E-Book, Spanisch, 344 Seiten
Reihe: Ensayo
Ross Una tumba con vistas
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-126878-4-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 344 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-126878-4-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Peter Ross trabaja como periodista freelance en Escocia desde 1997. Ha escrito para medios como The Guardian, Sunday Times, The Times, National Geographic Traveler, Scotland On Sunday y Boston Review. Es un invitado frecuente en el programa de Shereen Nanjiani de Radio Escocia y en otros programas. Ha sido galardonado en nueve ocasiones con los premios de la prensa escocesa y es miembro del premio de periodismo Orwell. También es autor de dos colecciones de periodismo. La primera, Daunderlust, salió a la luz en 2014. La segunda es The Passion Of Harry Bingo. Sus escritos han aparecido en periódicos y revistas nacionales del Reino Unido y Estados Unidos. Su obra más reciente, 'Una tumba con vista' ganó el premio de no ficción en los Premios Nacionales del Libro de Escocia. También es autor de las colecciones Daunderlust y The Passion Of Harry Bingo. Vive en Glasgow.
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Yo me crie en cementerios. Los muertos eran mis niñeras, mis tranquilos compañeros. Aunque no silenciosos. Se daban a conocer con gran formalidad. Solo había que leer las lápidas.
Aquí yace
el cuerpo de Mary Dickie,
que falleció el 18 de dic. de 1740
a los 3 años y 9 meses.
Dejad que los niños
vengan a mí.
Esta es una de las que recuerdo del cementerio de la ciudad vieja de Stirling. Siendo yo también un niño pequeño, pasaba allí veranos enteros, intentando atrapar renacuajos —esas comas vivas— en el pequeño estanque llamado Pithy Mary, o sentado con una bolsa de caramelos de un penique en la Roca de las Damas, un promontorio empinado en el centro del cementerio, donde podía saborear las chuches mientras contemplaba la panorámica de las tumbas.
Aquellas tumbas. Dispuestas en filas, eran estanterías llenas de historias. Yo era un niño tímido; receloso, cauteloso, encerrado en mí mismo y en los libros. La isla del tesoro, El perro de los Baskerville, aventuras de otras épocas. Las lápidas, en esa compañía, no eran más que otros cuentos. Jim Tipton, fundador del sitio web Find A Grave, denomina los cementerios «parques para introvertidos», lo cual parece muy acertado. Yo solía deambular entre las lápidas, leyendo las inscripciones, mirando boquiabierto las tallas del siglo XVIII o introduciendo un dedo vacilante en la cuenca de una calavera de piedra o en los agujeros que habían dejado las balas de mosquete en los muros de la iglesia medieval. Si la imaginación es un músculo, los cementerios son un gimnasio. Miraba los nombres y me quedaba pensando: ¿podría ser que John Barnes, peluquero, que falleció en enero de 1891 a los sesenta y siete años de edad, usara alguna vez en su juventud el peine y las tijeras para atusar el cabello de Ebenezer Gentleman, que murió en la Navidad de 1868 y cuya lápida inclinada se encuentra a pocos pasos de distancia?
Nunca me dio miedo estar rodeado de muertos. Por aquel entonces, a finales de los años setenta y principios de los ochenta, los vivos parecían ser una amenaza mucho mayor. El cementerio estaba en mal estado: fruto del vandalismo. Lo peor de todo era el monumento a dos mujeres, Margaret McLachlan y Margaret Wilson, ejecutadas en Wigtown en 1685 por negarse a renunciar a la religión protestante. Las habían amarrado a estacas y las habían ahogado en el estuario de Solway durante la pleamar. Mucho tiempo después, en Stirling, habían sufrido un segundo martirio: alguien había destrozado el cristal de su monumento fúnebre y había cortado y robado la cabeza y las manos de sus estatuas de mármol.
¿Quién haría algo así? Por desgracia, podía haber sido cualquiera. Frecuentaban el cementerio todo tipo de balas perdidas: yonquis, punkis atontados, esnifacolas con sarpullidos alrededor de los labios agrietados. Yo vivía aterrado por un muchacho conocido como Tommy Gluebag,[2] del que se rumoreaba que había inhalado tanto disolvente que se le había formado una bolsa de esa mierda en la parte posterior de la cabeza, que le sobresalía densa y lechosa entre el pelo corto y pelirrojo. Nadie quería acercarse lo suficiente para comprobarlo. Tommy tenía fama de usar la violencia por placer. Un día, estaba yo jugando solo en la Roca de las Damas cuando me vio y, maldiciendo, comenzó a subir. Pero lo sostenían unas piernas blandengues y, a mitad de camino, se quedó atascado, como los botes del pegamento que esnifaba. Aun así, no fue un momento agradable. Me sentí como Jim Hawkins encaramado a las jarcias, mirando aterrorizado hacia abajo mientras Israel Hands, con el cuchillo entre los dientes, trepaba hacia él.
Pero eso era lo que tenían los cementerios: parecían —aún parecen— cofres llenos de historias. Algunas de ellas son superventas internacionales: George Eliot y George Michael en el de Highgate, Oscar Wilde y Jim Morrison en el Père Lachaise. Otras, por el contrario, poseen una fama apenas local.
