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Ruiz | De cómo los animales viven y mueren | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 220 Seiten

Reihe: Conciencia

Ruiz De cómo los animales viven y mueren


1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-946081-1-7
Verlag: Diversa Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 220 Seiten

Reihe: Conciencia

ISBN: 978-84-946081-1-7
Verlag: Diversa Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



¡Hakuna matata! La vida de los animales en el planeta no puede considerarse 'de película', o al menos no una apta para todos los públicos. Cada año, sesenta mil millones de animales terrestres y un billón (con 'b' de barbaridad) de animales marinos son exterminados por el hombre para convertirse en comida o en ropa, o como una forma de diversión. Muchos de nuestros actos cotidianos, como comer, vestirnos o divertirnos, los hacemos por inercia, porque 'siempre se ha hecho así' o, simplemente, porque es más cómodo vivir con los ojos cerrados, pero tener información -saber cómo funcionan las cosas- puede cambiar nuestra vida y la de muchos otros animales. En este libro, Javier Ruiz aporta una buena dosis de información para abordar un tema que a menudo se ha tratado de forma demasiado trivial y propone una reflexión, equilibrada y cargada de un responsable sentido ético, para analizar nuestra relación con el resto de animales y las consecuencias que nuestros actos tienen sobre ellos, sobre el planeta y sobre nosotros mismos.

Javier Ruiz Fernández nació el 8 de marzo de 1986 en la Barcelona preolímpica, y poco después se comió una caja de cerillas. Ese empirismo en estado puro le llevó a estudiar Filosofía en la Universidad de Barcelona (UB) y Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra (UPF) y, posteriormente, a trabajar como corrector profesional, redactor publicitario y blogger. Hoy, codirige una agencia de marketing digital e intenta reservar tiempo suficiente para escribir y dedicar tiempo a sus perros, a sus gatos, y a su creciente interés por seguir aprendiendo sobre etología y comportamiento animal. Por alguna razón, además, no consigue olvidar que, antes de tanto edificio, por su barrio hubo payeses, animales y hectáreas libres de terreno, y puede que ahí radique el porqué de este libro.
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Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


1


Un poco de historia: ¿qué fuimos?, ¿qué somos?


Proverbio español

George Bernard Shaw (1856-1950)

Sobre el progreso

Somos animales, pero se nos ha olvidado. Somos animales con inteligencia y conciencia de muerte, pero eso no nos hace demasiado diferentes de los perros, de los cerdos, de los tigres o de los jabalíes.

Cuando empecé a preparar este capítulo, anoté al margen de varios folios lo que necesitaba: información sobre sociedades nómadas en el Paleolítico, vida en Çatalhöyük, culturas neolíticas, grandes civilizaciones, medievo, revolución industrial…, y así, hasta la edad presente.

Rápidamente me sorprendió ver cómo, según nuestra historiografía, todas las culturas que se sucedían, salvo contadas excepciones, se habían considerado a sí mismas aquellas más evolucionadas sobre la faz de la Tierra1.

Sin embargo, este evolucionismo social no puede circunscribirse, únicamente, a aspectos concretos de cuatro de las principales culturas de la historia (fenicios, griegos, romanos y judeocristianos), sino que deberíamos imaginar sus aportaciones como algunas de las ramas de un gran árbol cuyos nuevos brotes, a menudo, son tan importantes como el resto de sus tallos, pero donde la perspectiva desde la que los miramos tiene un papel fundamental.

Así, siguiendo esa hipótesis, jamás el progreso había alcanzado este extremo —hoy la ciencia es prueba de un gran número de mejoras académicas, científicas y técnicas— y, por el contrario, nunca antes en la historia de la humanidad se cometió un número tan elevado de masacres ni se había afectado a un nivel remotamente similar la vida animal y vegetal del planeta.

Todos estos blancos y negros no tienen una única respuesta. No se trata de nuestra naturaleza depredadora o de la masificación en las grandes ciudades; tampoco puede circunscribirse a la producción de alimentos en nuestra sociedad o al enorme negocio que esto último supone. Del mismo modo, el lujo, la diferenciación social o la conveniencia son factores relevantes, pero son solo eso: factores. Por todo ello, adentrarse en este tema solo puede hacerse de un modo: a fondo.

Eso sí, antes de empezar, recibe un último aviso. Como dije al inicio, y me reitero, no escribo estas líneas para ofrecer mi opinión personal, ni para enviar datos sesgados a conveniencia, sino para crear un documento que se legitime mediante información real, objetiva y analizable. Puedo ser el verdugo o el ejecutado, no importa, pero no el espectador que lo presencie desde fuera, y no va a ser bonito.

Neolítico

Fue el británico John Lubbock quien acuñó el término Neolítico (Piedra Nueva), aunque su labor teórica o de campo fue más bien escasa, y sus intereses principales estuvieron siempre más centrados en las matemáticas y en la astronomía. La nueva piedra de la que hablaba en su libro (1865) estaba pulida, y no tallada (cortada a golpes, para entendernos), y tenía una ventaja: era más resistente. Además, ofrecía una certeza histórica: se había utilizado en actividades agrícolas, es decir, sedentarias2.

En este caso no importa el porqué del cambio ni el lugar exacto, pues estamos contextualizando una historia de miles de años de un modo superficial, aunque el proceso más conocido se origina cerca de lo que fuera Kurdistán, que ahora se ubicaría entre los territorios de Siria, Irán, Irak y Turquía. La razón de este cambio fue climática: las temperaturas descendieron y provocaron la migración de algunas especies (el reno, por ejemplo) hacia las zonas del norte, dificultando las actividades de caza y favoreciendo el sedentarismo.

