Ruiz de Alarcón | El anticristo | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 340, 110 Seiten

Reihe: Teatro

Ruiz de Alarcón El anticristo


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-921-3
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 340, 110 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-921-3
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El anticristo fue escrita por Juan Ruiz de Alarcón entre 1623 y 1625. Durante su estreno ocurrió un incidente relatado por Luis de Góngora a Hortensio Félix Paravicino: 'La comedia, digo El anticristo, de don Juan de Alarcón, se estrenó el miércoles pasado. Echáronselo a perder aquel día con cierta redomilla que enterraron en medio del patio, de olor tan infernal, que desmayó a muchos de los que no pudieron salir aprisa. Este suceso aconteció cuando el actor que representaba al ángel se negó a volar y fue sustituido por una de las actrices'. El incidente fue aprovechado por el mismo Góngora para burlarse de Ruiz de Alarcón en uno de sus sonetos y Lope de Vega fue encarcelado porque se le acusó de colocar la redoma. El anticristo relata la historia del Anticristo, villano por excelencia del teatro alarconiano. Este descendiente de Judas Iscariote, comete horrendos crímenes castigados al final por tres personajes: un ángel; Sofía, encarnación de lo humano; y Balán, símbolo de la naturaleza.

Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581-1639). México. Nació en México y vivió gran parte de su vida en España. Era hijo de Pedro Ruiz de Alarcón y Leonor de Mendoza, ambos con antepasados de la nobleza. Estudió abogacía en la Real y Pontificia Universidad de la Ciudad de México y a comienzos del siglo xvii viajó a España donde obtuvo el título de bachiller de cánones en la Universidad de Salamanca. Ejerció como abogado en Sevilla (1606) y regresó a México a terminar sus estudios de leyes en 1608. En 1614 volvió otra vez a España y trabajó como relator del Consejo de Indias. Era deforme (jorobado de pecho y espalda) por lo que fue objeto de numerosas burlas de escritores contemporáneos como Francisco de Quevedo, que lo llamaba 'corcovilla', Félix Lope de Vega y Pedro Calderón de la Barca.
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Capítulo II


Cemí estaba sentado en el patio de Upsalón, que está enfrente de la escuela de los abogados, esperando al bedel que repartía las notas de una concretera conocida con el nombre de Legislación Hipotecaria. El curso había terminado y, sin la presencia de Fronesis y de Foción, toda imantación mágica de aquellos lugares se había borrado para Cemí. Las yerbillas de la jardinería, con franjas amarillentas por las quemadas de un junio que extendía sus exigencias sin tregua, no ocultaban el dolor de las tijeras de la poda por imponer un verde sin doblez. Lo lograba apenas, como un caimán muy viejo que enseñase en su lengua un ramito verde. La misma ferocidad del cenital hacía que los amapolones sintiesen algunos pétalos chamuscados y lánguidos, otros parecían marcados con una uña por el negror de la hoguera triunfadora. Por todas partes el agotador desparpajo de la herida de junio.

Cuando el hastío que se ovilla en nosotros está frente a una caja de espacio demasiado grande, las figuras que se deslizan entre ambos se hacen insignificantes e indetenibles. Si la figura logra imponerse al espacio agrandado, vemos cómo nuestro hastío con una lentitud elástica logra atrapar la figura, como si la levantase con el abrir de los párpados más que con el fijarse de la mirada. Como un punto que saliese de su hastío y del arco espacial, logró establecerse, romper su errancia, en una muchacha que se acercaba. Era Lucía, la enamorada amante de Fronesis.

No era la Lucía de otras mañanas. Su rostro se mostraba con más nobleza, como abrumada por una preocupación que se disimula. El verdor de sus ojos se empañaba por una mirada demasiado fija en un espacio vacío, aquel verde picante disminuido por el riego salobre de las lágrimas. Cemí observó de inmediato que Lucía no quería mostrar la verdadera índole de su visita.