Este libro, como un buen funeral, será una celebración, no un lamento. Sacará a la luz las historias y las glorias de los mejores cementerios, desde las grandiosas necrópolis de las ciudades hasta los acogedores camposantos de las iglesias rurales. A mí me encantan todos. Los adoro hasta los huesos. Y me gustaría conseguir que a ti también te gusten.
«Los cementerios son como bibliotecas de los muertos, índices de vidas desaparecidas tiempo atrás», me comentó Sheldon K. Goodman, fundador del Club de los Cementerios. Goodman ofrece visitas muy documentadas a cementerios, como el de Hampstead, donde está enterrada la estrella de los espectáculos de variedades Marie Lloyd. El visitante puede sentir que ha viajado en el tiempo si se coloca junto a la tumba de Lloyd y reproduce en el teléfono su canción de 1915 «A little of what you fancy does you good» como hice yo una vez: su voz era un fantasma que flotaba entre el ruido de fondo de la grabación y el graznido de los cuervos de Londres.
Cuando nos conocimos, Sheldon estaba ocupado preparando su Queerly departed, una visita guiada por el cementerio de Brompton que explora la historia de los gais y lesbianas londinenses enterrados allí. El tema de los cementerios lo entusiasmaba, incluso lo cautivaba: «Millones de personas han acabado en estos lugares extraordinarios. Héroes y villanos, inventores y actores, personas que una vez vivieron, rieron, amaron y lloraron. Creo que es importante resucitar sus historias, recuerdos y logros, que ponen de relieve la importancia del pasado y su repercusión en el futuro».
Es cierto; pero a mí, personalmente, lo que me atrae de las losas antiguas no son tanto los fallecidos de renombre como las increíbles historias de la gente corriente. En lo más profundo de las agrietadas costillas de piedra de la abadía de Dundrennan, una hermosa ruina medieval ubicada en Galloway, en el sur de Escocia, se encuentra un camposanto que, aunque ya es antiguo, surgió en los siglos posteriores al abandono de la iglesia y el derrumbe del tejado. «Se trata del Imperio británico reducido a un espacio minúsculo», mencionó Glyn Machon, el sexagenario guardián de la abadía, mientras señalaba las sepulturas de un joven que murió en Galípoli en 1915 y de una muchacha que murió en el mar en 1852, como reza su lápida al más puro estilo de E. M. Forster, «en su pasaje desde la India».[3]
Glyn es albañil de profesión, un orgulloso hombre de Yorkshire, que, si bien parece tan poco sentimental como las paredes que construye, la mañana soleada en que nos conocimos me quedó claro que amaba profundamente aquel lugar. Su esposa dice que la abadía es «la otra» en su matrimonio.
Glyn posó la vista en una pequeña sepultura resguardada en la esquina noreste del dique: «Este es el muchachito, aquí, mire». En la parte superior de la lápida había un querubín; el viento, la lluvia y el tiempo habían difuminado los colores, pero quedaba suficiente pintura para ver que tenía el pelo rubio, las alas blancas y el rostro sonriente de un rosa aniñado. Es el lugar de descanso final de Douglas Crosby, que murió a los siete años de edad, poco antes de la Navidad de 1789, porque le rompieron el corazón…, o al menos eso cuentan.
¿Y qué es lo que cuentan? «Esta tumba se conoce como el Niño y la Serpiente —dijo Glyn y, entrecerrando los ojos bajo el sol de otoño, leyó un verso grabado en la lápida—: “Valiente y hermoso era el mozo, / el sueño de su padre, de su madre el gozo. / Mas lo llamó la muerte y él voló, / ya quisieran sus padres o no”».
Douglas Crosby vivía en la granja Newlaw, algo más al interior que Dundrennan. Aquel verano cogió la costumbre de sacarse al jardín el bol de copos de avena y tomárselo allí todas las mañanas. Su madre, Jane, no le dio mucha importancia hasta que un día le oyó decir, con un enfado guasón: «Solo lo de tu lado». Cuando salió, vio al niño sentado en la hierba. A su lado había una víbora enroscada comiendo del cuenco y, mientras ella observaba, Douglas le dio unos golpecitos con la cuchara en la cabeza, ante lo cual la criatura se movió al otro lado del bol y los dos siguieron compartiendo el desayuno afablemente.
Horrorizada, le dijo al niño que entrara y llamó a gritos a su marido. La víbora se había escapado reptando hacia la hierba alta, pero el granjero, sacudiendo un palo, la encontró y la mató a golpes. El pequeño Douglas lloró la muerte de su mejor amiga y no le sobrevivió mucho más. Se despojó de esta vida como de la piel vieja y le dieron sepultura donde ahora yace. No hay nada en su lápida que relacione la tumba con la historia (no se menciona en absoluto la serpiente y mucho menos los copos de avena) y, sin embargo, la historia se aferra a ella como un liquen, como un ser vivo que creciese sobre la muerte.
Historias como esta se encuentran por todas partes, ocultas bajo el musgo y las hojas. A veces, solo hace falta cruzar la puerta de casa.
La madre de Stan Laurel, miembro del dúo cómico El Gordo y el Flaco, yace en una tumba sin nombre no muy lejos de mi casa. Durante...




