E-Book, Spanisch, 194 Seiten
Reihe: Narrativa
Roure El mundo pasa ante mí
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-15523-49-9
Verlag: Ushuaia Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 194 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-15523-49-9
Verlag: Ushuaia Ediciones
Format: EPUB
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Corneli Roure (Barcelona, 1960) es autor de diferentes obras tanto en castellano como en catalán. Su producción literaria es heterogénea y recorre estilos y temas que van desde el cuento y la narración corta hasta el ensayo y la novela. Aunque el autor del presente libro ha publicado poco, sí puede decirse que ha escrito bastante y que él mismo ha sido testigo de su propia evolución literaria desde su primera obra en clave esotérica, Elucidario del Apocalipsis (Atalanta Editorial, 1996), hasta El mundo pasa ante mí. Entre tanto, escribió Lo divino en lo humano, un ensayo filosófico fruto de su vinculación a las ciencias herméticas, como también al hilo de la tradición universal. Más tarde vendrían El Grimorio (Ushuaia Ediciones, 2011) o una trilogía de novelas cortas denominada Atavismo, así como un buen número de cuentos y relatos cortos en lengua catalana, algunos de los cuales forman un volumen titulado Realitats contrariades i altres realitats; y como resultado de su experiencia en biología y técnicas arbóreas: La dignitat de l'arbre (2006). En la actualidad, trabaja en dos novelas más y también en un tratado de árboles y arbustos característicos de su comarca. Su relato Hi havia un cargol al terrat del pis (La Busca Edicions, 2002) le hizo merecedor del premio Emili Teixidor, mientras que con el germen de El Grimorio (titulado a la sazón El Grimorio de Puigpedrer) ganó en 1999 el premio Els Contes de l'Alquimista (Emboscall Editorial, 1999). Profesionalmente, Corneli Roure es también maestro de yoga y meditación, así como técnico en árboles y jardines, y combina dichas actividades con la literatura cuando le es permitido. Ha dedicado gran parte de su vida al estudio de la tradición y los libros sagrados de la humanidad, a la alquimia y la magia natural, al conocimiento en definitiva, fruto de una inextinguible inquietud por aprender y una gran curiosidad por descubrir la naturaleza de la existencia desde la experiencia directa. Esas premisas son la base y motor verdaderos de su actividad literaria.
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3. Vicente
Aquel tipo del hotel me dejó frente a un negocio de telefonía y ordenadores como tantos; sospeché que debían existir otros más cercanos que aquel, pero aun así no protesté. El hombre dijo que me esperaría allí fuera para que no me perdiese al volver; me pareció muy bien y entré seguidamente en el local. Esa simple transición me permitió recuperar aquello que transportaba en mi mente, mi mundo, el mundo del cual con demasiada frecuencia huía y al que paradójicamente estaba tan atado; un mundo que ahora me servía para hallar socorro frente a extrañas contingencias. Tenía una mala sensación aquella mañana, estaba confuso y molesto, como defraudado sin saber exactamente de qué o por qué. Aun así, mientras esperaba a que me atendiesen —pues el encargado charlaba por teléfono sin ocuparse de mí— pensaba con insistencia indeseada en aquel patético santón de los neumáticos.
— —pregunté por fin al muchacho, cuando se dignó a despacharme.
Me respondió con un curioso gesto de cabeza, ladeándola sobre el hombro, un gesto que, dada mi inexperiencia en sus maneras, me hizo sospechar que trataba de darme a entender un «depende», o un «a veces», o quizá un «podría ser». Pero nada de eso. Más tarde descubrí que ese gesto de cabeza corresponde a nuestro sí, para el cual nosotros aplicamos una oscilación de mentón al frente. El mozo me hizo luego una señal con la mano, mucho más inteligible para mí, y atravesamos una cortina negra hacia otra estancia contigua. Antes de entrar allí miré hacia fuera: mi sorpresa no fue poca, porque en la puerta no vi al empleado del hospedaje, sino al santón, que había abandonado la pila de neumáticos y me contemplaba desde el exterior del locutorio, untando los morros de forma grosera y obscena sobre el sucio vidrio que daba a la calle. Por si eso fuese poco, en cuanto me apercibí de su presencia, él acometió un ademán procaz, cruzando los ojos y sacando la lengua, ancha y blanca, la cual restregaba asquerosamente sobre la mugre externa de aquel aparador. La estampa era realmente repulsiva, no sabía qué pensar y me repugnaba tanto su gesto como que se quedase allí, esperándose para atosigarme de nuevo al salir. Solo llevaba tres días en la India y ya empezaba a estar harto de los hindúes, que me parecían, por lo pronto, tan pegajosos como un moco.
