Roy | Semblanza del arca | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 346 Seiten

Roy Semblanza del arca


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19246-00-4
Verlag: Ediciones Oblicuas
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 346 Seiten

ISBN: 978-84-19246-00-4
Verlag: Ediciones Oblicuas
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



Tras conocerse fortuitamente, Adam Cross, un afamado escritor inglés, y Eva Manzano, una desconocida poeta colombiana, inician una extravagante y apasionada relación epistolar salpicada de breves encuentros e infinitud de silencios. Adam, enfrascado en la redacción de una novela titulada Semblanza del arca, en la que narra las peripecias y tribulaciones de Noé, no puede evitar establecer trascendentales vínculos entre lo que escribe y vive con Eva. Ella, por su parte, se siente fatalmente atraído por ese hombre al que el destino le impide acceder plenamente. La correspondencia entre ambos establece en el hilo argumental de la novela una trama de hondas disquisiciones intelectuales, pero también de complejas vicisitudes vitales.

Poeta, traductora, narradora y fotógrafa, Françoise Roy nació en Québec en 1959, pero vive en Guadalajara, México, desde 1992. Ha publicado trece poemarios, cuatro plaquettes, dos libros de cuentos, uno de ensayos y tres novelas, en francés y en español. Ha ganado números premios internacionales, ha sido invitada a festivales de poesía o residencias artísticas en diecisiete países y ha traducido unos setenta libros.
Roy Semblanza del arca jetzt bestellen!

Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


Antes del arca


Margaret Laurence

«Antes de hablar de las aguas (“de contar la historia de amor en la que se viera involucrado —sin saberlo él— el protagonista de esta novela”, tendría ganas de escribir la otra protagonista de esta historia), habría que empezar describiendo los numerosos pecados en los que habían incurrido los habitantes de todas las comarcas. No existía interdicción que no hubiera sido transgredida. Los mandamientos divinos eran burlados; los límites de conducta, torcidos; los deberes, ignorados. Todos parecían haber olvidado que Dios es primo de Argos, el príncipe argivo de cien ojos, de los cuales cincuenta permanecen abiertos mientras duerme, y que, por eso, nadie escapa a su mirada. Jamás, desde la aparición del Hombre en la Tierra, había sido tan patente que el alma humana (calca del Santo, copia de perfecta acuñación) había llegado imperfecta a su destino corporal.

Muchos se habían quedado con la mano seca por tocar cosas indebidas. Partes del cuerpo —propio o ajeno— que llevaban una proscripción; dinero o bienes que no les pertenecían; ídolos u objetos sagrados antaño reservados a los religiosos, y a los que, de pronto, a los laicos se les antojaba tocar solo por el placer de tocar. Otros pecadores —«pecadores» porque hay que llamarle al pan, pan, y al vino, vino— casi se habían quedado ciegos por ver cosas indebidas. De hecho, la profanación por la mirada se había vuelto, en esas tierras de la catástrofe, el desliz más común. Los hombres no se perdían una mínima ocasión de desear o llegar a poseer mujeres —enteras o en partes— que pertenecían a otros, una falta que los sabios ya tenían clasificada bajo el nombre de «codicia». Algunas veces, un simple gesto llevaba a un alma antes conocida por su rectitud a adentrarse en caminos escabrosos.

Si bien los que habían visto y/o tocado cosas indebidas abundaban, había peor que eso todavía. Además de ese ver y tocar, se daban una infinidad de actos de consumación. Por haberse vuelto tan numerosas, ya no se contaban las escenas que ocurrían en casas de tolerancia donde desfilaban día y noche personas de todas las categorías, gente que antes de esos desbarajustes morales se la hubiera pasado leyendo el Talmud, de haber existido el Talmud en aquella época. Vivían como si Dios estuviera desmayado y no pudiera columbrar desde lo alto sus abominables fechorías. Así, las prácticas íntimas que no desembocaban hacia la reproducción obligada de la especie empezaron a pulular más de lo que pululan los insectos. Y a tal grado que los incipientes lupanares de la época rebosaban, como nunca antes, de clientes y muchachas vendidas al desenfrenado placer de los varones. Toda la noche se divisaban, en aquellas casas de vida disipada, pequeñas ventanas iluminadas por la tenue llama de las candelas. Atrás de ondulantes cortinas, hasta los clientes de alcurnia se entregaban a los placeres corporales con tal desenfreno que su sangre —que más tarde en la Historia se llamaría «azul»— se volvía paulatinamente roja, igual que la sangre del vulgo. A veces los infractores satisfacían sus ansias de pie o inclinados como perros, sin tomarse el tiempo de yacer en posición horizontal, según lo dictaban los códigos de buena conducta. Otros sentían tal urgencia, convertidos en esclavos de la premura, que no les daba tiempo de llegar a un lugar resguardado de la mirada de las estrellas, y se despeñaban en el desenfreno extramuros, a cielo abierto. El frenesí de la carne había alcanzado incluso a los viejos, los que por decoro debieron haber optado por la abstinencia (por no hablar de castidad, que es harina de otro costal).

