Ruiz de Alarcón | Las paredes oyen | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 355, 136 Seiten

Reihe: Teatro

Ruiz de Alarcón Las paredes oyen


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9897-931-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 355, 136 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-931-2
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Las paredes oyen es una expresión procedente de la Francia de la segunda mitad del siglo XVI. Según cuenta la historia, Catalina de Médicis hizo construir conductos acústicos en las paredes de sus palacios, para oír lo que se hablaba en las otras habitaciones y así saber si se conspiraba en su contra. Esta pieza homónima de Juan Ruiz de Alarcón cuestiona la mentira patológica y la maledicencia compulsiva del personaje de Don Mendo, quien para conquistar a Ana pretende injuriarla. Mientras, el virtuoso Don Juan en quien algunos han visto al propio autor, observa despechado los acontecimientos. Las paredes oyen tiene un trasfondo astrológico. Los planetas y signos evocados en el texto marcan un entorno mitológico y celestial regido por la Fortuna. El discreto y devoto Don Juan de Mendoza, un alter ego del autor, pretende a doña Ana de Contreras. Don Juan es un hombre tenaz y contrahecho y siente por doña Ana un amor puro, con profundas raíces, enfrentado la retórica y las artes seductoras de Don Mendo, movido por el deseo. Al final de la pieza Don Juan triunfa sobre su rival. Y Ruiz de Alarcón construye una comedia de enredos, con ironía.

Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581-1639). México. Nació en México y vivió gran parte de su vida en España. Era hijo de Pedro Ruiz de Alarcón y Leonor de Mendoza, ambos con antepasados de la nobleza. Estudió abogacía en la Real y Pontificia Universidad de la Ciudad de México y a comienzos del siglo xvii viajó a España donde obtuvo el título de bachiller de cánones en la Universidad de Salamanca. Ejerció como abogado en Sevilla (1606) y regresó a México a terminar sus estudios de leyes en 1608. En 1614 volvió otra vez a España y trabajó como relator del Consejo de Indias. Era deforme (jorobado de pecho y espalda) por lo que fue objeto de numerosas burlas de escritores contemporáneos como Francisco de Quevedo, que lo llamaba 'corcovilla', Félix Lope de Vega y Pedro Calderón de la Barca.
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Jornada segunda


(Salen el Duque, don Juan y Beltrán, todos de color.)

Duque ¿Cómo los toros dejáis?

JuanViéndome sin vos en ellos,

estaba de los cabellos.

¿Del juego, cómo quedáis?

Que era robado el partido.

DuqueCogiéronme de picado.

He perdido, y me he cansado.

JuanMil cosas habéis perdido:

el descanso, y el dinero

y los toros.

Beltrán ¡Que haya juicio

que del cansancio haga vicio,

y tras un hinchado cuero,

que el mundo llama pelota,

corra ansioso y afanado!

¡Cuánto mejor es, sentado,

buscar los pies a una sota

que moler piernas y brazos!

Si el cuero fuera de vino,

aun no fuera desatino

sacarle el alma a porrazos.

Pero, ¡perder el aliento

con una y otra mudanza,

y alcanzar, cuando se alcanza,

un cuero lleno de viento,

y cuando, una pierna rota,

brama un pobre jugador,

ver, al compás del dolor,

ir brincando la pelota!

Juan El brazo queda gustoso,

si bien la pelota dio.

BeltránSéneca la comparó

al vano presuntuoso;

y esa semejanza ha dado

sin duda al juego sabor,

porque no hay gusto mayor

que apalear un hinchado.

mas, si miras el contento

de un jugador de pelota,

y un cazador, que alborota

con halcón la cuerva al viento,

¿por dicha tendrás la risa

viendo que a presa tan corta

que, vencida, nada importa,

corre un hombre tan de prisa,

que apenas tocan la hierba

los caballos voladores?

¡Válgaos Dios por catadores

¿Qué os hizo esa pobre cuerva?

Duque De la guerra has de pensar

que es la caza semejanza,

y así el ardid, la asechanza

el seguir y el alcanzar

es gustoso pasatiempo.

Beltrán¿Mil contra una cuerva? Sí,

bien dices; que son así

las pendencias de este tiempo.

Juan Beltrán, satírico estás.

Beltrán¿En qué discreto, señor,

no predomina ese humor?

JuanComo matas morirás.