Entramos en la trastienda. Allí estaba en principio bastante oscuro, pero el mozo encendió unos fluorescentes y pude ver entonces a dos personas que holgazaneaban o jugaban sobre una silla del local, junto a tres ordenadores que aparentaban ser vetustos. Pude llegar a entrever como un muchacho manoseaba a una chica de forma desagradable y brusca, aunque ella no hacía ni que sí ni que no. De hecho, pararon abruptamente de hacer lo que hacían en cuanto atravesé aquella cortina tan cutre, con el agravante de que el joven encargado les echó una bronca de aquí te espero y desaparecieron de allí al galope. Me conectaron una de aquellas roñosas máquinas —que en realidad era más moderna de lo que su estado exterior dejaba suponer—, y tras unos rocambolescos ejercicios de introducción en la red, pude llegar hasta la página donde trataría de poner mi mensaje.
El caso es que Vicente era un amigo homosexual que se había enamorado perdidamente de mí. Yo, que movido por un cierto esnobismo me había dado en ocasiones al flirteo y a la ligereza de la bisexualidad, había cometido el error de ceder a sus pretensiones y enrollarme un par de veces con él. Eso tuvo mayores repercusiones de las que yo pude llegar a imaginar y ahora me sentía culpable de haberlo dejado tan hecho polvo al marcharme y cortarle el rollo unos días antes. De ahí que tuviese la intención, el miedo o la necesidad de enviarle aquel mensaje, en el cual suponía poder explicar lo que cara a cara no tuve cojones de decirle, en definitiva, que en mi caso había sido solo algo experimental, que apreciaba la amistad entre nosotros, pero que lo ocurrido no tenía más trascendencia para mí, puesto que mi conclusión era clara: me gustaban más las mujeres que los hombres, enrollarme con él solo fue un juego, por lo que lamentaba haber herido sus sentimientos. Le iba a decir eso, y que estaba en la India, seguramente durante medio año, que recuerdos, que se cuidase y tal. Para animarlo pensé añadir, además, que admiraba su obra pictórica y que merecía ser feliz y tener a su lado alguien que le supiese querer de verdad. En resumen, estuve a punto de redactar un verdadero tópico de la estupidez moral y el arrepentimiento pueril.
Los sucesos que tanto me afectaban sucedieron en el apartamento de Vicente. Habíamos bebido mucho durante la cena y la ronda de bares consiguiente, por lo que ambos íbamos bastante borrachos. Ese hecho, en realidad, era puramente circunstancial, porque el verdadero conflicto radicaba en la incerteza que sentía respecto de mi propia tendencia sexual. Seguramente por eso odiaba tanto que Vicente me hubiese seducido de aquella manera. Pero lo cierto es que su forma de tratarme era tan femenina, tan complaciente, me llenó tanto, que yo no me opuse a nada y me dejé ir. Mi mente ebria de aquellos instantes juzgó aquello como una trasgresión propia de gente especial, bisexualidad creativa y avanzada, un lícito atrevimiento del ególatra esnob. Ese fue el pretexto. Pero para mí, lo terrible era que no me hubiese resultado en absoluto difícil, que mi amigo me hubiese hecho sentir tan hombre, o tan no sé qué, hasta el punto de que temía que la seducción de Vicente hubiese superado la de una mujer.
