E-Book, Spanisch, 336 Seiten
Sagan Aprendiz cósmico
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-9784-849-7
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Informes desde las fronteras de la ciencia
E-Book, Spanisch, 336 Seiten
ISBN: 978-84-9784-849-7
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
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Dorion Sagan (Winsconsin, 1959) es escritor de divulgación científica estadounidense y autor de importantes obras sobre cultura, evolución, e historia y filosofía de la ciencia. Es hijo del famoso astrónomo Carl Sagan y de bióloga Lynn Margulis, considerada como una de las principales figuras en la evolución biológica. Entre sus obras más importantes destacan 'La termodinámica de la vida', en coautoría con Eric D. Schneider, 'Las Ciencias de Avatar: de la Antropología a la Xenología' y 'La Muerte y el Sexo', con la que obtuvo el primer lugar en la categoría de no ficción en la edición 2010 del New York Book Show.
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Introducción
Condensado – El espíritu de la indagación
Reconociéndose a sí misma en la fachada acuosa de una nube de planetas arremolinada y rodeada de la inmensidad del espacio, la materia orgánica es un mensaje sin significado concreto. Su mensaje es más bien la posibilidad de un significado. La vida, reciclando su materia, está abierta a sus alrededores, hasta los cuales se propaga desplegando sus hélices y proteínas genéticas. A través de la construcción de máquinas se desplaza hasta el espacio, repitiendo su diseño fractal con variación a una escala incluso mayor, cultivando su belleza funcional, formidable y a veces espantosa. Esta belleza terrible pertenece a un complejo sistema termodinámico con un interior fenomenológico. No muestra especial lealtad a largo plazo hacia los seres conocidos como humanos. Si bien los Rolling Stones cantaron «El tiempo no espera a nadie», no era precisamente una idea rompedora. Mientras estudiaba en la biblioteca de filosofía de Oxford, Richard Kamber quedó fascinado por el hecho de que la sabiduría antigua llegaba incluso hasta el lavabo. Sobre el retrete atisbó un garabato: ???ta ?e? —panta rhei—, «todo fluye». Este fragmento procedente de Heráclito, el gran filósofo presocrático del devenir, es oportuno. Todo fluye y sigue fluyendo. Para Heráclito, la esencia de la naturaleza era la transformación: todo es fuego. Las síntesis audaces y lúcidas de la filosofía —todo es agua, todo es cambio, todo son formas, todo es fuego, todo son átomos— ayudaron a originar la ciencia moderna, cuya tecnología acabó cambiando el mundo que describía. En los últimos centenares de años hemos vivido una industrialización y tecnologización tan intensas que nuestros científicos se han tomado en serio la propuesta de nombrar una era geológica a partir de nosotros: el Antropoceno. Probablemente es algo que no merecemos, teniendo en cuenta que somos nosotros los que nos adjudicamos el título. Los microbios nos originaron a nivel evolutivo, pero no les tenemos demasiado respeto. Quizás de forma similar nuestros descendientes también nos considerarán primitivos y bárbaros —eso si se molestan en recordarnos en lo más mínimo—. Un superordenador insolente del futuro quizás se arriesgue a desconectarse de su red de apoyo compuesta por sus compañeros electrónicos luego de deducir que la inteligencia de las máquinas provino, mucho tiempo atrás, de primates que defecaban. Por muy veraz que sea, es una idea que podría resultar peligrosa si se la planteamos a una camarilla de egocéntricos filósofos de silicona. No verían el grafiti de Heráclito sobre un retrete. ¡Todo fluye, pero algunas cosas nunca cambian!
La diferencia entre la ciencia y la filosofía es la siguiente: un científico aprende más y más sobre menos y menos hasta que lo sabe todo sobre la nada, mientras que un filósofo aprende menos y menos sobre más y más hasta que no sabe nada sobre el todo. Hay cierta verdad en esta perspicaz frasecilla, pero como recalcó Niels Bohr, si bien lo opuesto a una verdad banal es una falsedad, lo opuesto a una gran verdad es otra gran verdad.
Diría que esto se aplica a la otra cara de la moneda que lancé en el párrafo anterior: la atención a los detalles de la ciencia, reforzada con la amplia perspectiva de la filosofía, constituye una especie de alambique, un antídoto a ambas. Este electro intelectual corta el sabor empalagoso a filosofía idealista y proposicional con el afilado néctar de la realidad, aunque suaviza los límites de una tecnociencia que, podría decirse, ha perdido su brújula moral y epistemológica. Esto se debe hasta cierto punto a la financiación por parte de gobiernos y corporaciones, cuya relación con la búsqueda de la verdad (y su libre diseminación) puede considerarse problemática en el mejor de los casos.
En la conjetura ilógica de los géneros escritos, la «ficción» es no-ficción y la no-ficción es ficción. Con esto me refiero a que la voz pasiva, el punto de vista «objetivo» (el anonimato y la despersonalización del científico y el periodista) compromete una realidad fenomenológica fundamental: que cada persona tiene su propio punto de vista. Todas las observaciones se llevan a cabo desde lugares y tiempos distintos, y en la ciencia —no menos que en el arte o la filosofía— las realizan individuos concretos. Por otra parte, la tapadera que se permite la ficción facilita una libertad de posturas exenta de cualquier compromiso diplomático que pretenda preservar relaciones institucionales, personales o financieras.
