E-Book, Spanisch, Band 355, 136 Seiten
Reihe: Teatro
Ruiz de Alarcón Las paredes oyen
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9897-931-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 355, 136 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9897-931-2
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Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581-1639). México. Nació en México y vivió gran parte de su vida en España. Era hijo de Pedro Ruiz de Alarcón y Leonor de Mendoza, ambos con antepasados de la nobleza. Estudió abogacía en la Real y Pontificia Universidad de la Ciudad de México y a comienzos del siglo xvii viajó a España donde obtuvo el título de bachiller de cánones en la Universidad de Salamanca. Ejerció como abogado en Sevilla (1606) y regresó a México a terminar sus estudios de leyes en 1608. En 1614 volvió otra vez a España y trabajó como relator del Consejo de Indias. Era deforme (jorobado de pecho y espalda) por lo que fue objeto de numerosas burlas de escritores contemporáneos como Francisco de Quevedo, que lo llamaba 'corcovilla', Félix Lope de Vega y Pedro Calderón de la Barca.
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Jornada segunda
(Salen el Duque, don Juan y Beltrán, todos de color.)
Duque ¿Cómo los toros dejáis?
JuanViéndome sin vos en ellos,
estaba de los cabellos.
¿Del juego, cómo quedáis?
Que era robado el partido.
DuqueCogiéronme de picado.
He perdido, y me he cansado.
JuanMil cosas habéis perdido:
el descanso, y el dinero
y los toros.
Beltrán ¡Que haya juicio
que del cansancio haga vicio,
y tras un hinchado cuero,
que el mundo llama pelota,
corra ansioso y afanado!
¡Cuánto mejor es, sentado,
buscar los pies a una sota
que moler piernas y brazos!
Si el cuero fuera de vino,
aun no fuera desatino
sacarle el alma a porrazos.
Pero, ¡perder el aliento
con una y otra mudanza,
y alcanzar, cuando se alcanza,
un cuero lleno de viento,
y cuando, una pierna rota,
brama un pobre jugador,
ver, al compás del dolor,
ir brincando la pelota!
Juan El brazo queda gustoso,
si bien la pelota dio.
BeltránSéneca la comparó
al vano presuntuoso;
y esa semejanza ha dado
sin duda al juego sabor,
porque no hay gusto mayor
que apalear un hinchado.
mas, si miras el contento
de un jugador de pelota,
y un cazador, que alborota
con halcón la cuerva al viento,
¿por dicha tendrás la risa
viendo que a presa tan corta
que, vencida, nada importa,
corre un hombre tan de prisa,
que apenas tocan la hierba
los caballos voladores?
¡Válgaos Dios por catadores
¿Qué os hizo esa pobre cuerva?
Duque De la guerra has de pensar
que es la caza semejanza,
y así el ardid, la asechanza
el seguir y el alcanzar
es gustoso pasatiempo.
Beltrán¿Mil contra una cuerva? Sí,
bien dices; que son así
las pendencias de este tiempo.
Juan Beltrán, satírico estás.
Beltrán¿En qué discreto, señor,
no predomina ese humor?
JuanComo matas morirás.
Beltrán En Madrid estuve yo
en corro de tal tijera,
que la pegaba cualquiera
al padre que lo engendró;
y, si alguno se partía
del corro, los que quedaban
mucho peor de él hablaban
que él de otros hablado había.
Yo, que conocí sus modos,
a sus lenguas tuve miedo,
y —¿qué hago?— estoime quedo
hasta que se fueron todos.
Pero no me valió el arte;
que, ausentándose de allí,
sólo a murmurar de mí
hicieron un corro aparte.
Si el maldiciente mirara
este solo inconveniente,
¿hallárase un maldiciente
por un ojo de la cara?
Juan ¿Fuera por eso peor?
BeltránEspántome que eso ignores.
Más que cien predicadores
importa un murmurador.
Yo sé quién ni con sermones,
ni cuaresmas, ni consejos
de amigos sabios y viejos,
puso freno a sus pasiones,
ni sus costumbres redujo
en gran tiempo; y solamente
de temor de un maldiciente,
vive ya como un cartujo.
Duque Digo que tenéis, don Juan,
entretenido criado.
JuanEs agudo, y ha estudiado
algunos años Beltrán.
Duque ¿Qué hay de doña Ana?
Juan Esta noche
parte, sin duda, a Madrid.
DuqueNuestra invención prevenid.
JuanElla, Duque, va en su coche;
su gente, en uno alquilado.
DuqueBien nos viene.
Juan Así lo espero.
Duque¿Apercibióse el cochero?
JuanYa, señor, lo he concertado.
Duque ¿Y está en los toros doña Ana?
JuanNo la he visto; pero sé
que, cuando en ellos esté,
ni en andamio ni en ventana
de suerte estará que pueda
ser de nadie conocida;
que no por fiestas olvida
obligaciones que hereda.
Duque ¿Cuántos toros vistes?
Juan Tres,
y entró don Mendo al tercero,
despreciando en un overo
al amor y al interés.
Salió con verde librea,
robando así corazones,
que aun el toro a sus rejones
con su muerte lisonjea.
Duque ¿Tan bueno anduvo el Guzmán?
JuanEn todo es hombre excelente
don Mendo.
Duque (Aparte.) (¡Cuán diferente
suele hablar él de don Juan!)
Cansado estoy.
Juan Reposar
podéis, señor, entre tanto
que da Tetis con su manto
a nuestra invención lugar.
Duque Que a su tiempo me despiertes,
te encargo.
(Vase el Duque.)
Juan Tendré cuidado.
Beltrán¿Por qué, señor, no has pintado
caballos, toros y suertes?
Que con eso, y con tratar
mal a los calvos, hicieras
comedias, con que pudieras
tu pobreza remediar.
A que te cuenten me obligo,
seiscientos por cada una.
JuanPues supongamos que en una
eso que me adviertes digo.
En otra, ¿qué he de decir?
Que a un poeta le está mal
no variar; que el caudal
se muestra en no repetir.
Beltrán Para dar desconocidos
estos platos duplicados,
dar aquí calvos asados,
y acullá calvos cocidos.
Pero, señor, a las veras
vuelva la conversación.
¿No me dirás la intención
que llevan estas quimeras?
¿Para qué se han prevenido
los dos capotes groseros?
¿Qué es esto de los cocheros?
JuanEscucha. Irás advertido.
Desde aquella alegre noche
que al gran Precursor el suelo
celebra por alba hermosa
del Sol de Justicia eterno,
de la encontrada porfía
en que me opuso don Mendo,
a mil gracias que conté
de doña Ana, mil defetos,
en el corazón del duque
nació un curioso deseo
de cometer a sus ojos
la definición del pleito.
A don Mendo le explicó
el Duque este pensamiento,
y para ver a doña Ana,
quiso que él fuese el tercero.
Él se excusó, procurando
divertirlo de este intento,
o temiendo mi victoria,
o anticipando sus celos.
Creció en el mancebo duque
el apetito con esto;
que, sospechando su amor,
hizo tema del deseo.
Declaróme su intención,
y yo en su ayuda me ofrezco,
dándome esperanza a mí
lo que temor a don Mendo.
Y como doña Ana estaba
aquí, velando a San Diego,
venimos hoy a los toros
más por verla que por verlos.
Y sabiendo que esta noche
se parte mi dulce sueño,
por quien ya comienza Henares
el lloroso sentimiento;
por poder gozar mejor
de su cara y de su ingenio,
porque las gracias del alma
son alma...




