E-Book, Spanisch, 516 Seiten
Reihe: Narrativa
Roure El Grimorio
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-938678-2-9
Verlag: Ushuaia Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 516 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-938678-2-9
Verlag: Ushuaia Ediciones
Format: EPUB
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Corneli Roure (Barcelona, 1960) es autor de diferentes obras tanto en castellano como en catalán. Su producción literaria es heterogénea y recorre estilos y temas que van desde el cuento y la narración corta hasta el ensayo y la novela. Aunque el autor del presente libro ha publicado poco, sí puede decirse que ha escrito bastante y que él mismo ha sido testigo de su propia evolución literaria desde su primera obra en clave esotérica, Elucidario del Apocalipsis (Atalanta Editorial, 1996), hasta su más reciente novela, El mundo pasa ante mí, que aún no ha visto la luz de la publicación. Entre tanto, escribió Lo divino en lo humano, un ensayo filosófico fruto de su vinculación a las ciencias herméticas, como también al hilo de la tradición universal. Más tarde vendrían la presente obra, El Grimorio, o una trilogía de novelas cortas denominada Atavismo, así como un buen número de cuentos y relatos cortos en lengua catalana, algunos de los cuales forman un volumen titulado Realitats contrariades i altres realitats; y como resultado de su experiencia en biología y técnicas arbóreas: La dignitat de l'arbre (2006). En la actualidad, trabaja en dos novelas más y también en un tratado de árboles y arbustos característicos de su comarca. Su relato Hi havia un cargol al terrat del pis (La Busca Edicions, 2002) le hizo merecedor del premio Emili Teixidor, mientras que con el germen de El Grimorio (titulado a la sazón El Grimorio de Puigpedrer) ganó en 1999 el premio Els Contes de l'Alquimista (Emboscall Editorial, 1999). Se trataba inicialmente de una novela corta, cuya trama alcanzaba entonces solo al relato de la primera parte actual, revisada y ampliada en la presente edición. Profesionalmente, Corneli Roure es también maestro de yoga y meditación, así como técnico en árboles y jardines, y combina dichas actividades con la literatura cuando le es permitido. Ha dedicado gran parte de su vida al estudio de la tradición y los libros sagrados de la humanidad, a la alquimia y la magia natural, al conocimiento en definitiva, fruto de una inextinguible inquietud por aprender y una gran curiosidad por descubrir la naturaleza de la existencia desde la experiencia directa. Esas premisas son la base y motor verdaderos de su actividad literaria.
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Un enclave singular
Eran las cinco de la tarde cuando salí para contemplar la puesta de sol, que a juzgar por el día tan radiante, prometía ser bella. La soledad que reflejaba aquel paraje me motivaba extrañamente. Me senté sobre una roca y, en efecto, pude asistir al espectáculo de un crepúsculo fascinante, pese a que su hermosura me resultaba también fría e inhóspita.
En los alrededores no había ni un alma. Puigpedrer era un sitio tremendamente singular, un cerro dominante que se alzaba claramente sobre desniveles y ondulaciones suaves. La homogeneidad de su forma era sorprendente; recuerdo que de chicos, Lucas, Mariona, mi hermano y yo construíamos cabañas entre los arbustos de la colina. Entonces, como ahora, había pocos árboles, alguna encina de baja estatura y algún pino en la parte más baja, pero pocos. Casi todo el cerro estaba cubierto de arbustos de brezo, retama y hierbas aromáticas, entre cuyos laberínticos, secretos y abigarrados pasadizos hallábamos piedras sorprendentes, algunas bastante grandes, que estimulaban enormemente nuestra imaginación cuando jugábamos, felices, en los alrededores de Puigpedrer. Aquella tarde, mientras los últimos rayos del sol de enero iluminaban con tonos rojizos y azules los tenues contornos del paisaje ampurdanés, sentí una fuerza intensa debajo de mí. Era como si mi peso hubiese aumentado, como si me estuviese fosilizando cual crustáceo del paleozoico, cosa que atribuí a mi estado de ánimo, francamente deprimido. Pero quedé arrobado por la rutilante seducción de aquella puesta de sol; era a la vez doloroso y bello, me producía miedo y placer, y el resultado fue una extraña sensación en la boca del estomago, una inédita molestia distinta a los nervios, que ocasionalmente sentía agarrotándome el diafragma. No había notado eso antes, o al menos no recordaba tal sensación.