Sin embargo, es imperativo entender que resulta imposible generalizar. ¡Con lo que nos gusta hacerlo por norma! Y es que la arqueología tiene mucho cuidado en separar el Neolítico en el continente americano de aquellas primeras sociedades del Levante Sirio-Palestino que inician sus procesos de sedentarización entre el 11000 y el 7000 a. C. y que, posteriormente, se expanden por toda Europa.

En lo que se refiere a la relación entre seres humanos y animales, seguirá siendo de conveniencia; en la mayoría de los casos, por interés humano, pero también a la inversa, donde destacaría la figura del perro y, muy posteriormente, del gato, útil en los graneros egipcios que eran vulnerables a las plagas de roedores (Camps, 2002).

Las primeras razas de perro doméstico se remontan, por lo menos, a las sociedades neolíticas tempranas (De Jorge, 2013), y todo indica, según los últimos estudios presentados por la Harvard Medical School (Skoglund ., 2015), que los dos exponentes más antiguos de los que se tenía constancia —uno en la cultura auriñaciense (31680 a. C.) y otro, bajo periodo magdaleniense, en la región rusa de Eliseevichi (14000 a. C.)— serían finalmente perros que ya convivían con grupos humanos durante el Paleolítico (Martínez, 2015), y no lobos como se había apuntado en reiteradas ocasiones (Grace, 2015).

Así, de un modo casi universal, los historiadores y arqueólogos aceptan, hoy día, la inserción del perro en grupos humanos de inicios del Neolítico por adaptación espontánea de estos, y no por nuestro deseo expreso (Salas, 2013). Siguiendo la idea de los párrafos anteriores, es probable que, muy pronto, estos conceptos nos lleven a afirmar que miles de años atrás los perros ya empezaban a formar parte de nuestra vida diaria.

Llegados a este punto, al inicio del Neolítico, podemos asegurar que, por primera vez en la historia de la humanidad, los seres humanos se asientan en núcleos de población estable, instaurando una relación de necesidad y reciprocidad entre actividades ganaderas y agrícolas y abandonando, parcialmente, la economía de caza y recolección propias del Paleolítico y la Edad de Piedra. A posteriori, los nexos de unión entre los distintos pueblos se forjarán a través del pastoreo en continuo movimiento y, sobre todo, mediante sus variantes locales, como la trashumancia (también local) y la trasterminancia.

En la actualidad todas estas actividades están en el ojo del huracán, y muchos activistas vegetarianos y veganos, entre los que destacan organizaciones como PETA o discursos más individuales como el del activista estadounidense Gary Yourofsky —quien limita los cuatro principios básicos por los que consumimos carne y productos de origen animal al hábito, la tradición, la conveniencia y el sabor—, ven en las primeras grandes civilizaciones el principio de ese cambio que nos ha vuelto, generación tras generación, más carnívoros que antes3. Pese a sus diferencias, todos estos grupos afirman por igual que no es una ética ni saludable.

Si bien ya habrá tiempo para presentar estas ideas, es importante reflejar que, al margen de que estas premisas sean o no sean ciertas —es pronto para presentar e incluso para plantearse valorar estos puntos—, a lo largo de la historia de la humanidad necesitado la carne de otros animales para sobrevivir. Somos animales omnívoros y, al fin y al cabo, esa es la adaptación natural de la que más agradecidos deberíamos estar, como demuestran teorías evolutivas como la del tejido caro (Aiello, L. C. y Wheeler, P., 1995).

Más tarde, las culturas que se suceden a lo largo del Neolítico dan como resultado mejoras tecnológicas enormes que hoy pueden parecer muy simples, pero que han formado parte de nuestra vida diaria durante milenios, como la alfarería (recipientes para líquidos), los trenzados4, los telares o la domesticación de animales. A lo largo de este periodo surgen los primeros grupos que se asientan en un territorio, lo que ayudó notablemente al florecimiento de las primeras grandes ciudades, como Jericó, Eridu o Ubaid, y dio inicio a la eclosión de las grandes civilizaciones de la Edad Antigua.

En este mismo escenario, la caza se convierte, poco a poco, en una actividad minoritaria y en un rito social, quedando relegada frente a otras actividades para la subsistencia. De algún modo, durante seis milenios, podríamos afirmar que los animales se integran junto a las poblaciones humanas (Childe, 1978), normalizando los procesos de cría para el consumo y actuando como complemento de la dieta de cereales propia de la Revolución Neolítica: cebada, trigo y centeno.

Esta idea de progreso se comprende, no obstante, por la posibilidad de garantizar el suministro de comida de forma continua y favorecer otras mejoras (comercio, cerámica, especialización de los miembros del grupo, etc.) que llegaron de la mano de las primeras sociedades sedentarias; no obstante, también debemos tener presente que el Neolítico supuso la destrucción de grandes extensiones de vegetación, la reducción de especies vegetales por la estandarización del comercio, la búsqueda del consumo más eficiente posible (menos semillas) y, evidentemente, una alimentación mucho menos variada.

Hoy día también se tienen en cuenta otros factores como las causas negativas de la densidad de población en aldeas y ciudades (por ejemplo, los problemas sanitarios), la salida de la ecuación relacionada con la «selección...



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