E-Book, Spanisch, 216 Seiten
Rovelli El nacimiento del pensamiento científico
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-254-4060-1
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Anaximandro de Mileto
E-Book, Spanisch, 216 Seiten
ISBN: 978-84-254-4060-1
Verlag: Herder Editorial
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Carlo Rovelli (Verona, 1956) es profesor en el Centre de Physique Théorique de Luminy de la Universidad de Aix-Marseille, miembro del Instituto Universitario de Francia, investigador de física teórica y coinventor, junto con Lee Smolin y Abhay Ashtekar, de la teoría de la gravedad cuántica de bucles.
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INTRODUCCIÓN
Todas las civilizaciones humanas han pensado que el mundo está formado por el cielo arriba y la Tierra abajo (figura 1, izquierda). Debajo de la Tierra, para que no se caiga, tiene que haber tierra, hasta el infinito; o una gran tortuga que descansa sobre un elefante, como en algunos mitos asiáticos; o columnas gigantescas, como las que se mencionan en la Biblia. Esta imagen del mundo la comparten las civilizaciones egipcia, china o maya, las de la India antigua y el África negra, los hebreos de la Biblia, los indios de América, los antiguos imperios babilónicos y el resto de culturas de las que tenemos noticia.
La comparten todas, menos una: la civilización griega. Ya en la edad clásica, los griegos se imaginaban la Tierra como una roca suspendida en el espacio (figura 1, derecha): por debajo de la Tierra, ni tierra hasta el infinito ni tortuga ni columnas, sino solo el cielo que vemos encima de nosotros. ¿Cómo descubrieron los griegos que la Tierra flota en el espacio? ¿O que sigue habiendo cielo también bajo nuestros pies? ¿Quién llegó a imaginársela así y cómo lo logró?
El hombre que dio ese gran paso es el protagonista de las páginas que siguen: ??a??µa?d???, Anaximandro, nacido hace veintiséis siglos en la ciudad griega de Mileto, en la costa occidental de la actual Turquía. Seguro que este descubrimiento habría bastado para hacer de él un gigante del pensamiento. Pero su legado es más amplio. Anaximandro abrió el camino a la física, a la geografía, al estudio de los fenómenos meteorológicos, a la biología. Más allá de estas inmensas aportaciones, él fue quien inició el proceso de repensar nuestra imagen del mundo: la búsqueda del conocimiento basado en la rebelión contra las evidencias.
Figura 1. El mundo antes y después de Anaximandro.
Desde este punto de vista, Anaximandro es, sin ningún tipo de duda, uno de los fundadores del pensamiento científico.
La naturaleza de esta forma de pensamiento constituye el segundo objetivo de este libro. La ciencia es ante todo una exploración apasionada de nuevas maneras de pensar el mundo. Su fuerza no se debe a las certezas que genera, sino todo lo contrario, a una aguda conciencia de la magnitud de nuestra ignorancia. Esta conciencia nos lleva a dudar constantemente de lo que creemos saber, por lo que nos permite estar aprendiendo siempre. La búsqueda de conocimiento no se nutre de certezas: se alimenta de una ausencia radical de certidumbre.
Ese tipo de pensamiento, fluido, en constante evolución, tiene una fuerza enorme y una magia sutil: es capaz de alterar radicalmente el orden del mundo, de repensar el mundo.
Esta concepción evolutiva y subversiva del pensamiento racional difiere mucho de su representación positivista, pero también de la imagen fragmentada y un poco árida que presentan ciertas reflexiones filosóficas contemporáneas. El modo de ser del pensamiento científico que deseo poner de relieve en estas páginas es su capacidad crítica, rebelde, de reinventar constantemente el mundo.
Si este esfuerzo por «reinventar el mundo» es un aspecto central de la búsqueda científica del conocimiento, tendremos que admitir que esa aventura no comenzó con la síntesis newtoniana o con las experiencias pioneras de Galileo y tampoco con los primeros modelos matemáticos de la astronomía alejandrina. Empezó mucho antes; empezó con lo que conviene llamar la primera gran «revolución científica» de la historia de la humanidad: la revolución de Anaximandro.
Creo, sin embargo, que la importancia de Anaximandro en la historia del pensamiento no se ha valorado lo suficiente.1 Son varias las razones que justifican esa infravaloración. En la Antigüedad, su propuesta metodológica aún no había dado los frutos que podemos recoger hoy, tras una larga maduración y muchos cambios de rumbo. A pesar del reconocimiento recibido por parte de algunos autores con mayor sensibilidad «científica», como Plinio —citado en la apertura de este libro—, a Anaximandro se lo consideró a menudo —así lo hace, por ejemplo, Aristóteles— como un turiferario de un enfoque naturalista incierto, y fue ferozmente combatido por corrientes culturales alternativas.