Hacía tanto tiempo que no lo veía, que tengo verdaderos deseos de hablar de nuevo con usted —le dijo—. He venido varias veces, he preguntado si sabían por dónde andaba, pero nadie me ha sabido informar. Hoy era el día que menos pensaba encontrarlo, pues es un día sin clases, y ya ve, está sentado en el banco de la espera, pero sin Fronesis y sin Foción —hablaba apresuradamente, como quien dice algo que se trae preparado, pero que al mismo tiempo teme un brusco traspiés en la ilación.

—Hoy hay un baile y lo he venido a buscar para que me lleve, después nos podemos ir de paseo —continuó Lucía. Se desencajaba, hablaba como una ménade y Cemí observó que poco le faltaba para que se echase a llorar. Ya estaba seguro de que Lucía lo había venido a buscar para algo de veras grave. Cemí la tomó de la mano para llevarla a un sitio menos acudido y donde pudiesen hablar con más resguardo. La llevó al parquecito de Alfaro, donde ella acostumbraba a sentarse con Fronesis. Se sentaron los dos, pero antes de que ninguno volviera a hablar, la crisis detenida de Lucía se desbordó, sus sollozos y su llanto rompieron toda inhibición, hasta que la aparición del pañuelo entre sus dedos finos fue la señal de que comenzaba a remansarse.

—Lucía, quiero que tú me digas la verdad de tu visita, el porqué has venido a buscarme. Yo soy amigo de Fronesis, él no está entre nosotros y creo que todo lo que tú le podías decir, me lo puedes decir a mí también. Bien sé yo que a ti no te interesa bailar conmigo, ni mucho menos pasear después del baile. Estabas disimulando, ahora ya no tienes que disimular nada. Dime lo que de verdad quieres decirme.

—Fronesis y yo nos queríamos —le respondió Lucía—, mejor dicho, yo lo quería, si me quería lo debe de responder él. Yo sé que él es muy superior a mí, pero su superioridad nunca me hacía sentir distante, sino por el contrario, atraía con esa superioridad, haciendo que una se sintiera capaz de todo. Cuando yo los oía hablar a los tres, me parecía que yo también hablaba, después llegaba a mi casa y tenía que reírme, no sabía ni de qué habían hablado, pero al día siguiente tenía más deseos de volver a oírlos hablar. Fronesis y yo salíamos, y un día, bueno, un día usted sabe... —Lucía no lograba la expresión para decirlo, entonces se echó a llorar de nuevo—. Pero como esas cosas usted sabe que no paran ahí, un día empecé a sentirme mal y fui al médico. Entonces supe que era un hijo de Fronesis lo que tenía dentro de mí. Yo no sabía qué hacer, ya Fronesis se había marchado. Algunas amigas me aconsejaron la solución que se adopta en tales casos. Pero yo he respetado mucho a Fronesis para tomar esa decisión. Lo que yo quiero y ya se lo voy a decir todo de una vez, es conseguir un pasaje, para marcharme a ver a Fronesis. Además tengo el presentimiento —aquí su voz se ahogó casi— de que si yo no voy a verlo, no lo veré nunca más. No creo que él vuelva y sabe Dios lo que le podrá pasar.

Cemí y Foción, tenían también ese presentimiento. Ahora Lucía decía desde el puente de la cópula y desde el embrión que le crecía a criatura, que ella olfateaba también eso, que la vida de Fronesis había pasado de una seguridad inconmovible a una situación rara, indescifrable y cargada de acechanzas.

Cemí sintió que lo recorría un temblor como un hechizo. Sentía la nobleza enloquecida de Lucía al acercarse a él, cómo se le había querido entregar antes que decirle nada, pero cómo su misma ingenuidad la había descubierto. Sintió la fuerza de transfiguración que hay en cada persona como un potencial desconocido que actúa con una lucidez inmediata, casi transparentándose.