Con cierto esfuerzo conseguí arrancarme de la roca donde me había sentado. La idea de un buen fuego en la cocina me seducía enormemente; el frío invitaba también a ello. Y es que el fuego, sin duda, es un gran restaurador del ánimo. Por eso, después de caldear la cocina de la masía y mi propia alma, me alimenté satisfactoriamente y conseguí encontrarme a gusto para poder situarme allí y organizar los días que vendrían, tanto en trabajo como en ocio. Sin embargo me inquietaba la amenaza de mi primo de «aparecer cualquier día»; eso me hacía sentir menos libre. Quizá fuera porque en ese momento comenzó a tomar cierta consistencia en mí la idea de registrar las alcobas con el fin de localizar la llave de la biblioteca. La posibilidad me parecía excitantemente seductora.
Esa misma noche tuve otro extraño e inusual sueño. Esta vez soñé que estaba tumbado en el suelo, veía a dos mujeres jóvenes y vestidas de blanco de pie, junto a mí, una a cada lado. Había mucha luz, pero comprendí que no estaba al aire libre, puesto que contemplaba un techo como de roca. De pronto, las dos mujeres se agacharon a un tiempo, para depositar sobre mi pecho dos rosas, una roja y la otra blanca. La vivencia onírica, como en el tren, fue de una intensidad inusitada, aun más extraña teniendo en cuenta que yo no solía recordar mis sueños habitualmente.
Desperté con el canto de los pájaros, profundamente impresionado por el sueño que acababa de tener. Tras un breve desayuno intenté poner en marcha la dichosa motocicleta, la cual, como tributo por su uso, me obligó a tocar eso que llaman carburador, según creo recordar de mis juveniles experiencias en motorización —pocas, porque soy un pobre conocedor en temas de autopropulsión—. Así pues, con una fragancia horrorosa de gasolina en mis manos, me dirigí hacia Vilabertran con el propósito de aprovisionarme. Una vez allí, entré urgentemente al bar a tomar algo calentito, pues el trayecto en motocicleta me dejó helado hasta la médula. El bar estaba casi vacío, pero en la barra, junto a mí, había un hombre de unos sesenta años, bien parecido y muy alto, que no paraba de observarme con un cierto descaro. Su insidiosa fijación me estaba incomodando, pero finalmente se pronunció, yo ya lo veía venir, se pronunció:
—¿Está por aquí usted?
Le respondí que pensaba pasar una temporada en Puigpedrer, que era propiedad de mi familia. Él hizo como que eso le sorprendía mucho. Seguidamente nos presentamos.
—Dispense, me llamo Manel Costa, soy de aquí —me dijo.
—Encantado, yo soy Enric Pros —respondí cumplimentando su atención.
De pronto, lo que parecía un encuentro fortuito e incluso incómodo comenzó rápidamente a configurarse como el inicio de un proceso, que abriría irreversiblemente la puerta a extraños acontecimientos. Aquel hombre me invitó a tomar asiento en una de las mesas del bar; yo accedí llevado por su vehemencia, pero en aquellos momentos me empezaba a sentir ansioso por deshacerme de él.