Si todavía hoy el pensamiento de Anaximandro se sigue entendiendo poco y mal, se debe sobre todo a la perniciosa dicotomía establecida entre ciencias puras y ciencias humanas. Naturalmente, soy consciente del sesgo que introduce mi formación principalmente científica cuando trato de evaluar la importancia de un pensador que vivió hace veintiséis siglos. Pero estoy convencido de que la interpretación corriente del pensamiento de Anaximandro sufre del sesgo inverso: la dificultad que muchos intelectuales con formación histórico-filosófica tienen a la hora de valorar el alcance de sus aportaciones, cuya naturaleza y legado son intrínsecamente «científicos». Incluso los autores citados en la nota anterior, que reconocen con facilidad la grandeza del pensamiento de Anaximandro, tienen que hacer esfuerzos por comprender a fondo el alcance de algunas de sus aportaciones. Precisamente, ese alcance es lo que pretendo poner de relieve en estas páginas.
Mi punto de vista acerca de Anaximandro no es, por tanto, el de un historiador ni el de un experto en filosofía griega, sino el de un científico de hoy que procura reflexionar sobre la naturaleza del pensamiento científico, así como sobre el papel que este pensamiento ejerce en el desarrollo de la civilización. A diferencia de la mayoría de los autores que se interesan por Anaximandro, mi objetivo no es reconstruir tan fielmente como sea posible su pensamiento y su universo conceptual. Para esta reconstrucción me apoyo sin más en los magistrales trabajos llevados a cabo por helenistas e historiadores como Charles Kahn, Marcel Conche o, más recientemente, Dirk Couprie. No busco modificar o complementar las conclusiones a las que llegan esas reconstrucciones, sino ilustrar la profundidad del pensamiento que se desprende de ellas y el papel que dicho pensamiento ha tenido en el desarrollo del saber universal.
El segundo motivo de la infravaloración del pensamiento de Anaximandro, así como de otros aspectos del pensamiento científico griego, es una sutil y difusa incomprensión de ciertos aspectos centrales del pensamiento científico.
La fe en la ciencia, típica del siglo XIX, la exaltación positivista de la ciencia como conocimiento definitivo acerca del mundo, hoy se ha venido abajo. El primer responsable de este desmoronamiento es la revolución de la física en el siglo xx, que ha revelado que, a pesar de su increíble eficacia, la física de Newton es, en un sentido muy preciso, errónea. Amplios sectores de la filosofía de las ciencias posterior pueden leerse como intentos de redefinir, sobre esta tabula rasa, la naturaleza de la ciencia.
Determinadas corrientes han tratado de encontrar los fundamentos seguros de la ciencia, por ejemplo, restringiendo el contenido cognoscitivo de sus teorías a la simple capacidad de predecir cantidades o el comportamiento de fenómenos directamente observables o verificables. Según otros enfoques, las teorías científicas se analizan como construcciones mentales más o menos arbitrarias que no pueden confrontarse directamente entre sí o no pueden hacerlo con el mundo, si no es en sus consecuencias más prácticas. Con este tipo de análisis, sin embargo, se pierden de vista los aspectos cualitativos y acumulativos del saber científico, que no solo son inseparables de los puros datos numéricos sino que son principalmente el alma y la razón de ser de la ciencia.
En el otro extremo del espectro, parte de la cultura contemporánea devalúa radicalmente el saber científico, alimentando un anticientificismo difuso. A partir del siglo XX el pensamiento racional se muestra lleno de incertidumbres. Florecen diversas formas de irracionalismo, tanto en la opinión pública como en círculos cultivados, alimentándose del vacío abierto por la pérdida de la ilusión de que la ciencia puede proporcionar una imagen definitiva del mundo —alimentándose del miedo a aceptar nuestra ignorancia—. Como si fuera mejor tener certezas falsas que incertidumbres…
Pero la ausencia de certezas, lejos de ser su debilidad constituye, y ha constituido siempre, el secreto de la fuerza de la ciencia, entendida como pensamiento de la curiosidad, de la rebelión y del movimiento. Sus respuestas no son creíbles porque sean últimas; son creíbles porque son las mejores de que disponemos en un momento dado de la historia de nuestro saber. Precisamente porque sabemos no considerarlas definitivas, esas respuestas pueden ser cada vez mejores.
Desde este punto de vista, los tres siglos de ciencia newtoniana no se identifican ciertamente con «la Ciencia», como se piensa demasiado a menudo. No son mucho más que un momento de pausa en el camino de la ciencia, a la sombra de un éxito enorme. Al poner en cuestión la física de Newton, Einstein no puso en peligro la posibilidad de entender cómo funciona el mundo. Al contrario, recuperó el camino: el camino de Maxwell, de Newton, de Copérnico, de Ptolomeo, de Hiparco y de Anaximandro, esto es, poner en constante discusión los fundamentos de nuestra visión del mundo para mejorar de manera constante.
Cada paso dado por estos personajes, al igual que por otros innumerables de no tanta...