Cada práctica carnal era más estrafalaria que la anterior, y a años luz de las relaciones obligadas entre hombre y mujer que habían prevalecido hasta entonces. Llegó un momento en que empezaron a intervenir en los juegos amorosos cosas inimaginables: animales, objetos redondos o cortopunzantes, látigos, flores y hongos capaces de producir alucinaciones, bebidas fermentadas de toda índole, parejas que en vez de dúo se volvían trío, cuarteto, quinteto o peor aun. Nadie celaba el cumplimiento de las reglas; nadie acataba la interdicción del adulterio; todos se mofaban de los reglamentos decretados desde tiempos inmemoriales. Ni siquiera se esforzaban en mantener cierto anonimato, y mucho menos en pasar a la clandestinidad: la discreción, el pudor, el recato, el temor a los dimes y diretes, la necesidad de salvar las apariencias que antes prevalecían se habían quedado en los roperos. La lujuria —corcel encabritado— corría suelta por las calles. Los hombres deambulaban con la lubricidad en la solapa y las mujeres se quitaban el velo —incluso el resto de la ropa— de buenas a primeras, como uno se quita una pestaña en el ojo. Así que, como era de esperarse bajo tales circunstancias, se multiplicaron a la vista de los transeúntes las casas de lenocinio, que brotaban por doquier como hongos en otoño. Los prostíbulos donde sucedían barbaridades crecían en cámara rápida, más persistentes que el diente de león, el cardo, la ortiga. Cundían en la campiña, en calles anchurosas, en callejones estrechos.

Los horarios también acabaron trastocados: en los establecimientos de vida leve, se oía a cualquier hora el restallar de las pulseras y el entrechocar de las copas de vino. Tintineos entremezclados con un torrente de voces, risas, gemidos sofocados o francos bramidos. Sonidos que llenaban la noche, palmoteos de alegría que aún se escuchaban, desde la calle, al rayar el alba. ¡Una plétora de vidas disolutas! Y los dueños de esas vidas disolutas estaban más dormidos que los muertos (tal vez no tanto dormidos, sino «inconscientes», pues recordemos que el Cristo diría milenios más tarde ). Así que la hondonada de la noche, ajena al más mínimo decoro, duplicaba excesos como imágenes en espejos puestos cara a cara, como si las horas de oscuridad se hubieran vuelto un túnel de donde emergiera a raudales un tropel de transgresores con sus almas malolientes: saludaban el alba desgreñados, mal abotonados, titubeantes de ebrios. No había quien quisiera vivir el día, con sus necesarias faenas, las horas diurnas que aquellos infractores trataban ahora como mero trozo de claridad apretujado entre dos veladas llenas de vicios de toda índole. Nunca antes se había visto tal barajar de parejas y destinos; tal inventiva en las posturas amorosas; tal delicadeza en los perfumes; tal ligereza en las telas de vestir de las damas. Pareciera que la distancia más corta entre un punto y otro se había vuelto la curva en lugar de la línea recta.

Las mujeres en edad de concebir —más aún que las demás— eran irreconocibles: se contoneaban, de pie en los portales, nerviosas, hechas una manada de potros asustados por el chasquido de un fuete, perdidizas, trasnochando como si nada junto a perfectos desconocidos. ¡Desaparecido el espíritu de servicio, el sentido del deber! Los ademanes antes imbuidos de gravedad se habían tornado tan frívolos que, al ver pasar a un hombre apuesto, hasta la mujer más casada arrojaba besos en el aire con los labios. Las más temerarias lanzaban miradas que refulgían despidiendo destellos relampagueantes. En vez de cuidar a su prole, de servir a sus consortes, madres y esposas estiraban ociosamente el tiempo con las manos, soñando despiertas, imaginando quimeras propias del mundo nocturno. El que será protagonista vicario de esta historia las veía asomadas a la ventana en vez de ocuparse del quehacer, ideando guiños para atraer a sus amantes, tramando subterfugios para ir a juntarse con ellos en lugares escandalosamente inapropiados. Algunas jóvenes llegaron a tatuarse, con tintura de alheña, las iniciales de mancebos que apenas conocían en el lugar donde el muslo, subiendo hacia la ingle, pierde su decoroso nombre. Los amantes se hacían juramentos que excluían los lazos sagrados del matrimonio. Y, ¡qué juramento el del cuerpo, que para jurar así, la carne tendría que ser eterna! Pero en esos tiempos inmemoriales, ¿quién iba a saber de relativos pesos que median en la balanza del amor? Como dijera Honoré de Balzac en el siglo 19 después de Cristo, «no hay acontecimientos pequeños para el corazón, el cual lo agranda todo: pone en la misma balanza la caída de un imperio […] y la caída de un guante femenino, y casi siempre el guante pesa en ella más que el imperio».

Así que entre la horda de pecadores que invadía los empedrados, las mujeres eran —se podría decir— las que más desbarajuste habían sufrido. Un hombre del que hablaremos pronto las veía pasar casi en vilo por los caminos de terracería, con batas a medio cerrar que dejaban entrever una piel más trémula que cáscara de fruta exótica en espera de ser chupada. Damas que siempre habían sido castas y piadosas anhelaban ahora salir casi desnudas a la calle. Se hubiera dicho que un viento de cambio soplaba sobre sus hogares a la manera de un gas incoloro, inodoro, pero tóxico. Se veían más y más, en el equivalente del zoco, la qasba o el tianguis, de esas damiselas misteriosas que adquieren belleza nocturnal al claro de luna. Doncellas que habían nacido para el hechizo de la noche y luego se apagaban en la luz alta del amanecer. Al llegar el ocaso, salían a bailar buscando brazos donde dar vueltas. Eran faros en la umbría, y giraban como caballos de circo que caracolean al compás de las melodías de percusión.

Uno que otro, si bien no miraba ni tocaba cosas prohibidas, tenía por mente un costal repleto...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.