De hecho, lo de aquella noche tenía algún precedente, puesto que ya nos habíamos medio enrollado una vez con anterioridad —no fueron más de cuatro morreos y unos tocamientos en el rincón oscuro de un pub indefinible—. El camino estaba abierto y eso permitió que nos fuésemos acercando sin límites, hasta que ocurrieron cosas impensables entre las postreras copas de cava, ya en su casa. No recuerdo exactamente cómo se inició lo del sofá, pero en mi momento de mejor conciencia vi que Vicente me había desabrochado ya todos los botones de la camisa y también los del pantalón; luego, empezó a mamármela con una dulzura extraordinaria, era un verdadero experto en hacerlo. Me excité de tal forma que debí facilitarlo todo para que me fuese acabando de quitar los pantalones sin que apenas lo notase y sin que él dejase de lamérmela volviéndome loco de placer, extasiándome con aquella felación tan apasionada. Desear penetrarlo fue solo dejarme ir de la mano de esa pasión; es cierto, aunque recordándolo me daba un no sé qué reconocerlo, como una vergüenza, como un asco. Cuando empecé a acariciarle no sentí el más mínimo rechazo, porque su piel era fina, como sus labios agradables y sensuales cuando nos besábamos. Solo tuve que dejarme ir, así de simple. La lujuria me guió como si estuviese a punto de follarme a la más bella de las mujeres, y lo tuve más que claro. Por eso accedí a su petición: «¡Entra Rubén, penétrame amor mío, entra!». Yo lo hice, lejos de cualquier escrúpulo y animado por el deseo, le hice el amor como nunca antes recordaba haberlo hecho con nadie: le mojé de saliva, le sujeté por las nalgas y le fui penetrando, primero algo temeroso, lento y desacertado, pero luego entrando y saliendo de su culo húmedo y abierto con enorme pasión, mientras él jadeaba y se retorcía de placer sobre los cojines verdes y amarillos.
El inconsciente me jugaba una mala pasada, en forma de rebote desmesurado contra la homosexualidad, algo admitido por mí ideológicamente desde mi disfraz de chico libre y atrevido, pero que mi moral oculta rehusaba de forma contundente y visceral. Por eso me sentía tan mal. De hecho, la vivencia de mi enorme estallido en el culo de Vicente se me antojaba, por mucho que me pesase, un hito imborrable en mi vida. Y es que la segunda vez fue también explosiva, eso era lo que me daba tanto miedo. Ante la evidencia de mis desfases, como en otras ocasiones, traté de convencerme a toda costa de que yo era absolutamente heterosexual, de que se habían acabado los experimentos y de que no me afectaba para nada lo sucedido en una noche loca y etílica, ni tampoco los comentarios picarones que antaño me había hecho Vicente, como por ejemplo, que muchos heterosexuales no sabemos que en realidad somos gays. Al principio me venía con aquello de que: «Lo que pasa es que no lo has probado», y añadía con acento de loca: «¡Nadie te iniciará como yo, cariño!». Con tales premisas el tío me iba tirando los tejos, aunque todo hasta ahí era pura fruslería. Sin embargo, yo sentía miedo, él tenía razón, y tal vez fue ese mismo miedo lo que me tentó a dejarme seducir a la aventura. Yo era así. Sin embargo, todo empezó a ir mal cuando Vicente, loco por mí, reaccionó muy mal a mi decisión de no tener más relaciones sexuales con él. Lo cierto es que intuí desde el principio que se estaba colgando de mí, pero por pura vanidad me dejaba tirar los tejos, jugaba, e incluso se me inflaba el ego como un balón de piscina al sentirme deseado por él. Aun así, jamás sospeché su postrera reacción posesiva sobre mí, ni que después de cortar no dejaría de llamarme, y que me buscaría por todas partes, controlando mis movimientos, ni tampoco que finalmente me vería obligado a acabar bruscamente con cualquier tipo de contacto y eludirle por completo. Entonces fue cuando me hizo llegar su amenaza de suicidarse si yo no reaccionaba.
Aquella situación, entre otros líos que me incomodaban entonces, me pareció insoportable, de manera que huí, huí de Vicente, de Madrid y de todo mi entorno para irme a la India, donde pensé que cesaría mi mala...




