no habían hecho mella en su cuerpo, más flaco que esbelto, pero en absoluto frágil.

—¿Te lo ha dicho el comisario? —pregunté—. Que estamos con el alemán.

—No. Lo he oído en la radio.

—¿Ya lo han dado en la radio?

—Sí. Lo comentaron en el boletín del mediodía. Dijeron que habían sido unos ladrones.

—¿Así, tal cual?, ¿unos ladrones?

—Eso creo. Que fue un robo o algo parecido. No memoricé las palabras.

—Ya.

—Pero viéndote la cara y viendo la del señor comisario, me imagino que no va por ahí la cosa. O sea, que no han sido unos ladrones. Aún no tenéis ni idea de qué ha pasado.

—Ni la más remota.

—Bueno, si te sirve de consuelo, lo vuestro creo que ha pasado más o menos desapercibido gracias a lo del cura de Toledo.

—¿Qué cura de Toledo?

—Uno al que encontraron muerto ayer. No aparece en la , supongo que porque lo encontrarían a última hora, pero en los informativos de la radio llevan comentándolo todo el santo día.

—Pues sí, siempre es un consuelo que la gente mire para otro lado y nos deje trabajar en paz.

—También a este se piensa que lo mataron unos ladrones. Pero la chicha del asunto es que lo mataron junto a su ama de llaves. Aunque, por lo visto, según me ha explicado uno de los inspectores a la hora de la comida, de «ama de llaves» nada de nada. La mujer esa era su querida y encontraron los dos cuerpos en el mismo dormitorio. Este asunto va a traer mucha más cola que vuestro alemán, tenlo por seguro. Los líos de faldas tienen más tirón que los enredos diplomáticos.

—Sobre todo si las faldas son de una sotana… No te veo mucho más morena, por cierto.

—Estuve enferma la última semana de vacaciones, y estando en cama se me quitó todo el bronceado.

—Vaya, también es mala suerte… Desde que me diste calabazas no levantas cabeza. Pero todavía hay tiempo: yo sigo soltero.

—Por algo será.

Mamen dejó sobre la mesa la carpeta que traía en los brazos y se marchó. La carpeta contenía más información referente a las actividades del Instituto, pero no llegué a abrirla: en ese justo momento regresaron los agentes que había enviado al apartamento del profesor Kochanski. No habían hallado nada relevante en la vivienda ni tampoco en los interrogatorios a los vecinos. El profesor, que habitaba en un edificio elegante no lejano a su trabajo, era un hombre silencioso y amable, a decir de quienes lo conocían. Discreto y entregado a sus obligaciones, como buen alemán. Una vecina había afirmado que le extrañaba no haberlo visto nunca en misa, ni siquiera en fiestas de guardar, y que por ello sospechaba que pudiera tratarse de «un ateo» o «un masón protestante de esos». Era el único reproche que le habían dedicado. No vislumbré, por tanto, ningún hilo del que tirar: nadie había mencionado ningún amigo íntimo, ninguna amante, ningún episodio o costumbre fuera de lo corriente.

Decidí tomarme un descanso. No subí al despacho del comisario para avisar que salía, pero dejé a un compañero el recado de que volvería enseguida, no fuera a surgir un imprevisto y enviaran a alguien a buscarme a casa.

El cielo estaba ya totalmente despejado, sin rastro de la nubosidad de la noche y de primera hora de la mañana, aunque no estaríamos muy por encima de los veinticinco grados, lo que para aquella época del año podía considerarse una temperatura suave, incluso fresca. Era una tarde perfecta, por tanto, para sentarse en una terraza a mirar la vida pasar. Eso fue exactamente lo que hice. Me alejé de la Puerta del Sol para estirar un poco las piernas y me senté en la terraza de un bar situado entre la plaza Mayor y la basílica de San Miguel. El tiempo y la hora —acababan de dar las siete— pedían cerveza a gritos, pero me tomé una Coca-Cola. No era cuestión de que se presentase por sorpresa el ministro y me oliera el aliento a alcohol.

No tardé mucho en sentirme culpable por la ausencia, y en cuanto bebí el refresco pagué y me dispuse a regresar a comisaría. Antes, sin embargo, me dirigí al teléfono para llamar al Anatómico Forense. Pensé que de ese modo si alguien me echaba en cara el haberme escaqueado podría alegar que había acudido a la morgue para informarme de la autopsia. Estaba convencido de que, llegado el caso, el doctor Rozas no tendría reparos en sostenerme la mentirijilla.

Fue él mismo quien atendió la llamada, lo que indicaba dos cosas: que todavía andaban cortos de personal a causa de las vacaciones, y que ya había terminado de examinar el cuerpo.

—Como le anuncié —dijo—, al sujeto lo mataron el viernes por la noche, sobre las nueve, hora arriba, hora abajo. Los...



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