Cuando comenzó a explicarme cosas, me di cuenta de que el tal Costa no era en absoluto una persona inculta, sino más bien lo contrario, pues de inmediato —excesivamente inmediato— me desplegó en su plática una riqueza cultural de erudito, haciéndome delicadas exposiciones de los temas que sorteaba a mi atención. Aunque, sin duda, la forma en que se expresaba era tendenciosa, sus divagaciones premeditadas eran los prolegómenos de una tentativa. Hablaba él, yo simplemente escuchaba, y lo cierto es que consiguió romper mis reticencias y capturarme en su vivo y disciplinado discurso. Se mostró muy interesado por el hecho de que fuese a habitar en Puigpedrer, de ahí extrajo velozmente la afirmación de que la casa estaba construida sobre un antiguo dolmen céltico, y aun más, que dicho dolmen no había sido destruido al construir la casa, sino que esta tenía la primera planta visiblemente elevada respecto al suelo natural, lo cual habría permitido a los constructores, según Costa, conservar íntegro el megalito, o «vivo», para ser fiel a la palabra que él mismo usó. Continuó argumentando la existencia de aquel vestigio en relación a los lugares de poder, la magia y las creencias. Ahí me empezó a parecer ya que las declaraciones de Costa iban a la deriva, e incluso que su barca hacía aguas. No obstante, aunque yo era un racionalista y me pareció una majadería lo que me estaba diciendo aquel tío, no dejó de impresionarme su explicación de la presencia física de un megalito bajo la casa, hasta el extremo de tomar en consideración dicho supuesto. Cierto era que para acceder a la primera planta de la casa se habían de superar unos cuantos escalones que llevaban hasta la altura del portal. Como cierto también era, lo recordaba claramente, que en la zona comprendida entre la primera planta y el suelo natural no había puertas, ventanas ni orificio alguno; tampoco en el interior, que yo supiese, existía acceso a ese basamento, aparentemente macizo.
Costa me aseguró, entre otras cosas que desoí, que ese monumento era muy importante para los antiguos, puesto que marcaba un lugar extraordinario en el que poder telúrico, magia y espiritualidad se daban cita. Dijo asimismo que los constructores de la masía eran propiamente templarios, o alguien relacionado con ellos —sic—, y que posteriormente mucha gente había rivalizado a muerte durante siglos por poseer y dominar ese lugar privilegiado. A esas alturas empecé a incomodarme de nuevo y pude forzar el final de la conversación. Le habría preguntado aún: «¿Y actualmente, siguen peleándose?». O: «¿Por qué no explica eso a los arqueólogos? Seguro que estarán muy interesados», pero pensé que si lo hacía conseguiría alargar indefinidamente el diálogo a banda y media del que quería huir. Por eso callé, y merced a mi petición de retirada nos despedimos finalmente.
Confieso que mi inquietud iba en aumento, en contra de mis fundamentos racionales, pues aparte del malestar que me ocasionaban las misteriosas aseveraciones hechas por aquel hombre —a ver si ahora tendría miedo de estar solo en Puigpedrer—, me sentía aún intranquilo tras el sueño que había tenido por la mañana. No podía dejar de pensar en la imagen de las dos mujeres y las dos rosas. De hecho, nada en su visualización era terrible, ni tan solo desagradable; eran mujeres bellas y creía oler el perfume de las rosas espléndidas que pusieron sobre mi pecho, pero la emoción que yo sentía, la que no me había abandonado aún, era de frío, frío y oscuridad; aunque hubiese mucha luz yo sentía la noche, la negrura. No podía entender aquellos extraños sueños que me habían acontecido, eran diferentes de los normales. Además, ya lo dije antes, normalmente no soñaba, o al menos no recordaba lo que había soñado.
Al salir del bar me dirigí directamente a hacer las compras. Luego, una vez bien aprovisionado y sin más dilaciones, me volví a Puigpedrer y tuve que vivir nuevamente el infortunio de que la moto no se pusiera en marcha si no se cebaba el puto carburador con un pulsador que te iba salpicando gasolina en la mano. Al llegar a la masía comprobé, superficialmente, la verosimilitud de lo que dijo Costa respecto al edificio. Di una vuelta completa a la casa y en efecto, tal como yo recordaba, no había aberturas en la parte baja. La aparición de este asunto propició un halo de intriga a mi estancia en aquella misteriosa casa familiar. El simple hecho de tomar como posible la existencia de una cámara inferior en la masía comenzó a excitar mi tendencia a las ideas obsesivas, de manera que decidí examinar las antiguas dependencias inferiores, que no parecían haber sido nunca destinadas al ganado, contrariamente al uso que se hace de ellas en la típica masía catalana. La planta baja se componía de cuatro...