Beltrán En Madrid estuve yo

en corro de tal tijera,

que la pegaba cualquiera

al padre que lo engendró;

y, si alguno se partía

del corro, los que quedaban

mucho peor de él hablaban

que él de otros hablado había.

Yo, que conocí sus modos,

a sus lenguas tuve miedo,

y —¿qué hago?— estoime quedo

hasta que se fueron todos.

Pero no me valió el arte;

que, ausentándose de allí,

sólo a murmurar de mí

hicieron un corro aparte.

Si el maldiciente mirara

este solo inconveniente,

¿hallárase un maldiciente

por un ojo de la cara?

Juan ¿Fuera por eso peor?

BeltránEspántome que eso ignores.

Más que cien predicadores

importa un murmurador.

Yo sé quién ni con sermones,

ni cuaresmas, ni consejos

de amigos sabios y viejos,

puso freno a sus pasiones,

ni sus costumbres redujo

en gran tiempo; y solamente

de temor de un maldiciente,

vive ya como un cartujo.

Duque Digo que tenéis, don Juan,

entretenido criado.

JuanEs agudo, y ha estudiado

algunos años Beltrán.

Duque ¿Qué hay de doña Ana?

Juan Esta noche

parte, sin duda, a Madrid.

DuqueNuestra invención prevenid.

JuanElla, Duque, va en su coche;

su gente, en uno alquilado.

DuqueBien nos viene.

Juan Así lo espero.

Duque¿Apercibióse el cochero?

JuanYa, señor, lo he concertado.

Duque ¿Y está en los toros doña Ana?

JuanNo la he visto; pero sé

que, cuando en ellos esté,

ni en andamio ni en ventana

de suerte estará que pueda

ser de nadie conocida;

que no por fiestas olvida

obligaciones que hereda.

Duque ¿Cuántos toros vistes?

Juan Tres,

y entró don Mendo al tercero,

despreciando en un overo

al amor y al interés.

Salió con verde librea,

robando así corazones,

que aun el toro a sus rejones

con su muerte lisonjea.

Duque ¿Tan bueno anduvo el Guzmán?

JuanEn todo es hombre excelente

don Mendo.

Duque (Aparte.) (¡Cuán diferente

suele hablar él de don Juan!)

Cansado estoy.

Juan Reposar

podéis, señor, entre tanto

que da Tetis con su manto

a nuestra invención lugar.

Duque Que a su tiempo me despiertes,

te encargo.

(Vase el Duque.)

Juan Tendré cuidado.

Beltrán¿Por qué, señor, no has pintado

caballos, toros y suertes?

Que con eso, y con tratar

mal a los calvos, hicieras

comedias, con que pudieras

tu pobreza remediar.

A que te cuenten me obligo,

seiscientos por cada una.

JuanPues supongamos que en una

eso que me adviertes digo.

En otra, ¿qué he de decir?

Que a un poeta le está mal

no variar; que el caudal

se muestra en no repetir.

Beltrán Para dar desconocidos

estos platos duplicados,

dar aquí calvos asados,

y acullá calvos cocidos.

Pero, señor, a las veras

vuelva la conversación.

¿No me dirás la intención

que llevan estas quimeras?

¿Para qué se han prevenido

los dos capotes groseros?

¿Qué es esto de los cocheros?

JuanEscucha. Irás advertido.

Desde aquella alegre noche

que al gran Precursor el suelo

celebra por alba hermosa

del Sol de Justicia eterno,

de la encontrada porfía

en que me opuso don Mendo,

a mil gracias que conté

de doña Ana, mil defetos,

en el corazón del duque

nació un curioso deseo

de cometer a sus ojos

la definición del pleito.

A don Mendo le explicó

el Duque este pensamiento,

y para ver a doña Ana,

quiso que él fuese el tercero.

Él se excusó, procurando

divertirlo de este intento,

o temiendo mi victoria,

o anticipando sus celos.

Creció en el mancebo duque

el apetito con esto;

que, sospechando su amor,

hizo tema del deseo.

Declaróme su intención,

y yo en su ayuda me ofrezco,

dándome esperanza a mí

lo que temor a don Mendo.

Y como doña Ana estaba

aquí, velando a San Diego,

venimos hoy a los toros

más por verla que por verlos.

Y sabiendo que esta noche

se parte mi dulce sueño,

por quien ya comienza Henares

el lloroso sentimiento;

por poder gozar mejor

de su cara y de su ingenio,

porque las gracias del alma

son alma...



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