Aunque la filosofía no es ficción, puede ser incluso más personal, creativa y abierta; una especie de contrapeso a la ciencia, incluso si argumentamos que la ciencia, con su hincapié en cierto materialismo impersonal, proporciona un crucial baño de realidad a la filosofía y a esa tendencia a la «sobreteorización» que Alfred North Whitehead consideró adversa al espíritu científico. En el mejor de los casos, en la búsqueda de la verdad, la ciencia y la filosofía —lo impersonal y lo autobiográfico— pueden «velar por la honestidad» la una de la otra en algo parecido a un circuito abierto. La filosofía, que parecería la que lleva las de perder, incluso podría tener ventaja, porque no se espera que sea tan avanzada como la ciencia, ni tampoco goza del mismo nivel de ayuda institucional que la ciencia —ni sufre los riesgos proporcionalmente elevados de estar supervisada por dichos benefactores—.
El espíritu de la ciencia es filosófico. Es el espíritu inquisitivo, el espíritu de la curiosidad, de la indagación crítica combinada con la verificación de los hechos. Es el espíritu de poder ser capaz de admitir que te equivocas, de recurrir a los datos y no a la autoridad, a quien no le gusta admitir que se equivoca. Y en las arenas movedizas y matorrales de la epistemología, donde los efectos cuánticos implican las decisiones y el equipo experimental del observador, el punto en cuestión no es ni siquiera la veracidad o exactitud de las proposiciones de una teoría científica o su capacidad de corresponderse o de ser cierta o errónea en un sentido absoluto. Los problemas teóricos pueden tener soluciones múltiples. Los límites gödelianos no nos ofrecen un meta, promontorio desde el cual vislumbrar los límites de la perspectiva que hemos decidido adoptar. Por consiguiente, una teoría científica no sólo debe apelar a los criterios epistemológicos, sino también a los estéticos y pragmáticos. Algunas perspectivas y teorías nos llevan a muchas nuevas preguntas, nuevos recursos y cosmovisiones enriquecidas. Podemos considerarlas no sólo verdaderas y productivas, sino también bellas y estimulantes, como si fueran poemas o pinturas, sólo que su medio de transmisión no son las palabras o los tintes sino nuestras percepciones e intelectos. En comparación, parecería que otras teorías más viejas están en barbecho, prácticamente ahogadas.
Hablando de agua, me sucedió algo gracioso durante la preparación de este libro. Estaba pasando el control de seguridad del aeropuerto de Boston con algo que pensaba que era inocuo pero que por lo visto era muy peligroso: una lata de sopa de almejas natural de la marca Trader Joe’s.
Veréis, últimamente estaba pasando mucho tiempo en Toronto, pero yo soy de Massachussetts; además, la lata sólo costaba 1,99 dólares. Pensé que era una buena idea llevarme de vuelta a Canadá un poquito de Boston. Pero el escáner detectó el metal. Cuando el guarda de seguridad de la TSA (Administración de la Seguridad en el Transporte) la sacó de mi bolsa y vio que era una sopa, al principio se preocupó. «No es más que sopa de almejas condensada», dije. «Ya sabes, como las alubias en salsa de tomate. Es típico de Boston». Revisando la etiqueta, el guarda de la TSA vio que era sopa condensada, lo que lo tranquilizó. «Está prohibido entrar agua» dijo. «Pero esto está condensado». No podía dejarlo pasar.
«Bueno, de hecho», respondí, «contiene agua, aunque esté condensada». La comida en mayor parte está compuesta de agua. La vida en mayor parte está compuesta de agua. Tú mismo estás compuesto de agua en más de un 70 por ciento. «Espere un momento», dijo, sin saber bien qué hacer. «Da igual, tan sólo cuesta 1,99 dólares», dije. «De verdad, os la podéis quedar». A esas alturas la mirada de otro oficial, observándonos a través del cristal, se había vuelto seria. Mientras, mi guarda se fue a hablar con uno de sus compañeros. Después de algunos minutos me devolvió la lata y me dio luz verde para entrar.
El espíritu de la ciencia, ni envuelto en secretismo en aras del poder estatal o la generación de beneficios a nivel corporativo, ni tampoco reducido a una nación, grupo o etnia, es abierto y democrático. Fluye como el agua. Incluso podría decirse que lo evidencia la misma vida, que lleva permutando información genética de forma descontrolada —exenta de costes y controles de seguridad— por lo menos 3.800 millones de años. Lo que llamamos vida es en realidad una forma de agua, activada y animada no por un principio divino sino por el cosmos energético de su alrededor. El elemento más llamativo de la Luna es su color azul, su apariencia de ser acuoso sublime, de joya fluida. Transhumana y serena, irradia una inconsciente maestría; los astronautas —que son enviados al espacio mediante un raudal de componentes...