—Mañana te llevaré el dinero a tu casa para que te embarques—. Cemí pensó de inmediato en el padre de Foción, el médico enloquecido. Sabía que entre los dos resolverían el viaje de Lucía. (Al día siguiente, Foción casi temblando, le entregó el dinero.) Lucía lo miró con una inapreciable rapidez a la cara y le contestó: Ojalá que Dios haga que te lo agradezca siempre.

Con la misma rapidez que le miró la cara, le apretó la mano para despedirse. Lucía había alcanzado una gracia, la de transportarse a grandes distancias para dar el testimonio de la semilla.

En ese momento surgió el bedel con el papelucho que traía la calificación de su examen. La cara del viejo era alegre y socarrona. A Cemí le pareció que los botones de la chaqueta del bedel relucían como clavos de oro. Abrió el papel, decía: Sobresaliente.

Cemí se sintió recorrido por una alegría que crecía incesantemente en su interior, muy pocas veces volvería a sentir esa creciente levadura. Le pareció que un dios desconocido le entregaba la nota de su conducta con Lucía. Cuando miró el papel que como propina deslizaba en la mano del bedel, asomó un risueño escarabajo de esmeralda.

Aquella noche soñó con Fronesis, que caminaba en la medianoche por una calleja que parecía del Cairo. Su andar era sereno, venía de una conversación con amigos y se dirigía a dormir en su casa. Su serenidad era como si caminara ya dentro del sueño. Empezó a perseguirlo un demonio siniestro. Y delante iba otro diablejo, pasándose el cuchillo de la punta del rabo a las manos, después hacía como que clavaba el cuchillo en las paredes. El que iba delante se acercaba a Fronesis, pero éste ni se ocupaba de su presencia. Entraba y salía el cuchillo del cuerpo de Fronesis, pero éste seguía como caminando dentro de su sueño, sin alterar el rostro ni el ritmo de la marcha. Hablaban después aparte los dos diablejos y se veían entrelazando los rabos. Los dos grotescos comenzaron a bisbisearse en el oído. Fronesis había llegado a su casa, introducía la llave en la cerradura. Uno de los demonios llevaba en su mano el escarabajo de esmeralda que Cemí había puesto en la mano del bedel. Pero el escarabajo se retorcía como un kris malayo. El diablejo tocó la llave con el escarabajo cuchillo ondulado y la llave saltó así hasta la esquina, comenzando a irradiar. Después hundió el escarabajo en el cuello de Fronesis. La risueña cabeza del cuchillo ondulado se veía en su vaivén sobre la herida. Fronesis, recostado en la pared, iba descendiendo con la lentitud de la sangre en el agua. Al final, el escarabajo montaba sobre la llave irradiante como si fuese un palo de escoba.

Durante varios días, el café de la esquina de la casa de Fronesis en París estaba apagado. Sus parroquianos miedosos ni se asomaban por las vidrieras, ni preguntaban a los dueños por la suerte del cafetín. En una barriada parisina, el cierre de un café se extiende como un duelo silencioso. La gente allí teje el tiempo a su manera, ganso atolondrado, y transporta la tarde y la noche como una columna arrastrada con un jadeo que no se logra disimular. El que todas las noches va a uno de esos cafés, si tiene que quedarse en su casa, mece su balance en el balcón rompiendo el mimbre y el baldosado, cae en el vacío sin fin como un elefante de papel. Desde que se cerró el café donde Fronesis hacía su única comida del día, llevaba a su casa algunos fiambres, de paseo adquiría empanadas, algunos pastelillos, quesos y así pasaba esos primeros días sin café de barrio, oyendo música de radio y leyendo. Antes de irse a comer a otro restaurante, quería esperar algunos días para ver si lo abrían de nuevo. Fronesis causaba siempre la impresión de cierta noble despreocupación, era en extremo meticuloso para iniciar aventuras que sabía terminaban por anclarse en la costumbre. Necesitaba de muchos informes y cuidados para cambiar de restaurante como los hubiera necesitado para cambiar la hora del baño o la extensión de su siesta o de sitio, vecinería, parroquianos fijos, transeúntes, dueños, historial, años de servicio. Sabía la fuerza del escudo de...



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